Yo esa noche LA NOTA
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LA NOTA

En el barrio de Flores, pasada la medianoche.

¡APARECIÓ VIOLETA!

La niña consiguió escapar gracias a un accidente vial. Su captor perdió la vida.

Por Nicolás Cattaneo

Transcurría la medianoche y las calles de Buenos Aires estaban tranquilas.

Gran parte de la ciudad dormía. Los padres habían acostado a sus hijos y se preparaban para descansar.

Quizá, algún desvelado estaría mirando una serie, leyendo un libro o conversando con su pareja, esperando que el sueño lo venciera.

Sin embargo, para la madre de Violeta Hernández Blanco, otra era la realidad.

Desde que su hija había sido secuestrada, hacía seis meses, lograba dormir apenas un par de horas al día.

Es así que, cuando la aguja larga del reloj recorrió los primeros minutos del 29 de marzo, estaba despierta y en estado de alerta.

Se encontraba revisando, junto a su marido, las redes sociales, los correos electrónicos y los mensajes del celular a la espera de una pista que la acercase al paradero de su pequeña, una pista que le diera fuerzas para seguir luchando, una pista que le permitiera a su amada Violeta regresar al cole con sus compañeritos, una pista que le devolviera lo más preciado de su vida.

Y la pista llegó.

Rafael Hernández y Eugenia Blanco (el padre y la madre) hubieran querido saltar de alegría, mas debieron contenerse.

Desde que la desgracia había golpeado las puertas de su hogar, habían recibido muchos datos falsos, bien y mal intencionados.

Sin embargo, las palabras que leían en la pantalla del celular les transmitieron confianza y seguridad: “¡APARECIÓ VIOLETA! Está sana y salva en el barrio de Flores bajo el cuidado de la policía”.

De inmediato, se comunicaron con el fiscal Dekker, a cargo de la causa; y recién entonces, al recibir la confirmación oficial, se abrazaron, lloraron y festejaron.

En minutos, verían a su hija. Violeta volvería a su casa.

Cobertura de los hechos in situ

Queridos lectores, puedo informar sobre estos sucesos porque estuve allí.

Yo, Nicolás Cattaneo, les envié el mensaje a los padres para comunicarles que su hija estaba a salvo; y lo hice antes de que se enterasen por fuentes oficiales.

Un arduo trabajo de investigación me ubicó en el tiempo y lugar indicados para contarles esta historia.

Llevaba horas recorriendo el área conformada por la avenida Eva Perón —al sur—, Av.

Directorio —al norte—, Av. San Pedrito —al oeste— y Av.

Carabobo —al este— cuando me crucé con el captor y la niña.

En un primer momento, creí que se trataba de un padre que caminaba por la vereda con su hija.

No obstante, ella lucía confundida, mareada, desorientada.

En lo que demoré en reconocer ese rostro que tantas veces vimos en los medios de difusión masivos, Violeta había iniciado un cruce temerario por la mitad de la Av.

Eva Perón. Su captor se había distraído un instante ante la consulta de una transeúnte, y la pequeña aprovechó para escapar sin medir que el semáforo verde daba paso a los autos.

Temí lo peor y corrí en su dirección, aunque mi ayuda no fue necesaria; en un abrir y cerrar de ojos, todo acabó.

Un colectivo de la línea 50 que circulaba por la avenida intentó detener la marcha sin éxito justo cuando el captor de Violeta, en plena persecución, puso un pie en el asfalto.

Ella se salvó milagrosamente. Él no tuvo la misma suerte: falleció en el acto.

El vehículo de diez toneladas lo golpeó en la cabeza y lo arrojó unos cuantos metros hacia delante.

Al entrevistar al chofer, declaró: “Yo frené cuando lo vi. Sucedió en un segundo”.

La niña continuó el cruce sin mirar atrás. En la mano de enfrente, una mujer conducía un Chevrolet Corsa de tres puertas. “Casi la atropello", declaró conmocionada. Y luego añadió: “Pobrecita, después del martirio que atravesó, pude haberla matado. ¡Hubiera sido una desgracia!”.

El resto de los testigos del hecho, entre los que me encuentro, confirmaron lo sucedido ante los oficiales de policía, que se acercaron al lugar del siniestro en tiempo récord.

Violeta fue trasladada en ambulancia desde Castañón y Eva Perón al hospital más cercano, donde le harían las pruebas de rutina para comprobar su estado de salud física y mental.

Se la veía delgada y desatendida, aunque no evidenciaba moretones ni contusiones.

Además, lucía atontada; tal vez, por los efectos de somníferos o estupefacientes.

A la hora en que se publica esta nota, aún se desconoce la identidad del criminal. No poseía ninguna identificación. Solo se sabe que rondaba los cincuenta años y que cargaba un bolso grande con varios elementos de uso personal. Se sospecha que planeaba mudarse.

Un nuevo comienzo

Quedan demasiadas preguntas por contestar: ¿Por qué eligió a Violeta?

¿Fue un secuestro planeado o al azar? ¿Tenía cómplices?

¿A qué se dedicaba? ¿Qué hizo con la niña durante estos meses?

A medida que transcurran los días, con seguridad, aparecerán las respuestas, pero lo más importante —¡lo primordial!

— es que los Hernández Blanco volverán a vivir en familia.

Hoy, al llegar la medianoche, cuando las calles de la Ciudad de Buenos Aires estén tranquilas, Violeta volverá a dormir en su cama bajo la protección de los seres que más la aman en el mundo.

Mientras que Rafael y Eugenia, quizá, se relajen con una serie, un libro o conversen acerca de lo afortunados que son de estar los tres juntos otra vez.

Hasta que los venza el sueño y, finalmente, puedan descansar.

Nicolás Cattaneo, desde el lugar de los hechos.