Capítulo 1
Dandara Bernardes
Planes Frustrados
«Ya me estoy ahogando. ¿Por qué debería tener miedo a mojarme?»
—Proverbio árabe.
Si algún día alguien me hubiera dicho que me iba a licenciar en pedagogía en la Universidad Federal de Pernambuco y acabaría siendo niñera, le habría reído en la cara.
Hice muchos planes sobre cómo sería mi vida cuando entrara en la edad adulta, pero no sabía que el destino tenía otros caminos para mí.
Mientras observo el Golfo Pérsico por la ventanilla ovalada del avión, mi cabeza trata de entender cómo he llegado hasta aquí.
El mes pasado estaba en un autobús abarrotado en Jaboatão dos Guararapes yendo hacia el centro de Recife, a ayudar a mi abuela en su escuela de ballet.
Ahora estoy dentro de un avión del tamaño de una mansión lujosa, que pertenece al reino del Septentrión, en dirección a Awmaj.
—Conozco esa carita. —Toco con el dedo índice la punta de la nariz del bebé de ojos esmeralda, y pone un mohín a punto de llorar—. Has hecho caca, ¿a que sí?
El niño me lanza una mirada que reúne toda su madurez para decir: ayúdame, tío. Y yo me río en silencio mientras llevo al príncipe heredero Haakon IV a cambiarle el pañal.
Adoro a los niños. Por eso estudié pedagogía, me encanta enseñar, cuidarlos, jugar hasta caer rendida.
Pero nadie se despierta una preciosa mañana de lunes con el sol partiéndole la cabeza y dice: « voy a ser niñera de niño mimado de señora burguesa golfa porque es el sueño de mi vida y lo quiero» .
No. No es así.
Yo quería ser bailarina.
Mi sueño era que me descubriera una gran compañía de danza, recibir el patrocinio del gobierno o una beca y irme a estudiar fuera, quizá a Moscú.
Por desgracia, nunca pasé las pruebas; los evaluadores siempre decían que mi técnica era imprecisa y que tenía que mejorar.
Después crecí, me cansé de que me juzgaran y de no ser nunca suficiente, y me puse a buscar algo con lo que ganar dinero.
La abuela estudió ballet en Inglaterra; fue allí donde conoció al amor de su vida y se vinieron a vivir a Recife, donde fundó la escuela de danza en la que yo ayudo en mis ratos libres.
Ayudaba , en realidad, porque ahora ya no soy niñera del hijo de una jueza, soy niñera de dos príncipes de la monarquía nórdica.
—He notado el olor. —Ravena aparece con una gran sonrisa y me acaricia el hombro; siempre me habla en portugués, aunque las dos hablamos inglés con fluidez.
Ella lo prefiere así. Nació en Minas Gerais, en Brasil, y se casó con el Rey del Septentrión. Cuando hizo la selección para contratar a 7 niñeras, la exigencia era que una de ellas hablase portugués con los niños y yo fui la elegida.
—Majestad, no se preocupe, yo me ocupo de este travieso. —Bajo el rostro.
—Ya sabes cómo soy, Dandara, debería estar descansando, pero no puedo estar lejos de este pequeño vikingo. —Le aprieta el pie a su hijo y lo mece con mucho cariño, haciéndolo soltar gritos de alegría.
La Reina Ravena es una mamá leona. La gente de la realeza normalmente deja todo el cuidado de sus hijos en manos de otras personas, menos esta mineira. Ella está encima, se empeña en estar presente en los cambios de pañales, el baño e incluso a la hora de papear .
Ahora no me importa, pero al principio me daba un poco de miedo que no confiara en mí.
—Todavía estoy en esa fase en la que me despierto de madrugada y voy hasta la cuna a comprobar que los gemelos siguen respirando —dice angustiada, le levanta las piernecillas al pequeño para que yo lo limpie.
—Usted debería descansar, porque tendrá compromisos importantes en Awmaj. Confíe en mí, puedo cuidar de los traviesos yo sola.
Somos siete niñeras, yo fui la última en llegar y la única que se han traído en este viaje. La conexión que creé con Ravena fue inmediata, nos miramos y nos identificamos, no sé por qué.
Creo que le gusta mi modo de profesora brasileña con los niños: muy cariñosa, atenta y protectora. Los profesores de otros países pueden parecer más distantes o impersonales y, la verdad, cuesta acostumbrarse.
—No te preocupes, yo me ocupo de todo, sobre todo contigo a mi lado. ¡No me abandones, eh! —Me da un codazo y esboza una sonrisa maternal—. Nada de pillar a un multimillonario árabe y quedarte por allí.
—Eso no entra en mis planes. —Asiento con la cabeza.
—Hablando de Awmaj y de árabes... —Ravena acaricia la barriguita de su bebé de casi un año y espera a que yo tire el pañal y le ponga el nuevo al pequeño; le aplica la pomada con esmero—.
No quiero ser pesada, pero recuerda que estaremos en casa ajena y por eso no podemos quedar mal, ¿vale?
Aunque no sea obligatorio, en lugares públicos y en presencia de la familia real de Awmaj, todas las mujeres del séquito llevarán velo.
—Sí, majestad —estoy plenamente de acuerdo con ella.
Hablamos de esto dos veces: una en mi entrevista final y otra la semana pasada. Ravena me explicó que, por estar casada con un rey que viaja mucho, ella y quienes la acompañasen tenían que ser respetuosos con la cultura del país al que viajasen.
En el caso de este país árabe, las mujeres se cubren la cabeza.
—Dijiste que querías estudiar ballet en Moscú —al darme cuenta de que se acuerda, me brillan los ojos.
Esta mujer pertenece a la realeza, pero es tan atenta que me corta, a veces siento como si fuera de la familia.
—Vamos a visitar Rusia a continuación, así que te prometo que te llevo al Bolshói. ¡Y ay de ellos si se niegan a aceptarte! —Pone mala cara—. Claro, después de cuidar a los gemelos durante muchos años.
—Gracias, señora.
—Ravena —puntualiza—. Me siento vieja cuando me llamas señora. Al tratamiento de «majestad» tampoco me he acostumbrado todavía. —Coge a Haakon IV en brazos y mece a su hijo—. Yo me ocupo de los niños, tómate un rato para descansar, mándale un mensaje a tu familia, aterrizamos en una hora.
—Sí, majestad... —me trago la palabra antes de terminarla—. Ravena.
—Con el tiempo te acostumbras. —Me guiña un ojo y se va.
No voy a mentir, me cuesta acostumbrarme.
Nací y crecí en una casa con paredes manchadas, goteras eventuales y mucho polvo entrando por la ventana. Nada me preparó para trabajar en un palacio, y mucho menos para estar en un avión que es una mansión de lujo aérea.
Tuve la suerte de conseguir este empleo de niñera y aún más suerte de que Ravena sea mi jefa, porque vaya jefas he tenido yo, Dios mío del cielo...
«Abuela, aterrizamos en Awmaj dentro de 1 hora.
Estoy loca por conocer el desierto, el edificio más alto del mundo y la cultura de Oriente; siempre me acuerdo de tus historias de cuando tu compañía viajó a Dubái y bailasteis para el Jeque.
Voy a coger arena del desierto y la voy a llevar a casa como recuerdo».
Me río como una boba. Vivimos en una casa frente a la playa en Recife; no es la zona buena, ni tampoco una casa lujosa, es una bastante antigua y que se cae a pedazos, pero llena de amor. La abuela adora la arena, la playa y el clima cálido... en cierto modo, yo también.
«Diviértete mucho. Muérdeles los mofletes a esos nenes ricos por mí y compórtate en tierras árabes. Jana y yo te mandamos un beso» es su respuesta.
«¿Cómo está Janaína, abuela?».
Mando el mensaje y bloqueo la pantalla del móvil. Mi corazón late con fuerza y siento un nudo en la garganta.
Jana es mi hermana pequeña y tiene síndrome de Down.
Hace un mes la abuela llegó a casa con los ojos rojos y la tensión baja, necesitó un rato para recomponerse antes de hablar.
—Por favor, que no sean malas noticias —recé en voz alta y la abracé por el hombro.
Cuando mamá estaba con nosotras, ella era el sostén de la casa. A falta de ella y del abuelo, yo tenía que ser la fuerza y la resistencia de doña Dalva, así que me mantuve firme.
—Jana no se encuentra bien desde hace algunos meses. No duerme bien, no consigue respirar, todo el tiempo da muestras de que siente molestias en el pecho. La llevé a todos los médicos del seguro, pero solo en el privado descubrieron lo que tiene.
— ¿El qué? —pregunté con el corazón en un puño; por su mirada no era nada bueno.
—Defecto del septo auriculoventricular —dice como si yo supiera de qué se trataba—. No eran solo taquicardias y soplos cardiacos como decían los otros médicos... es peor. Y el único tratamiento es quirúrgico.
—¿Cuánto? —Intento no derrumbarme—. ¿El seguro no lo cubre?
Con la pensión que cobra la abuela, el dinero que saca de la escuela de ballet, y mi sueldo y medio, sé que conseguiremos juntar el dinero y resolver esto.
—No. —Respira hondo.
Me mira con la misma mirada con la que siempre miró a la vida: una mujer del nordeste que luchó, viajó, bailó y ayudó al abuelo a construir esta casa con sus propias manos.
—Más de 100 mil reales. —Se traga el sollozo.
Eso no solo la desarma, sino que a mí me deja paralizada.
Me invade el pánico, una sensación de que necesito huir y llorar, pase lo que pase.
—Y eso sin contar los medicamentos, el alojamiento, los billetes, todo —se desespera—. El doctor dijo que el mejor médico, el más fiable para tratar esto, es un señor llamado Guilhermo Lamarphe que pasa consulta en São Paulo en el hospital Rota da Vida.
—Entonces será él quien le haga la cirugía a Jana —respiro hondo.
Y esa es la increíble historia de cómo abandoné dos empleos de niñera que tenía desde que entré en la universidad, para convertirme en cuidadora de los gemelos Kjaerlighet, herederos del trono del Septentrión.
La diferencia es que ahora gano mil euros por semana y no tengo ningún gasto: vivo en un palacio, tengo seguro médico, como de lo mejor y tengo la jefa perfecta.
Mi plan era muy claro y doña Dalva lo apoyó: yo trabajaría para Ravena y enviaría siempre la mitad de mi sueldo a la abuela; así juntaríamos el dinero de la operación, y rezaba para que Jana aguantase. Los medicamentos la ayudaban algunos días, otros no servían de nada y lloraba muchísimo.
Ese era mi plan.
Nada salió bien.
Ser bailarina internacional, ser profesora universitaria, hacerme cargo de la academia de baile de doña Dalva: nada funcionó.
Pero este plan de cuidar a los hijos de Ravena durante un año sí iba a funcionar.
En realidad, ya estaba funcionando.
*
Si tuve 10 segundos para admirar las maravillas de Awmaj, fue mucho. En cuanto el avión aterrizó, ya estábamos listos para salir. El rey, su primo y su cuñado fueron en un coche blindado; la reina, los bebés y yo fuimos en otro.
Estaba tan nerviosa que la mente no conseguía procesar lo que veía: los edificios espejados, las empresas megamillonarias construidas alrededor de islas, ¡la entrada del palacio del Jeque! ¡Dios mío! Me quedé sin aliento.
Pero nada me preparó para el momento en que conocí a la familia real.
Miento. No fue conocer a la familia, sino conocer a un miembro en concreto.
Me ajusté el velo sobre la cabeza, aunque el travieso Haakon IV intentaba por todos los medios quitármelo. Me quedé paralizada como una estatua cuando vi en vivo y en directo al príncipe heredero de Awmaj.
Aquel hombre tenía una presencia que iba más allá de su aspecto. Estaba envuelto en un aura sombría y a la vez magnética. Sus ojos azules que a veces parecían negros, densos y cargados de poder, eran tan fuertes como el sol en medio de este desierto.
Era difícil mirarlo a la cara; sentí, en particular, como si estuviera en la selva, siendo una especie de presa y él el depredador.
Saludó al rey del Septentrión con detenimiento, después a la reina con mucho cariño, hizo un gesto a los niños y se detuvo delante de mí.
—Yo no entiendo mucho de cultura árabe, tuve que estudiar un intensivo por el viaje de negocios de mi marido, pero te voy a avisar de algunas cosas...
—me dijo la Reina Ravena—. Las personas del sexo opuesto nunca se tocan aquí, a no ser que sean de la misma familia; es decir, no tomes la iniciativa de darle la mano a ninguno de los príncipes, a no ser que ellos te saluden. ¿Vale?
—Vale. —Mi corazón latió con fuerza.
No tan fuerte como ahora.
No tan fuerte como cuando el hombre de cejas gruesas y mirada salvaje extendió su mano grande hacia mí.
— As-salamu alaykom ( Que la paz sea con vosotros ) —su voz grave me arrebató.
¿Quién iba a decir que detrás de aquella barba cerrada, esa mandíbula fuerte y esa mirada cruel habría una voz tan envolvente?
Hasta me olvidé de cómo debía responderle.
Solo sé que extendí la mano y la estreché. Y fue entonces cuando lo sentí.
La corriente magnética recorrió mi cuerpo.
Mi respiración falló durante un mísero segundo y eso desordenó todos los demás procesos de mi cuerpo, incluido el corazón descompasado, el calor excesivo bajo el pañuelo que cubría mis cabellos y una calentura en determinadas partes de mi cuerpo que solo había sentido viendo a Robert Pattinson actuar en Crepúsculo o leyendo libros guarros de mafiosos.
— Mierda —murmuré.
Aún era pronto para cualquier diagnóstico, pero por dentro yo lo sabía:
Mis planes, de alguna forma, se iban a ir al traste, otra vez.