101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Dandara Bernardes

Corazón de Acero

«Si el corazón está vacío, el resto te abandonará pronto»

—Proverbio árabe.

Cuando los animales están en manada, siempre observan cómo se comporta el alfa e intentan imitarlo. Creo que eso resume cómo actuó todo el mundo durante el banquete que se sirvió; todos mantenían siempre los ojos en el Jeque Khaled, el anfitrión.

Es un hombre de pocos gestos, está siempre muy serio y sus cejas gruesas le dan un aire de severidad y austeridad. No sonríe en ningún momento, pero es educado, atento y amable con todos.

—¿Quién es aquel? —le pregunto a la Reina Ravena mientras alimentamos a los gemelos.

—Youssef, el hijo del Jeque Khaled —me dice enseguida—. ¿Tú también te has dado cuenta? —Me lanza una mirada de desesperación.

Normalmente lo hace cuando sus hijos lloran, es la primera vez que veo esa mirada desolada dirigida a otro niño.

Youssef es una preciosidad, pero parece un pequeño robot.

A diferencia de los demás niños, que están sentados aparte, comunicándose, divirtiéndose y riendo, él está entre dos adultos. Sujeta la cuchara con tanta precisión como si fuera un cirujano muy solicitado y come con una finura que recuerda a un Lord inglés.

Es idéntico a su padre en los gestos, hasta parece que lo imita; lo mira siempre por encima de la abundante mesa buscando su aprobación... y el padre no le ha dirigido la mirada ni un milisegundo.

—Parece un pequeño adulto —es mi diagnóstico.

Algunos padres se alegran al oír eso, porque puede sonar como: tu hijo es responsable, inteligente y maduro.

Pero, como profesora, eso me preocupa. Los niños tienen que actuar como niños.

Su brillo, la espontaneidad y el espíritu aventurero hacen que todo sea más ligero, por no hablar de que solo se es niño una vez, no se puede perder la oportunidad de ser libre para intentar, equivocarse y no tener compromisos demasiado serios.

—No sé cuándo, ni dónde, solo sé que las dos vamos a coger a ese niño y a hacerle actuar como un niño. Quiero verlo reír, correr, saltar y divertirse —dice Ravena.

—¿Y el padre lo permitirá? —Lo observo desde el otro lado de la mesa. Y él me observa a mí.

Nunca había oído hablar del Jeque Khaled, ni lo conozco, pero su mirada fría y arisca no lo disimula: las cosas que no son a su manera no tienen motivo para existir.

—Que se las apañe con nosotras, no me voy de este lugar hasta ver a aquel niño bien. Parece tan sin vida —me comenta mientras alimenta a sus hijos y yo la ayudo.

Me contengo varias veces para no espiar al anfitrión por encima de la mesa, y tengo muy mala suerte. Todas las veces que vuelvo la cara para observarlo con disimulo, su mirada sombría recae sobre mí.

Siento que se me calienta el cuello y me distraigo dándoles de comer a los niños.