Zona Muerta Capítulo 17
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Capítulo 17

Theo

Hay cosas que te prohíben y obedeces, y hay cosas que te prohíben y por eso mismo las haces.

A mí me habían escrito «nada de hielo» en mayúsculas y subrayado dos veces en una pared, y llevaba semanas mirando esas tres palabras cada lunes, miércoles y viernes como quien mira un bozal.

Un jugador sin hielo no es nada. Y yo, aparte de no ser nada, necesitaba volver a aquel sitio por una razón que no tenía que ver con jugar.

Al conserje de noche le bastaron cincuenta pavos y una foto firmada para su sobrino.

Me abrió el pabellón a las once, me dijo que tenía media hora y que él no había visto nada, y me dejó solo.

Yo me había traído los patines de casa, escondidos en la bolsa del gimnasio como un crío que esconde tabaco.

El pabellón vacío es otra cosa. De día es ruido, catorce mil voces, focos.

De noche es una catedral helada, oscura, con solo las luces de emergencia verdes en las salidas y el frío subiendo del hielo como un aliento.

Me senté en el banquillo, me até los patines con las manos un poco torpes —la derecha todavía no me responde igual desde la reanimación— y salí a la pista.

El hielo me recibió como si no hubiera pasado nada.

Esa es la traición de tu propio elemento: a ti se te ha parado el corazón encima de él, y él sigue ahí, liso, indiferente, esperándote igual que te esperó siempre.

Di dos zancadas y el cuerpo se acordó solo de cómo se hace, el peso a un lado, el filo, el deslizar.

Catorce años haciendo esto. El hielo no se me había olvidado a mí, ni yo a él.

Lo único que se me había olvidado eran los dos años en los que, por lo visto, fui feliz.

Y no entrené. Esa es la parte que no tenía planeada.

Salí pensando que iba a dar unas vueltas, a sentir otra vez el hielo debajo, a comprobar que seguía siendo yo.

Pero las piernas me llevaron directas a un sitio, sin que yo se lo pidiera, igual que el cuerpo me lleva siempre a los sitios que la cabeza no recuerda.

Me llevaron al centro, un poco escorado hacia el banquillo local, y me pararon en seco sobre un punto del hielo que para cualquiera es hielo igual que el resto.

Para mí no.

Ahí me caí. Ahí se me paró. Ahí estuve, según los médicos, cuatro minutos muerto antes de que me arrancaran de vuelta.

Estaba de pie sobre el metro cuadrado exacto donde mi propio corazón decidió, sin avisar, que hasta aquí.

Y me quedé mirándolo. No es nada. Es hielo.

No hay marca, no hay mancha, no hay nada que diga «aquí murió un chico cuatro minutos».

Pero yo lo notaba debajo de las cuchillas como se nota una tumba, porque en cierto modo lo era: la mía.

La única tumba del mundo en la que el muerto puede ponerse de pie y mirarla desde arriba.

No oí llegar a Renata. La oí cuando ya estaba en la grada, bajando los escalones de dos en dos, con el abrigo encima del pijama y una cara que reconocí enseguida porque era de furia, furia pura, de las que dan miedo.

—¿¡Se puede saber qué cojones haces!? —Su voz rebotó por todo el pabellón vacío—. ¡Tienes una alerta de frecuencia disparada a las once de la noche, idiota! ¡He pensado que te estabas muriendo otra vez! ¡He venido corriendo pensando que te encontraba en el suelo!

Claro. El monitor. Se me había olvidado el chisme que llevo en el pecho, el que le chiva a ella cada vez que mi corazón hace algo raro, y subirme a un hielo prohibido a medianoche le había parecido lo bastante raro como para activar la alarma.

La había sacado de la cama. Había venido pensando lo peor.

—Estoy bien —dije.

—¡Estás sobre hielo! ¡Con patines! ¡Después de un paro cardíaco! ¡Hay una regla del tamaño de un cartel que dice justo que no hagas esto! —Llegó al borde de la pista, sin pisarla, agarrada a la valla—. Sal de ahí ahora mismo. Te lo digo como tu...

Y se paró.

Se paró porque me miró de verdad, por fin, y vio lo que estaba viendo: que no estaba entrenando.

Que no había una sola marca de cuchilla en el hielo alrededor de mí, ni una vuelta, ni un sprint.

Que estaba quieto, parado en un punto concreto, mirando el suelo.

Vio dónde estaba parado. Y se le cayó la furia de la cara de golpe, como se cae un vaso de la mano, y debajo de la furia había otra cosa que no esperaba encontrar, algo que se parecía mucho al miedo pero más triste.

—Estás en el punto —dijo, en voz baja. Ya no gritaba.

—Sí.

—¿Cómo sabes que es este?

—No lo sé. Me han traído las piernas. —La miré—. ¿Es este?

Tardó en contestar. Y cuando lo hizo, fue con un hilo de voz.

—Es ese.

Se quedó al borde, sin entrar. Yo seguí en el centro. Y desde esos quince metros de distancia, con todo el pabellón negro alrededor, tuvimos la conversación más rara de mi vida.

—¿Sabes qué es lo más jodido? —dije—. Que no me acuerdo.

La gente que pasa por algo así tiene un recuerdo, un trauma, algo.

Yo no tengo ni eso. Me morí aquí y no me acuerdo de morirme.

Tengo el escenario del crimen, pero el crimen me lo borraron junto con todo lo demás.

—Di un golpecito en el hielo con la cuchilla—.

Mi propio cuerpo es la escena. Llevo el sitio donde me morí dentro de mí, a todas horas, en el pecho, y no me acuerdo de lo que pasó.

¿Tú sabes lo que es eso? Vivir dentro del lugar de los hechos y no tener el expediente.

—Sí —dijo. Bajito—. Sé lo que es eso mejor de lo que te imaginas.

Y ahí, otra vez, esa cosa que hace, decir una verdad enorme en cuatro palabras y dejarla caer sin explicarla. «Sé lo que es eso mejor de lo que te imaginas.» Lo guardé. Lo guardo todo.

—¿Tú has visto morir a alguien? —pregunté, porque esa frase suya no se quedaba quieta—. ¿Por eso lo sabes?

No contestó a eso. Se quedó mirando el hielo entre los dos, el punto, mi tumba, y por un segundo me pareció que no lo miraba a él, que miraba otro suelo, otro sitio, otra cosa que yo no podía ver.

Luego negó con la cabeza, despacio, no como un «no» sino como un «no vamos a hablar de eso», y movió de sitio la conversación con el cuerpo entero.

Entró en el hielo. Sin patines, con las botas, lo cual es absurdo y peligroso, caminando con cuidado sobre la superficie con los brazos un poco abiertos para no resbalar, hasta que llegó a mi lado, al centro, al punto.

Se puso enfrente. Y por primera vez desde que la conozco, estábamos los dos en el mismo metro cuadrado de hielo, el peor metro cuadrado del mundo, sin una camilla ni un monitor ni una sala de por medio.

—No deberías estar aquí —dijo, pero no se movió.

—Tú tampoco. Vas a romperte la crisma con esas botas.

—Pues agárrame.

No sé si lo dijo a propósito. Creo que no.

Creo que se le escapó, como un reflejo, como cuando el cuerpo va por delante de la cabeza.

Pero lo dijo, «agárrame», y yo le di la mano para que no se cayera, su mano fría en la mía, y de repente la distancia entre los dos era de centímetros, y el pabellón estaba a oscuras, y los dos sabíamos exactamente lo cerca que estábamos porque se nos había cortado la respiración a la vez.

Nos quedamos así. Su cara a un palmo de la mía.

Yo notándole el aliento. Ella sin soltarme la mano, sin apartarse, con los ojos yéndosele a mi boca y volviendo a mis ojos, peleando consigo misma una pelea que yo le veía perder en tiempo real.

Y yo, que llevaba semanas reconstruyendo a esta mujer pieza a pieza, que tenía media certeza de que habíamos sido algo, que tenía el cuerpo gritándome que la conocía, me incliné ese centímetro que faltaba.

Y ella, en el último instante, en el medio segundo antes de que pasara, cerró los ojos y susurró una palabra.

No fue mi nombre. No fue «para». Fue una palabra en otro idioma, en español, una palabra que no entendí, dicha con una ternura que no le había oído nunca, que no encajaba para nada con dos personas que se odian a muerte:

—Tramposo...

Y en cuanto le salió de la boca, lo supo. Abrió los ojos de golpe, se le heló la cara, dio un paso atrás resbalando en las botas, y se tapó como se tapa una herida que sangra demasiado rápido.

—Nada —dijo, recomponiéndose a toda prisa, soltándome la mano—. No he dicho nada.

—Has dicho algo. En español. ¿Qué significa?

—No significa nada. Es tarde. Sal del hielo. —La voz le temblaba—. Por favor. Sal del hielo, Marchetti, antes de que te pase algo de verdad y esta vez no haya quien te reanime.

Y en ese momento, justo en ese momento, como si el edificio entero estuviera de parte de ella, saltaron las luces automáticas del pabellón.

Todas a la vez. Sensores de movimiento que alguien deja programados y que se encienden cuando detectan que hay gente en la pista a deshora.

Un fogonazo blanco, brutal, que nos cegó a los dos y partió la noche en dos mitades, la de antes de la luz y la de después, y en la de después ya no había ningún beso posible, solo dos personas pestañeando en mitad de una pista iluminada, separadas por un paso, con una palabra en español flotando entre las dos que ella no pensaba traducir y que yo no pensaba olvidar.

Salí del hielo. Esa la gané ella.

Me quité los patines en el banquillo sin decir nada. Ella me esperó, a distancia, con los brazos cruzados, vigilando que me fuera, y solo cuando estuve en la puerta con la bolsa al hombro me dijo, en un tono ya plano, ya recompuesto, de staff:

—Como vuelvas a subirte a un hielo sin autorización, dejo el caso. Y le digo a tu cardiólogo por qué. ¿Estamos?

—Estamos.

No estábamos. Pero se lo dejé.

Esa noche soñé. Y no fue un sueño normal, de los que se deshacen al despertar. Fue otra cosa, una textura que no había tenido nunca en estos meses, nítida, real, como un trozo de película que alguien hubiera metido a la fuerza en el proyector equivocado:

Hay hielo, pero no es este. Es otro hielo, al aire libre, negro, enorme, con estrellas encima.

Hace un frío que no duele. Alguien se ríe.

Una mujer se ríe, muy cerca, con una risa que no he oído despierto y que el cuerpo reconoce dormido.

Hay una flor blanca sobre una línea azul.

Y yo soy feliz. No sé por qué soy feliz, pero lo soy, con una felicidad sin condiciones, de las que no me he permitido nunca despierto.

Me desperté a las cuatro de la mañana con el corazón a ciento veinte —el monitor lo registró, mañana ella lo verá— y con la cara mojada, lo cual no me había pasado desde el hospital.

No era un sueño. Lo supe nada más abrir los ojos, con la certeza física con la que sé andar.

Era un recuerdo. El primero. Un trozo de los dos años que me robaron, que se había escapado del sitio donde me lo enterraron y había subido a la superficie de noche, aprovechando que dormía y no podía defenderme.

Hielo distinto. Una risa de mujer. Una flor blanca.

Me quedé despierto hasta el amanecer, sentado en la cama, agarrándome a ese fragmento con todas mis fuerzas para que no se hundiera otra vez, repasándolo una y otra vez como se repasa un número de teléfono que no puedes apuntar.

Y no se lo conté a nadie. Ni a Ozzy. Ni a la libreta. A nadie.

Algunas cosas, cuando por fin las recuperas, son demasiado tuyas para enseñárselas a un mundo que se ha pasado dos años decidiendo qué podías y qué no podías saber de tu propia vida.

Esa flor era mía. Esa risa era mía. Y por primera vez desde que desperté, tenía algo que ellos no me habían dado, no me podían quitar y no sabían que tenía.

Era poco. Era una flor sobre una línea azul.

Pero era mío.