Yo esa noche 5 DE NOVIEMBRE #2
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5 DE NOVIEMBRE #2

PP: —Se presentó quince o veinte días antes del accidente a pedir laburo.

Yo andaba buscando personal porque uno de mis empleados había renunciado para irse a Toyota; y para que el taller funcione, necesito dos mecánicos.

A esta edad prefiero dirigir y pensar. Que el trabajo pesado lo hagan los jóvenes. ¿Se entiende?

La entrevista de Lukas habrá durado quince minutos.

El muchacho dominaba la teoría. Le mostré cuatro autos que habían ingresado ese día y le dije los problemas de cada uno.

Al toque me dio las razones de las fallas y las posibles soluciones.

Además, conocía los valores de los repuestos y dónde conseguirlos.

Mucha experiencia para un mecánico a mitad de los treinta.

Por otra parte, me generó la sensación de ser buena gente. Tímido y reservado, pero buen tipo.

NC: —El empleado ideal.

PP: —Casi. Había una limitación física, digamos, que debí tomar en cuenta.

NC: —¿Cuál limitación?

PP: —Su peso, era obeso. Superaba los ciento treinta kilos y medía un metro setenta.

NC: —¿Por qué percibo culpa en tu voz?

PP: —Porque no lo tratamos bien…

En cuanto empezó a trabajar, surgieron los primeros problemas.

El otro mecánico, Sebastián, el que te atendió hoy, me decía: “¿A quién contrataste? No entra en la fosa, no puede tirarse al piso, se choca con todo y se agita por levantar una llanta”.

Yo contestaba que era cuestión de acomodarse, que el nuevo podía aportarnos mucho desde el conocimiento y la experiencia.

Claro que Sebas terminaba haciendo el laburo que Lukas no podía y, por eso, surgieron roces, tensiones y discusiones en apenas una semana.

En mi presencia, se comportaban, pero en cuanto subía a casa o me iba a comprar repuestos, el clima laboral se agitaba drásticamente. Te preguntarás cómo lo sé.

NC: —Me lo pregunto, correcto.

PP: —Las cámaras del taller son de alta definición y con sonido. Culpa de empleados deshonestos que me robaron en otras épocas.

NC: —¿Los espiabas en tu ausencia?

PP: —Había motivos para hacerlo. Sebastián es respetuoso conmigo y rara vez me contradice. Debía estar recaliente para plantearme su disconformidad. Y no me equivoqué.

En cuanto salía del taller, sucedía el acoso, el bastardeo. Desde “Pasame el destornillador, gordo” y “Mové el culo, morsa” hasta negarle ayuda en tareas que para Lukas eran imposibles.

NC: —¿Lo hablaste con Sebastián?

PP: —No, al contrario, se lo fomenté. Empecé a reírme de los chistes que hacía sobre su peso, su tamaño, su hambre, y de otras cuestiones personales. Estuve mal, lo sé. En lugar de afrontar la incomodidad de echarlo, aposté a que él renuncie.

NC: —Eso me sorprende. Sos un hombre grande, debés haber desvinculado a varios empleados de tu taller a lo largo de los años.

PP: —Puf… rajé a más de los que puedo contar con los dedos de las manos. Por incompetentes, por irresponsables, por agresivos, por chorros… nunca por gordos. ¿Entendés?

NC: —Ajá.

PP: —Me estás juzgando y con razón. Fui un cagón, un hipócrita.

NC: —¿Él atendió el auto de Olivia?

PP: —Sí. Al Corsa había que hacerle distribución completa, con bomba de agua, fluidos, etcétera.

Sebastián estaba a full desarmando el tren delantero de un Peugeot chocado, y Olivia necesitaba el auto de un día para otro.

Le pedí a Lukas que tomara el laburo, a sabiendas de sus dificultades para acceder a ciertos sectores del vano motor.

NC: —¿Querías frustrarlo?

PP: —Quería que renunciara o que me dijera que no podía hacer el trabajo para el cual fue contratado. Yo terminaría más tarde el auto de Olivia, cuando lograse sacármelo de encima.

No obstante, él cerró la boca y se enfocó en la tarea. Estuvo unas nueve horas con el auto; y al momento de bajar la persiana, me dijo: “Peter, el Corsa está listo”.

Me conmovió, te juro.

NC: —Aun así, lo echaste.

PP: —El tipo ahorcó una manguera del circuito de refrigeración y provocó que el auto de un cliente se recaliente. Es motivo de despido.

NC: —De nuevo, hay culpa en tu voz.

PP: —Es que soy un caradura. A Sebastián, por ejemplo, lo hubiera cagado a pedos y le habría pedido que lo pague de su bolsillo, aunque jamás lo hubiese echado.

A Lukas lo llamé a las siete de la mañana del día siguiente. Fingí estar enojado, le dije que la cliente me llamó a medianoche para quejarse y que había sufrido un accidente por culpa del recalentamiento del motor. Él se disculpó y… y…

NC: —Peter, ¿estás bien?

PP: —Él… él preguntó con voz apagada: “Ya no trabajo para usted, ¿verdad?”. Y yo le contesté mal que no volviese a pisar el taller. Aproveché la situación sin pensar en él como colega ni como persona.

Lukas se disculpó y colgó. Se lo oía triste, ¿sabés? Quebrado, roto. Debí… Debí darme cuenta.

NC: —Darte cuenta, ¿de qué? ¡Peter, hablá! ¿Qué pasó con Lukas Hermaniuk?

PP: —Dame un minuto, por favor.

Apuntes de la entrevista. Desarrollo

Siento que caminamos sin rumbo. Aunque imagino que tarde o temprano encontraremos una panadería, por ahora, avanzamos hacia donde los pies del dueño del taller nos lleven.