Epílogo
Veinticinco años más tarde…
—Mamá, estoy como un flan.
Me eché a reír mientras miraba a mi hija, lo guapísima que estaba vestida de novia.
La novia más guapa que yo había visto en mi vida y no, no era amor de madre, era la más pura verdad.
—Pues estate tranquila, todo va a salir perfecto.
—Tengo ganas de ver a Aitor, seguro que está guapísimo —dijo con los ojos brillantes.
—Es guapo, así que vestido de novio lo estará mucho más.
Nos miramos las dos y sonreímos.
—Siéntate, que te pongo el velo, solo te falta eso y tu padre en dos minutos estará aquí a buscarte.
—Está atacado de los nervios —dijo riendo.
—Está igual que el día en que naciste tú y tus hermanos —contesté, poniendo los ojos en blanco.
Alaia se sentó en la silla que tenía en el tocador de su habitación y de encima de la cama cogí el corto velo que había elegido para ponérselo.
Mientras lo hacía, mi mente no pudo estarse quieta y por ella pasaron muchas de las cosas que habían pasado en los últimos veinticinco años desde que mi hija mayor había nacido .
Desde el mismo momento que llegamos a casa con ella en brazos y, como prometió Aitor, no se separó de ella para acompañarla y cuidarla todos los años después.
Estuvo presente cuando dijo su primera palabra, que a nadie le sorprendió que fuera su nombre. De su mano dio sus primeros pasos y de su mano también fue pasando de niña a adolescente hasta llegar a la mujer en la que se había convertido.
Aitor, como dijo siendo un niño, estudió medicina y en la actualidad trabajaba en el hospital que un día lo hizo Mikel en Bilbao, en la especialización de cirugía pediátrica, que fue desde siempre la que más le llamó la atención.
Mi hija, al igual que su chico, tuvo claro muy pronto también lo que quería. Y lo consiguió. Era enfermera y trabajaba con el que en unos minutos se convertiría en su marido.
Todos menos Mikel y yo aún alucinan cuando piensan en las palabras que dijo Aitor el día que Alaia nació sobre que sería su mujer. Pues sí, al final ese día él solo dijo en voz alta lo que el destino tenía escrito para ellos.
Juntos desde el nacimiento de ella y juntos hasta el final de sus días queriéndose como Aitor predijo.
De mi hija y mi futuro yerno los pensamientos se me fueron hacia otros que también seguían juntos y enamorados.
Eneko y Lucía. Ellos seguían trabajando en el negocio de arquitectura que un día montaron nuestros padres y del que junto a Bosco ahora eran los propietarios.
Además de Aitor, al que Lucía, cuando tenía seis años, adoptó legalmente, habían tenido una hija. Lorena ya tenía veintidós años y era una niña dulce y muy tranquila que había seguido los pasos de sus padres y en unos meses sería la nueva arquitecta de la familia.
Un año antes de llegar su hija a sus vidas, Eneko y Lucía se casaron por el juzgado e hicieron una celebración a la que solo fuimos la tira de invitados con la familia que ella tenía en un hotel de Bilbao.
Dicen que de una boda sale otra, pues de esa salió la de Bosco y Nerea, que allí mismo, en el baile, mi amigo, un poco perjudicado de alcohol, con la corbata atada en la cabeza, después de marcarse un baile de lo más gracioso, hincó rodilla y dejó a Nerea con la boca abierta, pidiéndole que se casara con él.
Se casaron solo seis después y en esa boda también hubo otra noticia que en esa ocasión fue Nerea a Bosco la que lo dejó con la boca abierta.
Allí, mientras partían la tarta, le soltó así de golpe que estaba embarazada de mellizos. Aún nos reímos al recordar la cara que se le quedó al pobre Bosco, que hasta se le cayó la tarta al suelo.
Siete meses después de esa boda llegaron al mundo para ampliar su pequeña familia y la grande de todos los terremotos de la familia.
Los mellizos Julen y Ainhoa ya tenían veintiún años y ambos estaban estudiando. Él, derecho, que era lo que desde niño dijo que le gustaría ser, y ella, al igual que mi hija, haciendo enfermería.
Nuestros dos sobrinos tan solo se llevaban seis meses con nuestro segundo hijo que tenía ya veinte años recién cumplidos y de nombre le pusimos Iker. Y este sí que tenía claro que quería seguir los pasos de su padre y hacer medicina, así que ahí estaba hincando codos todo el día.
Dos años después de llegar Iker a nuestras vidas y sin esperarlo, como nos pasó con Alaia, volví a quedarme embarazada por segunda vez porque los anticonceptivos volvieron a fallar.
Unai era nuestro pequeño de diecisiete años y el que cerraba nuestra maravillosa familia.
Unai ya apuntaba maneras y desde que pudo sostener un libro en las manos no había hecho otra cosa. Ya tenía varios relatos escritos que habíamos mandado a la editorial con la que yo seguía trabajando y estábamos esperando respuesta para saber si se los publicaban.
Cosa de la que estaba segura de que así sería porque eran realmente buenos.
Yo durante todos años había seguido publicando libros infantiles bajo el seudónimo de la Ratita Azul y os juro que hasta había perdido la cuenta de cuantos había escrito, cientos, de eso sí que estaba segura.
Mikel seguía siendo el médico del pueblo y seguía encantado de serlo. Siempre me decía que cambiar su vida de Bilbao en el hospital y venirse a Ea había sido la decisión más acertada que había podido tomar en su vida .
Ya que con ella había encontrado la paz y la tranquilidad que buscaba además de reencontrarse con el amor de su vida.
Porque sí, los dos pensábamos qué, que él fuera el médico que me atendiera en aquel episodio tan desagradable de mi vida fue solo le primer aviso del destino para decirlos que estamos predestinados y que nuestros corazones se fueran preparando para cuando nos reencontramos años después.
Lo único que no habíamos hecho había sido casarnos.
Desde que nació Alaia, lo habíamos hablado varias veces a lo largo de los años, pero lo fuimos dejando, los años pasaron y habíamos llegado a la boda de nuestra hija mayor sin habernos casado nosotros.
Pero era algo que no nos importaba, que nos hubiera gustado, pues sí, pero así se habían dado las cosas y no pasaba nada.
Nosotros nos considerábamos como Mikel, mi marido, y yo, su esposa, sin haber firmado ningún papel; lo que importaba era lo que nos queríamos y eso lo hacíamos todos y cada uno de los días, a más no poder.
Unos toques en la puerta me hicieron volver al presente y ver que ya tenía colocado el velo y que era hora de irnos a celebrar el día más importante de nuestra niña.
—Pasa, amor.
La puerta se abrió y por ella Mikel asomó la cabeza. Solo dos segundos bastaron para que al ver a Alaia se le llenaran los ojos de lágrimas y que a mí al ver la emoción en sus ojos me pasara lo mismo.
—Dios mío… cariño, estás preciosa.
—Jo… papá, gracias.
Vi cómo Mikel me guiñaba un ojo y negué con la cabeza.
—Se lo decía a tu madre, pero tú también estás muy guapa, hija.
—¡Papa! Deja las bromas por un día que estoy de los nervios.
Los tres nos echamos a reír mientras Mikel nos envolvía a las dos entre sus brazos.
—¿Estáis ya listos? Es hora de irse. El novio ya estará de los nervios y cuando se pone nervioso ya sabéis lo que pasa, que habla y habla y a los invitados se les puede desencajar la mandíbula al oírle.
—Iker, no te metas con Aitor, que no habla tanto —se quejó Alaia.
—Pues será cuando duerme, porque despierto no se calla ni bajo amenaza —dijo Unai riéndose.
—Venga, chicos, vamos saliendo nosotros, que papá y Alaia nos seguirán.
Unai, Iker y yo bajamos las escaleras y salimos al jardín que era donde se iba a celebrar la boda por petición de los novios.
Mis hijos se sentaron en los sitios que tenían asignados y yo me acerqué al altar para dar un beso a Aitor, que por primera vez desde que le conocía estaba realmente nervioso.
—Amaia, estás guapísima .
—Tú sí que estás guapo, dame un abrazo, mi niño.
Nos abrazamos y noté como temblaba entre mis brazos.
—Cálmate.
—Joder, estoy de los nervios. Vendrá, ¿verdad?
Me retiré hacia atrás para mirarle a los ojos y sonreí.
—Sabes de sobra que vendrá. Desde el día que nació, como tú mismo dijiste, casarse contigo y quererte más que a nadie es su destino.
Se le aguaron los ojos.
—La quiero más que a nada ni a nadie desde que vi su cara roja y esos ojos grises como los tuyos, el día que nació.
—Lo sé. Nadie creyó que lo que decías era cierto, pero Mikel y yo sí lo hicimos, vimos cómo la mirabas.
—Amaia, gracias por estar siempre a mi lado. Por apoyarme y entenderme desde el principio, ser diferente es duro y haberte tenido a mi lado, sabiendo que te sentías igual que yo ha sido para mí lo mejor que me ha podido pasar.
—Gracias a ti por colarte en mi jardín, ese día cambiaste mi vida. Te quiero mi niño.
Nos dimos un último beso y un abrazo y me marché a sentarme en mi sitio.
Cinco minutos después, mientras a todos los presentes se nos escapaban unas lagrimillas, aunque a Aitor el que más, mi hija caminó por el pasillo del brazo de Mikel para unirse al hombre de su vida .
Mikel se sentó a mi lado y por instinto buscó mi mano y yo la suya como siempre que estábamos el uno al lado del otro.
—Están guapísimos.
—Sí que lo están. Y tú estás preciosa. Corrijo, eres preciosa.
Apoyé la cabeza en su hombro mientras miraba como mis niños se casaban.
—Mikel —susurré.
—Dime, amor.
—Te amo, te amo con todo mi corazón. Cada día al despertar doy gracias por que me eligieras, porque me vieras.
—Yo también te amo. Y da igual quién esté, todo lo demás que tengas o lo que pase alrededor, porque cuando estás a mi lado todo desaparece y yo solo t e veo a ti.
Nos miramos. Y nos besamos a la misma vez que lo hacían nuestros niños, ya siendo marido y mujer, volcando en ese beso todo el amor que nos teníamos, ese que ni habiendo pasado los años había descendido un poco, sino que, cada día que pasaba, era más grande.