Capítulo veintinueve
Kate
Largas sombras se extendían por el patio del complejo, con el sol suspendido en lo bajo del cielo despejado. La tierra cubría mis manos, un consuelo familiar que aliviaba mi ansiedad por un momento.
—¿Kate? ¿Estás aquí? —llamó Audrey desde la entrada del invernadero.
—Junto a los tomates.
Se oyeron murmullos mientras se abría paso entre las hileras. La oí preguntarse en voz alta cómo se suponía que iba a saber qué aspecto tenía una planta de tomate.
En un día normal eso me habría hecho reír. Hoy, sentía que nunca volvería a sonreír.
El perro me encontró primero: metió el hocico bajo mi brazo para darme un lametón travieso en la barbilla antes de saltar al jardín y revolcarse en la tierra recién labrada. El pequeño animal se había convertido en la sombra de Audrey y la seguía por toda la granja.
—¡Oh, Killer! ¡No! —exclamó Audrey mientras intentaba agarrar al perro—. Acabas de bañarte.
El extrañamente llamado Killer se retorció de placer y se cubrió de tierra espesa. Audrey suspiró y se dejó caer a mi lado.
—¿Sabes algo de adiestramiento de animales? Nunca he tenido una mascota, y la estantería de Farmer carece lamentablemente de manuales de adiestramiento canino.
Quería sonreír. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Pero el profundo dolor que habitaba en mi alma me impedía sentir cualquier emoción que no fuera una ansiedad devastadora.
—¿Le has preguntado a Lottie?
Audrey agitó las manos.
—Dijo que me las apañara yo. Está ocupada repartiendo su tiempo entre ayudar con Zero y los otros heridos y cuidar de los animales de la granja.
Audrey miró a Killer con expresión elocuente. El perro había terminado de revolcarse y ahora yacía en la tierra, jadeando feliz.
—Actúa como si esto no fuera una emergencia. O sea, ¿los perros normalmente se sienten tan atraídos por la tierra?
Me encogí de hombros, alargué la mano para acariciar a Killer y luego lo saqué suavemente del jardín.
Audrey observó cómo recogía grava de una bolsa que tenía al lado y la vertía en el agujero que había dejado Killer.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó mientras observaba cómo mezclaba la grava con la tierra suelta.
—Que esté menos húmeda.
Recogí otro puñado y añadí más.
—No podemos mejorar mucho la condensación, al menos no hasta que Farmer haga las mejoras en el invernadero. Así que, mientras tanto, estoy mejorando los niveles de humedad del suelo.
—¿Y la grava ayuda?
—Sí.
Audrey observó en silencio mientras repetía el proceso. El movimiento rutinario apenas calmaba la tormenta que llevaba dentro.
—Volverá —dijo Audrey después de que llegara al final del primer jardín.
—Lo sé.
Hice ademán de levantarme, pero ella me detuvo con una mano en el brazo. Alcé la vista y me encontré con su mirada solemne.
—Te quiere, Kate. Cuando empecé mi investigación de escenarios, exploré redes. Personas. Estudié qué hacían y decían los supervivientes, qué los motivaba a sobrevivir.
Me soltó el brazo y posó la mano sobre la cabeza de Killer.
—Para algunos, era el deber o el honor. Para otros, la experiencia y el entrenamiento. Pero para unos pocos, los que triunfaron contra todo pronóstico, era lo que llamé el factor humano.
Incliné la cabeza hacia un lado para animarla a continuar.
—Los datos no pueden mentir. Los humanos pueden, los humanos mienten, pero los datos no. ¿Y qué me dijeron los datos sobre ese grupo final? ¿Sobre aquellos para los que no encontraba ninguna explicación racional de cómo habían vencido las probabilidades? Lo encontré en las entrevistas psicológicas.
Sacudió la cabeza con una sonrisa irónica.
—Amor, anhelo y pertenencia. Y de vez en cuando, pura chiripa.
Pero sobre todo, amor. Cuando examinamos los datos, cuando analicé cada punto de contacto, la gente estaba impulsada por él.
Por amor al país o al hogar. Por amor a la familia o a uno mismo.
El amor entraba en cada decisión, cada determinación, cada punto.
Se rio, un sonido divertido pero triste.
—Rechacé esos datos tan a fondo que decidí reclutar mujeres libres de una emoción tan vulnerable. Sin parejas, sin hijos, sin lazos familiares fuertes.
Sacudió la cabeza.
—Eso duró unos diez minutos en cuanto decidí que necesitaba a Blair y Ellie.
Pero incluso las hermanas que reclutamos tenían que servir un propósito.
Jo, Beth y Ruby tenían lazos entre ellas, pero no con su familia extendida.
Ava y Lottie fueron aprobadas solo porque tenían habilidades que necesitaba.
Audrey me miró y se subió las gafas por la nariz. Su rostro mostraba determinación, pero también miedo.
—El amor es una variable desconocida que no puedo calcular. Hace que la gente actúe de forma irracional. Y eso me aterroriza.
Alargó la mano y me limpió de la mejilla una lágrima que ni siquiera me había dado cuenta de haber derramado. Examinó la humedad en su dedo, mirándola como si contuviera respuestas.
—Aterroriza... y maravilla. Me da esperanza donde antes no tenía más que determinación.
Bajó la mano y se la limpió en los vaqueros.
—La determinación te lleva lejos. Sobrevivimos a base de determinación los primeros meses. Pero cuando la cosa se puso fea, cuando nos atacaron aquella primera vez, la determinación no bastó. La esperanza... eso fue lo que nos mantuvo en pie.
Se puso de pie y se sacudió enérgicamente los vaqueros.
—En fin, lo que quiero decir es que no te sorprendas si Wrath entra corriendo por esas puertas exigiendo besarte antes de cenar esta noche.
—No lo sé, tengo bastante hambre.
Audrey y yo nos sobresaltamos y giramos hacia el extremo más alejado del pasillo. Killer se puso de pie de un salto y soltó un ladrido de sorpresa.
La sangre y la tierra le cubrían la piel; el pelo, un desastre de polvo y sudor. Un cardenal le marcaba una mejilla; un corte le supuraba lentamente en el brazo. Ojeras y ojos inyectados en sangre, ropa gastada y, como siempre, esa maldita mochila.
Wrath nunca había parecido más vivo, más hermoso, más completo que en ese momento.
Me levanté de un salto y corrí hacia él. Me encontró a mitad de camino, me levantó en brazos, me hizo girar, y sus labios se encontraron con los míos.
—¿Cuándo? —pregunté entre besos húmedos, hambrientos, exigentes—. ¿Cómo?
—Ahora. Y es una larga historia —respondió. Sus dedos se hundieron en mi pelo para mantenerme la cabeza quieta mientras me follaba la boca con la suya.
Me rendí. Lo necesitaba. Me entregué a aquel alivio agradecido, gozoso, maravilloso.
—Eh... os veo luego.
Vagamente, oí a Audrey y Killer marcharse y la puerta del invernadero cerrarse tras ellos. Me aparté y le toqué la sangre del rostro.
—¿Bastardo?
Negó con la cabeza.
—Estamos limpios. Esto es de una maldita rama que me dio de lleno en la cara.
Me deslizó a lo largo de su cuerpo, agachándose para que pudiera ver el corte justo por encima del nacimiento del pelo.
—Habría llegado antes, pero al maldito todoterreno se le reventó una rueda a diez kilómetros. Tuvimos que venir echando hostias.
Le atraje la cara hacia mí, cubriéndolo de besos.
—Te quiero. Te quiero. Joder, te quiero.
Sonrió y atrapó mis labios mientras sus dedos jugueteaban con la piel de mi cadera.
—¿Necesitas que me lave o...?
Como respuesta, me lancé hacia delante y me aferré a él con fuerza. El lento roce de su lengua contra la mía me hizo perder la cabeza; mi cuerpo era una bestia hambrienta. Las manos de Wrath me levantaron la camiseta, sus dedos rozándome la piel a medida que la subía, arrugándola bajo mis pechos.
Le atrapé el labio entre los dientes y se lo mordisqueé mientras él me desabrochaba el sujetador. El gemido que soltó en respuesta podría haberse oído hasta en Lake Cargelligo.
—Te eché de menos —susurré mientras Wrath me recorría el cuello a mordisquitos—. No me vuelvas a hacer eso, ¿vale?
Se apartó lo justo para obligarme a levantar los brazos mientras me quitaba la camiseta y la tiraba a un lado.
—No puedo prometerte eso —me dijo mientras sus manos subían para abarcarme los pechos—. Pero te prometo, por mi vida, que lucharé con todo mi ser para volver a ti.
Me estremecí y eché la cabeza hacia atrás, dándole acceso a mi clavícula. Fue bajando con los labios hasta mis pechos. Wrath me arrancó el sujetador por los brazos y lo tiró a un lado. Me acunó los pechos y los alzó hacia sus labios como si yo fuera una ofrenda generosa a un dios.
El Dios de la Ira.
Casi me eché a reír, casi le conté ese pensamiento tonto. Pero toda ligereza se esfumó en el instante en que su boca se cerró sobre mi pezón.
—¡Wrath!
Sonrió con la boca caliente y húmeda. Mis manos bajaron a sus caderas para anclarme.
—Wrath... —jadeé.
—¿Mm?
Pasó la boca a mi pezón izquierdo y me arrastró la lengua por la piel antes de rozarme con los dientes.
—¿Decías? —preguntó.
—Te necesito dentro de mí. Necesito que estemos c-c-conectados. ¡Ahora!
Se apartó, se arrancó la camiseta por la cabeza y la dejó caer. Juntos, forcejeamos con torpeza, los dedos urgentes y torpes mientras desabrochábamos pantalones y hebillas, nos quitábamos botas y calcetines, tirando y empujando hasta que ambos quedamos desnudos.
Empujé a Wrath al suelo y me acomodé sobre sus muslos. Nos quedamos inmóviles un momento, bañados por la última luz del día en un cálido resplandor.
—Kate...
Mi nombre sonó como una plegaria en sus labios.
—Te quiero —le dije mientras le agarraba la polla—. Juro encontrar el camino de vuelta a ti, o morir en el intento.
Se incorporó y me envolvió con fuerza entre sus brazos mientras su mirada se encontraba con la mía. Sus ojos ardían: deseo, anhelo y hambre rugían en sus profundidades.
—Y yo juro encontrar el camino de vuelta a ti, o morir en el intento.
Aquellos eran votos matrimoniales, más fuertes y vinculantes que cualquiera pronunciado en una iglesia. Allí, bajo el cielo inmenso, rodeados de plantas, nos prometimos amor, vida y entrega.
Prometimos ser el futuro del otro.
Me moví y me hundí sobre su polla; ambos jadeamos cuando me llenó.
—Joder... Kate...
Apenas reconocí la voz de Wrath, tan ronca de deseo.
Se movió ligeramente y cambió el ángulo; su polla presionó contra ese punto maravillosamente sensible dentro de mí.
Mi cuerpo se convulsionó y mis caderas empezaron a moverse mientras lo cabalgaba. Sus manos se posaron en mis caderas, el rostro contraído en un placer doloroso.
—Voy. A. Correrme —jadeó con los dientes apretados.
Aceleré el ritmo, pero las manos de Wrath me detuvieron. Me presionó hacia abajo con urgencia y tomó el control. Embistió con fuerza, levantándome, y mis pechos rebotaron mientras mi cuerpo se contraía.
—¡Wrath!
El sol se puso en el momento exacto en que me corrí; la oscuridad nos cubrió mientras ambos caíamos en espiral.
Hundió una mano en mi pelo y me forzó la cabeza hacia abajo para encontrar su boca.
Se deleitó devorándome con hambre mientras su polla seguía embistiendo con fuerza dentro de mi coño, que se contraía.
Grité contra sus labios; un orgasmo se fundía con otro. Lo sentí seguirme, su semen caliente dentro de mí, su polla palpitando y estremeciéndose mientras rugía mi nombre.
Nos desplomamos: Wrath desparramado en el suelo, yo sobre su pecho. La oscuridad nos abrazó como una vieja amiga.
Él es el monstruo en la oscuridad. Pero no tengo nada que temer de este Dios de la Ira.
Mientras nuestra piel se enfriaba y la respiración se nos calmaba, las manos de Wrath empezaron a recorrerme la espalda arriba y abajo, sus dedos deslizándose sobre mi piel. Su calor debajo de mí era absolutamente embriagador.
Me dio un beso en la frente, otro en la mejilla. Y pronto estaba sembrando besos por mi piel, calentándonos de nuevo.
—Te quiero —repetía mientras empujaba dentro de mí—. Te quiero, Kate. Joder, te quiero.
Me corrí una vez más, y luego otra. Nuestro reencuentro terminó cuando el hambre nos echó del invernadero.
Nos duchamos. Wrath me levantó contra los azulejos y me folló con abandono salvaje mientras el agua nos lavaba la sangre, la suciedad y el sudor del cuerpo.
Medio presentables, llegamos al comedor, donde el equipo brindaba por el regreso de Wrath. Mientras comíamos, los hombres a los que había rescatado contaron historias de su heroísmo y relataron las secuencias de acción con todo detalle.
—¿Así que eres un héroe? —pregunté, apoyada contra él mientras Farmer servía otra ronda de whisky en las tazas.
—Qué va.
Me frotó la nariz contra la mejilla y me besó la comisura de la boca.
—Solo estaba desesperado por volver a ti.
Le cogí la mano y lo saqué en silencio de la habitación mientras la celebración continuaba hasta bien entrada la noche.
Subimos a la torre y encontramos nuestra cama en la plataforma alta. Hicimos el amor una vez más bajo la luz de la luna menguante.
Después, yací en sus brazos acariciándole la piel, con el alma satisfecha de estar allí, en aquel momento, con él.
—¿Lo decías en serio? —preguntó Wrath, rompiendo el silencio.
—¿Qué cosa?
Carraspeó.
—Tu voto.
Solté una risita, acurrucándome contra él y depositando un beso en su hombro.
—Oh, sí.
Se quedó callado un momento.
—Sigo queriendo casarme contigo, Kate. Cuando lleguemos a Cunnamulla, será lo primero que hagamos. Te conseguiremos un vestido y un kutte, nos plantaremos delante de un predicador, y mis hermanos y tus hermanas estarán presentes cuando te haga mía.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me negué a derramarlas. Había esperado a Wrath toda mi vida, y en un solo instante me había dado todo lo que siempre había deseado.
—¿Eso es una propuesta? —pregunté.
—No, es una promesa.
Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios, y sus ojos brillaron en la oscuridad mientras me acercaba el rostro al suyo.
—Te quiero, Sunshine.
—Y yo a ti.
Y bajo la luz de la luna, hicimos el amor, y se sintió eterno.