21 DE AGOSTO #3
JZ: —¿Eh? ¿ Ej’ en serio ? ¿De verdad quiere saber?
NC: —¡Son parte de la crónica! ¡Dudo que me autoricen a publicar el artículo sin ese dato!
JZ: —¡Jajaja! No jombre , si usted resultó ser un comediante… Le cuento, pues. ¡Me las comí! Estaba muerto de hambre cuando los oficiales me permitieron regresar a casa.
NC: —¡Me imagino! Después de lo vivido esa noche, la posible sanción de una aplicación debió quedar en segundo lugar.
JZ: —Y me suspendieron de inmediato, pero así fue mejor. Si supiera lo que sucedió luego… Me quedó claro que debía abandonar el trabajo de repartidor.
NC: —¿Qué pasó?
JZ: —Mi bicicleta era “particular”. No en el buen sentido.
Estaba escoñetada , con la mayoría de sus partes remendadas.
Lo único original: el cuadro, amarillo con la pintura saltada.
Los rings no coincidían, a pesar de ser del mismo rodado.
Los cauchos estaban para tirarlos, y la tripa tenía más parches que yo años.
El asiento, vuelto mierda, me hacía doler el culo.
El volante, aparte de llevar un color verde foforecente , con el que me podían rastrear desde el espacio, se aflojaba constantemente.
La tuerca que lo sujetaba giraba en falso.
Apunto a que era sencillo identificarla.
NC: —Siempre que el delincuente no la hubiese pintado o reacondicionado para la venta.
JZ: —No fue el caso. La publicaron en internet así como estaba. En cuanto la vi, llamé a la policía para avisar.
NC: —¿La recuperaste?
JZ: —Sí y no. Dimos con la bici y con la madre del malandro. Fue ella quien la puso a la venta. Y yo acabé regalándosela.
NC: —¿Es broma?
JZ: —Verás, el choro había muerto, y ella se puso a vender sus pertenencias para pagar los gastos del entierro. Me la crucé en la comisaría y me juró que no sabía que era robada. Esa mujer… estaba deshecha. ¿Y cómo no estarlo cuando un hijo se quita la vida?
NC: —¿Se suicidó?
JZ: —Pues… en la comisaría, me dijeron que murió por culpa suya. Era un carajito con problemas, consumía alcohol y drogas. Se ve que al día siguiente de robarme se excedió en ambas, y la mamá lo encontró en la mañana. ¡Pobre mujer!
NC: —Así que le regalaste tu bicicleta.
JZ: —Quería ayudarla y, a la vez, deshacerme de ese objeto infernal que me causaba desdicha. Ojalá haya contribuido para darle un sepelio digno.
NC: —Acá puedo enganchar mi última pregunta.
JZ: —Te escucho, pues.
NC: —¿Cómo conseguiste este empleo?
JZ: —Ah, sí. Está vinculado con Violeta, por lo que puede serte de utilidad.
NC: —A ver, contame.
JZ: —Me contrató una muchacha venezolana.
Jovencita, está en los treinta. Ella huyó de Venezuela, como yo, años atrás.
Trabajó y trabajó muy duro para ser la dueña de este local y de otro en Caballito.
Resulta que necesitaba personal y me vio en los noticieros hablando del accidente, del robo de la bicicleta y demás vainas .
A la semana, logró ubicarme para ofrecerme trabajo. Yo accedí de inmediato.
NC: —¡Qué bien, Josmar!
JZ: —De verdad, que sí. Estoy agradecido. Le tengo gran aprecio y cariño.
NC: —Podría decirse que, a partir de esa noche, tu vida se encaminó.
JZ: —Sí. Ahora tengo un amigo argentino, una buena jefa coterránea y un sueldo fijo a fin de mes.
Es curioso….
NC: —¿Qué?
JZ: —Fue necesario que la niña cruzara la calle y que el secuestrador fuera tras ella para que mi realidad se encausara.
¿Sabes una cosa? Si te soy sincero, yo antes del accidente me pensaba la idea de partir.
Y no a Venezuela precisamente. Tenía aquel pensamiento cada mañana al levantarme y cada noche al irme a dormir.
Hoy eso no sucede. Arranco con fuerza para trabajar y me acuesto recordando las veces que me reí en el día.
NC: —Bueno, me alegra por vos. Gracias por recibirme y compartir lo sucedido en estos meses.
JZ: —Nada que agradecer. Venga cuando guste, pana . ¡Para conversar o para comprar cotillón! ¡Puedo hablar con la jefecita para que le haga descuento!
NC: —Jajaja. Gracias Josmar. Estamos en contacto.
JZ: —Bendiciones pa’ usted, hasta luego.
Nota de voz de cierre. Transcripción
Josmar Zapata es un hombre distinto, me lo dice mi intuición de periodista. Hoy conversé con una persona que disfrutaba de su tarde en un impase de las obligaciones laborales. La energía que transmitía y las risas que contagiaba eran de alguien con esperanza en su corazón.
¿Estaré exagerando? Claro que lo estoy comparando con su versión de aquella noche, en la que le robaron la bicicleta y presenció una muerte. Aunque, por otra parte, también fue testigo de cómo una niña secuestrada se reunió con su familia.
Los hechos dependen de la perspectiva del observador y, sin dudas, Josmar Zapata hoy disfruta de una nueva perspectiva.
Estas entrevistas están resultando más interesantes de lo esperado.
Correo electrónico a Miguel Cattaneo
De Nicolás Cattaneo Para Miguel Cattaneo Asunto Hola.
Hola, Miguel. ¿Cómo estás? Hace meses que no sé nada de vos y se me ocurrió escribirte.
Bueno, eso. Espero tu respuesta, y ojalá estés bien.
Saludos.
Nico