Epílogo
Cesar
He llegado al País Vasco a las seis de la mañana y lo primero que noto es el frío mientras espero el Uber fuera del aeropuerto con las manos en los bolsillos y la cabeza todavía dispersa entre el avión y lo que está por venir.
Pero la verdad es que después de vivir tantos inviernos en Nueva York esto se siente casi como una tregua, una especie de bienvenida discreta que agradezco más de lo que esperaba.
La ciudad de Bilbao se va dibujando poco a poco a través de la ventanilla, todavía rezagada en ese ritmo lento de las primeras horas que siempre me ha parecido más honesto que el del resto del día.
Es una ciudad seria, eso es lo primero que pienso, seria y, al parecer, bastante segura de sí misma, creo que no se esfuerza por gustar a nadie, tal vez justo por eso, intimida un poco.
Aunque, si soy sincero, no pienso que haya nada aquí que me intimide tanto como Sofía, y eso, créanme, tiene mucho mérito.
Porque Sofía no tiene ni idea —y casi mejor que siga así— de hasta qué punto me saca de mi eje, de cómo consigue que alguien como yo, que suele tener bastante claro dónde pisa, de repente se encuentre recalculando la ruta en función suya.
Y a mí, la verdad, pocas cosas me ponen nervioso en esta vida.
Anoche Rachel me confirmó que había recibido todo y, además, me mandó el video de la presentación del libro; lo he visto con calma, y lo cierto es, que me ha tocado.
Lo curioso es que después de recibir el sobre, Sofía no me ha dicho nada, ni un comentario, ni una impresión, ni siquiera una frase de esas suyas que suelen intrigar más de lo que calman, y eso sí que no es habitual en ella.
He estado tentado de preguntar, claro, quiero saber qué pensó, qué cara puso, si le gustó la idea o si solo le pareció otra locura más, pero al final no lo hice porque habría sonado a lo que era: desesperación, y no me apetecía exponerme así.
Pero… con lo que le gusta escribir, con lo mucho que le gusta entrar profundo en las cosas, este silencio tiene algo raro.
Tal vez ha decidido dejarme en pausa otra vez. Tal vez todavía no está lista. Tal vez…
Sé que puede sonar raro, pero tengo muchas más ganas de abrazarla que de besarla.
Y no, no se lo voy a decir a nadie, porque ahí hay truco, lo reconozco; un pequeño golpe bajo que funciona mejor de lo que debería.
Un abrazo bien dado desarma más que cualquier beso.
Lo tengo clarísimo. Hay una intimidad ahí que no se puede fingir, un segundo en el que todo encaja o no encaja y ya después, no hay discurso que lo arregle.
El beso puede impresionar, puede, incluso, engañar un poco, puede salir mal y repetirse; el abrazo no.
El abrazo te delata… No hay segundas oportunidades para el abrazo de verdad. O es, o no es.
El problema —o la ventaja— es que no todo el mundo sabe abrazar.
Hay quien se acerca, cumple, aprieta lo justo y se va.
Y luego está quien se queda un segundo más de la cuenta y se acoplan cosas dentro sin hacer ruido.
Yo eso lo noto. Siempre. Y con Sofía… con Sofía no tengo ni idea de qué va a pasar, pero quiero abrazarla…
y que me abrace, ¡claro!, que me abrace también.
Miro el móvil más de lo que debería y, por gusto, no hay nada.
Lo guardo como si me diera lo mismo, y me obligo a cambiar el foco porque, al final, estas son mis primeras vacaciones del año y he venido con la idea bastante clara de pasarla bien, sin enredos innecesarios y sin estar pendiente de lo que no puedo controlar.
Lo que quiero es disfrutar, sin más. Aunque hay una voz impertinente en mi cabeza que no se calla, que insiste, que quiere que venga, que aparezca y me desmonte todos esos planes que digo que no tengo pero que soy capaz de improvisar en dos minutos si hace falta, solo por mantener cierta apariencia de orden.
Porque con Sofía todo se vuelve más interesante, es así, y lo peor es que no tiene ni que esforzarse.
Pero también he aprendido a leerla un poco.
Ella no funciona a demandas ajenas, no responde a lo esperado ni se ajusta a lo que conviene, y precisamente por eso resulta imposible de prever.
Y ahí está el problema… o la gracia. Es impredecible, sí, y en ese desorden suyo hay algo que me engancha más de lo recomendable para mi salud mental, porque también tiene ese efecto secundario de obligarte a replantearte cosas que creías bastante claras. Y eso me incomoda.
¡Oh…!, creo que estoy cruzando el puente de La Salve, el del arco rojo, sí, justo a la derecha veo el Guggenheim sin la más mínima intención de presentarse con protocolos.
Es imponente, de verdad. La luz cae baja, dorada, y se queda enganchada en la ría del Nervión con esa calma bonita de los amaneceres.
Sofía se volvería loca aquí, eso lo tengo clarísimo; le daría dos minutos, tres como mucho, y ya estaría sacando un poema de todo esto, un verso, una historia nueva…
otra manera de sentirlo. Sonrío porque sí, porque hice los deberes antes de venir, Google mediante .
Siempre hago lo mismo cuando viajo, intento llegar un poco antes a los sitios.
Y, aun así, sé que Bilbao tiene más guardado, que esto es solo el tráiler, y que…
si ella viene —porque quizás sí venga— la traeré aquí al amanecer para verla mirarlo todo con esos ojos suyos que no pasan por alto nada.
—Ya hemos llegado —me dice el taxista, sacándome de golpe de la película que llevaba un rato montándome en la cabeza—.
Aupa, bienvenido a Bilbao. Ahí mismo, al doblar, tienes un bar estupendo para desayunar.
Café, churros, chocolate… y, si eres de buen comer, ya verás que aquí los pintxos no entienden de horarios.
—Perfecto, gracias. Tengo unas ganas tremendas de probar la comida española.
El taxista frunce el ceño y gira apenas la cabeza hacia mí.
—Si me hubieras dicho lo de comida española antes, te habría hecho bajar del coche.
Esto es comida vasca.
Yo parpadeo confundido y vuelvo a pensar en Sofía. Ella me lo advirtió aquella vez por teléfono. «La identidad no siempre se corresponde con los mapas».
El hombre se queda un segundo en silencio con ambas cejas casi juntándose, pero, acto seguido, suelta una carcajada.
—Que es broma, hombre… pero aquí esas cosas se dicen con cuidado. Mira, es ahí donde han puesto el cartel de Desayunos.
«Uf, ¡qué alivio!, que esa mala leche de bienvenida no me hizo ninguna gracia».
Sigo la dirección de su mano y asiento con media sonrisa.
Lo de probar pintxos ya lo tenía anotado.
Me resulta interesante ese orgullo firme con el que lo dice, como si en esa recomendación se jugara algo más que un desayuno.
Y es posible se lo juegue. Ya voy notando que aquí las cosas pequeñas no son tan pequeñas.
No obstante, sigue con esa cara seria que no engaña a nadie, porque en cuanto habla se le escapa el punto divertido.
Le doy las gracias, dejo una propina como toca y bajo del coche con esa sensación de haber aterrizado de verdad.
Marco el código en la puerta y entro; el portal mezcla ese aire neoclásico con un toque moderno que no desentona, y el ascensor, estrecho pero nuevo, sube sin prisa hasta el tercero, donde me espera el Airbnb que encontré casi por intuición.
Estoy en pleno centro, con balcones a la avenida y el museo a dos minutos andando.
Suelto la maleta donde puedo y me acerco a la ventana; la ciudad ya empieza a moverse ahí abajo y, mientras la observo, pienso que he elegido bien, que esto tiene sentido.
Y con Sofía aquí sería… «Ya basta Cesar.
Tú vive». Pero no hace falta adelantar nada.
De momento, estoy justo donde quiero estar.
Ya van a ser las siete y no puedo evitar mirar el móvil otra vez, aunque sé muy bien que no habrá nada nuevo. «¿Estará ya en el aeropuerto? ¿Habrá decidido venir por fin?».
La incertidumbre me inquieta, claro, pero también tiene ese punto eléctrico que me activa, que me mantiene despierto de una forma que no consigo fingir, que hace que todo sea más mágico.
Y no, no la voy a llamar. Ni de broma. No quiero empujar nada, ni colocarla en un sitio que no haya elegido ella sola.
Que haga lo que sienta. Si viene, será de verdad.
Y si no pues…. A las doce estaré frente a la araña grandota del museo y ya veremos qué pasa.
Sonrío, apoyado en la barandilla del balcón, sin tener muy claro el motivo.
¿Intuición? ¿Esperanza? ¿O es ese fucking feeling que tengo con ella y no se me despega?
Me lo pregunto, pero tampoco me esfuerzo demasiado en responder.
Podría decir que he venido por ella, y no mentiría, aunque tampoco sería toda la verdad.
También he venido por mí, por esa necesidad inherente de moverme, de cambiar de escenario, de comprobar qué pasa cuando salgo de lo conocido.
Siempre he sido así, intranquilo, curioso hasta el exceso y bastante incapaz de quedarme mucho tiempo en el mismo sitio sin empezar a mirar hacia otro lado.
Y, sinceramente, me gusta. Me gusta estar solo, escucharme sin interferencias, entender por dónde voy…
y luego salir ahí fuera y dejar que el mundo haga lo suyo, que —por lo general— lo hace bastante mejor de lo que me espero.
El problema es que Sofía no entiende de distancias ni de decisiones sensatas.
Se me cuela igual, sin avisar, incluso cuando intento apartarla un poco para centrarme.
Hace casi cinco años que apareció en mi vida a través de una pantalla y, desde entonces, nunca ha terminado de irse.
Sobre todo, durante estos últimos tres años.
Y eso que he intentado soltarla. Varias veces, además.
Pero no sé, tiene algo… la manera en la que piensa, en cómo dice las cosas, en cómo mira el mundo sin manual de instrucciones, que me engancha más de lo que me conviene reconocer.
Hablar con Sofía tiene ese efecto adictivo que uno detecta cuando ya es muy tarde para apartarse.
Y luego está lo del año pasado. Eso de ir a conocerla en persona.
Ahí sí que me lucí. Un error de esos que ves venir de lejos y que, aun así, decides cometer porque sabes que no vas a poder perdonarte si no lo haces.
Y lo peor —o lo mejor— es que lo disfruté muchísimo.
Así que supongo que lo de error , es bastante cuestionable.
Voy a darme un baño, bajaré luego a desayunar y saldré a perderme un rato por la ciudad, con este frío que acompaña más de lo que molesta y con la sensación bastante clara de que, en algún punto de Bilbao, me encontraré con Sofía —venga o no venga—, yo me entiendo.
Viéndolo así, todo encaja mejor de lo que debería.
Ahora toca esperar hasta las doce. Luego veremos.
Y sí… ¡deséame suerte!