14 Wolf
CATORCE
WOLF
Al salir de la ducha, oigo sonar mi teléfono. Me envuelvo la cintura con una toalla y lo cojo de la encimera del baño.
—Wolf. —Habla Da en cuanto respondo.
Con solo una palabra, toda mi atención se centra en él. Escucho intentando detectar algún ruido de fondo, pero o bien hay silencio donde él está, o está tapando el micro.
—Sí. ¿Qué pasa? ¿Rush? ¿Sully? —Mi voz es baja y serena.
Hace años que no siento verdadero pánico al escuchar ese tono de voz autoritario cuando llama al azar.
Cuando me saluda con un «boyo», sé que es algo personal o nada serio, pero cuando me saluda con «Wolf» y ese tono cortante en la voz, sé que tiene que ver con la Hermandad o que son malas noticias.
Me costó un par de años, pero ya ni siquiera parpadeo.
—Sully está con Nolan y, que yo sepa, está bien. Y Rush debería estar en casa mañana. Pero me dirijo al otro lado del charco para visitar a la familia.
Hago una pausa, intentando descifrar el código que me está diciendo. Se va a Irlanda, ¿pero por qué? ¿Y de quién está rodeado para no poder decírmelo directamente?
—¿Es una reunión familiar improvisada? —¿Le ha convocado el consejo original?
Mi da es el cabeza de nuestra familia, y comparte los EE.
UU. con Lenny Bryne. Él se encarga de la costa este y Lenny de la oeste.
Ha habido un par de veces, que yo sepa, en las que Cillian Kelly, el jefe de la OG Brotherhood en Irlanda, convocó a todos los cabezas de familia para una maldita fiesta del té; literalmente.
Tomaron té y conspiraron para dominar el mundo.
Y luego ocurrió aquello hace unos años, donde convocó a todo el mundo y luego les quitó la cabeza a la mitad de los hombres de la sala.
Es un cabrón loco y casi imposible de leer.
—¿Tiene esto algo que ver con Jimmy? —No estoy seguro de si le creería si dijera que sí. No hay forma de que a Cillian le importe un tiroteo desde un coche y que unos pocos soldados se hayan ido con su creador.
—Aún no lo sé.
—¿Te llevas a tu chica contigo? —¿Te llevas a Lana?
—Sí. Así que necesito que hagas unas cuantas cosas por mí, Wolf.
—Lo que sea.
—Cuida de nuestro pajarito mientras no esté.
—Dalo por hecho, Da. —Respiro hondo, intentando encajar otra pieza en el puzle—. No me gusta. Algo no me da buena espina.
—Ya. El momento no cuadra nada.
—Llévate a algunos amigos a esta reunión familiar, ¿vale? —Lleva refuerzos.
—Lo haré, no te preocupes por mí, boyo. Sé cuidarme perfectamente solo.
—Ya. Es difícil cuidarte solo si estás muerto, Da —digo inexpresivo—. Las emboscadas nunca son peleas justas.
—¿Acaso no lo sé? Pero he terminado de jugar, y me estoy impacientando esperando el siguiente movimiento. Tenemos demasiados jugadores en el tablero, y a algunos aún no los conocemos.
—¿Crees que alguien está jugando en más de un equipo? —¿Tenemos a otro topo?
—Aún no estoy seguro, pero pienso averiguarlo.
Asiento. No me sorprende. Cormac Fitzgerald, el Carnicero de la Hermandad, nunca ha encontrado un puzle que no quisiera resolver. Y este tiene todos los visos de ser un puzle pringoso; uno que acabará con el Carnicero haciendo honor a su nombre. —¿Cuánto tiempo estarás de visita?
—Unas pocas semanas, probablemente. Nadie entra ni sale. No confíes en nadie más que en la sangre. Cuídate, hijo.
—Sí. Tú también, Da.
Termino la llamada y me miro al espejo, catalogando cada cicatriz, quemadura y los dos recordatorios con forma de bala de la última vez que alguien decidió jugar a ser agente doble.
El sudor me gotea por la espalda y espanto los mosquitos mientras mis hermanos y yo avanzamos con cuidado por el terreno cubierto de vegetación en el parque industrial abandonado de Brooklyn.
Según nuestro genio técnico residente, Buzz, en el almacén que hay a treinta metros es donde encontraremos nuestra mercancía robada.
—Más le vale a ese cabrón tener razón sobre esto —gruñe Rush a mi lado.
—Acéptalo, hermano, Buzz encontró nuestra mierda antes que tú. —Le lanzo una mueca de suficiencia que sé que le cabrea. Se lo toma como una afrenta personal cuando alguien encuentra información antes que él.
Me hace un gesto ofensivo y me fulmina con la mirada. —A la mierda con eso...
Las primeras notas de alguna canción rasgan el aire. Giro y salto sobre un tronco podrido para aterrizar justo al lado de mi hermano, Sully.
—¡¿Qué cojones, tío?! ¡Apaga esa mierda antes de que nos maten! —le siseo. Miro a nuestro alrededor, buscando movimiento.
—Mierda. Perdón. —Mantiene pulsado el botón de encendido para apagar el móvil.
Rush se detiene de golpe frente a nosotros, y Sully choca directamente contra él y gruñe. —Algo no va bien.
Sully se frota la nariz mientras mira a izquierda y derecha. —¿A qué te refieres?
—Me refiero a por qué hay tanto silencio —susurra Rush.
Me pongo junto a Sully y suelto un bufido. —Mira a tu alrededor, tío. —Abro los brazos de par en par—. Estamos merodeando por estos bosques de mierda a las ocho de la tarde de un viernes.
—Exactamente —Rush me fulmina con la mirada—. ¿Dónde coño está todo el ruido? No oigo ni a un puto grillo ni una rama moviéndose.
—No me jodas, tío. No queremos que nos oigan —abro mucho los ojos para enfatizar mi punto—. ¿Qué te pasa?
Sully gira lentamente en círculo. —Tiene razón, Wolf. Hay demasiado silencio.
Rush inclina la cabeza. —¿Oís eso?
Miro a izquierda y derecha. —¿El qué?
—¡Shhh! —Doy un paso adelante y ladeo la cabeza.
—¿Eso es... buzz...?
—Suena como un... ¿tictac? —Interrumpo a Rush, con el ceño fruncido.
—¿Por qué coño...?
—¡Es un tictac! —grito, interrumpiendo a Sully mientras el pulso me ruge en los oídos y la adrenalina inunda mis venas—. ¡Tenemos que salir de aquí echando leches! —Antes de terminar de hablar, me doy la vuelta, agarro a mis hermanos por los hombros y empiezo a correr como un loco.
—¡Es una puta trampa! ¡Atrás! ¡Atrás, Da! —grita Rush por el teléfono mientras corremos a toda pastilla sobre ramas caídas, sin importarnos el ruido que hacemos.
No voy a reunirme hoy con mi creador. Tengo cosas que hacer en esta vida, y cuando descubra quién tendió esta puta trampa, voy a hacer que desee la muerte.
Llegamos a mitad de camino antes de que el tictac se detenga.
Y entonces el mundo explota.
Era una trampa.
Todo el maldito asunto era una trampa.
Los cargamentos robados, el parque industrial, el soplo... todo fue un montaje. Tardamos unos días en descubrir cómo cojones lo consiguieron, pero una vez que Rush rastreó las migas de pan que Buzz encontró, descubrió un mundo de mierda.
Todo el consejo joven se estaba peleando por una chica, y Pete decidió convertirse en topo.
Por desgracia para él, los rusos no saben el significado de la palabra lealtad, así que vieron una oportunidad y la aprovecharon.
En lugar de un ataque contra dos miembros, enterraron diez bombas alrededor del perímetro del almacén, exactamente donde nuestros hombres esperaban la señal.
Y tenían francotiradores en el tejado, lo que les salió el tiro por la culata ya que no solo no podían ver con precisión a través del humo y las llamas, sino que algunas de las bombas provocaron una reacción en cadena y parte del almacén abandonado estalló en llamas.
A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo oír ese pitido agudo que es a la vez sordo y ensordecedor, y sentir la arenilla en los ojos y el calor de la explosión.
Rodeo con el dedo la cicatriz de la herida de bala en mi hombro, escondida en mi tatuaje de calavera. Uno de esos cobardes me dio cuando fui a ver cómo estaban Sully y Rush. No era la primera vez que me disparaban, pero ese día aprendí una lección valiosa.
La familia por encima de todo.
Perdimos a cinco miembros ese día. Más si incluyes a los topos involucrados. Pero yo no lo hago, ya que fui yo quien les cortó la lengua. No acabó bien para esas patéticas excusas de hermanos, igual que no acabará bien para quienquiera que esté detrás de esto.
Todo el mundo sabe que, una vez que te unes a la Hermandad, lo eres de por vida.
Entrada de sangre, salida de sangre.