X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 83
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CAPÍTULO 83

A rcher, en silencio, mientras escuchaba las palabras de Victoria, volvió a mirar a Sarah de reojo a sus espaldas desde la distancia y la oscuridad. Se acercó unos pasos hacia ella para otear la pantalla y, entonces, algo le alarmó.

—Esa es la contraseña que estábamos buscando —se escuchó en la estancia.

—¿Cómo? —preguntó Tan y se giró en busca de aquella voz desgastada.

Acababa de entrar en el zulo, de nuevo, la monja inquisidora. En esta ocasión portaba un arma, estaba dispuesta a materializar cualquier amenaza. En la otra mano exhibía en alto su teléfono móvil.

—He visto que se me ha bloqueado el acceso al sistema con el móvil. Sabíamos que conocíais la clave, así que ese aparato me lo tendréis que devolver —dijo la monja en referencia al portátil .

—Ah, entonces la I.P. a la que se refería Victoria era la suya… —discernió Tan, y formuló una pregunta que rondaba su cabeza desde su conversación con Gallardo—. Por cierto, ¿qué ha pasado con el prelado de la catedral?

—Pobre hombre —ironizó—. Se metió donde no debía. Hacía demasiadas preguntas, y no debió haberse puesto en contacto con Madrid para instar una investigación interna sobre el asesinato.

—Claro, la llamada en su teléfono móvil al arzobispo… —recordó Tan.

—No sé de qué hablas joven, pero vamos a darnos prisa. —Señaló el portátil con el arma e indicó—: El aparato, rápido.

—No se lo vamos a dar —avisó Sarah con osadía.

—Mira, niñata, no estoy para perder más el tiempo, así que tú te lo has buscado —sentenció la religiosa con agresividad.

La monja acababa de amenazar a Sarah, y lo había hecho sin mostrar la más mínima duda. El dedo índice de su mano derecha, de la que empuñaba una pistola plateada, se dispuso a rozar el gatillo.

Los cuatro reos veían pasar a cámara lenta aquella escena que se oscurecía según el dedo de aquella indeseable se aproximaba, más y más, al mecanismo que estaba a punto de detonar el percutor.

Aquella «mosquita muerta» vestida con hábito había traicionado los valores y principios del cristianismo que aparentaba profesar, en pro de un fundamentalismo manipulado por la orden de los Hijos de las Sombras.

Al parecer, aquellos grupúsculos radicales habían extendido sus tentáculos más allá de los Estados Unidos de los setenta.

La monja se habría infiltrado cuidadosamente entre el catolicismo para cumplir sus propósitos y controlar lugares como aquella guarida ignota, y cómo no, moverse como pez en el agua en la catedral, donde supo que el administrador del sistema aparecería con la biblia.

Desde su mala fe desvirtuaba el trabajo devocional de personas como el párroco que habían sumado al secuestro, quien, al ver la irremediable reacción de la monja con el arma, se puso en manos de Dios y se avanzó para convertirse en un escudo humano que protegiera a Sarah de un disparo inminente.

Pero Tan tampoco iba a dejar que por su indagación se pusiera en peligro la vida de nadie más que no fuera la suya, al fin y al cabo, estaban en aquel lugar por su obcecamiento periodístico.

Así, con su hombro fibrado, empujó de un salto al cura para que saliese de la trayectoria que señalaba el cañón de la pistola, y justo en aquel momento se oyó el estruendo de un disparo.

Ahora ya se iba a terminar todo, Tan sabía que aquel percutor rubricaría el punto y final a una carrera de periodismo de investigación. Trabajar a pie de campo tenía ese tipo de inconvenientes, tomar riesgos que llegaban a poner, ya no la integridad, sino la vida misma en peligro.

En la mente de Tan aterrizó el pensamiento de que su vida estaba a punto de apagarse, sus ojos se cerraron para no caer al suelo con el miedo dibujado en su rostro, mejor dejar a los demás que pensaran que habría entrado en un profundo sueño sin amanecer al día siguiente.

El viaje que parecía que iba a emprender a aquel otro mundo sería rápido, instantáneo para él, pero iba a durar demasiado tiempo en el corazón de Sarah, cuya expresión gritaba pánico y tristeza al ver a su amado cruzado en la línea de fuego.

Ella no pudo aguantar e hizo el ademán de levantarse hacia Tan con un grito de desesperación y desgarro: «¡¡¡Nooo! !!».

Durante la parábola que trazaba el cuerpo de Tan antes de caer al suelo, por su mente pasaron muchas imágenes desde su niñez, cómo jugaba en el patio del colegio con sus amigos, cómo consiguió robar el primer beso a su amor de adolescencia, e incluso la imagen de sus padres y sus abuelos presentes en el día de su graduación como periodista.

Empezaba a imaginar a aquellos familiares y al señor Jackson esperándole tras el impacto contra el suelo, pero antes de esa última escena, unas tímidas lágrimas saltaron de sus ojos por no haber podido demostrar su pleno amor a Sarah, y haber estado discutiendo minutos antes con ella.

Finalmente, Tan cayó al suelo… El eco del disparo ya se hubo disipado en la estancia, pero todavía retumbaba en los tímpanos de los que estaban allí dentro. La sangre provocada por la bala liberada se apoderó del suelo que, otra vez, se veía manchado de rojo púrpura.

Tras el impacto contra el suelo, el periodista se sentía de modo distinto al que se había imaginado, no localizaba dolor en ninguna parte de su cuerpo más que en el brazo sobre el que había caído.

Abrió sus ojos con miedo, que habían quedado casi sellados por la fuerza con la que los hubo cerrado, y lo único que pudo ver en la penumbra de la estancia fue el cuerpo de la mujer de hábito en el suelo agonizando.

Archer se quedó con la boca abierta al ver aquella escena y, al poco, levantó la mirada. Ante él estaba de pie, erguido, con el arma todavía humeante, su amigo Gallardo; acababa de salvarle la vida al disparar en la última milésima de segundo contra aquella persona desviada de la senda de Jesús .

A la aparente monja no le había dado tiempo de apretar el gatillo, Antón hubo llegado justo a tiempo para frenar lo que habría sido injusto, y una tragedia irreparable.

El periodista, todavía en el suelo, se movió para quedarse echado bocarriba, convaleciente, formando una estrella sobre el polvoriento suelo del zulo, y respiró profundamente.

Sarah se lanzó hacia él para colmarle a besos y apretarlo con un abrazo infinito.

La joven no tenía en aquel momento otra forma de demostrar lo mucho que lo amaba; su abrazo llegaba casi a asfixiarlo mientras repetía, una y otra vez, entre una cascada de lágrimas: «Te quiero, te amo. Me muero si te hubiera pasado algo».

Gallardo se inclinó hacia el cuerpo derrumbado de la monja, le tomó el pulso y avisó por radio: «Manden una ambulancia a mi ubicación, mujer de edad avanzada herida grave de un disparo».

En cuanto Tan recobró la conciencia instantes después del shock producido por la tentativa de asesinato, se atrevió a pronunciar:

—Todavía tenemos algo pendiente, princesa.

—Cierto, amor —contestó ella y lo ayudó a levantarse.

Ambos se dirigieron al ordenador, al que sólo le quedaba presionar la tecla enter , para cancelar la programación de frecuencias que estaba provocando muertes, más allá de los muros de aquella centenaria iglesia de San Roque.

—¡Ya está! —exclamó Sarah.

—¿Así de rápido? —preguntó Archer.

—Sí, sólo quedaba darle a la tecla, la monja llegó justo en el momento en que estaba a punto de presionarla.

—A buenas horas… —lamentó Xavier.

—Pues sí —asintió Tan sin esconder la sensación agridulce que lo invadía .

Los servicios sanitarios no tardaron en llegar al lugar, se llevaron con cuidado a la monja delincuente todavía con las constantes vitales activas pero mermadas, y el resto de sanitarios que acudieron se pusieron a atender a todos los que acababan de sufrir aquel capítulo extremo, pese al alivio de estar a salvo, aunque el párroco necesitaba una más urgente atención psicológica en aquel momento, porque no acababa de asimilar todo lo sucedido.

Acababan de frenar, por fin, la barbarie tecnológica de los Hijos de las Sombras; las muertes inducidas pararon en seco porque su plan fue quebrado de nuevo por Tan y por su equipo improvisado, al que no se le podía reprochar absolutamente nada, había funcionado desde el inicio del proceso como nadie lo habría conseguido hacer.

Cada cual hubo explotado sus virtudes para desmantelar los restos de aquella orden oscura.

La monja y su dispositivo se hubieron convertido en una prueba material clave que fortalecía, ante el futuro tribunal que se encargase de juzgar aquel concurso de delitos, la motivación que hubo empujado a Sarah a ejecutar la última orden en el sistema satelital.

Al día siguiente, el FDP iba a volver a abrir su cabecera para todo el mundo hablando de toda la trama de la organización derribada, a la que le quedaban muchos años entre barrotes por delante, de cómo resquebrajaron la estrategia de Taylor «el taxista», cuya perversa y fallida intención hubo pasado por no convertirse finalmente en el nuevo Rex Mundi , y sobre la vuelta, por supuesto, de la fastuosa exposición robada de las obras de El Bosco al Museo del Prado.

Aunque la fatiga no les dejaba prácticamente ni articular palabra al rebajar toda tensión y adrenalina, por la caída de aquella monja delincuente y la confirmación de la vuelta a la normalidad en el sistema de emisión de ondas, abrazado a Sarah —mientras salían de aquel templo por su puerta principal—, Archer todavía tenía por resolver un par de misterios que merodeaban entre sus pensamientos.

—En la plaza Lope de Vega —avanzó Tan llamando la atención de Xavier, que arqueó una ceja.

—¿Qué ha sucedido ahí? —preguntó el mentalista con interés.

—¿Por qué nos indujiste a ir a aquella cafetería?

Por la sonrisa pícara que irrumpió en la expresión del mentalista, éste no podía disimular que aquella pregunta le causaba un especial celo.

—Veo que te diste cuenta… —dijo Xavier.

—Entonces, ¿es cierto? —Se encaró al mentalista achinando los ojos y le recordó—: Aquel camarero me lanzaba miradas que rozaban el odio.

—Sí, era mi ex, me apetecía incordiarle y provocarle celos.

¿No viste la cara de echo polvo que tenía?

Se arrastró para volver conmigo y le dije que se olvidara de mí y, por supuesto, vista su cara…

no ha podido —dijo con aires de satisfacción—.

Le pasa por ponérmelos con un mundanal humano —ironizó en referencia a una infidelidad que sufrió.

—¿Y qué tengo yo que ver en eso? —preguntó Tan incrédulo.

—Le dije que eras mi novio —respondió Xavier con sorna.

—¡Oye! Que es el mío —exclamó Sarah boquiabierta y le dio un suave y simpático empujón a Xavier.

Archer se quedó estupefacto. Pocas veces más iba a acercarse a aquella cafetería para evitar represalias amorosas de aquel camarero malcarado.

Sin embargo, conocida la versión del mentalista sobre la visita a aquella cafetería, todavía quedaba una cuestión pendiente que seguía inquietando a Tan …

—No sé, Xavier, no entiendo por qué cada vez que sucede algo relacionado con los Hijos de las Sombras… el señor Jackson aparece de forma recurrente en mis sueños. ¿Será su alma que vuelve para prestar ayuda?

—¿Su alma? Por favor, Tan. ¿Todavía crees en esas cosas?

—Entonces ¿qué explicación tiene?

—Se llama PNL —respondió Xavier.

—¿Cómo que PNL?

—Sí. Programación Neurolingüística —confirmó ante la expresión de desconcierto del periodista.

—Pero ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?

—Por favor, Tan, en otro momento, ahora no tengo ganas de hablar más, estoy reventado y me estás lapidando a preguntas —sentenció dejando al periodista con la palabra en la boca, y siguió sus pasos hacia afuera, dejó a Archer a sus espaldas con un profundo desasosiego.

¿Por qué el mentalista afirmó aquello último con tanta rotundidad? ¿Acaso conocía algo del pasado de Tan que ni el propio periodista sabía?

Eso sí, finalmente, la youtuber Victoria Puertos iba a estrenar un nuevo «vídeo programa» que la iba a devolver, por la primicia, a la cumbre en la red, donde se coronaría con la guinda misteriosa de la inquietante profecía descubierta en la Mesa de los Siete Pecados de El Bosco, «Cuidado cuidado DNS lo ve», es decir:

«Cuidado cuidado INTERNET lo ve»

FIN