Capítulo veintiséis
Kate
—¡No! —di un pisotón, fulminando a Butcher con la mirada—. No me voy.
Se pasó una mano por el pelo. Unas arrugas que no estaban allí antes de esa noche le surcaban el rostro. Parecía un hombre de luto.
—Vendrá —dije, con la voz entrecortada—. M-m-me lo p-p-prometió.
Wrath llegaba tarde. Nos habíamos detenido en el punto de encuentro para evaluar la situación.
Texas había tenido suerte y se había librado de arañazos y mordeduras de aquellos bastardos.
Las mujeres y los niños rescatados estaban en distintos estados de shock.
Sabía que teníamos que ponerlos a salvo.
Sabía que teníamos que llevarle la medicina a Zero.
Pero mi corazón lo rechazaba todo salvo a Wrath.
—Kate —Butcher tragó saliva—. Dejaremos uno de los coches. Si consigue salir...
—C-c-cuando —lo corregí, abrazándome con fuerza.
—Cuando —accedió—. Vendrá aquí y podrá volver a casa por su cuenta. Pero no podemos quedarnos. Tenemos que poner a esta gente a salvo. Y lo prometiste... todos lo hicimos. Nada de heroísmos, ¿recuerdas? Si alguien no volvía en una hora, Wrath nos ordenó que nos fuéramos.
Cada molécula de mi cuerpo se rebelaba contra esa orden. Quería enfurecerme. Gritar. Arremeter contra algo. Quería reducir el pueblo a cenizas con tal de encontrarlo.
En cambio, tomé aire y negué con la cabeza.
—M-m-me q-quedaré aquí.
Butcher suspiró.
—Sabes que no puedo permitírtelo. Wrath me mataría.
Las lágrimas me ardían en los ojos, amenazando con desbordarse.
—Por favor...
—No —se le quebró la voz y me atrajo hacia su pecho—. Lo siento, Kate. Joder, lo siento muchísimo. Pero tengo que respetar lo que él quería. Wrath querría que estuvieras a salvo. Déjame ponerte a salvo.
Me mordí el interior de la mejilla y el sabor metálico de la sangre me inundó la boca.
No te atrevas a llorar. No está muerto.
Tenía que creerlo. Tenía que hacerlo.
Asentí. Retrocedí un paso y me erguí para mirar a Butcher.
—B-b-bien. P-p-pero tendrás que e-ex-ex-explicarle por qué no h-h-habrá a-a-agua ca-ca-caliente cuando llegue a c-c-casa.
Butcher asintió, sin lograr ocultar del todo el dolor en sus ojos.
—Prometido.
Me di la vuelta y me dirigí al todoterreno que dejaríamos atrás. Dentro encontré un bloc de notas y un bolígrafo. Garabateé una nota rápida solo para Wrath. Besé el papel, lo doblé y lo dejé bajo el limpiaparabrisas.
Vuelve a mí. Te estaré esperando.
Eché un último vistazo al pueblo a lo lejos, di media vuelta y me subí a una de las camionetas.
Una mujer se apartó para dejarme sitio a su lado. La camioneta arrancó y las vibraciones nos recorrieron el cuerpo.
—¿Crees que los demás habrán sobrevivido? —susurró, con la mirada fija en el pueblo a lo lejos—. Los hombres, quiero decir. Sé que el resto del pueblo está perdido.
—Sí —respondí con sinceridad—. Y vendrán a buscarnos.
Asintió.
—Eso espero.
La camioneta arrancó con una sacudida y luego encontró su ritmo, traqueteando por el camino desierto, dejando atrás la horda, el pueblo y a Wrath.