101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Jeque Khaled

Mi Fantasma

«Hasta la más imponente de las montañas empieza pegada al suelo»

—Proverbio árabe.

Rubrico mi firma en un documento oficial más y miro el reloj con un suspiro; en unos minutos mi querido amigo, el rey Haakon III, estará aquí en el palacio junto con su familia.

—¿Por qué se ha cerrado el Hotel Al Jamah? —pregunta Omar en cuanto entra en el despacho.

Mi hermano se atusa las ropas blancas y el pañuelo de la cabeza, se sienta frente a la mesa y espera a que yo lea los pormenores de un documento importante para responderle.

Desde que nuestro padre, el Emir, descubrió lo del cáncer, he quedado al cargo de todos los asuntos referentes a nuestro país. Todos saben lo responsable y cuidadoso que soy con todo, pero ahora he redoblado los cuidados.

—El Hotel Al Jamah estaba cometiendo actos ilícitos en secreto. —Observo a mi hermano mayor con la seriedad que el asunto merece.

—Es un casino, Khaled. Nuestro propio padre permitió que funcionara, siempre que los musulmanes no jugasen. —Se rasca la barba.

—Lo sé. No cerré el hotel por el casino, sino por la prostitución.

El silencio de Omar me llama la atención. Normalmente replicaría hasta que los dos quedásemos exhaustos; sin embargo, todo lo que hace es carraspear.

— Ah, no tenía conocimiento de eso.

Me sorprende verlo dar el brazo a torcer, es algo inédito en nuestra relación.

—Confía en tu hermano, Omar. Estoy tomando todas las precauciones para mantener a Awmaj como la gran potencia que es, pero respetando nuestras costumbres.

—Confío, hermano mío. —Cruza las piernas y mira a su alrededor—. Pero tu fama no ayuda.

—¿ Mi fama? —arqueo la ceja y rubrico una vez más un documento de permiso especial para actividades culturales.

—De conservador. Anticuado. De apegado a las leyes religiosas más que los propios Jeques en las mezquitas —empieza a reír y cruza los brazos—.

Los empresarios están inquietos, creyendo que vas a instaurar una policía religiosa para vigilarlos a todos.

Algunos están sorprendidos de que aún no lo hayas hecho

Bajo el bolígrafo de oro sobre los papeles del gobierno.

—¿Eso piensan de mí? —Esbozo una sonrisa de medio lado.

—Piensan mucho peor —ríe él.

Acabo riéndome yo también y vuelvo a mi tarea; todavía tengo algo de tiempo para agilizar estos documentos.

Omar y yo siempre hemos tenido una excelente relación, aun siendo de madres diferentes. Somos sinceros el uno con el otro y hablamos abiertamente, sin filtros, lo que para algunos puede sonar como una especie de rivalidad.

—Nuestro abuelo hizo que este desierto se convirtiera en un imperio. Nuestro padre hizo que ese imperio se convirtiera en un paraíso para inversores y turistas. Deseo que tú conviertas nuestro Emirato en el país más rico, feliz y poderoso del mundo. —Omar hace un gesto respetuoso.

—Gracias, hermano mío. —Le devuelvo el gesto.

Nos interrumpe la llegada de Raffaello Lamarphe. Entra sin llamar a la puerta, como tiene por costumbre.

El turco , que es como lo llamo, ha sido mi mano derecha desde que asumí todas las responsabilidades.

—Perdonen la interrupción, señores. Pero los nórdicos han llegado. —Sus ojos azules brillan y su mentón cuadrado se contrae.

—Estupendo, nos vemos en el patio —Omar se levanta y sale primero.

Los ojos de Raffaello acompañan el recorrido de mi hermano y luego vuelven a mí.

—No parecía de buen humor.

—Ha venido a quejarse de que el Hotel Al Jamah ha cerrado. El hijo del dueño es socio comercial suyo.

—Cómo me gustaba ese maldito hotel —refunfuña—. Me estaba follando a tres a la vez ayer, cuando...

—¿ Tres a la vez? —Cierro el portátil y organizo los documentos en una carpeta.

—Pues sí. Una con la lengua, otra con la mano, la otra con el...

—Sin detalles, Raffaello. —Me cubro la cara con la mano y le indico que salgamos.

—Solo denuncié el hotel porque tu hermano me vio allí. Quedé en una encrucijada: o pensaría que fui a divertirme, o que estaba a tu servicio. Era más fácil la segunda opción.

—Está bien, deja que se calmen las aguas y emito la autorización para la reapertura. —Caminamos con calma por el palacio hasta la entrada—. ¿Raffaello?

—Dime.

—Por favor, compórtate. No podemos dar una impresión equivocada a los nórdicos; me informaron de que la reina ha traído a algunas mujeres para ayudarla y tú tienes esa fama de canalla y mujeriego...

—¡Canalla y mujeriego no! —protesta—. Sommelier de mujeres —puntualiza.

Pongo los ojos en blanco en señal de desaprobación.

—También conocido como Catador de Casadas. —Él es más específico.

—Por el Profeta, basta de esta mierda de conversación —digo irritado.

Nuestra llegada al patio del palacio coincide con la llegada de los coches blindados que recogieron a nuestros huéspedes.

Primero baja el rey Haakon III, que enseguida ayuda a su esposa a salir del otro coche. Los guardaespaldas y los demás empleados que vinieron con ellos empiezan a colocarse en fila.

— Jeque Khaled —al pasar entre los Emires de las otras ciudades me saludan enseguida y devuelvo la cortesía.

—Youssef. —Observo al pequeño que sigue mis pasos vaya donde vaya. Está bien vestido y transmite mucha madurez con la mirada, a pesar de tener solo 7 años.

—Sí, papá. —Baja la cabeza.

—No me avergüences.

Cruzamos una mirada breve, él asiente y da unos pasos atrás, para unirse a sus primos, que, al contrario que él, están eufóricos y apenas contienen la emoción.

La llegada de los nórdicos siempre es bien vista por todos nosotros, pues son nuestros socios comerciales más fuertes. Y, claro está, ahora que mi amigo tiene herederos, estos hombres ofrecerán cualquier cosa por casar a sus nietos con los príncipes.

—Hermano —así me saluda Haakon III.

—¿Habéis tenido un buen viaje?

—Inmejorable. —Echa un vistazo a todos los que están detrás de mí, que incluyen a autoridades políticas, religiosas, mis hermanos y sobrinos—. ¿Y tu padre?

—El Emir se ha sentido indispuesto hoy, vamos a visitarlo en su habitación.

—Bien. —Señala con la mano a su esposa—. Ravena está muy contenta de estar aquí.

—Y nosotros estamos felices de recibir a la reina del Septentrión —saludo a la mujer de modo formal después de mi comentario.

—Y a mis hijos, claro. Creo que es la primera vez que vas a verlos en persona —Haakon dice animado.

No se me dan bien los niños. No sé entrar en el estado de ánimo que ellos tienen. Me resulta raro cuando los adultos hablan con voz infantilizada al interactuar con esos pequeños.

Nunca he conseguido conectar con mi propio hijo, así que los hijos de los demás no me importan.

Aun así, esbozo una falsa sonrisa de felicidad y muestro entusiasmo cuando sigo la mano de Haakon hasta ver a sus bebés.

Y es en ese momento cuando la veo.

No tengo ninguna duda de quién es ella, porque, en el instante en que mis ojos se posan sobre su piel, sus cabellos densos y su mirada dulce, casi angelical, recuerdo cada vez que su presencia me atormentó, me excitó y me volvió loco durante las noches oscuras.

Es mi fantasma.

El tiempo se detiene.

Todas las personas a mi alrededor quedan congeladas y la mano de mi amigo permanece extendida, mostrándome a sus herederos. Ni siquiera presto atención a los niños. Mis ojos no consiguen apartarse de la figura femenina que tengo delante.

¿Es ella de verdad? ¿En carne y hueso? ¿O solo un espejismo en medio del desierto de mi alma?

Parpadeo y entrecierro los ojos para verlo una vez más y asegurarme de que no estoy loco.

Casi se me escapa un gemido cuando el corazón me da una punzada fuerte que me hace contraer el cuerpo. Me limpio las manos en la ropa y me acerco despacio. Veo que el niño quiere interactuar conmigo, pero lo ignoro.

Me siento como si estuviera en medio del desierto, dentro de una de las casas sepultadas de la Ciudad Fantasma, atrapado en un espejismo que siempre deseé, pero que siempre supe que sería imposible de hacer realidad.

Es exactamente como en mis sueños: rostro lánguido y nariz delicada, ojos castaños llenos de vida, brillo, misterio y pureza.

Sentir su olor de cerca me hace darme cuenta de que sigo alucinando.

Aquella chica era el oasis de mi desierto, el aliento de mi corazón, el aire que buscaba en otras mujeres y nunca encontraba. Nunca me contentaba, porque ninguna sería suficiente, salvo ella.

—Haakon IV y Talita —dice animado el rey del Septentrión al presentar a sus hijos; no se lo reprocho.

Hace pocos meses luchó valientemente por su reino, su mujer y sus herederos. Pero nada de eso parece importante para mí ahora, salvo la chica bajita y de mirada testaruda que aparta la suya de la mía.

En algún momento se da cuenta de que es inútil ignorarme y me regala su dulce mirada, como quien le da agua al sediento tras vagar bajo el sol y la luna por las densas arenas del desierto.

—As-salamu alaykom —dice de un modo esforzado y muy educado, lo que me sorprende.

—¿Sabes hablar árabe? —pregunto en cuanto le devuelvo el saludo.

—No, señor, solo lo básico.

«Mírame» es lo que ordeno con las cejas y con la forma en que la miro.

Lo entiende de inmediato. Suspira bajito y empieza a mecer al bebé en su regazo como un tic nervioso.

Mi fantasma, por fin, está delante de mí, a plena luz del día, rodeada de otras personas. Real . Ya no es delirio ni sueño.

E incluso si lo fuera, ahora, más que nunca, quería permanecer en él.