Yo esa noche 13 DE OCTUBRE #2
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13 DE OCTUBRE #2

Entré corriendo al andén cuando un sonido agudo avisaba el cierre de las puertas.

Ella al verme entendió que no llegaría. Estaba sentada de frente a la puerta por la que debía ingresar.

Cuando comenzaron a cerrarse, se paró de un salto y puso su cuerpo en medio del recorrido de las hojas metálicas.

Si bien en ese instante no exhibió ni una mueca de dolor, sé que más tarde le aparecieron unos moretones en los hombros. Me lo contó la primera vez que salimos.

NC: —¿Lorena Benegas te acompañó a buscar el Corsa?

OC: —Nada que ver. Ni siquiera intercambiamos nombres en ese momento. Le agradecí y me senté a unos lugares de distancia.

NC: —Hace un rato, dijiste que estuvo involucrada.

OC: —Sí, sé paciente.

NC: —Otra no me queda.

OC: —Hice el recorrido de la E hasta la estación Plaza de los Virreyes.

Subí las escaleras y caminé hacia la intersección de Baldomero Fernández Moreno y Laguna.

Era cerca de media noche, así que andaba a paso rápido.

En parte, porque me daba vergüenza llegar después de las doce y, en parte, porque esa zona del barrio de noche me pone la piel de gallina.

Todavía me faltaba una cuadra cuando descubrí que mi auto estaba estacionado en la calle, en la subida del garaje del taller frente a la persiana metálica.

Le mandé un mensajito a Pedro: “Estoy abajo”.

Él me contestó: “Ahí me asomo”. Al minuto, veo que abre la ventana del primer piso de la casa, saca medio cuerpo fuera, me saluda y me arroja la llave del Corsa.

“Disculpá que te atienda así, pero es muy tarde. Sabés que en otro contexto me tomaría el tiempo de explicarte qué le hicimos”, agregó.

Yo le contesté que no había problema y que me dijera cuánto debía transferirle.

“Te paso el importe por mensaje. Descansá y buen viaje”, se despidió.

Yo me subí al Corsita, ansiosa por llegar a casa.

Estaba muerta de cansancio, con mucha hambre y, en unas horas, debía tomar la ruta camino a Santa Fe.

Al recorrer la primera cuadra, noté que el chirrido había desparecido y me puse contenta.

El auto sin ruidos es uno de los placeres que disfrutamos pasados los treinta. ¿Verdad?

NC: —Nunca tuve. Desconozco. Continuá, por favor.

OC: —Agarré Eva Perón. Mi idea era ir derecho hasta Puán y ahí girar a la izquierda hacia casa.

NC: —Vivís en Parque Chacabuco.

OC: —En Caballito, en un departamento, sobre la avenida Directorio.

NC: —Seguí.

OC: —Decía que iba por Eva Perón. Habré avanzado unas diez cuadras desde el taller cuando la aguja de la temperatura del motor captó mi atención: estaba sobre la franja roja.

Intuía que debía parar y apagarlo, aunque jamás me había enfrentado a un problema así.

Encima tenía varios autos detrás y sentía la presión de seguir manejando.

Anduve otras dos cuadras antes de que apareciera el olor a quemado; a la vez, un vapor empezó a salir por los costados del capot. El auto fue perdiendo potencia, el acelerador no me respondía. Finalmente, se frenó.

NC: —¿Perdón? ¿Se frenó?

OC: —Sí. Sí, Nicolás. Se detuvo y no arrancó más.

NC: —Oh…

OC: —En cuanto las pericias principales demostraron que no tuve injerencia en el siniestro, un policía me ayudó a empujarlo.

Lo estacionamos pegado al cordón. A la mañana siguiente, la grúa del seguro lo llevó al taller de Pedro; y a la tarde, me escribió para disculparse.

Un mecánico de su equipo se había mandado una cagada con una manguera, y eso provocó que el auto levantara temperatura. Se hizo cargo del costo, obvio.

NC: —Esto… Esto significa…

OC: —Es como lo suponés. Violeta está viva gracias a un motor recalentado.

NC: —Yo te entrevisté. Me dijiste que habías frenado, que estuviste a punto de atropellar a Violeta.

OC: —Mentí. No sabía qué decir. Pensá que, en unos segundos, pasó de todo.

El auto no me respondía, tenía una aguja en rojo, salía humo del capot, vi a una nena pasar por delante de mi paragolpes y a un hombre ser embestido por un colectivo.

Fue una locura. Sin dudas, estaba fuera de mí cuando hablamos.

Apuntes de la entrevista. Desarrollo

¿Me está tomando el pelo? ¿Será un chiste de mal gusto? Me cuesta pensar en una razón para que invente semejante historia.

Ahora bien, sin el motor recalentado, ¿Olivia hubiese frenado? ¿O Viole hubiera muerto en el momento del escape?

Grabación de audio. Transcripción. Parte 4

NC: —Debo admitirlo, tu misticismo está justificado.

OC: —¡Viste!

NC: —La cadena de sucesos que fue necesaria para que el auto se detuviera a centímetros de la nena es asombrosa.

OC: —¡Exacto! ¡Tal cual! Empieza con la falla en el Corsa, seguido de la postergación del arreglo, más el error del mecánico que lo atendió y la acumulación de trabajo que me hizo salir tarde de la oficina. ¡Incluso, el cumple de mi hermano está vinculado!

NC: —Mmm…

OC: —¿Qué? ¡Sin titubear! La conexión de los hechos es innegable.

NC: —Sí, sí. Pero… Existe la posibilidad de que sin tu presencia, Violeta hubiera logrado cruzar. ¿Cómo saberlo? Es contrafáctico.

OC: —¿Eh? ¡Imposible! ¡Si los autos de atrás hacían luces y tocaban la bocina porque yo iba lento! Violeta hubiera sido atropellada. Yo debía estar ahí para evitarlo. Las señales son claras.

NC: —Okey, okey…

OC: —¡Salta a la vista que fuimos parte de un plan mayor del destino o como quieras llamarlo! ¡Hasta Lorena reconoce el rol que le tocó! Aceptar la verdad le cambió la vida.

NC: —Contame de ella. ¿Cómo participó del accidente?

OC: —¿En serio? ¿Tengo que explicarlo?

NC: —Por favor.

OC: —Ella sostuvo la puerta en el subte. Sin esa intervención, yo hubiera perdido el último tren de la línea E, por ende, hubiera tomado un colectivo y hubiera llegado más tarde; y mi Corsita no hubiera estado en el tiempo y el lugar claves para salvar la vida de Viole.

NC: —El siguiente planteo es sin animosidad: Pasaste de “yo no frené” a insinuar que le salvaste la vida.

OC: —Estás equivocado. Soy tan consciente de que no le salvé la vida como de que mi participación fue necesaria para que se salve. Al igual que Lore y las demás personas que por múltiples casualidades llegaron a cumplir un rol esa noche.

NC: —Infiero que Lorena está de acuerdo con tu teoría.

OC: —Está súper de acuerdo. Cuando afirma que conocerme la ayudó a salir del pozo depresivo, se refiere en parte a esto.

Ella me contactó a los días del accidente. Vio mi cara en un noticiero y me identificó. Me buscó en las redes y comenzamos a charlar. Era buena onda, me escuchaba y parecía interesada en saber de mí. Y si bien soy de esperar que la iniciativa la tome la otra, la invité a salir.

Era un martes. Fuimos a tomar unas cervezas a un bar de Almagro.

Nos saludamos, y a los minutos noté la primera casualidad o coincidencia.

“Qué loco que estemos acá, ¿no?”, me dijo.

“Hizo falta que salieras en la tele para que consiguiera tu nombre”.

Yo contesté: “¡Es cierto! Nos reencontramos gracias al accidente”.

Al instante, me cayó la ficha y empecé a conectar lo que sucedió esa noche.

Ataba cabos en voz alta y Lorena me escuchaba con atención; y en cierto punto de la historia, le noté las mejillas húmedas y los ojos brillosos.

Le pregunté qué le pasaba y me contestó: “Estás diciendo que sostenerte la puerta del subte influyó en la historia de Viole”.

Asentí y, entonces, agregó: “Mi presencia, mi existencia, no da igual. ¿Verdad?”.

Me di cuenta de que necesitaba desahogarse, así que guardé silencio y la escuché.

NC: —¿Te contó que estaba deprimida?

OC: —Sí, con otras palabras. Mencionó que estaba perdida, que no sabía para qué se levantaba cada mañana y que se sentía sola…

invisible. Llegó a decirme que si tuviese un “accidente” en su departamento —meto comillas como lo hizo ella— y perdiera la vida, nadie se enteraría hasta que hubiese olor a podrido.

NC: —Me sorprende que te conquistara…

¿Qué? Los dos sabemos que la mayoría de la gente saldría corriendo en una situación similar o la ghostearía al día siguiente.

OC: —Admito que me impactó la franqueza con la que se abrió en una primera cita y con una extraña, aunque entendí que fue su forma de pedir ayuda. Por eso, las semanas que siguieron le di trato de amiga para acompañarla sin involucrarme sentimentalmente.

NC: —Anoté por acá que son novias.

OC: —Eso pasó hace poco, y falta camino por andar. Desde que hace terapia, la noto mejor. Además… me gusta mucho, para qué negarlo.

NC: —¿La terapia funcionó tan rápido?

OC: —Repito, le falta. Sin embargo, pasó de creerse invisible a tener una amiga y novia que la quiere y una terapeuta que se ocupa y preocupa por ella.

NC: —Se dice que el responsable principal de conseguir un cambio es el paciente, no son los seres queridos que lo rodean ni el profesional que lo atiende.

OC: —Vos lo dijiste: el principal. Hay actores secundarios que apoyan y son necesarios. Cuando una persona está muy sumergida en la oscuridad, cualquier rayito de luz cuenta.

NC: —Y el de tu novia, fuiste vos.

OC: —No.

NC: —¿No?

OC: —El de mi novia fue Viole. Por eso, las lágrimas en la cervecería de Almagro. Porque su existencia cumplió un propósito. Fue un eslabón necesario de la cadena de eventos que devolvió a una hija a los brazos de sus padres.

NC: —¿Y vos? Dijiste que no estabas deprimida.

OC: —Sí, te lo confirmo.

NC: —¿Y por qué buscás resignificar lo que pasó con Violeta?

OC: —Nicolás, estuve a punto de atropellar a una nena que apareció frente a mi auto.

Fue un instante, aunque bastó para experimentar qué se siente acabar con una vida.

Y si llegó al otro lado de la vereda, no fue por mis reflejos, sino porque un mecánico se mandó una cagada con el circuito de refrigeración del Corsa.

Como verás, son reimportantes las coincidencias, las conexiones, las casualidades o como prefieras llamarlo. Hoy creo en la Ley de Atracción y en la energía del universo.