Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LXIII. ¿Estás lista para volar?
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LXIII. ¿Estás lista para volar?

Las croquetas y los ceviches en el bar Lumière  estaban fenomenales. Ellas ocupaban la mesa de siempre, esa que ya sentían como territorio propio, celebrando las buenas noticias y filosofando sobre la vida con la solemnidad que las caracterizaba.

A Sarah le estaba creciendo el pelo. Ya lucía más tupido, más suyo.

Lo suficiente como para prescindir de la peluca y atreverse a llevarlo con un cintillo de perlas que le iluminaba el rostro y le devolvía algo mucho más íntimo que la estética.

Estaba volviendo a ser ella y se le notaba en la manera de reír y de hablar de sus planes.

Les contó que se sentía bien, fuerte, y que estaba saliendo con Alejandro en un plan más romántico, pero sin promesas.

Sin expectativas desmedidas , aseguraba con carácter, hasta que la comisura la traicionaba y dejaba expuesta todo su derroche de ilusión.

Camila y Paula debatían cuál de las dos había tenido que lidiar con el peor caso social del año, compitiendo con argumentos y dramatizaciones selectivas.

Aun así, se las veía más animadas y más seguras, más concentradas en sí mismas.

Paula presumía de que iba sola al cine y se lo pasaba de puta madre.

Rachel anunció que probablemente, empezando el año, se iría a vivir a España; si todo salía bien, la visa estaría lista en febrero y Rafa la alcanzaría después.

La noticia estalló entre la euforia y una melancolía inevitable.

En Cuba ya lo más importante se resumía a tener una salida. La añoranza sería el daño colateral.

«Ya veremos cómo se sobrevive a eso», pensaba Sofía, mientras alzaba su copa con una sonrisa que contenía celebración y despedida al mismo tiempo.

—Un día a la vez —dijo tomándole la mano a su amiga.

—Un día a la vez —repitió Rachel.

—Pues yo pediré la baja de la clínica pronto —informó Camila—. Intentaré irme cruzando la frontera a Estados Unidos con mi hermano. Ya lo decidimos.

—¡ Wow!  —murmuró Sofía—. Esta sí no me la esperaba.

—Pues… ya que estamos —acotó Paula—, yo como tengo pasaporte español, ando buscando contratos de trabajo en cualquier país al que pueda entrar y trabajar como arquitecta sin tanto lío. He visto cosillas en Cancún y en Uruguay, pero nada concreto todavía.

—Joder —dijo Sarah—, todos se van.

—Todos se van —repitió Sofía tamborileando los dedos sobre la mesa.

—El año que viene va a estar intenso. Y lleno de despedidas —aseguró Sarah con un atisbo de tristeza en la mirada.

—Lleno de personas siendo libres y encontrando sus caminos —añadió Sofía, con una resignación autoimpuesta—. Es mejor verlo así…

—Sofi —la interrumpió Rachel—, cambiando el tema. ¿Le contaste a Eddy lo del viaje a España y la publicación del libro?

—Le escribí, sí, pero no me respondió. Lleva meses en un mutismo alarmante.

He hablado con su madre porque estoy preocupada; se ha aislado demasiado y solo hace eso cuando está deprimido.

Dice que con ella también habla poco y que, al parecer, las cosas no le están yendo bien por allá. No me dio detalles y no quise insistir.

—Pues que se ponga los pantalones —dijo Paula, meneando la cabeza—, y que se ahorre el drama, que aquí todo está mucho peor.

—Eso fijo —respondió Camila.

—¿Y tú, Sofi? —preguntó Paula— ¿De verdad piensas volver a Cuba a hacer ese examen?

—Pues claro, Pau —contestó con firmeza. Esa pregunta le sobraba—. No volver sería como bajarme del barco después de tres años en el mar, justo cuando estoy a punto de tocar tierra.

Rachel arqueó una ceja; Sarah frunció los labios; Camila chasqueó la lengua y Paula se acomodó el cabello.

—Pues para la tierra que te vas a encontrar… me quedaría yo a vivir en un trasatlántico. Porque la verdad es que al paso que vamos, Cristobal Colón va a tener que volver a descubrirnos —ironizó Paula—, pero tú sabrás.

—Tengo una buena propuesta de trabajo en el instituto de La Habana y otra en el hospital. Estoy indecisa.

—Y también tienes la posibilidad de ser libre en España —insistió su amiga.

—No, Pau. Esa posibilidad no está en mi lista de opciones por ahora.

—Pues nada —dijo Rachel, encogiéndose de hombros—. Al menos en España tendrás a Amber y a Isa contigo. Ya celebraremos tu cumple por todo lo alto cuando regreses.

***

A mediados de octubre, Sofía discutió su tesis final sobre biomarcadores en las enfermedades neurodegenerativas.

Cómo detectar la demencia antes de que empiece a borrar recuerdos . ¿Nos daría tiempo de crear estrategias para salvarlos?  Así comenzó su presentación aquel día en el salón de conferencias, no eligió una diapositiva estratégica para abrir.

En la sala estaban casi todos sus profesores, varios compañeros de residencia con expresión de tribunal improvisado y, en la última fila —William, Maritza, Isabel y su madre, que se habían encargado de la logística y de organizar el brindis posterior— la miraban con el orgullo subido a los ojos.

Fue un momento de sentimientos encontrados.

Algo se cerraba después de tres años que, vistos desde allí, parecían más largos de lo que habían sido mientras ocurrían: noches que no terminaban nunca, turnos que se pegaban a la piel, café frío desafiando a la gastritis y manos ocupadas en aprender a no temblar.

Hubo lágrimas, abrazos, gratitud y, recuerdos, sobre todo recuerdos. Recuerdos que aparecían como dardos afilados y directos a ese punto incómodo del estómago donde una aprende a reconocer lo que no está resuelto.

Faltaba un rostro en aquellas sillas. Solo uno, y era el de Adam.

No como pareja, eso ya no tenía sitio allí.

Ni como aquel amor desordenado que le cortaba las alas a todas las mariposas interiores; pero sí como el neurocirujano que habría entendido muy bien lo que significaba estar exponiendo su tesis allí.

«Le habría gustado verme haciendo esto», pensó, sin detenerse demasiado en la idea.

Sabía que rozar aquel pensamiento era como tocar un hierro al rojo vivo: un segundo más y se quemaba.

Giró la cabeza hacia William, que la enfocaba con el móvil desde su lugar y le sonrió con intención. Sabía que esa foto no se iba a quedar en su galería, que traspasaría la Cordillera de los Andes…y provocaría taquiarritmias dentro de otro pecho en la distancia.

***

Cesar llamó esa noche para felicitarla. Llevaban días muy pendientes el uno del otro, más de lo habitual.

Él le marcaba cada tarde, al terminar su trabajo, y hablaban durante casi una hora, a veces más, intercambiando reportes minuciosos de sus jornadas y redactando reportes emocionales, en una especie de ritual tácito y —curiosamente— cómodo.

Una de esas veces, la duda a él le pudo más que la prudencia.

—¿Extrañas a tu ex?

La pregunta desvió a Sofía de su eje y la obligó a hacer una pausa reflexiva.

«A ver…» Y en la búsqueda de esa respuesta se dio cuenta que en algún punto había dejado de esperar los mensajes de Marcel, sobre todo aquel que anunciara que la temporada corta  en Italia había terminado y que dijera algo así como: Hola, cariño. Ya estoy en Cuba. ¿Nos tomamos un café?

Durante semanas había idealizado ese instante con una esperanza rara que ahora estaba difuminada y hasta le resultaba ingenua.

¿Qué esperaba de eso realmente? Vaya usted a saber.

No lo había concientizado, pero se había acostumbrado a su ausencia.

Había dejado de mirar el teléfono con ansiedad, de ensayar conversaciones futuras y de imaginar un reencuentro.

—Pues no lo sé —respondió por fin—, pero tampoco quiero averiguarlo.

Aprender a soltar se había convertido en su especialidad.

No en plan de gurú repitiendo frases motivacionales —qué va—, sino a golpe de intentos fallidos en el arte de cumplirle los caprichos al corazón.

Pero al menos esta vez no había tenido que recoger la dignidad del suelo con escoba y recogedor. Algo era algo.

Ya sabía estar sola sin melodrama. Podía cenar con una serie de fondo sin convertir la escena en símbolo de fracaso sentimental.

Había dejado de buscar en sí misma las respuestas al silencio ajeno, y de echarse culpas que no le correspondían, y para alguien que había amado con intensidad antológica, este estado de paz, sin euforia ni devastación, era un posgrado emocional aprobado con sobresaliente.

Su corazón no estaba haciendo ruido, no estaba reclamando respuestas, no estaba escribiendo discursos imaginarios en la ducha. Estaba… tranquilo.

Ahora lo único que quería era otra cosa.

Vivir… a secas, con todo lo que eso implicaba.

Subirse a ese avión, dar esa conferencia frente a gente desconocida del mundo académico, morirse de miedo en el acto, presentar su libro, perderse en otra ciudad…

y así descubrir si era capaz de reconocerse lejos de todo.

Estaba dispuesta a exprimir las oportunidades como si fuesen una naranja hasta que crujieran, aunque luego se quedara con las manos pegajosas.

***

Después de la defensa de la tesis trabajó tres semanas más y luego empezó a prepararse para el viaje.

Isabel, contra todo pronóstico, se ocupó de organizarlo todo: boletos, hospedaje en Madrid, itinerarios…

todo. Aquello resultaba un acontecimiento digno de celebrar, pero Sofía no preguntó demasiado.

Le gustaba ver a su hermana tan resolutiva y tan dueña de sus decisiones, además…

le ahorraba trabajo. Ella había decidido que se quedaría tres semanas en Madrid, para regalarse unas vacaciones en extremo merecidas, antes de volver a su rutina.

Pero en la casa la emoción tenía una fisura silenciosa.

Su madre llevaba días durmiendo poco. Se levantaba en mitad de la noche con cualquier excusa —buscar un vaso de agua, revisar el cierre de la puerta o constatar ruidos inexistentes— y una de esas madrugadas Sofía la encontró sentada en el sillón, mirando el techo como si esperara que le cayeran encima todas las respuestas a su incertidumbre.

Pensó en acercársele y decirle que todo iba a estar bien, pero supo que, si lo hacía, la coraza que llevaba puesta se agrietaría al instante, y de momento la necesitaba para mantenerse erguida.

Así que se quedó donde estaba, observándola en silencio, con el corazón hecho un puño, notando que su mirada estaba llena de cuentas pendientes con el destino.

Ella sabía que en Cuba las despedidas habían pasado de ser episodios aislados a convertirse en una rutina cruel, en una estadística en aumento.

Los hijos partían sin fecha clara de regreso, y a los padres les tocaba aprender a vivir pendientes de una videollamada.

Su madre era plenamente consciente de que despedirse de Isabel no iba a ser fácil.

Sabía que no había una fecha marcada en el calendario para volver a verla, que no existía un círculo rojo tranquilizador al que aferrarse, y pensar en esa ausencia le hacía añicos el corazón.

Pero era incapaz de decirlo en voz alta.

Nombrarlo lo convertiría en una herida abierta, y bastante tenía ya con tener que sostener la sonrisa frente a sus hijas.

Así que se movía por la casa desbordando su energía luminosa mientras les recordaba empacar los abrigos gruesos, las medicinas imprescindibles y los documentos impresos por duplicado.

Sonreía más de la cuenta, cocinaba los platos favoritos de Isabel y, por instantes que le resultaban tranquilizadores, se imaginaba que el adiós sería apenas por una excursión de fin de semana.

Porque eso es lo que hacían muchas madres cuando el país se les quedaba pequeño a sus hijos: se tragaban el miedo, lo doblaban con cuidado, lo envolvían en papel bonito y lo entregaban en forma de bendición.

Y luego, cuando nadie las miraba, no paraban de preguntarse entre lágrimas cuánto tiempo podría resistir el hogar con las habitaciones vacías.

***

Al amanecer del veintiuno de noviembre se despidieron en el portal.

El abrazo de Isabel y su madre fue feroz, rompehuesos, de los que hunden el esternón.

Ninguna quería aflojar primero, ni despegarse.

Isabel no estaba lista para ver las lágrimas en sus mejillas.

Pero no se dijeron nada, había pactos silenciosos que se respetaban, incluso en la devastación.

Sofía fue la última en despedirse. Luego le agarró el rostro en las manos, le dio un beso en la frente y le susurró al oído:

—Todo va a estar bien. Nos vemos pronto.

Su madre asintió y se aclaró un poco la garganta.

—Vayan con Dios —alcanzó a decir agarrando a Sofía por los hombros para luego abrazarla con una angustia inesperada—. Cuida a tu hermana… y manténganme al tanto de todo.

Se iban a La Habana a tomar el vuelo esa misma noche. El día apenas comenzaba y ya parecía demasiado largo.

Isabel no fue capaz de girarse cuando el coche arrancó.

Sofía, en cambio, sí lo hizo. Su madre seguía de pie en el umbral, apoyada en el marco de la puerta con el antebrazo.

Vio cuando las rodillas le flaquearon como si el cuerpo acabara de perder todos los motivos para resistir su peso y también vio a Carmen, la vecina, aparecer casi corriendo y sostenerla en un abrazo justo a tiempo para que no se desvaneciera del todo.

Sofía se enjugó una lágrima con un gesto rápido, y apretó la mano de su hermana.

—¿Estás lista para volar? —le preguntó.

Isabel tragó saliva.

—Yo sí —respondió, con la voz entrecortada—. ¿Y tú?