Wrath (MC Almas sin nombre nº 2) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Ira

Nos retiramos al granero, pero las quejas y discusiones sobre el plan de Ava continuaron.

Nos estábamos acomodando: Kate se metía en los sacos de dormir que yo había unido, mientras ayudaba a Audrey y Jo a preparar su zona a un lado.

—Espera y verás —amenazó Audrey, fulminando a Ava con otra mirada—. Lottie va a flipar.

—¿Lottie va a hacer qué? —preguntó Lottie desde la escalera del pajar. Tenía la melena de rizos lacia, las ojeras muy marcadas sobre su piel pálida.

—¿Qué coño, Lottie? —exigió Ava, acercándose de inmediato para pasarle un brazo por los hombros—. ¿Cuánta sangre le has dado?

—No la suficiente. —Se frotó los ojos y dejó que Ava la guiara hasta un jergón—. Tendremos que darle más por la mañana.

—Pues tendrás que buscar a otra —ladró Ava mientras ayudaba a su hermana a tumbarse—. Estás hecha polvo.

—Solo cansada. —Se sentó, se abrazó las rodillas y apoyó la barbilla en ellas—. A ver, ¿de qué voy a flipar?

—Tenemos una pista sobre Jules y Lilith. Pero está en un mercado de esclavos. Una especie de mierda tipo juegos del hambre con MMA. Ava quiere ir ella y Ghost. —Audrey se cruzó de brazos con expresión obstinada—. Estamos protestando.

Lottie miró a su hermana.

—¿Información fiable?

—Suficiente.

—¿Tendrás cuidado?

Ava sonrió.

—¿Acaso lo tengo alguna vez?

Lottie se rio y levantó una mano para agitarla sin fuerzas.

—Entonces ve con mi bendición. Solo asegúrate de volver a casa.

Audrey farfulló un momento y luego alzó las manos al cielo, dándose la vuelta.

—Muy bien. A nadie le importan los riesgos ni las vulnerabilidades. A nadie le importa que las probabilidades de que esto salga bien sean inferiores al ocho por ciento. A nadie le importa que haya una posibilidad entre veintidós millones de que Jules y Lilith estén siquiera en el Circo.

—¿Audrey? —llamó Pope desde donde yacía sobre un montón de heno, con una mano detrás de la cabeza y los ojos cerrados.

—¿Qué?

—Vete a dormir.

Refunfuñó un momento y luego suspiró.

—Vale.

Se dejó caer junto a Jo, se metió en su saco de dormir y se dio la vuelta para darnos la espalda.

Vi que Kate observaba a Audrey expectante. La mujer no decepcionó.

Se incorporó y se giró de nuevo.

—Que lo sepas, Ava: presento una queja formal. Si consigues que te maten, encontraré la manera de clonarte solo para traerte de vuelta y darte una bofetada por esto.

—Anotado —respondió Ava mientras arropaba a Lottie en el saco de dormir—. Buenas noches, Audrey.

Audrey se dio la vuelta con un resoplido.

Puede que el pajar no fuera el lugar más cómodo para dormir, pero era cálido y seguro. Un privilegio en el Después.

Me metí en el saco de dormir con Kate y atraje su cuerpo somnoliento hacia mí.

—¿Estás bien, Sunshine?

Asintió mientras su cuerpo se acomodaba contra el mío.

—Solo cansada.

—Descansa —susurré contra su pelo, ignorando el tirón de mi polla, que respondía a su cercanía—. Ya nos ocuparemos del mundo mañana.

Mientras Kate se abandonaba al sueño, su cuerpo cada vez más pesado contra el mío, y los sonidos a nuestro alrededor se apagaban, reflexioné sobre nuestro futuro.

La vida nunca volvería a ser como en el Antes. No podía. Todo estaba demasiado roto, la gente demasiado cambiada.

Aunque, después de haber vivido en una sociedad construida por hombres que odiaban a tipos como yo, tampoco podía decir que me pareciera algo malo.

No, este nuevo mundo me iba de perlas. Sin reglas, sin las limitaciones impuestas por gilipollas que no entendían lo que era vivir libre.

Lo que sí me preocupaba era Kate. Todas las mujeres, en realidad. Audrey había dado argumentos sólidos sobre el peligro al que se expondría Ava en el Circo. Pero yo sabía, quizás mejor que nadie, que las mujeres en el Después eran tratadas peor que en cualquier otra época.

Cuando pensábamos que el combustible era un sueño inalcanzable, Shield, nuestro Presidente Nacional, me había encargado reunir los capítulos del sur.

El Complejo, donde vivía el Capítulo de Adaminaby, era la propiedad más grande y mejor fortificada de los capítulos del sur.

Había viajado a cada uno y los había encontrado en distintos grados de caos.

Algunos iban saliendo adelante, trabajaban duro y pasaban de soldados a granjeros.

Pero los capítulos más pequeños, los que habían decidido quedarse a pesar de todos los esfuerzos por convencerlos de que se mudaran, esos eran los que sufrían.

Dos capítulos habían sido diezmados: los hombres asesinados, las mujeres y los niños capturados por esclavistas o vete tú a saber quién.

Con dos supervivientes varones, los habíamos rastreado hasta un corral donde los retenían y conseguimos liberar a unos pocos. Pero perdimos a más. Engullidos por la codicia y la lujuria del hombre.

Estreché a Kate un poco más. Necesitaba sentirla en mis brazos. Necesitaba su peso, su olor, su presencia para mantener a raya a los demonios.

«Podrías perderla».

El pensamiento imposible estalló en mi mente y arruinó el escaso consuelo que me daba tenerla entre mis brazos.

Kate era mucho más que una mujer o alguien a quien amaba. Era una esperanza. Un sueño. Era luz de sol en mi alma oscura.

Si algo le pasara…

Se me encogió el estómago y mi cuerpo se movió instintivamente, apenas una fracción, para protegerla. Ella murmuró una protesta adormilada. Obligué a mis músculos a relajarse, aflojando el abrazo.

Nuestro futuro estaría hecho de peleas y muerte.

Había vivido en el purgatorio durante años, sin saber dónde estaba ella ni si estaba a salvo.

Pero nada de lo que había sentido durante ese tiempo se comparaba con lo que sentía al tenerla en mis brazos.

Ahora que la había probado, que la había acariciado y besado, el dolor me atravesaba: el sabor agridulce del anhelo y el arrepentimiento.

No podía borrar los momentos que había vivido con ella. Ni quería. Pero, Dios, eso hacía que vivir fuera mucho más difícil, porque sabía que quedaría destrozado si algo le pasaba.

«No puede pasarle nada. Nunca».

Esas palabras se tatuaron en mi alma, se grabaron a fuego en mi carne.

Kate era mía. Y quemaría el puto mundo entero para protegerla.