LXIV. El miedo #3
—Entendemos que la maniobra ha sido incómoda, pero este procedimiento forma parte de nuestro entrenamiento recurrente en los simuladores y se ha ejecutado conforme a lo establecido.
Quiero recalcar que en ningún momento el avión estuvo fuera de control ni apagado.
Las pantallas, las luces de cabina y el sistema de megafonía se apagaron por precaución para reducir la carga eléctrica y priorizar toda la energía para los sistemas primarios de la aeronave, pues durante la maniobra tuvimos que descender casi veintiséis mil pies en menos de ocho minutos.
Les pedimos que permanezcan sentados, con el cinturón abrochado, y que sigan las indicaciones de la tripulación de cabina.
Les informaremos cuando puedan retirar las mascarillas. Gracias por su colaboración.
El altavoz se apagó y un alivio tembloroso comenzó a inundar los asientos. Isabel se dobló sobre sí misma y empezó a llorar sin contención, un llanto profundo, animal. Sofía la atrajo como pudo desde su asiento, torpe por el cinturón y el reposabrazos, y le besó con fuerza la coronilla.
—Ven aquí. Tranquila. Todo está bien.
Luego agarró el móvil y le escribió de nuevo a Cesar.
Sofía:
Qué va… aún me queda mucho por vivir. Falta mucho para que lleguen mis últimos minutos. El comandante ha hablado. Dice que aterrizamos pronto.
Te cuento cuando llegue.
Cesar:
En 22 minutos estarás en Madrid.
«La hostia, tía».
Sofía sonrió aliviada, apoyó la frente en la ventanilla, y notó cómo el paisaje se volvía geométricamente más ordenado y el avión descendía ya sin sobresaltos.
Cuando las ruedas tocaron pista, el golpe seco contra el asfalto fue casi hermoso.
Hubo un segundo de silencio escéptico… y después, aplausos.
Aplausos desordenados, fuertes, desesperados.
Gente riendo y llorando a la vez. Rostros rojos, ojos hinchados, manos temblando todavía.
Algunos se persignaban. Otros se abrazaban con desconocidos. La vida regresaba de golpe al cuerpo.
El avión redujo velocidad y rodó por la pista. Sofía miró el móvil.
Sofía:
Estoy en tierra.
Cesar:
Ya lo sé. No he despegado la vista del rastreador de vuelos de Google .
Ella cerró los ojos. Esta vez, de alivio… y, sin querer, se le cruzó la idea de que el amor debía parecerse mucho a esas personas que sabían sostenernos el alma cuando todo temblaba.
***
Y es que la muerte, cuando se asoma —aunque solo sea en forma de turbulencia— tiene esa manera obscena de reordenarnos las prioridades, de arrancarnos el maquillaje, de susurrarnos, sin adornos: esto sí, esto no y esto nunca.
Tal vez el mayor autoengaño no sea elegir un camino, sino renunciar a los otros por miedo.
Pensar que hay que ser una sola cosa. Que no cabe más.
Que la coherencia es estrecha. Y no… Se puede ser doctora y escritora; investigadora y ama de casa.
Se puede amar una vida estable y, aun así, necesitar incendiar el papel de vez en cuando para sentirnos vivas.
Puede que el avión no se hubiera caído. Pero a Sofía sí que le había pasado la vida entera por delante. Porque a veces el verdadero accidente no es estrellarse en el aire… sino aterrizar con la conciencia brutal de haber estado viviendo en una versión reducida de una misma.
LXV. Auch
Las lámparas integradas en el techo ondulado de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas tenían algo premonitorio e inquietante al mismo tiempo.
Eran grandes cilindros suspendidos que derramaban una claridad uniforme, haciendo que todo quedara demasiado visible: las caras cansadas, los carros metálicos, los abrazos que llegaban apresurados.
Las maletas aparecieron rápido —sí, un pequeño milagro aeroportuario— y apenas llevaban un minuto caminando hacia la salida cuando la vieron. Amber levantaba los brazos desde lejos, agitándolos por encima de la cabeza como si estuviera señalando un helicóptero invisible.
El abrazo entre ella y Sofía duró más de lo que cualquiera de las chicas habría considerado razonable, sobre todo tratándose de Amber, quien, desde su posición y fiel a su naturaleza dramática, empezó a hacerle muecas teatrales a Isabel y a fingir una tos muda, aludiendo que se asfixiaba por el exceso de cariño.
Isabel tuvo que apretar los labios para no reír.
—Que me falta el aire, ya está bueno —protestó al fin, separándose cual dama de hierro, pero con la dignidad averiada. Tenía los ojos húmedos.
Sofía la miró unos segundos con alegría.
Volver a verla la hacía sentir un poco más en casa.
Tomaron un taxi en la salida. Madrid las recibía otoñal, con brisas que prometían albricias y otras que cortaban como la nostalgia.
En el asiento trasero, Sofía apoyó la cabeza contra el cristal y dejó que los nuevos paisajes le organizaran un poco el caos de la última hora.
El miedo —que hasta entonces había corrido de un pensamiento a otro con hiperactividad— encontraba por fin un rincón tranquilo en su cabeza.
No quería olvidar lo que había pasado porque, pese a todo, había sido revelador.
Barajas quedó atrás en pocos minutos entre carreteras anchas y carteles verdes con nombres de lugares en letras blancas.
El cielo de noviembre parecía suspendido en un gris salpicado por algunos rayos desobedientes y contrastaba con las fachadas de la ciudad que empezaban a aparecer por capas.
Primero, edificios de ladrillo rojizo, rectilíneos; luego, de pronto, cúpulas, molduras, balcones de hierro trabajado.
Sofía iba hipnotizada. No quería perderse nada, aunque estuviera bastante agotada y todo pasara muy rápido.
—Mira, esta que viene es la Puerta de Alcalá —dijo Amber, señalando al frente, con esa mezcla de turista local emocionada e improvisada. Isabel se inclinó un poco hacia delante.
El monumento aparecía incrustado en el tráfico como una postal, levantado en piedra clara, cargando siglos a la espalda, testigo del paso de carruajes y coches. Sus arcos y relieves se recortaban contra el cielo con sobriedad, inmunes al ruido de la civilización.
—♪Y ahí está, ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo la Puerta de Alcalá ♪ [58] —tarareó sonriendo. Aquella canción que su madre escuchaba en bucle acababa de cobrar sentido.
El taxista sonrió con orgullo. Seguro era contemporáneo de su madre.
Sofía sintió una punzada absurda en el pecho. No sabía por qué. Tal vez porque estaba ahí, en Madrid, de verdad.
—Y aquí tenéis la Cibeles —dijo el taxista mientras la rodeaba despacio—. Me imagino que ya habéis oído hablar de ella. Aquí viene el Madrid a celebrar los títulos... y, la verdad, últimamente les toca pasarse bastante.
Las tres se rieron a la vez.
La fuente, azulada por el reflejo del agua en la base, era monumental; se abría en el centro de la glorieta, tallada en piedra clara, ya marcada con vetas ocres y grisáceas por el efecto de la humedad.
La diosa, erguida sobre su carro tirado por leones, parecía predecir los rumbos de los coches y señalaba las direcciones de la ciudad como una rosa de los vientos.
Los edificios que la rodeaban parecían rendirse ante ella.
Y nadie lo notó, pero Cibeles, diosa de la Fertilidad, le hizo un guiño a Sofía, en señal de apoyo incondicional a sus últimas decisiones amorosas.
—Y mira, aquí a la izquierda —señaló Amber, ya metida de lleno en su papel de guía turística—, ese pedazo de edificio es el Banco de España, el que sale en La Casa de Papel.
Sofía quiso reír, pero la risa se le quedó en la garganta. Las imágenes se sucedían demasiado deprisa. Taxis negros y amarillos, motos que serpenteaban entre los carriles. No tenía tiempo de procesar todo lo que veía.
—Es una ciudad majestuosa… —murmuró al fin, sin apartar la vista del cristal—. Se ve más linda de lo que la imaginé.
—¡Hombre, no faltaba más! —resopló el taxista, mirándola por el retrovisor con una media sonrisa—.
Con la de euros que se dejan aquí en restaurar edificios, ya puede lucir.
Este país tendrá muchos problemas, pero el patrimonio se cuida como Dios manda.
Ahora, lo de que un chaval pueda alquilar un piso sin hipotecar un riñón... eso ya es otro cantar.
Y, como si alguien hubiera abierto una compuerta invisible, el hombre siguió hablando sin parar. Todo dicho con ese tono madrileño que mezclaba orgullo, queja y un poco de humor resignado, porque protestar era otra forma —muy española— de honrar a su ciudad.
Pero Sofía no escuchaba. Estaba habitando su emoción.
Llevaba soñando con un momento así desde que entendió que el mundo era más grande que la calle donde vivía, que el hospital donde trabajaba, que sus historias mal cerradas.
Había buscado Madrid en Google tantas veces… y ahora… estaba rodando sobre ella.
El taxi se adentró más hacia el centro. Las aceras se llenaron de gente.
Mujeres con gabardinas, bufandas gruesas en tonos variados, botas altas.
Hombres con chaquetas bien cortadas y pasos seguros.
Nadie parecía desaliñado, ni siquiera los que seguro lo intentaban.
El otoño a esa ciudad le sentaba de maravilla; puede que fuera un poco agresivo, casi invernal, pero los obligaba a vestirse con una elegancia ceremoniosa.
Al menos esa era la percepción caribeña de Sofía.
—Ahora nos metemos por unos recovecos... y ya casi llegamos —avisó el taxista mientras se abría paso entre los coches, se colaba en un hueco imposible y arrancaba un par de frenazos y algún que otro gesto de resignación—. Aquí, como no conozcas el terreno, das más vueltas que un tiovivo.
Las calles se hacían más estrechas y los balcones de hierro forjado casi se tocaban. Tuvieron que hacer una pequeña coreografía urbana para que el coche pudiera acercarse a la entrada del edificio, pues la calle era peatonal.