Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXIV. El miedo
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LXIV. El miedo

En la vida sentimos miedo de muchas maneras.

Hay miedos pequeños, casi invisibles, que nos mantienen alerta y nos salvan de imprudencias innecesarias; otros son prácticos e inmediatos, y nos empujan a marcharnos a tiempo, a no cruzar ciertas líneas, a cerrar la puerta antes de que el orgullo quede demasiado expuesto.

Existen también los que paralizan, los que bloquean el camino hacia lo que deseamos y nos dejan suspendidos en una versión incompleta de nosotros mismos.

Y luego están los grandes… esos que no anuncian su llegada, que se instalan de golpe y ocupan todo el espacio.

Los que aprietan el pecho hasta convertir la respiración en un acto consciente, y se sientan frente a uno con cara de pocos amigos a susurrarnos en tono desafiante «¿y ahora qué? ».

Si alguien te preguntara por tus mayores miedos, probablemente incluirías a la muerte.

Pensarías en lo pendiente, en los proyectos inconclusos, en los viajes que no hiciste, en las palabras que se quedaron atascadas en la garganta.

Pensarías en tu propia interrupción, en ese punto final que nadie sabe cuándo llegará.

Es una manera muy humana —y quizá un poco egoísta— de imaginar el final, porque en esa primera reacción, lo que de verdad nos duele, es dejar de existir.

Sin embargo, cuando el miedo deja de ser una abstracción elegante y se vuelve concreto, cuando adquiere fecha, contexto, posibilidades reales…

el foco cambia de lugar y descubres que no es dejar de estar lo que más pesa.

Lo que más desgarra es imaginar a quienes se quedan intentar medir —aunque sea imposible— el alcance de tu ausencia en sus vidas.

Piensas en la silla vacía en la mesa del comedor, en el teléfono que ya no les sonará a deshoras, en esa costumbre compartida que de pronto se romperá para siempre.

Imaginas el gesto automático con el que seguirán buscándote durante un segundo, quizá dos, antes de recordar que ya no estás…

y ese instante, ese minúsculo segundo de desconcierto, se convierte en una punzada insoportable.

El miedo más desgarrador no es el de morir, sino el de saber que tu ausencia será una herida dolorosa en la vida de los que te aman, en una sombra que se colará en sus días aparentemente normales.

El miedo más asfixiante es comprender que no podrás estar cuando te necesiten, que no habrá manera de abrazarlos en sus momentos difíciles ni de celebrar con ellos sus éxitos.

Y junto a ese temor aparece otro, más íntimo y tal vez más cruel, que no tiene que ver con los demás sino contigo…

y es la sensación insoportable de no haberte sido leal, de haber pospuesto demasiado tiempo lo que deseabas de verdad, de haber cumplido con expectativas ajenas mientras tus propios sueños esperaban cita disponible en una esquina silenciosa.

Surgen entonces las preguntas incómodas: ¿Viviste como querías o solo como debías?

¿Te atreviste cuando era necesario o elegiste el camino más seguro?

Porque el miedo también trae consigo la culpa…

la sospecha de que encontraste tu razón para levantarte cada mañana y, aun así, no actuaste en consecuencia; de creer que perdiste tiempo cuando en realidad lo que necesitabas era más valentía.

Ahí es donde todo se desordena por dentro. Porque ya no se trata solo del vacío que dejarás en los demás, sino del que quizá has ido dejando dentro de ti… y que ahora puede que sea imposible llenar.

***

Ya llevaban casi ocho horas de vuelo cuando la Península Ibérica empezó a dibujarse bajo el ala que Sofía observaba desde la ventanilla, después de kilómetros y kilómetros atravesando el Atlántico.

Isabel había dormido casi todo el trayecto, con los auriculares puestos y el cuerpo rendido contra el asiento.

Sofía no entendía cómo podía lograrlo; para ella, aquella facilidad de conciliar el sueño en segundos rozaba lo alienígena.

Ella, en cambio, había pasado las horas con un libro abierto sobre las piernas, leyendo a ratos y dejando que la mirada se perdiera en la inmensidad del azul, repasando mentalmente la conferencia que daría en tres días, agradeciendo en silencio la oportunidad y visualizando a Amber esperándola en el aeropuerto con ese abrazo que tenían pendiente desde hacía demasiado tiempo.

El piloto anunció que en breve iniciarían el descenso hacia el Aeropuerto Internacional de Barajas, en Madrid, y Sofía buscó el espejo en el bolso para tratar de retocarse el maquillaje, del que apenas quedaba la línea líquida del eyeliner,  ya un poco corrida.

Estaba nerviosa y expectante… Iba con el alma llena de primeras veces: conocería España, publicaría su primer libro y daría una conferencia en un salón repleto de neurocientíficos que, estaba segura, tendrían mucho más que aportar que ella.

No obstante, también por eso estaba feliz.

Pero de pronto, los cambios de presión en los oídos comenzaron a incomodarla más de lo habitual y una punzada sorda parecía clavársele detrás de los tímpanos, así que escudriñó en el bolso hasta encontrar un caramelo y se lo llevó a la boca, obligándose a tragar con regularidad para aliviar la sensación impertinente que le comprimía el conducto auditivo.

Pensó que sería el descenso normal… hasta que, en cuestión de segundos, sintió cómo algo tiraba de su estómago hacia abajo con una violencia tenaz, como si el suelo hubiese desaparecido bajo sus pies, mientras que un aire frío le descendía por el pecho arrastrándole el corazón a un lugar más bajo y más oscuro.

En ese instante fue consciente de que el avión también descendía demasiado rápido, y vio a su hermana incorporarse de golpe, desorientada, con los ojos aún nublados por el sueño.

Todo ocurrió sin transición. Las pantallas de los asientos se apagaron.

Las luces se extinguieron. Y las mascarillas amarillas de oxígeno cayeron frente a sus rostros con un chasquido seco.

Durante un segundo hubo silencio, un desconcierto de incredulidad, pero no tardaron mucho en llegar los gritos.

El murmullo se fracturó en pánico cuando las azafatas con las mejillas sudorosas avanzaron deprisa por el pasillo con pequeños tanques de oxígeno portátiles, repitiendo instrucciones que no se escuchaban con claridad y haciendo énfasis, en que todos usaran sus máscaras.

Sofía giró la cabeza hacia la ventanilla y sintió que el cuerpo se le contraía por completo.

Lo que segundos antes eran manchas amorfas de repente eran ya montañas rocosas de tonos ocres.

Estaban demasiado cerca. No sabía a cuántos pies volaban, pero la tierra ya no era un diminuto paisaje distante, ahora era una superficie sólida aguardando debajo del avión que volaba muy bajo, y todo había sucedido en un lapso brutal, sin margen para entenderlo.

—¿Qué está pasando? ¿Qué pasa? —preguntaban voces superpuestas y quebradas.

Una azafata se sujetaba de los respaldos nerviosa, mientras trataba de llegar a una señora que pedía ayuda con su máscara.

—¡Mascarillas primero! ¡Pónganse la mascarilla y respiren con normalidad! ¡Tiren fuerte si no sale el aire! ¡Cinturones ajustados! Manténganse en sus asientos ¡No se levanten!

Los altavoces no funcionaban. No había explicaciones. Solo órdenes lanzadas por encima del murmullo creciente.

Isabel le apretó la mano a Sofía con fuerza. Se bajó la mascarilla un segundo, jadeando.

—Pero ¿qué pasa, Sofi? ¿Ves algo?

—Póntela bien —le insistió Sofía, con expresión desesperada antes de mirar por la ventanilla—. Pues no lo sé, estamos descendiendo muy rápido y ya estamos muy bajos. Demasiado bajos. Hace nada estábamos altísimo… y ahora estamos a ras de las montañas.

—¡Respiren despacio! ¡No se quiten la mascarilla! —gritaba otra azafata desde la parte trasera.

—¡Un motor! ¡Ha fallado un motor! —gritó alguien de los primeros asientos, y la frase se propagó como una chispa de terror.

La mujer que iba sentada en el asiento del pasillo negaba con la cabeza, pálida, empapada en sudor, murmurando algo que no se entendía.

Sofía volvió a mirar hacia abajo. Buscó una carretera, un claro, cualquier franja mínimamente plana donde pudiera producirse un aterrizaje de emergencia si hiciese falta…

pero no encontró nada. Las montañas lo ocupaban todo.

No había posibilidad. Y lo peor era esa incomodidad que le apretaba los pulmones como una advertencia de que algo no iba bien.

El pánico comenzó a subirle desde el estómago hasta la garganta, caliente e incontrolable.

Miró a Isabel que ya tenía los ojos abiertos, desbordados de terror y par de lágrimas deslizándose por las mejillas…

y sintió que se le astillaba algo por dentro.

—Todo va a estar bien, Isa —le dijo separando un poco la máscara, aunque la voz le tembló y sintió que aquella frase era más un acto de fe que de convencimiento.

—Nadie parece estar muy seguro de eso aquí dentro —respondió Isabel, mirando alrededor con los ojos desorbitados, buscando en cada rostro una explicación, una señal, cualquier indicio de control.

Pero nadie sabía nada. El miedo  ocupaba todos los asientos.

—Sofi… esto se va a caer, ¿verdad? —Isa le apretaba la mano con una fuerza desesperada, tratando de anclarse a ella.

—¿Pero qué dices? No se va a caer nada. Tranquila —respondió Sofía, sin saber si estaba mintiendo o suplicando—. Vamos a llegar. Respira. No te quites la máscara. El avión va bajo… pero va estable. Mira, asómate.