Capítulo Uno
Kate
Estaba soñando. Lo sabía; había tenido este sueño muchas veces antes. Un fogonazo que saltaba entre tres recuerdos distintos. Algunos de los peores momentos de mi vida.
El primero era yo a los catorce años, cuando me empujaron por unas escaleras de hormigón en el colegio.
Mi cuerpo golpeaba con estruendo, el dolor me estallaba en las caderas, la espalda, los hombros y los muslos mientras rodaba hasta el final de la escalera.
Me había levantado con las lágrimas cayéndome por el rostro, el cuerpo aullando de dolor.
En lo alto de la escalera, con los brazos cruzados, había un chico de ojos fríos e inexpresivos que me miraba con desprecio.
—Supongo que no la empujé con la fuerza suficiente. Todavía puede caminar.
Los que lo rodeaban, la gente popular, los que pendían de cada una de sus palabras, se rieron nerviosamente mientras me veían luchar por recoger mis cosas. Algo húmedo me golpeó en la cara. Me llevé la mano a la mejilla.
Saliva.
Las risas llegaron desde las escaleras.
—Lárgate de aquí, Kate. Nadie quiere aquí a una puta motera de mierda como tú.
Recogí a toda prisa libros, papeles y mi mochila, y salí corriendo.
El sueño avanzó unos años. El baile de graduación.
Blake Jimson me había invitado. Estaba emocionada, ilusionadísima.
Había trabajado horas extra en mi curro de mierda de camarera, ahorrando hasta el último céntimo para un vestido.
Sabía que mi madre, que en paz descanse, habría querido que viviera esa experiencia.
Blake me había recogido al final del camino de casa.
Mi padre, Gus, andaba fuera haciendo algo con el club.
La vieja de Gus, Mama, me odiaba. Me había marchado mientras ella me gritaba que si me quedaba preñada, me echaba a la puta calle.
El plan era cenar primero y luego ir al baile.
Nunca llegamos a cenar. En su lugar, me llevó a casa de su novia.
Yo pensaba que eran exnovios. Un grupo de chicos y chicas miraban entre risas mientras él me sacaba de la limusina.
Con mi vestido verde jade con volantes y mis tacones bajos, no tenía nada que hacer contra él.
Me arrastró hasta el centro del jardín y me sujetó mientras cada uno de los chicos me meaba encima.
Cinco de ellos, uno tras otro. Después se subieron la cremallera, agarraron a sus acompañantes, que no habían parado de mirar y reírse, y se largaron con la limusina.
Supuse que al conductor le habrían pagado en algún momento; era la única explicación de que un ser humano decente no me hubiera ayudado.
Me senté en el bordillo. Mi teléfono estaba en el bolso que me habían tirado al irse.
Lo saqué, pensando a quién llamar. A Mama le importaría una mierda.
Me diría que era justo lo que me merecía.
Gus no me cogería el teléfono, no si andaba fuera con cosas del club.
Llamé a los prospectos. Vinieron tres. Aunque pedí un coche, llegaron en moto.
Apestando a meados, me monté en la moto de Wrath.
No se quejó. No dijo ni una palabra mientras yo hundía la cara en su hombro y lloraba.
Me llevaron al gimnasio del club. Me lavé, me puse la ropa de entrenamiento que tenía en la taquilla y me vendé las manos. Salí de los vestuarios y empecé a calentar antes de ir hacia un saco de boxeo.
—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó Wrath, con furia helada en la mirada.
Negué con la cabeza, con los ojos en el saco, no en el chaval grandote que tenía al lado.
—Estoy bien.
—Kate...
—Gus dijo que el toque de queda era a la una de la madrugada. Se suponía que iba a estar cenando con Blake hasta las siete, luego el baile a las siete y media hasta cuando fuera, y después la fiesta. Y que tenía que estar en casa a la una. No pienso volver hasta esa hora.
Lo miré un momento y volví la vista al saco mientras levantaba las manos en posición de combate.
—No pueden enterarse de esto.
—¿Por qué?
No respondí. Me limité a machacar el saco con todas mis fuerzas, decidida a no volver a encontrarme en esa situación jamás.
El sueño cambió de nuevo, esta vez retrocediendo. A la noche en que mi mundo se acabó.
Estaba en casa, bailando en ropa interior y cantando a pleno pulmón mientras ordenaba.
Era algo que hacía a menudo para ayudar a mi madre.
Ropa interior, camiseta vieja y ancha, y el sonido rockero de la banda que me apeteciera.
El golpe en la puerta fue inesperado, pero bienvenido.
La abrí de par en par con una sonrisa, esperando ver a mi madre, que se habría olvidado las llaves otra vez.
Nunca nos visitaba nadie, pero no nos importaba.
—No eché la llave, podrías haber...
Me quedé muda. Ice estaba en la puerta, con el rostro descompuesto.
—¿Ice?
—Kate.
Su voz era suave.
—Déjame entrar.
—¿Kate?
Su voz sonaba lejana mientras lo miraba fijamente. Sabiendo. Sabiendo que ella ya no estaba.
—Kate.
—No.
Se me quebró la voz.
—N-n-no. N-no, no, n-no, n-n-no.
—¡Kate!
Me incorporé de golpe y me aparté de la mano que tenía en el brazo. Rodé fuera de la silla, caí al suelo y me levanté con los puños en alto.
—¡Eh, eh!
Ice levantó las manos desde la cama del hospital.
—Tranquila.
—¿Ice?
Me estremecí. Miré a mi alrededor, de él a la habitación y de vuelta.
—¿Qué?
—Te desmayaste.
Se le curvaron los labios.
—Tendrías que haberte ido a casa, como te dije.
—Ya.
Bajé las manos con un gemido cuando la espalda me protestó por el mínimo movimiento.
—Dios. Tengo la boca como un culo.
—¿Hablas por experiencia?
Le hice una peineta.
Sonrió. Sus ojos azul hielo me observaban con una intensidad inquietante.
—¿Qué? —pregunté mientras me pasaba la mano por el pelo—. ¿He babeado?
—Tienes miedo.
Se me encogió el estómago, pero seguí adelante. Me encogí de hombros y volví a acomodarme en la silla junto a su cama.
—Pues claro que tengo miedo. Te han herido. Vamos a dejar la seguridad del complejo. No tenemos ni idea de cómo van a ser los próximos meses.
Extendí la mano y le apreté la suya.
—Y yo te echaré de menos.
Me agarró la mano, tiró de mí y me arrastró sobre la cama, estrechándome contra él.
—Ten cuidado, hermanita.
Hermanita. Se me calentó el corazón al oír ese reconocimiento abierto de nuestro parentesco. Durante años habíamos tenido que ocultar nuestra conexión. Ice no habría estado a salvo si Gus hubiera sabido que tenía otro hijo. En su lugar, la gente había dado por hecho que había algo entre nosotros.
Cuando me fui, solo Ice sabía adónde había ido. Gus había puesto a Ghost tras mi pista, pero Ice se encargó de él, y eso me permitió cinco años maravillosos de independencia.
Regresar al club no había sido fácil. Sabía que tendría que hacer sacrificios. Lo que no me había imaginado era lo grandes que serían hasta ahora.
—Deberías ir a hacer la maleta —me dijo mientras aflojaba el abrazo—. Se acerca el verano, pero todavía hace frío y vas a pasar un tiempo a la intemperie.
Parpadeé para contener las lágrimas que me escocían en los ojos y asentí.
—Vale.
—No llores, hermanita. Estarás bien, yo me recuperaré y nos pondremos al día cuando vuelvas.
Levantó la mano y me dio un coscorrón. Le aparté la mano entre risas.
—Vale, vale, mensaje recibido. No ligues con la enfermera.
Le apunté con el dedo.
—Se merece algo mejor que alguien como tú.
—Y sin embargo Aella sigue tocándome.
Ice levantó las manos y las entrelazó detrás de la cabeza con una sonrisa.
—Soy irresistible, sin más.
—Sí, debe de ser eso y no el agujero que tienes en la pierna.
Me incliné para darle un último abrazo.
—Hasta luego, hermano.
—Ten cuidado, Kate. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Me aparté y me sequé una lágrima rebelde. Me di la vuelta enseguida y me dirigí hacia la puerta.
—¿Kate?
Me detuve en el umbral y me giré para mirar a mi hermano.
—¿Sí?
—Sé amable con Wrath. Ha pasado por mucho.
Asentí mientras me mordía la lengua.
—Lo digo en serio, Kate. Desde que el mundo se fue al carajo, ha visto cosas horribles. Le ha dejado huella.
Me quedé callada; de pronto sentí la lengua pastosa.
—Vale, lo intentaré.
Asintió.
—Gracias. Y mándame a Aella cuando esté libre. Creo que necesito un baño de esponja.
Me reí y le hice una peineta. Con una última mirada, me fui.