Zona Muerta Capítulo 18
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Capítulo 18

Theo

Resulta que esconder algo de ti mismo es facilísimo, hasta que el que tiene que encontrarlo eres tú.

Llevaba desde la cena con Ozzy dándole vueltas a la carpeta cifrada.

El problema no era abrirla; el problema era encontrar dónde la había metido, porque mi familia me había borrado el móvil, la nube principal, todo lo que conocían.

Pero una cosa que cifras a escondidas, muerto de nervios, para que no la vea nadie, no la guardas en la cuenta que usa todo el mundo.

La guardas en otro sitio. En un sitio tuyo.

Y para encontrar el sitio tuyo, necesitaba a alguien que pensara como yo pensaba hace dos años, y ese alguien era Ozzy, porque Ozzy me conoce mejor de lo que me conozco yo.

Vino un sábado por la tarde con dos pizzas y su portátil.

—Antes de empezar —dijo, montando el portátil en mi mesa—, quiero que conste que esto es lo más interesante que me ha pasado en meses, y que si dentro de esa carpeta hay algo turbio te voy a apoyar igual, pero me vas a tener que contar todo con pelos y señales.

Soy tu mejor amigo y me debes un misterio.

—Abrió la pizza—. Dicho esto. ¿Tú alguna vez te abriste un correo raro? ¿Uno que no fuera el tuyo de siempre?

—Ozzy, no me acuerdo ni de cómo se llamaba mi perro.

—No tenías perro.

—¿Lo ves?

—A ver, piensa —insistió, con la boca llena—. Si tú querías esconder algo de todo el mundo, ¿qué correo usabas? El bueno no, que ese lo tiene fichado tu padre. ¿Tenías otro?

—No me acuerdo de nada, Ozzy.

—Ya, perdón. —Masticó—. Vale. El del campus. El de la universidad. Ese te lo dan a ti, no pasa por tu familia, y sigue activo aunque no lo uses. Empezamos por ahí.

Entramos en el correo del campus. Seguía vivo, con dos años de mensajes sin leer, anuncios de la facultad, spam.

Y entre los anuncios, enterrado, un correo de hacía dos años de un proveedor de almacenamiento en la nube.

«Bienvenido a tu nueva cuenta.» Una cuenta secundaria.

Una que yo había abierto con el correo del campus, no con el bueno, no con el que mira mi padre.

Una que nadie sabía que existía porque la había abierto para que nadie supiera que existía.

—Bingo —dijo Ozzy—. Mírate, paranoico de mierda. Recuperamos la contraseña por el correo del campus y entramos. Sin dramas. Esto lo hace mi abuela.

Y así fue. Sin hackeos, sin películas. Le di a «he olvidado mi contraseña», me llegó un enlace al correo del campus, puse una nueva, y entré en una cuenta de nube que yo mismo había escondido del mundo dos años atrás y de la que no recordaba absolutamente nada.

Estaba casi vacía. O vaciada. Carpetas de apuntes borradas, fotos del equipo borradas, lo normal, lo que borras cuando limpias. Daba la sensación de que en algún momento alguien había pasado por ahí quitando cosas, o de que yo mismo las había quitado.

Salvo una carpeta.

En medio de toda aquella cuenta limpia, vacía, había una sola carpeta que nadie había tocado. Tenía un candado en el icono. Estaba cifrada, de las de verdad, de las que Ozzy me había enseñado a hacer, de las que no abre nadie sin la clave.

Se llamaba «R.».

Una letra. Un punto. Nada más. R, punto.

Ozzy se quedó callado, lo cual en Ozzy es un acontecimiento sísmico. Pinché encima. No se abría, claro, pedía contraseña, pero me dejaba ver dos datos, dos miserables datos que no necesitaban clave, en la información del archivo.

El primero: número de elementos. Trescientos doce.

Trescientos doce archivos. Trescientos doce.

Yo, el tío que no sabe cambiarle la funda al móvil, había guardado trescientas doce cosas dentro de una carpeta, las había cifrado una por una, y las había escondido en una cuenta secreta que nadie conocía.

No se guardan trescientas doce de nada por casualidad.

Trescientos doce es una cantidad de cariño.

Es lo que acumulas de algo durante mucho tiempo, mucho, foto a foto, día a día.

Trescientos doce es una historia entera.

Pensé en cuánto tiempo se tarda en juntar trescientas doce cosas de una sola persona.

No es una semana. No es un capricho. Es alguien a quien fotografías, a quien grabas, a quien guardas, durante meses, a escondidas, con cuidado, porque cada archivo te importa lo bastante como para cifrarlo después uno a uno.

Yo había hecho eso. El tío que no sabe ni hacer una captura de pantalla había construido un archivo entero de una persona y lo había blindado contra el mundo.

Eso se hace por una razón. Y la razón no era el odio.

El segundo dato me dejó sin aire.

Fecha de última modificación.

Tres días antes del paro.

Lo leí tres veces para asegurarme de que entendía lo que estaba leyendo.

Esa carpeta, la carpeta «R.», la que yo escondí del mundo, la última vez que se tocó fue tres días antes de que mi corazón se parara en el hielo.

Tres días. No hacía dos años. Hacía tres días de antes del accidente.

Lo que significaba que yo, el Theo de hace tres días, el que según toda mi familia y todo el campus odiaba a muerte a una chica llamada Renata Acosta, el que se pasaba la vida fingiendo que esa persona no existía, ese Theo, en secreto, sin que nadie lo supiera, entraba en una carpeta cifrada llamada «R.

» y la tocaba. La cuidaba. Seguía teniéndola.

El odio público era de cara a la galería.

Lo supe ahí, delante del portátil, con una certeza que me cayó encima como un edificio.

Fuera lo que fuera lo que había entre Renata y yo, no era odio, porque uno no guarda trescientas doce cosas cifradas de la persona que odia y entra a verlas tres días antes de morirse.

—Tío —dijo Ozzy, muy bajito, mirando la pantalla—. ¿Qué es «R»?

—No lo sé.

—¿No será...?

—No lo sé, Ozzy. —Y era verdad que no lo sabía. Pero el cuerpo sí. El cuerpo, que llevaba meses gritándome un nombre, había empezado a gritarlo más fuerte.

Ozzy se fue a medianoche. Y yo me quedé hasta el amanecer, solo, con el portátil, haciendo lo único que se puede hacer con una caja fuerte sin la llave: probar combinaciones.

Probé mi cumpleaños. Probé el de Ozzy. Probé mi dorsal, el catorce, en todas las variantes, con ceros delante, con ceros detrás.

Probé el año del draft. Probé «Kings», «Marchetti», «hockey», «catorce», nombres de excompañeros, fechas de partidos importantes que busqué en internet porque yo no me acordaba.

Probé combinaciones que no tenían ningún sentido, solo porque ya había probado todas las que sí lo tenían.

Probé el nombre de mi madre. Probé el de mi padre, aunque la sola idea de que mi padre tuviera algo que ver con esto me daba arcadas.

Probé palabras sueltas: «hielo», «norte», «lago».

Y al escribir «lago» se me erizó algo, no sé por qué, lo escribí dos veces, lo miré en la pantalla más tiempo del que merecía una palabra de cuatro letras.

Pero no. Tampoco era eso. O era eso a medias, igual que la flor: una pieza de algo más grande, una pieza suelta que sola no abría nada.

Probé centenares de cosas, una detrás de otra, con los dedos cada vez más torpes y los ojos cada vez más rojos, y la carpeta me dijo que no centenares de veces, paciente, indiferente, como me dice que no toda la gente que me rodea cuando pregunto lo que de verdad importa.

La obsesión se me volvió física a eso de las tres.

Me dolía el estómago. Tenía el cuello agarrotado.

El monitor del pecho registraba mi pulso disparado y a mí me daba igual que mañana ella lo viera, que viera que pasé la noche con el corazón a las mil por una carpeta.

Porque empezaba a entender que dentro de esos trescientos doce archivos estaba la respuesta a todo: a por qué mi cuerpo conoce a una mujer que mi cabeza odia, a por qué guardo una flor seca en un guante, a por qué sueño con hielo distinto y risas de mujer, a por qué un viernes sonreía a un móvil y al siguiente la odiaba.

Todo. La verdad de mis dos años robados estaba a una contraseña de distancia, y yo no la tenía, y me estaba volviendo loco.

Hacia el final, agotado, hice una cosa rara.

Saqué la peonía seca de la libreta. La puse al lado del teclado.

Y la miré, esa flor marrón, aplastada, mía, pensando que a lo mejor tenía algo que ver, que a lo mejor la clave era una flor, que a lo mejor el sueño de la flor sobre la línea azul y esta flor y esta carpeta eran la misma cosa.

Probé «peonia», «flor», «flores», en español y en inglés.

No. Faltaba algo. La flor era media respuesta, lo notaba, pero le faltaba la otra media, una pieza que yo no tenía, una pieza que se me había quedado en los dos años que no recuerdo.

Cerré el portátil cuando salió el sol. No había abierto nada. Pero ya no me hacía falta abrirla para saber que aquella carpeta lo cambiaba todo.

Tenía una persona. Tenía una letra. Tenía trescientos doce motivos para dejar de creerme la versión de mi familia.

Lo que me faltaba era oírselo a ella.

La sesión siguiente entré directo, sin calentar, sin el numerito de la bici. Ella estaba preparando los electrodos. Me planté delante.

—Tengo una pregunta —dije—. Y no es del juego. Es de verdad.

—No estamos jugando a nada. Siéntate, que vamos tarde.

—¿Qué significaba para mí la letra R?

Lo solté así, a bocajarro, sin avisar, mirándole la cara, porque la cara es donde ella no llega a tiempo a esconderlo todo. Y le miré la cara con todo lo que tengo, con los meses de aprenderme cada gesto suyo, buscando la grieta.

La grieta estuvo. Fue un instante. Las manos, que estaban abriendo un electrodo, se le quedaron quietas medio segundo de más.

La izquierda buscó la muñeca derecha, ese gesto suyo, y se la apretó.

Y algo le cruzó los ojos, algo grande, algo que subía, una frase entera que se le venía a la boca, la vi llegar hasta el borde, la vi a un segundo de salir.

Y no salió.

La tragó, como se las traga todas, con un esfuerzo que esta vez sí le costó, que esta vez se le notó en la garganta.

Volvió a poner la cara en orden, pieza a pieza, y cuando habló, la voz le salió plana, controlada, perfecta, con solo una grieta del grosor de un pelo que solo oye quien lleva meses escuchándola.

—Eres tú quien hace las preguntas difíciles, Marchetti —dijo.

Y se dio la vuelta a por el monitor.

No me contestó. Pero tampoco me dijo que no significaba nada.

No me dijo «no sé», no me dijo «qué tontería», no me dijo «no hay ninguna R».

Una persona a la que le preguntas por una letra que no significa nada se encoge de hombros y sigue a lo suyo.

Esta mujer se había quedado con las manos paradas, se había apretado la muñeca, había tragado una frase entera y me había devuelto la pelota con la voz temblándole por un sitio del grosor de un pelo.

La gente no hace eso con las letras que no significan nada.

La gente hace eso con las letras que son un nombre.

Me senté en la camilla. Dejé que me pusiera los electrodos, que me leyera el corazón que llevaba toda la noche disparado por su culpa sin que ella supiera del todo que era por su culpa, y mientras sus dedos fríos me pegaban las pegatinas al pecho, pensé una cosa que ya no me atreví a no pensar:

Que «R» era ella. Que los trescientos doce archivos eran ella. Que aquella carpeta cerrada que me estaba volviendo loco la había llenado yo, durante ocho meses por lo menos, de una mujer que ahora me ponía electrodos fingiendo que me odiaba.

Ocho meses. Lo calculé por encima, trescientos doce archivos, uno cada poco, y me salieron meses, muchos.

Ocho meses de algo que el mundo entero me había jurado que nunca existió.

Ocho meses que alguien se había tomado la molestia de borrar de mi móvil, de mi nube, de mi memoria y de mi propia cabeza, y que solo habían sobrevivido en una cuenta que se les pasó por alto, porque hasta la gente que controla a un hijo entero se olvida de mirar el correo de la universidad.

Solo me faltaba la llave.

Y empezaba a sospechar que la llave también la tenía ella, escrita en alguna parte de esa cara que se le rompe por el grosor de un pelo cada vez que me acerco demasiado a la verdad.