Y en el medio, tú: 1 Capítulo 1
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Capítulo 1

Recuerdo llegar a aquella enorme mansión de arquitectura moderna, con muros de piedra delimitando de una forma sutil dónde finalizaba aquella enorme propiedad.

Tanto Adriana, que en ese entonces era mi mujer, como yo, no sabíamos dónde mirar.

Y las comparaciones con nuestro humilde piso en el centro, por supuesto eran más que odiosas.

Recuerdo incluso bromear con Adriana, preguntándonos cuántas vidas necesitaríamos para adquirir algo así.

Seguimos caminando por aquel camino de piedras, que se abría paso entre metros y metros de césped.

El sol estaba cayendo, justo detrás de aquella enorme casa, dándole un leve toque anaranjado a la fachada.

Adriana apretaba mi mano con fuerza al acercarnos a la puerta.

Al abrirse la puerta se empezó a escuchar la música del interior.

Una mujer con unas facciones muy agradables nos pidió que pasáramos, sonriéndonos todo el rato.

Pasamos por aquella enorme entrada, llena de gente a la que no había visto en mi vida.

—¿Conoces a alguien?

Adriana busco mis ojos después de analizar a todas las personas con las que nos íbamos cruzando mientras seguíamos avanzando en busca del anfitrión de la casa. Negué buscando entre la multitud

—A nadie… ¿Ves a tu amigo Marc? —Giré la cabeza para verla estirar su cabeza buscando una cara conocida.

—¡Mi cubano preferido!

Aquella voz. Llevaba años sin escucharla.

Busqué con la mirada de dónde provenía. Adriana tiró de mi brazo, señalando hacia uno de los ventanales que daban a un enorme jardín con una impresionante piscina al fondo.

Saltamos a toda aquella gente para poder encontrarme con aquel pedazo de cabrón que me había regalado los años más felices de mi vida cuando ambos coincidimos en Barcelona.

Solté la mano de Adriana, para fundirme en un abrazo con él.

Sus manos golpearon mi espalda con cariño.

Los dos nos miramos incrédulos de encontrarnos en aquel lugar.

—¿Qué putas haces tú aquí? —exclamó con su característico acento colombiano apretando mis brazos con alegría.

Me miró de arriba abajo sin todavía poder creerlo—.

Estás igual, quizás algo más feo… —dijo riéndose, volviendo a darme un fuerte abrazo—.

No sabes la alegría que me da verte… ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Demasiado tiempo…

Desvió la mirada hacia Adriana, que nos esperaba en un segundo plano, con las manos cruzadas hacia adelante.

—Ah sí… —Coloqué la mano sobre el hombro de Adriana, atrayéndola hacia nosotros—. Adriana, él es Agustín. —Ambos estiraron el brazo para agarrar sus manos—. Agustín, ella es Adriana, mi mujer…

Agustín se quedó sorprendido ante aquella noticia.

Cuando ambos nos conocimos, apenas estaba tonteando con Adriana, por eso es por lo que tuve que casarme.

Los dos habíamos sido amigos durante mucho tiempo.

El destino o la irresponsabilidad de andar de fiesta en fiesta hizo que aquella noche viera cómo su coche volcaba tras un volantazo.

Desde que lo acompañé tras socorrerlo, nuestros caminos se juntaron.

Agustín era como un hermano para mí, de esas amistades que te marcan.

Pero la vida separó nuestros caminos cuándo él se encargó de la carrera de su hermana y yo me tuve que casar.

Los dos se estrecharon la mano, dedicándose una leve sonrisa mutuamente.

—Mi más sincera enhorabuena —concluyó soltando la mano de Adriana—. Y bien, decidme… ¿Qué hacéis por aquí?

—Marcos es amigo de mi mujer… ¿Y tú?

—¡Ey! ¡Aquí estáis! —La voz de Marcos nos interrumpió, apareciendo detrás de nosotros—. Casi no lo reconocía con aquel rostro al descubierto sin su característica barba. Marcos abrazó a Adriana con mucha confianza antes de estrechar mi mano con efusividad.

—¡Cariño! —volvió a gritar dirigiendo su mirada hacia el jardín, mientras extendía el brazo esperando a su acompañante—. Os quiero presentar al motivo de esta reunión, aunque no necesita presentación, ¿verdad, cuñado?

Agarró el brazo de Agustín de broma sin parar de sonreír de forma socarrona. Sonreí discretamente al ver la cara de desagrado de Gus, fingiendo que le agradaba su presencia.

¿Había dicho cuñado? Mire rápidamente a Agustín buscando una respuesta.

Sus cejas se alzaron dejando rodar sus ojos cuando su hermana apareció por aquella puerta agarrando la mano que Marc tenía extendida tras llamarla.

Automáticamente noté la mano de Adriana aferrándose a mi mano con fuerza marcando territorio mientras mis ojos contemplaban embelesados su pelo rizado, su cazadora de cuero negro y sus enormes tacones.

Isabella apareció eclipsando a cualquier mujer que se encontrara allí.

Incluyendo a mi mujer. Isabella apareció con su deslumbrante sonrisa y su pelo rubio rizado, salvaje, y unos hermosos ojos color café que te cortaban la respiración al mirarte.

Todo lo que podía escuchar era ruido de fondo, acompañando los lentos latidos martilleando mi cabeza.

Había fantaseado mil veces con la idea de conocerla algún día en persona.

Alguna que otra vez pensé que quizás sería de manos de su hermano, pero jamás creí que fuera a conocerla como la novia de uno de los mejores amigos de mi mujer.

Tragué saliva para poder pronunciar siquiera alguna palabra cuando Marc decidiera dejar de hacer bromas y presentarnos al que sería su nuevo juguete, con el que se divertiría.

Cuando pude reaccionar, miré a Agustín en busca de su mirada para buscar una explicación.

—¿Guapa, verdad? —Colocó su mano sobre la cintura de ella marcando territorio—. Isa, cariño, ellos son, Adriana mi amiga y…

—Rubén, ¿cierto? —Sus ojos me miraron dedicándome una sonrisa.

Dios, qué bonito sonaba mi nombre en sus labios con aquella dulce voz. Mis cejas se alzaron involuntariamente al tratar de asimilar que mi eterna crush me conocía. La cara de Marc en cambio se transformó al ver que me conocía.

—Ya tenía ganas de conocerte, mi hermano me ha hablado mucho de ti. —Dirigió rápidamente la mirada a su hermano antes de mirarnos de nuevo.

—Espero que bien —respondí incómodo al sentir la mano de Adriana apretando mis dedos.

—Sabes que las cosas malas me las guardo para nosotros —Agustín añadió burlándose, apretando mi hombro con cariño.

—Solo me ha contado cosas buenas, lo prometo —respondió con su voz meliflua mirándonos a ambos sin borrar la sonrisa.

Ella dirigió aquellos enormes ojos color café hacia mí, sintiendo por un segundo como si el corazón se hubiera detenido.

Tenía los ojos más bonitos que había visto en mi vida.

A pesar de haberla visto mil veces en fotos, estas no le hacían justicia.

Su belleza era hipnotizante. Traté de soltar la mano de Adriana, que seguía aferrada a mis dedos con fuerza para poder ofrecerle la mano.

Su cuerpo se acercó hacia mi tatuando aquel momento en mi memoria.

El olor de su perfume con toques de vainilla se caló en mi cuerpo.

Ambos nos saludamos con un beso dedicándonos una breve mirada.

Para ser sincero conmigo mismo, mi cabeza no podía dejar de reproducir en bucle el instante de su mano sobre mi hombro mientras posaba sus cálidos labios sobre mi mejilla salpicada de una barba de varios días.

De haber sabido aquello, me habría afeitado.

Siguió saludando a Adriana, quien la recibió con mucho menos interés que yo antes de volver al lado de Marc y Agustín.

Isabella dejó caer su brazo derecho sobre el hombro de su hermano, dedicándole una leve sonrisa antes de pegar su frente con la de él.

—¿Te ha contado alguna vez tu hermano, que Rubén tenía un poster tuyo en su cuarto?

—Marc dijo de forma burlona, mirándola antes de enterrar su cara en su cuello—.

Eras superfan, ¿verdad? —Suspiré disimuladamente fingiendo una breve sonrisa tratando de que no se dieran cuenta de mi incomodidad por aquel comentario frente a Adriana e Isabella.

—¿Eras? —Isabella preguntó con una hermosa sonrisa mirándome de nuevo.

—La época de los posters quedó atrás hace tiempo… —respondí tratando de salir de aquella situación.

—Por ser amigo de mi hermano te los habría firmado —respondió de forma divertida.

Agustín notó mi incomodidad mientras escuchaba a su hermana responderme con cariño. Me agarró por los hombros con sus manos, dedicándome una leve sonrisa colocándose entre ambos. Miré de reojo a Adriana al agachar levemente la cabeza dándome cuenta de que su expresión volvía a denotar malestar.

—Bueno, si nos disculpáis, hace mucho tiempo que no nos veíamos así que voy a invitarlo a una copa para ponernos al día.

—Claro —Isabella dijo mirándonos antes de que Marc volviera a ponerse pegajoso con ella—. Ha sido un gusto —añadió dedicándonos una cálida sonrisa mientras sacudía levemente su cabeza para acomodar su cabello. Toda ella era hipnótica.

—Igual… Y bienvenida a Madrid —dije con una rápida sonrisa.

—Yo te la cuido, cuñado —Marc respondió mientras la abrazaba por atrás dejando su cabeza caer sobre los hombros de Isabella.

Se la notaba incómoda, no porque no le gustara, sino por otra vez la falta de tacto de Marc, que no tenía reparo en comportarse como un tocón frente a su cuñado. Aún podía oler aquel perfume como si se hubiera adherido a mi ropa.