25 Alaina
VEINTICINCO
ALAINA
Siento un mareo cuando mis ojos se encuentran con los de Declan, mi hombre misterioso del O’Malley’s Pub.
—¿Declan? —pregunto de nuevo cuando nadie me responde a la primera.
Sus ojos se abren como platos y se queda boquiabierto una fracción de segundo antes de que su cara se transforme en la familiar máscara inexpresiva que estoy acostumbrada a ver en el pub cada semana.
Todas las semanas excepto la pasada, cuando me besó como si yo fuera el mismísimo oxígeno que necesitaba para vivir.
Doy dos rápidos pasos hacia atrás. —N-no lo entiendo.
¿Qué está pasando? —Miro alternativamente a Wolf y a Declan, esperando que alguien me explique qué coño está pasando.
Mi espalda choca contra la encimera y hago una mueca de dolor cuando los tiradores de los cajones de los trastos se me clavan en la columna.
¿Pero qué coño está pasando ahora mismo? Para mi absoluto horror, los ojos se me empiezan a llenar de lágrimas. Una maldición que arrastro desde pequeña: cada vez que me enfado o me asusto, me pongo a llorar. Un mecanismo de defensa de mierda, si me preguntas a mí.
El universo debe de haberse apiadado de mí, porque ninguno de los dos me está mirando. En vez de eso, se comunican con las cejas y las mandíbulas apretadas. El silencio es desconcertante.
Wolf pivota, de modo que tanto Declan como yo quedamos a su vista, pero no dice nada. Lo miro fijamente, suplicándole con los ojos que me explique qué está pasando.
—¿Wolf? —lo apremio—. Dijiste que tus hermanos se llamaban Rush y Sully. No Declan. Así que, ¿qué coño está pasando?
Wolf baja la cabeza lentamente para mirarnos a Declan y a mí.
Una sonrisa cruel se dibuja en sus labios mientras dice: —Red, te presento a mi hermano Declan, pero todo el mundo lo conoce como Rush.
—Da unos pasos hacia la silla en la que he estado sentada a horcajadas sobre él hace diez minutos y la empuja hacia mí de una patada—.
Siéntate. Parece que tenemos algunas cosas de las que ponernos al día, ¿no te parece, hermano?
¿O debería llamarte Declan ahora? —se burla, y el veneno gotea de cada palabra que le lanza a Declan.
Me cuesta entender la dinámica que hay aquí, pero una cosa es segura: esto me viene muy grande. Me toco el punto dolorido de la espalda donde me he clavado el tirador del cajón, y el dolor es suficiente para atravesar la niebla que me nubla el cerebro ahora mismo.
Mientras Declan —Rush— y Wolf se lanzan miradas asesinas, abro sigilosamente el segundo cajón y deslizo la mano dentro.
—Entonces, ¿has decidido que la mejor manera de sacarle información a la chica de Lana es con la lengua? —gruñe Rush, con las fosas nasales dilatadas. Este es un lado de Rush que nunca he visto en todas las semanas que ha venido al pub.
Wolf se ríe; un ruido cáustico que parece incitar a Rush aún más, a juzgar por sus puños apretados.
Aparto los papeles sueltos y los menús de comida para llevar y busco a tientas la pistola que encontré ayer…
¿o ha sido hoy? Me siento como Alicia después de caer por la madriguera del conejo y aterrizar en el País de las Maravillas, donde el tiempo no funciona igual y todo es alucinante y está plagado de dobles sentidos.
—¿Qué pasa, Rush? ¿Tienes celos de que tuviera el coño perfecto de Red restregándose contra mi polla mientras tú estabas perdiendo el tiempo en la ciudad? —se mofa Wolf con una mueca de desprecio.
El frío metal de la Sig Sauer me roza la punta de los dedos y la empujo lentamente hacia delante. Hago una mueca cuando choca con algo dentro del cajón, pero ninguno de los dos se digna a mirarme.
Siento la violencia vibrando en el aire.
Rush ladea la cabeza. —Ah, ¿te refieres a mis sobras, hermano?
Wolf me clava su mirada furiosa. —¿De qué coño está hablando, Red?
Rush se gira para mirarme, de pie cerca de Wolf. —Sí, Red, ¿por qué no le cuentas a mi hermano cómo estabas encima de mí hace solo unos días? —La sonrisa de Rush es dura y provocadora.
El dolor cruza la cara de Wolf por un momento antes de que lo que ahora llamo la mirada de los Fitzpatrick ocupe su lugar.
Ser el blanco de una mirada de los Fitzpatrick ya es más que suficiente; dos me parece excesivo. Aprieto los dientes mientras los miro a ambos, con la mano firmemente aferrada a la empuñadura de la pistola.
En un movimiento rápido, la saco del cajón y los apunto.
Me tiemblan las manos y no tengo fuerzas para avergonzarme de ello.
La adrenalina se me está disparando de nuevo, y mi instinto de lucha o huida me grita que corra.
Lo reprimo todo en un lugar profundo donde no pueda alcanzarlo.
Ahora mismo, todo lo que necesito es largarme de esta casa de la risa de los Fitzgerald e irme lo más lejos que pueda.
Muevo los dedos de los pies, recordando que sigo descalza y que llevo un bañador y una camiseta enorme. Una pesada frialdad nace en la boca de mi estómago y se extiende hacia fuera, cubriendo mi pánico y reemplazándolo con entumecimiento y fría premeditación.
Doy un paso de lado pegada a la pared, hacia el pasillo, sin apartar los ojos de ellos. Soy lo bastante lista como para darme cuenta de que ellos son los verdaderos depredadores en esta habitación; yo solo soy una oveja con piel de wolf.
—Esto es lo que va a pasar. Voy a salir por esa puerta principal, y vosotros vais a dejarme. —Doy dos pasos más y observo cómo sus miradas siguen cada uno de mis movimientos como verdaderos depredadores.
De pie uno al lado del otro como están, lo veo. Sus brazos gruesos cruzados sobre pechos anchos y musculosos, las cejas prominentes fruncidas sobre ojos entrecerrados y mandíbulas fuertes y similares. Definitivamente son familia.
—No sé qué coño está pasando, pero no voy a participar en este jueguecito. Ni siquiera quiero saber cómo conseguisteis que mi madre os siguiera el rollo. —Me impresiona lo firme que suena mi voz.
Wolf descruza los brazos y los sacude, flexionando las manos. Rebota sobre las puntas de los pies como si se estuviera preparando para correr detrás de mí. Joder. Va a ver mi farol.
—Wolf —suplico en voz baja—. Por favor, no hagas esto.
—Lo siento, nena, no puedo dejar que te vayas —responde, con arrepentimiento en los ojos.
—¿Declan? —dirijo mi mirada hacia él, y él solo niega lentamente con la cabeza, sin apartar nunca su mirada de la mía.
—Entonces no me dejáis otra opción —digo mientras doy otro paso hacia atrás, hacia el oscuro pasillo.
—Siempre hay una opción, pajarillo —dice Rush mientras mira por encima de mi hombro y asiente.
Me doy la vuelta bruscamente para ver hacia dónde asiente. —¿Qué…?
—Eh, eh, eh —dice un hombre mientras me arrebata la pistola de la mano—. Parece que he llegado a casa justo a tiempo, ¿eh? —Se ríe entre dientes, con su voz oscura y profunda—. ¿Qué haríais sin mí para limpiar siempre vuestros líos? El seguro todavía estaba puesto, de todos modos.
Estoy paralizada y siento el pecho oprimido al oír su voz.
Me agarra del hombro y me hace girar, de modo que vuelvo a estar de cara a la cocina. —Venga, acabemos con esto de una vez. Me muero de hambre. Ha sido un viaje larguísimo desde el norte.
La conmoción me vuelve sorprendentemente dócil, y no opongo mucha resistencia mientras me conduce a la fuerza de vuelta a la cocina y hacia la zona del desayuno.
Me doy la vuelta, mi pelo le da un latigazo, con el corazón en un puño.
Y me encuentro cara a cara con uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida.
Pelo rubio oscuro y revuelto, lo bastante largo como para llegarle a las orejas, barba de varios días cubriendo su afilada mandíbula y unos ojos del color del mar antes de una tormenta.
Mi exnovio.
Un zumbido me llena los oídos mientras el color se le va de la cara y sus ojos se abren como platos. —Joder. ¿Alaina?
Eso es lo último que oigo antes de que todo se vuelva negro.