Wolf (La Hermandad 1) 23 Alaina
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VEINTITRÉS

ALAINA

Le doy un bocado a mi pizza de salchicha y alcachofas, y el queso se estira formando un hilo de un palmo entre mi boca y la porción que tengo delante. Wolf me observa con una amplia sonrisa, los ojos chispeantes de diversión, y no puedo evitar reírme.

Hace años que no me divertía tanto con alguien que no fueran Maddie y Mary. Excepto por… él. Todavía se me encoge el corazón al más mínimo pensamiento sobre él, así que hago todo lo posible por no pensar en él a menudo.

—Eh, ¿adónde te has ido?

—¿Mmm? —termino de masticar el bocado, me limpio la boca con una servilleta y fuerzo una sonrisa—. Estoy aquí. Por cierto, esta pizza está deliciosa. No sabía que en Boston tuvieran pizzas como esta.

Wolf engancha un dedo en el botellín de cerveza y se lo lleva a los labios para beber. La sonrisita que me dedica aumenta el calor que se me ha ido acumulando en el bajo vientre desde que lo vi de pie junto a la piscina esta mañana.

Si soy sincera, he sentido las ascuas de la atracción desde el momento en que lo vi. Hay algo en ese pelo negro alborotado, los tatuajes y esa actitud de «que le den a todo» que de verdad me pone.

Y cada vez que me sonríe con suficiencia o me toma el pelo con ese brillo especial en sus ojos color café o me enseña esa deliciosa uve, aviva las llamas. Y heme aquí, vestida con un bikini húmedo y una camiseta vieja de un grupo, apretando los muslos y regañando a mi libido para que se calme.

—No me extraña, es un favorito de aquí. ¿Cuánto tiempo viviste en Boston?

Enarco una ceja. —Nunca he dicho que viviera en Boston.

—Ya, pero tu madre sí. Así es como conoció a mi da. Estaban en un festival local, o al menos eso es lo que él me contó. Quién sabe, quizá se conocieron en algo totalmente distinto. —Me sube y baja las cejas.

Le lanzo mi servilleta hecha una bola, pero fallo por mucho. —Qué asco.

—Oh, nena, vamos a tener que trabajar en tu puntería —dice con una risita—. Me da que no hacías mucho deporte en el colegio.

—Nop. —Marco la pe con una sonrisa—. Pero estaba en el equipo de baile y cantaba en el coro.

Su mirada recorre mi cara, y estoy lo bastante cerca como para ver las motas de color gris ahumado en sus ojos mientras se oscurecen de deseo. —Estoy deseando volver a oírte cantar. Y verte menear ese culito dulce esta noche. Tengo la canción perfecta en mente.

Se me corta la respiración ante su tono, lleno de promesas oscuras. Para no pasar más vergüenza, cambio de tema y suelto: —¿Quizá podamos cantar juntos alguna vez?

Se detiene, con el botellín de cerveza a medio camino de su boca. —Qué va. Yo no canto.

—Todo el mundo sabe cantar, Wolf.

—No he dicho que no sepa. He dicho que no canto, y desde luego no canto con nadie. —Su voz es dura, sin dejar lugar a réplica.

La decepción se me engancha en el pecho y me distraigo ordenando la mesa.

—Pero sí que bailo.

Una burbuja de emoción surge en mi interior e intento contener la sonrisa.

A juzgar por la amplia sonrisa que me devuelve, no creo que lo consiga.

—Claro que bailas —bromeo. Se levanta y rodea la mesa, tendiéndome la mano.

Pongo mi mano en la suya y me levanta. El deseo me caldea las extremidades mientras estamos tan juntos que mis tetas rozan su pecho con cada respiración.

Lo miro por debajo de las pestañas; algo cálido me recorre las venas con cada aliento que nos acerca más.

Sacudiéndome la intensidad, rompo la conexión y cruzo la cocina para conectar mi móvil al sistema de altavoces. —Me parece recordar que me prometiste elegir la primera canción. ¿Estás listo?

Me evalúa por un momento antes de que una lenta sonrisa se extienda por su cara. —Venga. Dale.

Hay espacio de sobra entre la mesa del desayuno y la isla para montar una buena fiesta de baile, así que pongo mi lista de reproducción de canciones de fiesta de la década de 2010 y le doy al play.

Me doy la vuelta girando para poder saborear su reacción, y no me decepciona.

La imagen de él con la cabeza echada hacia atrás por la risa me roba el aliento por un momento.

Me muevo al ritmo de la música mientras camino hacia él, riendo tontamente todo el rato.

Es la segunda vez hoy que me siento así de ligera y despreocupada.

No se me ha escapado que Wolf ha estado cerca en ambas ocasiones.

Y ni siquiera hablo de lo que casi sucedió en la casa de la piscina.

No puedo dejar de preguntarme qué habría pasado si Dave hubiera llamado diez minutos más tarde.

O si no hubiera llamado en absoluto.

Qué cruel giro del destino que vaya a ser mi hermanastro.

Quizá, dice esa vocecita, o quizá vaya a ser tu novio.

Torciendo los labios ante la idea de que Wolf sea mío, lo observo, ansiosa por ver sus habilidades en nuestra pista de baile improvisada.

—No me esperaba que esta fuera tu primera elección de canción. —Sonríe y se pasa una mano por el pelo.

—¿Qué hay de malo con un poco de Lil Jon? Rompe el hielo muy bien, ¿no crees? —Enarco una ceja mientras canto la letra y meneo el culo.

—Sí, desde luego. Pero la próxima la elijo yo.

Me encojo de hombros y doy una vuelta, moviendo las caderas al ritmo de la música. Moviendo los hombros, me río mientras le canto la ridícula letra.

Con cada vaivén de mis caderas, una preocupación se me desliza de los hombros. Y con cada verso cantado a gritos, un peso se levanta de mi alma. Hasta que siento una alegría sin filtros que me envuelve como mi chaqueta favorita: reconfortante y cálida.

Con una audacia despreocupada que solo siento cerca de mis primas, saco todos los pasos favoritos del público: el aspersor, el carrito de la compra y el molinillo de pimienta. Y no me decepciono cuando echa la cabeza hacia atrás, riéndose, y se une a mí con su propia versión del Charleston.

Con nuestras miradas fijas el uno en el otro y sonrisas idénticas, lo siento. Una corriente eléctrica que se dispara y nos ata, chisporroteando en el aire.

Es tan jodidamente encantador que verlo empezar con el baile Mashed Potato vestido solo con un bañador negro y una sonrisa me para el corazón por un momento.

Me encojo de hombros y sigo bailando, saltando sobre las puntas de los pies y soltándome la melena de verdad. Ni siquiera me sorprende que Wolf sepa bailar. Se mueve sin esfuerzo, balanceándose y manteniendo el ritmo.

Ni siquiera me sorprende que sepa bailar, la verdad. Parece el tipo de chico al que se le da bien todo lo que intenta.

Alternamos la elección de canciones y, en algún punto, las canciones se vuelven más lentas y los bajos más profundos.

Nuestros bailes tontos se transforman en algo menos inocente.

Una especie de baile juguetón y de pique que hace que Wolf se incline hacia mí cuando yo me alejo, con el corazón latiéndome en los oídos.

Una banda sonora sensual para el deseo que flota en el aire entre nosotros, impregnándome la piel y agudizando mis sentidos.

Me ahueca la nuca con la palma y me acerca a él.

—Ven aquí, nena —susurra contra mis labios.

Mis tetas se aprietan contra su pecho y me muerdo el labio mientras lo miro por debajo de las pestañas.

Nunca me había dado cuenta de lo alto que es hasta este momento.

Me pongo de puntillas solo para ver cuánto puedo acercarme, y no es suficiente.

Con su mano agarrándome la nuca, me mantiene quieta mientras nos balanceamos al ritmo de la música. El pulso me ruge en los oídos —y en el clítoris—, latiendo al compás de la canción.

Con la voz de Maddie en mi cabeza diciéndome que me trepe a él como a un árbol, deslizo mis palmas por sus abdominales y su pecho, cada relieve y hendidura aumentando mi deseo.

Me humedezco los labios involuntariamente y empujo contra su duro pecho hasta que da un paso atrás.

Sigo empujando hasta que la parte de atrás de sus rodillas choca con una silla.

Deslizo mis manos hasta sus hombros, la piel suave y caliente, y lo empujo hasta que se sienta.

Usando sus hombros como palanca, me siento a horcajadas sobre él, pero no me hundo. Todavía no.

Me doy un minuto para explorar y le paso las manos por el pelo, tirando con firmeza. Él gime y entorna los ojos. Le gusta un toque de dolor con su placer, puedo trabajar con eso.

En un movimiento rápido, me hundo en su regazo; su polla dura golpea todos los puntos correctos.

Agarrándole del pelo, tiro de su cara hacia la mía.

Le paso la lengua por los labios, y toda apariencia de control se desmorona.

Él se lanza hacia delante, rodeándome la espalda con los brazos hasta que sus manos tocan mis omóplatos.

Me besa con posesión, dominando mi boca.

Renuncio al control y le devuelvo el beso, hambrienta de esa conexión que parece mucho más que simple lujuria.

Muevo las caderas, gimiendo al sentir su polla golpear mi clítoris en el ángulo perfecto. Aparto la boca a un lado, jadeando en busca de aire, sin detener nunca el movimiento de mis caderas. Wolf recorre mi cuello con su nariz, dejando besos calientes y con la boca abierta.

—Wolf. —Suspiro su nombre, con la respiración entrecortada cuando él empuja al mismo tiempo que yo me hundo con fuerza—. E-estoy a punto.

Él gime, su aliento rozando mi piel sonrojada. —Eso es, Red. Justo ahí.