¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2)
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CAPíTULO 1
Ricky
El aeropuerto de Londres es como cualquier otro.
La gente camina deprisa, como si llegar media hora antes a la puerta de embarque fuera a adelantar el vuelo, y las maletas ruedan detrás, resignadas, cargadas hasta arriba para un viaje de cinco días con mucha más ropa de la que en realidad va a hacer falta.
Las pantallas luminosas van escupiendo destinos sin parar: París, Milán, España.
Nueva York también aparece ahí, por supuesto.
Y lo primero que pienso nada más verlo es que necesito coger un vuelo de vuelta, ir a Greenfield a buscar a Alice y secuestrarla.
Literalmente, secuestrarla. Meterla en el primer avión que encuentre y desaparecer con ella a cualquier rincón de este asqueroso mundo.
Pero creo que ese plan no va a poder hacerse realidad.
Básicamente porque Jackson no me quita los ojos de encima.
Yo pensaba que solo me iba a acompañar hasta el aeropuerto, pero qué va: ha estado todo el viaje sin moverse de mi lado, como si lo hubieran cosido al asiento.
Sin hablar. Sin apenas pestañear. Ni siquiera se ha levantado para ir al baño, lo cual, si me paro a pensarlo, roza lo inquietante.
¿Quién coño aguanta tantas horas sin hacer pis?
Jackson no es un ser humano. Es un robot con traje y corbata, programado para recibir órdenes y ejecutarlas sin hacer preguntas.
Y la orden de hoy era una sola: no perderme de vista bajo ninguna circunstancia. La ha cumplido a rajatabla.
El vuelo ha sido una mierda de principio a fin.
Me he pasado casi todo el tiempo mirando por la ventanilla, dándole vueltas a un plan de huida que, por mucho que lo trabajara mentalmente, no llevaba a ninguna parte.
Hubo un momento —lo juro— en el que pensé en reventar la puerta de emergencia y saltar, pero en cuanto razoné un poco con las pocas neuronas que me quedan, lo descarté enseguida.
Principalmente porque una puerta como esa no se puede abrir así como así, y porque tampoco tengo un paracaídas.
Mi idea es volver con la mujer que amo de una sola pieza, no acabar esparcido en doscientos pedazos por todo el océano Atlántico.
Cuando pasamos el control de pasaportes y salimos por la puerta principal, el cielo gris de Londres me cae encima como una losa, como si alguien hubiera mirado mi día desde arriba y hubiera decidido que necesitaba un poco más de ambientación para terminar de amargármelo del todo.
Frente a mí, un Rolls-Royce Phantom negro, brillante, sin ninguna mota de polvo, está aparcado junto a la acera.
Mientras nos acercamos, Jackson saluda al conductor —un hombre alto, con cara de no haber sonreído en su vida y el uniforme perfectamente planchado— y, acto seguido, mi guardaespaldas me abre la puerta trasera sin decir nada.
Espera a que suba al coche sin rechistar.
Cierro los ojos un segundo, respiro hondo y obedezco.
La puerta se cierra con suavidad. Jackson rodea el coche y se sienta al otro lado.
En cuanto el motor arranca, apoyo la frente en el cristal frío y dejo que Londres pase delante de mí como una película que nadie me ha preguntado si me apetecía ver.
Taxis negros. Autobuses rojos. Ciclistas empapados que pedalean como si les diera igual la lluvia que empieza a caer sobre ellos.
La ciudad entera moviéndose a su ritmo, completamente ajena a que yo existo.
Mientras estamos parados en un semáforo en rojo, me doy cuenta de un pequeño detalle que me da una punzada en el corazón.
Veo a una pareja que se refugia bajo un mismo paraguas mientras avanzan por la acera.
Ella se ríe de algo que él le susurra al oído y, acto seguido, se funden en un beso largo bajo la lluvia.
Reconozco que hace un par de meses esa escena me habría dado exactamente igual.
Seguramente la habría mirado sin que me dijera nada y habría apartado la vista para seguir a lo mío.
O ni siquiera la habría mirado. Pero ahora no.
Ahora me fastidia tener que presenciar momentos como esos.
Me jode darme cuenta de que hay gente que puede quererse así, tan fácilmente, sin que nadie les recuerde que la diferencia de edad es un problema o, sobre todo, sin una familia de por medio que solo sabe tocar los cojones y complicarlo todo.
Ellos simplemente están ahí, bajo ese paraguas, besándose como si el mundo no fuera con ellos.
Y ojalá lo mío con Alice hubiera podido ser así de sencillo.
Un rato después dejamos el centro atrás y las calles empiezan a ensancharse.
El tráfico se disuelve poco a poco y todo se vuelve más silencioso, más tranquilo.
La lluvia cae un poco más fuerte, dibujando líneas diagonales en la ventanilla mientras yo las sigo con la mirada.
Entre la neblina ligera y el verde impecable de los jardines que empiezan a aparecer a nuestro alrededor, se alzan varios edificios de piedra clara, unidos entre sí por arcos y corredores cubiertos, con ventanales enormes y techos puntiagudos que parecen sacados directamente de una película de época.
El coche reduce la velocidad y atraviesa un arco de piedra enorme.
En lo alto, grabado en letras elegantes, se lee: «Whitmore University».
Me quedo mirando un momento el paisaje que se extiende frente a nosotros en cuanto cruzamos ese arco.
Definitivamente, esto no parece una simple universidad.
Parece un puto palacio medieval. ¿En serio es aquí donde voy a estudiar?
¿Donde voy a vivir durante quién sabe cuánto tiempo?
¿De verdad mi padre cree que este sitio va a pulirme, que aquí voy a aprender lo que es la disciplina y que voy a salir por estas puertas convertido en el gran empresario que lleva años intentando fabricar, igual que hizo con mi hermano?
Pobre iluso. La desilusión que se va a llevar en cuanto vea que no pienso seguir sus pasos y que no me voy a quedar aquí más tiempo del estrictamente necesario.
Pero bueno, de momento haré que se lo crea.
Jugaré a este maldito juego el tiempo que haga falta, mientras encuentro la manera de volver junto a Alice sin que todo se complique más de la cuenta y, sobre todo, sin hacer que peligre su vida.
El motor se apaga cuando aparcamos justo enfrente de uno de los muchos edificios repartidos por el campus universitario. Jackson baja primero, como siempre, rodea el coche con paso firme, abre mi puerta y se aparta lo justo para dejarme salir. Me incorporo despacio y miro a mi alrededor.
Lo primero con lo que me encuentro son, seguramente, mis nuevos compañeros.
Cuando pasan por mi lado, me miran sin disimulo.
Sus ojos recorren mi ropa de marca desgastada —porque no he querido renovarla este último año, por pura cabezonería— y mi postura ligeramente desganada.
Noto cómo se detienen un segundo de más en mi piel, un tono más oscura que la suya, como si eso fuera algo que necesitara explicación.
Seguramente se estarán preguntando qué hace un extranjero como yo invadiendo su prestigioso país.
Está claro. Ellos lo tienen claro. Yo lo tengo clarísimo. Aquí no pinto nada.
Después de haberlos fulminado a todos con la mirada tras este recibimiento tan caluroso y entrañable, Jackson y yo subimos la escalinata del que parece ser el edificio principal.
Abrimos unas puertas enormes de madera oscura, con pomos dorados, y nos adentramos en el vestíbulo.
Si ya me había impresionado el panorama desde fuera, por dentro directamente me deja sin respiración.
Y eso que no soy de los que se impresionan fácilmente.
El techo se eleva varios metros sobre nosotros, sostenido por vigas de madera que forman un entramado exagerado y perfectamente simétrico.
Las paredes están cubiertas con paneles de roble pulido y enormes retratos al óleo de hombres con cara seria y mirada altiva, vestidos con trajes de otras épocas.
Supongo que serán antiguos directores, fundadores o algún aristócrata con suficiente dinero y suficiente ego como para haberse ganado el privilegio de tener su cara colgada en esa pared para toda la eternidad.
—Señorito Valera, el director nos espera en su despacho —dice Jackson, devolviéndome al planeta Tierra de golpe.
Empezamos a caminar por un pasillo largo y bien iluminado, donde la luz entra a raudales a través de ventanales altos que dan a los jardines exteriores. Cada pocos metros hay puertas con pequeñas placas doradas perfectamente alineadas.
«Aula de Derecho Internacional». «Aula de Economía Global». «Sala de Debate».
Solo con leer esos nombres ya me entran ganas de bostezar en mitad del pasillo. No me quiero ni imaginar lo que va a ser cuando tenga que tragarme el contenido real de esas asignaturas sentado en una silla durante horas.
Después de varios giros por pasillos que parecen todos iguales, Jackson se detiene frente a una puerta más grande que las demás, con la misma placa dorada pero con letras más gruesas: «Director».
Golpea suavemente dos veces con los nudillos.
—Adelante —dice una voz grave desde dentro.
Jackson abre la puerta y me hace un gesto con la cabeza para que pase yo primero.
Al otro lado de una mesa enorme hay un hombre robusto que se levanta al vernos.
Tiene las canas bien peinadas hacia atrás y una postura rígida, vertical.
Se nota que lleva demasiados años acostumbrado a que todo el mundo le respete sin cuestionárselo nunca.
—Señorito Valera del Río —dice—. Bienvenido a Whitmore University. Es un placer tenerlo aquí.
—Gracias —respondo, quedándome cerca de la puerta, como si aún no hubiera decidido del todo si quiero quedarme o salir corriendo.
—Por favor, tome asiento —añade, señalando una de las dos butacas de cuero que hay frente a su mesa.