22 Wolf
VEINTIDÓS
WOLF
Horas después, ambos estamos lo bastante arrugados por el agua, y ella tiene la nariz, las mejillas y los hombros de color rosa.
—Muy bien, Red. Es hora de salir. Te estás achicharrando, nena. —Nado hacia el extremo con entrada tipo playa de la piscina y salgo caminando.
Red me sigue hasta la casa de la piscina, donde le enseño dónde están las toallas de playa. Me echo una toalla sobre los hombros y le pongo la otra a ella, ayudándola a secarse.
La piel de gallina cubre su suave piel debido al aire acondicionado de aquí dentro, y me arrodillo para frotarle las piernas con la excusa de secarla. Sinceramente, solo quiero volver a tocar esa piel tan suave.
Su estómago elige ese momento para rugir, lo que afortunadamente alivia un poco la tensión. Me estaba acercando peligrosamente a lucir una erección considerable. Es una verdadera putada que se te ponga dura con el bañador puesto. Y el minúsculo traje de baño de Red no ayuda mucho.
Era más fácil ignorarlo cuando estábamos en la piscina y ella estaba casi todo el tiempo bajo el agua. Y aunque dice que no le importa que posiblemente seamos hermanastros, no estoy seguro de creérmelo. La chica se mudó a una casa extraña con tíos extraños solo porque su madre lo mencionó.
Quiero decir, joder; podríamos haber sido cualquiera.
Una rabia asesina brota en mi interior cuando pienso en otra persona tocándola y recorriendo su suave piel, y mis manos se cierran involuntariamente alrededor de sus muslos.
Un suave gemido escapa de sus labios, y dirijo la mirada a su rostro para leerla.
Siempre se me ha dado bien leer a la gente —no tanto como a Sully, nadie es tan bueno leyendo una sala como ese cabrón—, pero lo suficiente como para notar que está excitada.
Tiene las mejillas encendidas, los ojos vidriosos y el pecho sube y baja rápidamente.
—Wolf. —Su voz es baja y mi polla da un respingo como respuesta.
Me inclino hacia delante para que mi cara quede más cerca de su coño y susurro: — ¿Sí?
—Necesito… —Gime y cambia el peso de un pie a otro, frotando sus muslos entre sí y acercando su cuerpo a mi cara.
Deslizo la nariz por el pliegue entre el muslo y su sexo, y murmuro: — ¿Qué necesitas, nena?
—A ti… —Su frase termina en un suspiro mientras deslizo las manos por sus piernas, con las yemas de los dedos rozando la parte interna de sus muslos desde atrás.
Un golpe en la puerta detiene mis movimientos. Solo hay un puñado de personas en la propiedad ahora mismo, pero dudo que ninguna de ellas me buscara en la casa de la piscina.
En un movimiento rápido, me giro, agarro la Glock 19 sujeta bajo la mesa auxiliar y me levanto, situando a Red detrás de mí. Un instinto de protección feroz se apodera de mí, ralentizándolo todo hasta que mi objetivo es cristalino: proteger a Alaina, eliminar la amenaza.
Con la mano izquierda, estiro el brazo hacia atrás y la empujo suavemente para que se resguarde más tras de mí. —Chitón, Red. Escóndete detrás de ese sillón, ¿vale?
—¿Qué está pasando, Wolf? Me estás asustando —susurra justo cuando otro golpe suena en la puerta, esta vez más fuerte.
—No pasa nada, nena, solo ponte detrás del sillón y, si ocurre algo, corre al dormitorio que hay al final del pasillo y pulsa el botón azul del intercomunicador.
—La miro por encima del hombro y veo que tiene los ojos empañados y sus movimientos son un poco bruscos, pero sigue mis instrucciones sin desmoronarse, así que sé que estará bien.
—Está bien, Wolf.
Espero un momento hasta que está oculta tras el sillón orejero de cuero negro. Con pasos silenciosos, me acerco a la puerta principal de la casa de la piscina. Doy gracias por haber tenido la previsión de cerrarla con llave cuando entramos a por las toallas.
Esta situación podría ser muy distinta si nos hubiéramos quedado en la piscina otros veinte minutos.
Apoyo la espalda en la pared junto a la puerta y espero hasta que los golpes empiezan de nuevo. Agarro el pomo de la puerta, cuento hasta tres mentalmente y luego la abro de golpe con una mano, apuntando con el arma a quienquiera que esté al otro lado.
—Dave —gruño entre dientes, con la pistola todavía apuntando a su frente—. ¿Qué cojones estás haciendo? He estado a punto de matarte.
Bajo el brazo y pongo el seguro, manteniendo el arma a mi costado mientras miro fijamente al jefe de nuestro equipo de seguridad, quien definitivamente debería saber que no se aporrea una puerta sin anunciarse.
—Mis disculpas, Wolf. Pero he intentado llamarte y darte un aviso por todo el sistema, pero no he recibido respuesta.
Tengo que reconocerle el mérito a Dave. Se queda ahí plantado, respetuoso pero sin acobardarse. El hombre es de acero —ni siquiera parpadeó cuando tenía la Glock en la frente— y uno de los más leales. —Joder, Dave. ¿Qué pasa?
—Rush llegará esta noche. Nos ha llamado porque no lograba localizarte. Quería avisarnos dado que se han incrementado nuestras medidas de seguridad.
Echo la cabeza hacia atrás y suelto un suspiro, intentando que la adrenalina que aún recorre mi torrente sanguíneo se calme de una puta vez. —Mierda, no he mirado el móvil en todo el día. He estado en la piscina.
—Lo sé, Wolf, por eso he venido a decírtelo personalmente. Sabía que estabas con la señorita McElroy…
—Alaina. —Ella le reprende a Dave como si fuera un niño de preescolar que se porta mal y no uno de los hombres más peligrosos que conozco.
La miro. Está de pie tímidamente detrás del sillón, así que ladeo la cabeza hacia la derecha, pidiéndole en silencio que se acerque.
Una mueca ladea un lado de su boca. —Sabía que estabas con Alaina, así que he venido a decírtelo y a comprobar que todo estuviera bien.
—Muy bien, Dave. Gracias por el aviso. Estaremos en la casa principal si necesitas algo más. Recuérdame que revise el intercomunicador de aquí, porque no he oído nada. No es el momento de que las cosas dejen de funcionar correctamente.
—Entendido, Wolf, Alaina. Que tengan una buena tarde. —Dave gira sobre sus talones y se aleja por el camino que lleva a la parte delantera de la casa.
Le veo alejarse mientras debato qué decirle a Red. Por un lado, pronto será de la familia, así que se enterará tarde o temprano. Por otro lado, no sé qué cojones le pasa a Da últimamente, así que es posible que esté haciendo algún truco raro de Houdini y que Red se haya ido en una semana.
Es difícil saber en qué anda metido el viejo estos días. Es cauteloso a más no poder; ahora que lo pienso, apuesto a que de ahí lo ha sacado Rush.
Me froto la mano libre por la barba de varios días. —A la mierda. —Si el viejo parece que puede improvisar, yo también puedo.
Compruebo dos veces que el seguro esté puesto, vuelvo a colocar la pistola en el soporte debajo de la mesa auxiliar y me giro hacia una Red con los ojos como platos.
—¿Tienes hambre? Me apetecería un poco de pizza. ¿Y a ti?
—Siempre me apetece pizza. —Me mira como si no estuviera segura de qué está pasando.
Nena, ya somos dos. Me estoy inventando todo esto sobre la marcha.
Cojo su camiseta de donde cayó cuando entramos al principio y se la paso por la cabeza.
—Perfecto, a menos que comas piña en la pizza. Entonces tendremos que hablar sobre lo que está bien y lo que está mal a la hora de disfrutar de una pizza.
—¡Psch! La piña está deliciosa —hace una pausa y me lanza una sonrisilla, esa sonrisa pícara que hace que se me ponga dura—, pero no en tu pizza —dice mientras pasa los brazos por las mangas.
La camiseta le llega a la parte superior de los muslos, y por fin veo bien el estampado. Es una camiseta de un grupo.
—¿Pero tú no dejas de dar sorpresas? —Examino la serigrafía desgastada de London Calling en la parte delantera de su camiseta negra—. ¿Canción favorita de The Clash?
—Oh… —tira del dobladillo y se encoge de hombros—, todas son buenas.
Asiento y le tomo la mano, entrelazando nuestros dedos. Las comisuras de mis labios se elevan al pensar en Sully viendo a mi chica —nuestra nueva hermanastra— con una camiseta de The Clash. —A Sully le vas a encantar. Es un fan acérrimo de The Clash.
—Mmm. ¿Y tú qué? ¿Cuál es tu canción favorita de The Clash?
Nos guío hacia la casa, deteniéndome para coger nuestros móviles en la mesa de la entrada, y digo: —Hateful, probablemente.
Pero Train in Vain también está ahí arriba.
—Me mira con las cejas arqueadas—. ¿Qué?
—Enarco una ceja—. ¿Pensabas que no diría ninguna?
A estas alturas ya deberías conocerme lo suficiente como para saber que valoro la sinceridad.
—Supongo que entonces no soy la única que no deja de dar sorpresas —dice mientras me aprieta la mano.
La guío por el camino de ladrillos hacia la casa principal. —Vamos, Red. Pidamos una pizza y escuchemos a The Clash mientras la esperamos.
Me mira mientras caminamos por el sendero enmarcado por flores coloridas y arbustos bajos. Sus ojos color whisky brillan con diversión mientras pregunta: — ¿Habrá baile?
Le dedico una amplia sonrisa. —Por supuesto. Incluso te dejaré elegir la primera canción.
Me da un empujoncito juguetón con el hombro y algo cálido me recorre todo el cuerpo. Es extraño, pero no desagradable. —Hecho. Espero que te guste la música de los ochenta.