Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXIV. El miedo #4
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LXIV. El miedo #4

—Calle de la Montera. Ya hemos llegado. —Frenó junto a la acera y señaló con la barbilla—.

Es ahí mismo, media calle más abajo, a la derecha.

Buen sitio habéis elegido, ¿eh? —dijo mientras salía a sacar el equipaje del maletero—.

Bienvenidas a Madrid. Y abrigaos, que este frío engaña más que un político en campaña.

La calle de la Montera estaba vibrante, casi caótica, con un pulso constante de gente subiendo y bajando. A pocos metros, la boca del metro de la Estación de Gran Vía, parecía darles la bienvenida.

Subieron las maletas a rastras por unas escaleras empinadas que parecían diseñadas antes de que existieran las ruedas.

La puerta del apartamento cedió tras introducir el código que había enviado el casero por email.

Era un apartamento pequeño, pintoresco, de techos altos y luminosos.

Decorado entre moderno y boho , con lámparas forradas en saco, cojines con estampados geométricos y una alfombra que parecía haber vivido varias conversaciones interesantes.

Isabel se apresuró a correr las cortinas y abrir las puertas de madera que daban a un balconcito hacia la calle, donde macetas con malangas y pequeñas flores de colores variados asomaban tímidas entre los barrotes negros.

—¿Y tú cómo encontraste este sitio? —le preguntó Sofía a su hermana, un tanto escéptica.

—Muy barato no debe ser. Está en pleno centro —acotó Amber, asomándose a la calle.

—Pues nuestro amigo Cesar me ayudó con todo… —Isabel chasqueó la lengua bajando la vista al suelo—: a encontrar los pasajes y, bueno… también con esto de la renta. Era mi primera vez en estos asuntos y él mismo me escribió por Messenger ofreciéndose a darme una mano.

—Isabel… —Sofía la fulminó con la mirada.

—Él insistió —Isabel se encogió de hombros—. Ni de broma nos alcanzaba el dinero para pasarnos tres semanas en este sitio. Él pagó lo que faltaba y me dijo que, cuando pelearas, lo asumieras como regalo de cumpleaños. Sabía que el lugar te iba a gustar.

—Te mato —dijo Sofía—. Los mato a los dos. ¿Cuánto fue lo que faltaba ?

Isabel entornó los ojos y giró sobre sus pasos inspeccionando la habitación. No contestó.

«Ya hablaremos tú y yo, Cesar… ya hablaremos». Pero, de momento, salió al balcón, miró los alrededores, el fondo de la calle, el cielo… y agradeció.

Dejaron las cosas en la habitación de dos camas, se lavaron el rostro, se retocaron un poco el maquillaje, se pusieron abrigos largos y gruesos —por primera vez en sus vidas— y bajaron las escaleras.

Amber las esperaba en la acera, ya con gabardina y bufanda acomodados.

—Venga. Vamos andando, que les voy a enseñar cómo se come aquí de verdad.

—¿Y pagas tú? —preguntó Isabel, apretando los labios.

—Esta vez sí, porque es la primera —contestó Amber, frunciendo el ceño—. Pero vamos ya, que en esta ciudad el hambre no espera… y las croquetas tampoco.

Caminaron apenas unos metros, casi hasta la esquina de la Gran Vía. El restaurante que eligió no era glamuroso, pero de los tres que había con mesas en la calle era el que más lleno estaba de gente que se notaba muy local; por lo tanto, la comida debía de ser buena , decía Amber.

Se sentaron al aire libre, sí, porque a pesar del frío, no había nada como descubrir una ciudad entre los pasos de su gente. Pidieron croquetas de jamón y de bacalao, una tabla de ibéricos para compartir y una botella de Ribera del Duero. Luego brindaron.

—Bueno… —dijo Isabel, relajando los hombros—. Ahora sí.

Y le contaron a Amber del susto que habían pasado en el avión, de las máscaras de oxígeno, del descenso brusco, de todo el pánico. Ella escuchó sin interrumpir. Respiró hondo. Abrió los ojos un poco más de lo habitual y, con su típica calma irreverente, soltó:

—Bicho malo nunca muere.

Sofía se echó a reír. Algo de sentido podía tener aquella frase.

***

La bulla de la madrugada en aquel apartamento fue impresionante…

y constante. Parecía que en Madrid la fiesta se estiraba hasta el amanecer: gente riendo demasiado alto, maletas rodando por la acera, tacones zigzagueantes golpeando el pavimento, algún cantante improvisado y conversaciones subidas de tono que se colaban por el balcón, dando la impresión de que la calle atravesaba por el centro de la sala.

El cambio de hora tampoco ayudaba. El cuerpo de Sofía seguía en otro huso horario y su reloj interno aún no terminaba de acomodarse.

Durmió a trompicones. Se despertaba con cada carcajada lejana, se daba la vuelta, acomodaba la almohada y volvía a cerrar los ojos, pero nada.

Isabel, en cambio, durmió como un lirón, respirando profundo en posición fetal y sin dramas existenciales.

Al amanecer, Sofía ya estaba sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre la alfombra.

La ciudad empezaba a aclararse y una luz insidiosa se colaba por la rendija de la puerta.

Esa mañana, a las diez, tenía una reunión con Niurka en el Instituto Cajal para afinar los últimos detalles de su conferencia.

Así que se duchó y se vistió con sobriedad.

Al ver que su hermana seguía en los brazos de Morfeo, le dejó una nota y se fue hasta el metro, siguiendo al pie de la letra las indicaciones que Amber le había explicado la noche anterior.

Treinta minutos en el metro de Madrid. Treinta minutos, por primera vez, en el metro de cualquier lugar del mundo.

Los pasó absorta en la observación. Dentro del vagón convivía una fauna bastante variada: ejecutivos con auriculares, estudiantes con mochilas gigantes, señoras con bolsos poco combinados, turistas todavía desorientados.

Y, por supuesto, algún que otro empujón inevitable de gente seria o…

apurada.  Sofía preguntó dos veces para confirmar la dirección.

Las dos veces le respondieron con rapidez y sin una pizca de condescendencia. «Al menos todo es en español».

Se bajó en la parada de Ramón y Cajal, sin pérdida… y tras caminar unos tres minutos…el Instituto Cajal se impuso con sus ladrillos rojizos y su estructura sobria de líneas rectas y grandes ventanales, sin más intención que la de parecer serio.

La doctora Niurka la esperaba en una oficina luminosa de estanterías altas, cargadas de libros técnicos, diplomas enmarcados y una mesa impecablemente organizada.

—Doctora Sofía —dijo al verla en la puerta, y se apresuró a recibirla con un abrazo cálido de esos que no entran en los protocolos académicos.

El gesto sorprendió a Sofía y hasta la alivió un poco.

Niurka le explicó que el evento se realizaría en IFEMA Madrid, el recinto ferial más grande de la ciudad; que asistirían unas ochocientas personas en total, procedentes de distintos lugares del mundo; y que las salas de conferencias estaban preparadas para entre ciento cincuenta y trescientos espectadores, según los temas.

También le aclaró que, aunque ella hablaría en español, los asistentes dispondrían de auriculares para escuchar la traducción simultánea en su idioma y le señaló en un mapa del recinto cuál sería la sala donde ella daría su charla.

Después deslizó sobre la mesa dos credenciales colgadas de unas cintas azules.

—Aquí tienes la tuya.

Sofía la sostuvo entre los dedos.

Doctora Sofía Robles

Neurocientífica-Conferenciante

«Neurocientífica… uyy… ¡qué nivel!».

Y la otra era para Isabel, como acompañante.

—Tu ponencia es pasado mañana, a las once. Serás la cuarta en intervenir. Después tendrás el resto del día para moverte libremente entre las demás conferencias. Y, si te apetece asistir a la inauguración, será a las ocho de la mañana en el auditorio principal.

«Madre mía de la vida».

La doctora la invitó a un café en la planta baja, le presentó a un par de colegas y luego se despidió con cariño, pues tenía el día muy complicado…

Sofía salió pletórica, entusiasmada, pero sobre todo nerviosa.

Ella tenía claro lo que quería decir, sus ideas estaban estructuradas, las diapositivas revisadas hasta el agotamiento, los datos comprobados. No tenía por qué salir mal.

***

De regreso al apartamento, decidió no pensar demasiado. Se unió a Amber e Isabel para algo más terrenal: escoger un conjunto a la altura del evento y de su presupuesto. Terminaron en Zara.

—Necesitas un traje que diga: soy brillante, pero no insoportable —dictaminó Amber, colgando una chaqueta sobre su hombro.

—Y que no parezca que vas a una boda civil —añadió Isabel con sorna.

Tras largos minutos en el probador, quedó aprobado por unanimidad un traje de pantalón y chaqueta de corte limpio, en un azul noche que absorbía la luz.

La chaqueta se ceñía con ligereza a la cintura y el pantalón caía recto, estilizando sin exagerar.

Bajo el blazer , una blusa de seda marfil que suavizaba la estructura.

Zapatos altos, finos, en color burdeos profundo.

—¿Pelo suelto o recogido? —preguntó Sofía, acomodándose los mechones frente al espejo.

—Recogido es más profesional —dijo Amber.

—Y suelto es más tú —musitó su hermana.

***

El día antes de la presentación pasaron la tarde las tres en el Parque de El Retiro, en una especie de ritual budista para mantener la calma antes del vértigo.

El espacio era inmenso, con avenidas de árboles que parecían no terminar nunca y un gran lago extendido como un espejo tranquilo entre la vegetación.

Todo en equilibrio entre naturaleza y ciudad: agua quieta, copas doradas por el otoño y senderos por donde la gente caminaba sin prisa.

Se sentaron sobre una manta improvisada, con una bolsa de supermercado que hacía de cesta de picnic y tres chocolates calientes con churros.

¡Por Dios! La vida misma. El parque estaba en ese punto exacto de noviembre en el que las hojas ya no luchaban por quedarse en las ramas y caían conscientes de que soltarse era parte del ciclo.

Amber protestaba, cómo no.