36 Alaina
TREINTA Y SEIS
ALAINA
Jack levanta un vaso de chupito en el aire.
—¡Un brindis! ¡Por una de las tres mejores pajaronas que ha visto jamás O’Malley’s!
—Hace una pausa, esperando a que Levi nos traiga a cada una un chupito transparente.
Parece que, después de todo, será una noche de tequila.
Alzamos nuestros chupitos y miro alrededor para ver que todo el mundo en el pub tiene su bebida en el aire por mí.
Se me calientan las mejillas al pensar en tanta gente celebrándome. Aunque Jack prácticamente les esté obligando.
—¡Por la cumpleañera! —brinda Jack y se toma el chupito de un trago.
—Por la cumpleañera —repiten todos antes de chocar sus vasos con quien tengan más cerca y beber.
—Por mí —digo y choco mi vaso con los de Maddie y Mary.
—Feliz cumpleaños, Lainey.
Nos tomamos los chupitos y hago una mueca por el ardor. —Sabéis cuánto me gusta cuando usáis vuestra química de gemelas así. —Esbozo una sonrisa pícara—. ¿Estáis listas para cantar?
—¡Claro que sí! ¡Vamos a darlo todo, tía! —exclama Maddie.
Mary le sonríe con picardía a su hermana. —Empecemos con «Valerie».
Mary se gira hacia la multitud y empieza a cantar la letra a pleno pulmón mientras Maddie y yo armonizamos y le hacemos los coros. Cogemos panderetas y las golpeamos contra las palmas al ritmo, moviendo las caderas y sonriéndonos salvajemente las unas a las otras.
Mary lo borda en el puente, y me descubro enviando otra plegaria de gratitud por estas dos mujeres a quien sea que esté escuchando allá arriba. No sé qué haría sin ellas dos, y no quiero saberlo nunca.
Este podría ser uno de los mejores cumpleaños que he tenido.
Debería haberlo sabido, cada cumpleaños que paso con ellas dos es siempre increíble, pero este se siente extra especial.
Un cosquilleo me recorre como una ola cuando mi mirada conecta con la de Rush; luego con la de Wolf y, finalmente, con la de Sully.
Tres hombres diferentes que me tienen cautivada.
Canto la última nota y mi mirada se dirige involuntariamente hacia el reservado del fondo donde están sentados Wolf, Rush y Sully. Un par de tíos están de pie alrededor del reservado, y uno se sienta justo al lado de Rush.
A regañadientes, aparto la mirada de él y recorro la multitud que vitorea con una sonrisa.
—¡Muchas gracias a todos! —digo por el micro mientras lo vuelvo a colgar en el soporte.
—¡Un aplauso para nuestras pajaronas de esta noche! —La voz atronadora de Jack resuena por todo el pub.
Escaneo el pub, buscando al hombre de la barba naranja en cuestión, cuando veo por el rabillo del ojo un alboroto en el reservado del fondo.
Rush se levanta y se encara con un tipo.
Wolf y Sully se levantan y se ponen a los lados de Rush, y el corazón me late con fuerza ante la posibilidad de que estalle una pelea.
No es que Jack no esté acostumbrado a algún desacuerdo o pelea ocasional —por eso tiene porteros—, pero la idea de que se peleen hace que las náuseas se me revuelvan en el estómago.
—¡Y feliz puto cumpleaños, Lainey! —grita Maddie por el micro.
La multitud complace su ebria declaración de cumpleaños y vuelve a vitorear y aplaudir.
—¡Gracias!
Bajo del escenario con la intención de ir al reservado del fondo, cuando Jack se planta delante de mí.
—Gran trabajo esta noche, chicas. Feliz cumpleaños, pequeña. —Jack me pone un vaso de chupito en la mano y me da un beso en la coronilla.
—Gracias, Jack. —Me tomo mi chupito y le quito también el de Maddie—.
Mañana ya se va a encontrar mal de por sí, no hace falta empeorarlo.
—Veo a Wolf caminando hacia el pasillo de los baños, y veo mi oportunidad de robarle otro beso de los que te encogen los dedos de los pies.
Me tomo el chupito de Maddie y le doy los vasos vacíos a Jack—. Si me disculpas, tengo que ir al baño.
—Ah, claro, pequeña. Pásate por la barra antes de irte. Tengo un detallito para ti. —Jack da media vuelta y regresa a atender la barra.
Me giro hacia Maddie y Mary. —Descanso para ir al baño, ¿alguna de vosotras necesita ir?
—Nop —dice Maddie, marcando la p.
—Yo estoy bien, Lainey —dice Mary, escaneando la sala—. Estaremos en la barra.
—Vale. Os buscaré allí. Quédate con Maddie, esto se ha llenado muchísimo en la última hora.
—Desde luego —se mofa Mary—. Luego nos vemos, cielo.
Tomo nota mental de hablar con Mary mañana. Ha estado tensa todo el día, y no estoy segura de si pasó algo en las vacaciones o si es el jet lag.
Doblo la esquina hacia el pasillo que lleva a los baños, y el déjà vu me golpea como un tren de mercancías. Aquí es exactamente donde besé a Rush.
Una pequeña sonrisa secreta se me dibuja en los labios al recordar lo posesivo que me sujetó aquel día.
Troteo unos pasos para alcanzar a Wolf. Cuando estoy a una distancia de alcance, me inclino hacia delante para agarrar la parte de atrás de su camiseta negra y le doy un tironcito para llamar su atención. —Wolf, oye.
Se detiene, pero no se da la vuelta. Está oscuro aquí atrás, y la bombilla que tenemos encima empieza a parpadear, distrayéndome.
—Oh, vaya, espero que no se vaya la luz.
Se me olvidó comprobar si hoy tenemos corte de luz rotativo.
¿Tú lo sabes? —Me quedo mirando la bombilla parpadeante como si pudiera darme las respuestas que busco.
Se me revuelve el estómago. ¿Por qué demonios no se da la vuelta? —Oye, ¿qué pasa?
Busco su mano y él me deja. Uso mi mano sobre la suya para hacer palanca y obligarle a girarse para darme la cara. Y lo que veo me deja helada.
Una risita nerviosa me sube por la garganta. —Lo siento. Pensaba que eras otro. —Intento soltarme de él, pero sus reflejos son rápidos y me sujeta la muñeca con un agarre de hierro. —Ay. Oye, me estás haciendo daño.
Da un paso adelante, bajo la bombilla parpadeante, y sus rasgos parecen demoníacos. Pelo negro peinado de forma similar al de Wolf y ángulos afilados perfilan su rostro. Unas lentillas de color Red me devuelven la mirada mientras me sonríe, mostrando todos los dientes.
Intento retroceder, pero él aprieta su agarre sobre mí. —Eeh, eeh, eeh. Paciencia.
El pánico me atenaza mientras lucho por mantener la calma y largarme de aquí. —Mira, siento haberte agarrado la camiseta, pero tengo amigos esperándome y ya estarán preocupados.
Me mira fijamente un momento. —Tres, dos, uno —susurra.
Y las luces se apagan.
—Hora de irse. —Empieza a arrastrarme por el pasillo.
El pánico inunda mi cuerpo y empiezo a patalear para soltarme de él. Me maldigo por no haber aceptado la oferta de Wolf de entrenarme en defensa personal el otro día.
Me arrastra por el pasillo hacia los baños y pierdo los nervios de verdad. Empiezo a gritar y a dar patadas y a agarrarme a cualquier cosa de la que pueda asirme. Pero no hay ni un solo cuadro colgado en las paredes ni un taburete solitario al que agarrarse.
—Chitón. No hace falta tanto ruido —me riñe—. Además, no podrán oírte por encima del espectáculo.
Antes de que la última palabra salga de su boca, oigo ruidos como de disparos, seguidos de cristales rotos y gritos.
Me arrastra más allá de los baños, y estamos a un metro y medio de la salida de emergencia que da al callejón trasero.
Pero recuerdo una cosa que aprendí en el colegio hace unos años: tus posibilidades de supervivencia disminuyen en cuanto te llevan a un lugar secundario.
Lucho contra él con todo lo que tengo dentro, pero no es suficiente.
Se detiene justo delante de la puerta y se gira para mirarme. —Esto va a doler.
Veo que levanta una pistola y pienso que se acabó, que mi vida ha terminado. Una película de los mejores momentos pasa ante mis ojos, pero una fracción de segundo después, golpea mi cabeza con el arma.
Y entonces dejo de pensar en nada de nada.