101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1)
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Prólogo
Jeque Khaled
Tiendas en el Desierto
«Si el corazón está vacío, el resto te abandonará pronto»
—Proverbio Árabe.
Hace 7 meses
Tras viajar horas por el desierto, llego a la Ciudad Abandonada.
Algunos edificios fueron consumidos por la arena, algunas casas están simplemente sepultadas; los emiratíes la llaman «Ciudad Fantasma» .
—¿ Mamá? —Oigo una voz infantil resonar en mi cabeza.
Me dejo mecer por recuerdos del pasado mientras observo el lugar.
El viento sopla en mi rostro cuando abro la puerta del coche y camino unos pasos hasta las paredes blancas de la construcción deteriorada; la mitad de la puerta está cubierta por la arena.
Mis ojos se cierran por un instante y me invade una sensación que no tenía desde hacía mucho tiempo.
—¿ Mamá? —Ya no estoy en estas dunas.
Mi mente flota lejos, hacia otro tiempo y lugar. Recuerdos de mi pasado.
Estoy en el palacio real, es plena noche y acabo de pasar por un pasillo con alfombras raras. En la oscuridad veo el contorno de una silueta femenina, el velo que cubre su cabeza susurra con el viento y su olor maternal me envuelve.
Abro mucho los ojos y extiendo los brazos, corro hacia ella.
—¿ Mamá? ¿Qué haces? —Toco sus manos, una sonrisa somnolienta se forma en mis labios.
— Zayn, ve a tu cuarto —murmura ella, mira desconfiada los alrededores.
—¿Adónde vas? Quiero ir contigo. —Me agarro a sus ropas cuando me doy cuenta de que me aparta.
—Tengo que irme, hijo mío. Tengo que huir.
—Llévame contigo —pido.
Mi madre no era una mujer miedosa. Era fuerte, transmitía confianza, hablaba en voz alta y no se detenía cuando los hermanos de papá torcían el gesto y la menospreciaban.
No le tenía miedo a los tigres ni al desierto, era una mujer de Occidente con corazón oriental: fuerte e intrépida como Alá la hizo, delicada y dulce como una madre tiene que ser.
—Rashid, Samira y yo te necesitamos —intento explicar, meto a mis otros hermanos en la conversación para que entienda que no puede abandonarnos.
—Tengo que irme. —Veo sus ojos derramar lágrimas como una vez vi el cielo oscuro llover, algo raro en el desierto—. Te quiero. —Besó mi frente con fuerza.
Sin maletas, pero cubierta con sus joyas brillantes bajo el velo, salta por la ventana del palacio y se escabulle entre los árboles del jardín para despistar a los guardias. Yo lo observo todo hasta que desaparece de mi vista, y lo último que digo es:
— Mamá —y siento mi corazón arder.
Abro los ojos.
He vuelto a este lugar. Al tiempo y al espacio correctos, donde están mi cuerpo y mi conciencia, lejos de los recuerdos del pasado que aún me hieren.
El cielo del atardecer de Awmaj se deshace en colores cálidos y vívidos, es lo que veo por la ventana de la casa embrujada. Maldita ciudad de fantasmas. Malditas voces, sueños y deseos que me persiguen noche y día.
Salgo del lugar lentamente y vuelvo al coche, pues aún no he llegado a mi destino.
La noche, por fin, llega. Y con ella las estrellas, el frío y los misterios de las tierras árabes: hay un oasis en medio de la nada, un mundo secreto que pocos conocen y al que pocos tienen acceso.
Sé que no debería estar aquí.
No solo estoy cansado del viaje que hice al Septentrión; acabo de regresar a mi tierra y he descubierto que mi padre, el rey de Awmaj y presidente de los Emiratos Árabes, tiene cáncer. Su médico me confió que le quedan pocos meses de vida y pronto todo, absolutamente todo, estará en mis manos.
El gobierno, las riendas de la familia, toda nuestra tradición.
—Has venido de verdad —Hani, el dueño de este lugar itinerante, no oculta la sorpresa cuando bajo del coche.
Observo las tiendas altas y de colores vibrantes. Lámparas redondas colgadas en la puerta y por el pasillo de entrada. Me quito las sandalias y veo cómo arrojan pétalos de rosa cuando entro.
La música es suave, el olor a tabaco perfumado y las siluetas femeninas que danzan tras la fina seda que separa los ambientes dan forma al lugar.
—¿La policía aún no te ha encontrado? —pregunto sorprendido, observo al hombre bajar la cabeza ante mí y negar—. Pensé que te había pedido que no volvieras a montar tu harén en estas tierras —reprendo al viejo.
Mi abuelo siempre decía: si hay pecado, el hombre irá a buscarlo.
El viejo siempre fue un sabio.
—Si no lo hiciera, ¿qué sería de la vida de los hombres de poder del desierto que quieren disfrutar de los placeres, mi señor? —Sonríe de un modo educado y me lleva hasta el ambiente más lujoso de este harén.
El sexo fuera del matrimonio, para los árabes, además de ser pecado, es un delito.
Lo que no impide que las personas se las arreglen para encontrar placeres, así como Hani mantiene sus tiendas levantadas todas las noches, pero en distintos lugares del desierto.
Lleva tanto tiempo haciéndolo y atiende a la élite de los Emiratos que ya no se preocupa por los castigos.
Veo a tres mujeres extranjeras acercarse a mí; en seguida empiezan a quitarme la ropa y a aplicar un aceite perfumado en mis hombros, espalda y pecho. Me siento en el sillón acogedor y cojo la cachimba para fumar.
Dejo que el humo escape lentamente por mi nariz y observo al señor Hani sentarse frente a mí.
—Necesito a la mejor de tus mujeres esta noche. —El ambiente con poca luz se inunda del humo que exhalo despacio—. Mi padre quiere que me case.
—Claro que quiere. —El hombre abre mucho los ojos—. Usted administra casi todas las empresas de la familia. La del petróleo, la aviación y la cadena hotelera. Pero nada de eso se acerca a ser el Emir.
En cuanto termina la frase, suelto aún más humo por el lugar. Empiezo a sentir que el cuerpo se me relaja, la cabeza parece volverse ligera y flotar por el ambiente. El masaje también tiene su mérito.
Acabo de regresar de la puta guerra en los países vikingos, donde estaban intentando dar un golpe de estado a mi amigo Haakon III. Tuve que intervenir.
Ahora, además de cansado, estoy cabreado porque mi padre quiere casarme a la fuerza con una princesa árabe; por eso merezco que me cuiden bien las manos de las extranjeras que no entienden nuestra lengua.
Sin embargo, nada ha sido tan estresante como oír a mi padre, en cuanto entré en sus aposentos:
—Khadija Al Bawari, ese es el nombre de la buena esposa que he encontrado para que te cases y me des siete nietos.
La mayoría de los hombres de mi familia son dominantes, posesivos y controladores con todo, pero el Emir, mi padre, es el jefe de la familia. Él no sugiere ni pide, ordena. ¡Y ay de aquel que se atreva a desobedecerlo!
El problema es que me he acostumbrado a no tener esposa.
Sara murió en el parto y me dejó a Youssef.
Todos los días, cuando me despierto y veo el rostro de mi hijo, no puedo pensar en otra cosa que no sea: él le quitó la vida a quien yo más amaba.
Cuando mi padre me presentó a Sara, no la amé, pero me casé por obligación, por deber y compromiso con mi familia y con mi pueblo.
Un año después me prometía que ella sería mi gran amor.
Que sería devoto, que la amaría y la adoraría como parte de mí hasta el último día de mi vida, sin saber que nos dejaría tan pronto.
Mi padre entendió mi dolor. De vez en cuando me presentaba a las hijas de otros Jeques, princesas europeas, o me proponía a una de nuestras primas para que volviera a casarme, pero yo me negaba.
El dolor se había apoderado de mí; en 7 años no pude mirar, amar ni desear a otra mujer.
El sexo en el harén de Hani era solo para saciar una necesidad fisiológica. Hacerme sentir vivo durante algunas horas. Aplacar al monstruo que crecía dentro de mí.
—¿Cuándo será la boda? —Hani me trae de vuelta a la realidad.
—No voy a casarme, Hani —digo con firmeza.
El viejo ríe con desdén. Sabe muy bien quién es mi padre, nada ni nadie se pone contra su voluntad.
—El rey es de armas tomar. —Mueve la cabeza de un lado a otro—. Es capaz de desheredarlo si no acepta sus órdenes. Igual que hizo con su hermano mayor.
— Tsc —chasqueo los labios en desaprobación.
—Las candidatas no deben de estar mal.
—El problema es que el matrimonio es sagrado. —Cierro los ojos y disfruto del masaje.
El humo de la cachimba me hace ver otro fantasma, uno al que nunca conocí.
Todas las noches, desde que Sara se fue, soñaba con ella, hasta que un día una mujer invadió mis sueños, igual que el viento recorre sigilosamente la casa y mece las cortinas.
Ojos castaños, cabello voluminoso, labios carnosos. Un rostro lánguido, mirada intensa, olor a almendra. Una piel tan suave que, al menor roce, es capaz de erizarse.
¡Malditos fantasmas que sondean mi mente!
—El matrimonio, para hombres como usted, es solo un contrato de intereses —replica.
—No deja de ser sagrado. —Cierro los ojos cuando inhalo hasta el límite de mis pulmones el humo de aroma dulce, con la esperanza de ver a mi fantasma favorito una vez más, pero se disuelve en el aire junto con mi respiración—.
Y yo nunca podré amar a una mujer si ni siquiera consigo amar a mi propio hijo.
Estaría traicionando la tradición, obligando a una mujer a vivir una mentira, sin poder concederle lo que le corresponde por derecho: amor, devoción y mi corazón.
Hani sonríe. Sabe que esta empresa pecaminosa en medio del desierto es lucrativa. Pues son hombres como yo los que la mantienen en pie.
—Por eso le gusta usar mujeres —asiente.
Sujeto con firmeza la coleta de la mujer que está masajeando mi abdomen.
Es la elegida. Es a ella a quien quiero primero.
La hago descender hasta mi entrepierna, froto su rostro despacio contra mi piel perfumada y siento sus uñas afiladas en mi pantorrilla cuando la hago tragarse de una sola vez mi polla.
Ella lucha por apartarse, tomar aire y recobrar el sentido, pero la mantengo ahí hasta que entiende que esto es placentero. Un minuto después ya no se resiste; en realidad es ella quien me obliga a apretarla contra mí y a hacer que mi polla le llegue hasta el fondo de la garganta.
—En realidad, me gusta usar todo lo que se cruza en mi camino —aclaro.
El masaje en mi espalda y en mi pecho continúa.
Fumo un poco más y siento que todo el cuerpo se relaja, la tensión baja y me da una sensación muy agradable; mi excitación, sin embargo, sigue intacta.
—Use a todas las que quiera, mi señor, y disfrute de su noche de diversión. Le deseo una buena boda al mejor de mis clientes. —El hombre se levanta con una gran sonrisa.