Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LIX. En silencio ha tenido que ser
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LIX. En silencio ha tenido que ser

LVIII. Que alguien me pellizque, por favor

Cuatro largas noches pasaron hasta que llegó el domingo.

Sofía había organizado un plan tan digno como inservible: películas románticas que justificaran los ojos hinchados, intercaladas con sesiones casi militares de autocontrol para no seguir revisando el teléfono en busca de mensajes que no llegaban.

Abrir el chat  de Marcel y ver que estaba en línea  le producía un escozor bajo las costillas que la tentaba a escribirle o a llamarlo con cualquier excusa tonta con tal de romper el silencio.

No se había tomado un jodido cappuccino en esos días y había pasado de las pastas y las pizzas, lo cual, tratándose de ella, era una señal clínica bastante concluyente.

El ronroneo de las motos le tensaba la espalda con la esperanza imprudente de que fuera él llegando a su puerta con una solución milagrosa entre los labios.

En esos días confirmó lo que ya sabía y había verbalizado muy pocas veces…

y siempre con temblor: que lo quería, que se había enamorado, que su vida también era mucho más bonita cuando él estaba. Lo echaba de menos.

Pero la tribu, siempre providencial y todavía ajena al desastre, la salvó de cometer la torpeza de enviar el mensaje que acababa de escribir: Perdona por cómo me fui. Me siento muy impotente. Quizá me apresuré y sí haya una manera de que podamos salvar esto. ¿Crees que podríamos hablar?

Gracias a Dios, el Nos vemos a las dos en el Lumière, no almuercen , que escribió Paula, seguido de las otras tres confirmaciones, fue suficiente para hacerla pulsar el backspace  hasta borrar el mensaje entero.

Y menos mal, porque enviarlo habría sido una soberbia estupidez.

Así que decidió levantarse de la cama, meterse en la ducha y empezar a buscar, frente al espejo, su mejor versión disponible.

***

Todas llegaron casi a la vez, excepto Sarah, pero esta vez ninguna estaba dispuesta a reprochárselo.

Se sentaron en la mesa de siempre y, durante unos segundos, el silencio ocupó el centro.

Además de la silla de Sarah, había otra vacía que les anegaba los ojos, otra que las cuatro miraban de soslayo con los dientes apretados.

Amber no estaba. Su ausencia se colaba entre ellas como una corriente fría que congelaba el entusiasmo del encuentro. Ya no sería lo mismo.

—No lo puedo creer. Todo esto me parece mentira. No… —farfulló Rachel, con la voz temblorosa—. No la voy a ver más en un buen tiempo.

Paula, sentada a su lado, la rodeó con un brazo y la apretó contra ella mientras Camila, decidida a sabotear la nostalgia antes de que se instalara del todo, comentó que había un carpaccio  de res nuevo en el menú que tenían que probar.

«La madre que me parió», pensó Sofía, poniendo los ojos en blanco e intentando esquivar las imágenes de Marcel convenciéndola de probar el carpaccio por primera vez aquella noche gloriosa; sacudió la cabeza con discreción tratando de cambiar de carril mental y sacó el móvil para hacer una videollamada a Amber, que respondió envuelta en una colcha, desde una habitación cualquiera en un cuarto piso de Madrid.

—Hola, partida de arpías… —saludó—. A ver si empiezan a adaptarse a mis horarios, que aquí ya son las ocho y media de la noche.

Sofía les pasó el teléfono para que la saludaran y, cuando volvió a levantar la vista, se quedó casi en shock .

—Chicas… —señaló Sofía con la barbilla.

Era Sarah que hacía su entrada con un vestido amarillo, de tirantes gruesos, entallado en el torso y suelto desde las caderas hasta mitad de los muslos.

Llevaba una peluca de corte recto que le caía por encima de los hombros, con flequillo, de un tono más claro que el suyo, con reflejos color caramelo que le daban luz a su expresión y le enmarcaban el rostro con elegancia. Lucía preciosa. Distinta. Valiente.

Todas se quedaron mirándola con la boca abierta.

—Sarah… —dijo Paula al fin—. ¡ Wow, qué linda te ves!

Rachel soltó una carcajada, todavía a medio camino entre la sorpresa y la emoción, y giró la pantalla del teléfono para que Amber pudiera verla.

—Pero eres rapidísima —dijo Amber desde el móvil—. Ni tiempo me diste a buscar pelucas.

Paula se inclinó hacia ella y tocó los mechones que colgaban con cuidado.

—Se ve súper natural. ¿Dónde la encontraste? Porque aquí no hay muchos sitios. Está genial. Te moviste rápido.

Sarah se sentó, dejó el bolso a un lado y buscó la mirada de Sofía con una sonrisa intrigante.

—Es que tengo un amigo que ha estado escribiéndome —dijo—.

Siempre muy pendiente de cómo estoy, de cómo me siento.

Hace un par de semanas le mandé una foto y me vio con el pañuelo en la cabeza…

—hizo una pausa y se acomodó el flequillo, juguetona— y hace dos días me llegó la peluca. La escogió él. Tiene buen gusto, ¿eh?

Sofía no apartó los ojos de ella.

—¿Quién fue? —preguntó escéptica—. ¿Alejandro?

—Frío, frío —bromeó Sarah, negando despacio—. Te doy pistas: es alguien a quien no solo le importas tú, sino también las personas a las que tú quieres. Alguien que no se aleja, aunque te pases la vida poniéndole límites. —Le guiñó un ojo—. Ah, y que tiene los ojos verdes.

—No me jodas… ¿fue Cesar? —preguntó Camila, tapándose la boca.

—El mismito —confirmó Sarah, dedicándole a Sofía una mirada cómplice—. Pero si tú no sabías… ¿entonces quién le dio mi dirección?

—Culpable —dijo Rachel, levantando la mano—. Me escribió para preguntarme dónde vivías y pensé que era para enviarte medicinas.

—Ah, no, pero eso también —respondió Sarah—. Me mandó vitaminas, suplementos metabólicos… y hasta unos bombones para que los compartiera con ustedes. Pero se me quedaron.

Todas rieron. Todas menos Sofía, que empezaba a encajar las piezas con retraso.

Hacía casi dos semanas que no hablaba con él y había dejado en visto su último mensaje, aquel en el que le deseaba suerte con el proyecto final de la certificación.

Se quedó un poco callada, sosteniendo una sonrisa que no alcanzó a disimular del todo la punzada de vergüenza que sentía.

Qué maneras tan bonitas las que tenía Cesar de hacerse presente. «Joder, ni siquiera le escribí para avisarle de los resultados evolutivos de Sarah. Y si no hubiera sido por él…». La incomodidad le apretó el esternón.

Mientras sus amigas seguían celebrando lo maravilloso que era Cesar y lo bien que le quedaba el nuevo color de cabello a Sarah, Sofía agarró el móvil y le escribió.

Sofía:

Gracias. No te merezco como amigo, ya lo sé.

Pero Sarah sí .

Cesar:

En eso tienes razón… como amigo no.

Y déjate de boberías que no hay nada que agradecer.

Sofía le tomó una foto a Sarah y se la envió.

Cesar:

Dile que luce preciosa.

¿Y tú? Déjame verte a ti.

Sofía:

¿Tienes tiempo esta noche? ¿Para hablar?

Cesar:

No preguntes lo que ya sabes. En la noche, en la madrugada, al mediodía…

Sofía:

Ja, ja, ja. Vale. Te llamo luego entonces, que ahora estoy con las chicas.

Amber les contó que Madrid le parecía muy bonito, pero que visto lo visto, iba a tardar en encontrar trabajo; que Nelson había conseguido un hueco como mesero en un restaurante cerca de casa, por un salario casi ofensivo, pero que como emigrantes no estaban en posición de ponerse exquisitos hasta que no lograran la homologación de sus títulos universitarios, y eso tardaría un poco.

Camila contó que Raúl había dejado el trabajo y andaba juntándose con gente todavía más triste que él, que había tenido que bloquearlo porque no paraba de enviar mensajes depresivos e incoherentes que no le hacían ningún bien; que por las noches lo echaba de menos, sí, pero que desde que se habían separado había subido cinco libras y comía con menos saltos epigástricos, lo cual consideraba un indicador científico respetable.

Paula confesó que no había vuelto a intercambiar ni una letra con Lord Voldemort  y que ni se les ocurriera pedirle autopsias emocionales, que se conformaran con saber que ahí iba , todavía molesta consigo misma, pero alcanzando el estoicismo.

Como si aquello ya no fuera una mutación adquirida en su código genético.

Y Sarah, con el vestido amarillo todavía iluminándole la cara, comentó que estaba haciendo algo de yoga y que había encontrado una opción remota en un equipo de marketing , escribiendo copies en inglés para una compañía de diseño; también contó que se había separado definitivamente de Ariel y que, aunque la decisión había sido de los dos, él se las había arreglado para girar la historia hasta dejarle a ella la última palabra.

—Al final decidí que no voy a sentirme culpable por la ruptura —y lo decía muy seria—, porque esa decisión no la tomé solo yo. Estaba clarísimo que la relación se volvió hielo. Me duele, pero…

—Pero, gracias a Dios, hay un rubio insufrible, de ojos amarillos, que no te deja pensar demasiado —la interrumpió Sofía sonriendo.

—Un clavo saca a otro, eso no falla —gritó Amber a través del móvil.

Paula puso los ojos en blanco y le hizo un mohín.

Darío, el dueño del lugar y cómplice antiguo de charlas interminables, la escuchó al pasar y soltó una carcajada.

—Menudo añito que llevamos —lamentó Paula—: villanos, adictos, becarios… Nos ha tocado aprender a querernos un poquito más, y por la fuerza.

Camila frunció los labios, Sarah se enroscó un mechón de la peluca y Rachel carraspeó, incómoda.

—Mejor solas que mal acompañadas. Ustedes no necesitan accesorios —les soltó Darío cuando se acercó a dejarles sobre la mesa los platos de carpaccios que Camila había pedido—. Y tú, Paulita —añadió guiñándole un ojo—, si te aburres… yo siempre puedo encargarme de entretenerte.

Paula sonrió y enarcó una ceja.

—No lo he olvidado, Darío, no lo he olvidado. —Negó despacio escondiendo la sonrisa—. Pero ni de broma me arriesgo con un hombre casado, aunque tenga una pareja abierta.

—Tú te lo pierdes —bromeó él encogiéndose de hombros.

—Al menos Rachel, Amber y Sofía se mantienen estables —comentó Camila.