Semana 3
El curso daba inicio a las seis de la tarde en punto. Antonio luchaba contra el tráfico. Para su mala suerte, un accidente automovilístico provocó un retraso considerable. Pasados quince minutos después de la hora logró llegar al instituto.
—Maldita sea —murmuró mientras aparcaba su auto.
Corrió a toda prisa hacia el aula ocho. Cuando llegó a la puerta, se detuvo unos segundos para recuperar el aliento. Tocó suavemente. Estaba nervioso.
—Adelante —respondió la voz de una mujer.
Antonio abrió la puerta y entró con cierta timidez.
—Buonasera —le saludó la mujer. Era la profesora.
—Buenas noches. Disculpe profesora, hubo un accidente en el camino y fue una locura poder llegar.
—No te preocupes, yo también sono arrivata un poco tarde por la misma situazione. Puedes sentarte en aquel espacio que está vacío.
Antonio sintió un gran alivio.
En la clase había otras tres personas: un hombre y dos mujeres.
—Ahora que finalmente estamos todos, vamos a presentarnos. Mi chiamo Ana María. Soy chef italiana, tengo cincuenta y siete años y vivo en esta ciudad desde hace dos años.
La profesora caminaba por el salón mientras hablaba. Había seis mostradores para estudiantes, cada uno con los implementos necesarios para cocinar.
—Ahora ustedes… —continuó señalando a una de las mujeres.
La mujer sonrió.
—Buenas noches, mi nombre es Patricia, tengo treinta años y me dedico a mi hogar.
Continuó Antonio.
—Hola, mi nombre es Antonio, tengo cuarenta y un años, soy administrador y trabajo en una oficina de contabilidad.
El hombre que estaba en la mesa contigua prosiguió.
—Buenas noches, yo soy Pablo, tengo treinta y ocho años, soy mecánico de motocicletas.
Finalmente, habló la otra mujer.
—Hola a todos, mi nombre es Lucía, tengo veintitrés años y estoy estudiando enfermería.
La profesora terminó de dar la bienvenida al curso. Para aquella primera clase aprenderían a cocinar algo básico pero delicioso: pasta fresca con ragú.
—Vamos a preparare questa ricetta con pasta hecha a mano por ustedes mismos. Todos los ingredientes los pueden encontrar en la primera gaveta debajo de su mostrador.
Seguidamente la mujer explicó con detalle cómo se debía preparar la masa.
—No parece complicado —pensó Antonio mientras sacaba algunos ingredientes y los colocaba sobre la mesa.
El sonido de un huevo quebrándose en el piso le llamó la atención. El hombre que estaba junto a él había dejado caer uno por accidente.
Antonio lo miró y le dio una sonrisa de apoyo. El hombre parecía estar un poco más nervioso que él. Y por alguna razón, eso le reconfortó.
Los cuatro estudiantes prepararon al mismo tiempo la masa, algunas quedaron un poco más secas que otras, algunas más voluminosas.
—No perdamos tiempo, ragazzi. Ahora vamos a amasar.
Los estudiantes comenzaron a trabajar. Antonio observó durante unos segundos al hombre que estaba a su lado.
—Se nota que trabajas con las manos —comentó.
Pablo levantó la mirada. Luchaba contra su propia pasta.
—Eso se puede interpretar de muchas formas —contestó.
Antonio soltó una carcajada.
—Yo estaba hablando de la pasta.
Pablo tomó una pausa.
—Por supuesto, yo también.
Antonio volvió a mirarlo. Hasta ese momento no le había prestado mucha atención.
Pablo era un hombre extremadamente delgado y alto, con un cuerpo bastante definido; probablemente producto de su trabajo como mecánico.
Tenía el cabello castaño corto y un poco desordenado.
Su nariz tenía una peculiaridad, se inclinaba ligeramente hacia la derecha.
—Excelente consistencia —comentó la profesora mientras observaba la pasta de Pablo.
Antonio sonrió.
—¿Viste? Valió la pena estropear un huevo, quizás eso ayudó a que te quedara bien la pasta.
Pablo soltó una carcajada.
—Yo solo espero que no solo la consistencia sea buena, cruzo los dedos para que el sabor también lo sea.
Antonio intentó concentrarse nuevamente en su pasta. Le resultó un poco difícil, puesto que aquel hombre le había empezado a llamar la atención.
—Si quieres podemos ser nuestros propios jueces —comentó Antonio.
Pablo empezaba a darle forma de tiras largas y delgadas a la pasta.
—La profesora calificará el plato de cada uno —respondió.
Antonio cortaba delicadamente su pasta.
—Ya lo sé —dijo entre risas—. Me refería a que seguramente su veredicto será muy quisquilloso, nosotros podemos darnos un punto de vista… ya sabes, de simples mortales.
Ambos rieron. Pablo asintió.
Los minutos transcurrieron rápido, los cuatro estudiantes terminaron de cocinar la pasta finalizando con el ragú.
Cuando faltaban veinte minutos para concluir la clase, la profesora empezó a evaluarlos, inició con Patricia.
—¿De dónde eres, Pablo? —preguntó Antonio, ambos esperaban su turno para ser evaluados.
—Vivo por el centro de la ciudad, cerca de la alcaldía… ¿Y tú?
—También vivo por el centro de la ciudad. Más cerca del cementerio público.
Pablo levantó sus cejas. Antonio sonrió.
—Y… ¿estás casado, Pablo? ¿Tienes novia?
Pablo sonrió ligeramente.
—Si lo que intentas es averiguar si soy gay… sí… lo soy.
Antonio no pudo evitar sonrojarse.
—Andiamo… vamos a ver por acá —dijo la profesora caminando hacia la mesa de Lucía.
Pablo se enderezó un poco, pensó que sería el próximo.
—Interesante —comentó Antonio—. Lo sospeché un poco, pero al mismo tiempo no me lo esperaba.
Pablo carcajeó.
—Supongo que lo dices porque soy mecánico, la verdad ya me lo han dicho varias veces… es mi pasión.
—¿Y qué te trae por estos caminos de la cocina italiana? —preguntó Antonio.
—Sabes… es una buena pregunta. Quise demostrarme a mí mismo que sería capaz de hacer algo totalmente distinto. Estuve buscando un poco y, bueno, encontré esta clase. Me llamó la atención y acá estoy.
Antonio escuchaba atentamente, mientras lo hacía aprovechaba para contemplar aquel rostro que cada vez le atraía más.
—¿Y tú? ¿Por qué estás acá?
Antonio no supo qué responder. Aquella pregunta lo hizo volver a la realidad.
Evidentemente, no pretendía contarle a aquel hombre que había decidido matricularse en un curso de cocina italiana como una ruta de escape después de un intento fallido por conocer a una persona. Respiró profundo y ordenó las ideas.
—Me atrae mucho la cultura italiana y aprendo italiano desde hace algún tiempo. Además, pensé que esto sería una buena forma de liberar estrés.
—Ahora veamos qua… —dijo la profesora acercándose a Pablo.
La mujer tomó un tenedor y degustó de la pasta. Masticó lentamente mientras con sus ojos hacía una especie de recorrido de un lado a otro.
—Muy buena, te felicito.
Pablo dibujó una gran sonrisa.
—Finalmente, este ragazzo, vediamo…
Con el mismo procedimiento probó la pasta de Antonio. Después de unos segundos levantó una ceja.
—Está buena. Sin embargo, considero que le faltó un poco de cocción a la pasta. Ten cuidado para cuando la vuelvas a preparar, no olvides cocinarla por el tiempo justo.
Antonio permaneció en silencio. La profesora caminó nuevamente hacia el frente del salón.
Pablo miró a Antonio. Antonio devolvió la mirada. Ambos soltaron una carcajada.
—Supongo que ya no vas a querer probar mi pasta —dijo Antonio.
—Claro que sí —respondió Pablo.
Tomó su tenedor y se llevó a la boca una buena porción. Masticó durante unos segundos y finalmente hizo un gesto de aprobación.
—Tenías razón… la profesora es muy quisquillosa, tu pasta está muy buena —hizo una breve pausa para tragar—. Es la opinión de un simple mortal.
Antonio volvió a reír.