11 Wolf
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ONCE
WOLF
Mi padre aparta el plato y se reclina en la silla. —Delicioso, Lana. Gracias.
—Ha sido un placer, Cormac. —Lana le sonríe radiante a Da, y a mí me cuesta horrores no vomitar en mi lasaña. Está demasiado buena como para desperdiciarla por la puta mierda que sea que está pasando al final de la mesa.
Red ha estado callada casi toda la cena; solo ha hablado cuando Da le ha hecho alguna pregunta. Es curioso que su madre apenas le haya preguntado nada. Red no deja de mirarme por el rabillo del ojo, como si intentara ser sigilosa y yo no estuviera sentado a medio metro de ella.
—¿Alaina?
Gira la cabeza bruscamente. —¿Mmm?
—Decía que me voy a la ciudad unos días. ¡Tengo que encontrar un vestido de novia! —Lana está demasiado entusiasmada, y eso me toca los putos nervios.
Red sonríe, pero la sonrisa parece un poco forzada.
Mierda, reprimo la mía con la mano, pasándomela por la barba incipiente.
Aún no me he afeitado hoy. Sully estaría orgulloso de lo rápido que sé leerla.
Ese cabrón puede calar a cualquiera más rápido y con más precisión que nadie que yo haya conocido.
—Oh, qué bien suena. Me encantaría ir contigo, mamá.
Y oye, estaba pensando en que podríamos coger el tren a la ciudad y quedarnos unos días.
¿No sería divertido? El tren en el que he venido hoy era muy agradable, y creo que te gustaría.
—Red se inclina hacia delante, mirando a su madre con la esperanza brillando en sus ojos.
Nadie responde al parloteo de Red, y percibo un cambio en el ambiente. Dejo el tenedor y me reclino en la silla, dispuesto a ver cómo se desarrolla la escena.
Lana coge su collar y lo retuerce entre los dedos. —Oh, cielo, me refería a que Cormac y yo vamos a la ciudad. —Se toca las perlas del cuello—. Él tiene que hacer unos negocios y yo he quedado con tía Sloane en Kleinfeld.
—¡¿Kleinfeld?! —Red deja el tenedor en la mesa y se recuesta en la silla—. Mamá, eso es… Esos vestidos son…
—Preciosos —suspira Lana.
—Carísimos —dice Red al mismo tiempo.
No sé dónde coño ha encontrado mi padre a esta zorra, pero más vale que Rush consiga más información, porque yo no puedo soportar estas cenas noche tras noche.
Me muevo en el asiento, abro más las piernas y me echo hacia atrás.
La extraña dinámica familiar entre estas dos me incomoda.
Y joder, ¿por qué cojones deberían importarme dos pelirrojas desconocidas, aunque Da se esté tirando a una de ellas?
El mes pasado le arranqué las uñas a un tipo una por una y ni siquiera parpadeé.
Miro a Lana, escrutándola con ojo crítico. Entiendo el atractivo: pelo rojo, buenas curvas, cocina una cena decente. Pero tiene lo que Sully llama ese punto de locura. No es un rasgo en particular, es más bien como si siempre estuvieran a una palabra de desatar el puto apocalipsis sobre ti.
Sully siempre supo elegirlas, eso sí. Sonrío con suficiencia al recordar a una de las últimas chicas que trajo a casa.
Se escondió en la casa durante dos semanas antes de que el personal la encontrara durmiendo en un armario.
Esa tía estaba como una puta cabra. Intenté advertirle, pero él argumentó que estaba harto de los rollos de una noche y de los polvos rápidos en el baño de algún antro.
Resoplo. Como si alguna vez se pudiera estar harto de demasiado coño sin complicaciones.
Todas las chicas con las que estoy saben cómo va la cosa, y ninguna se ofende cuando me voy. Ni siquiera intercambio números con nadie; no tiene sentido. Nunca repito. La mayoría de las tías solo están emocionadas por poder decir que se han tirado a alguien de la Hermandad.
A Lana le tiembla el ojo derecho mientras mira a Red por un momento. —Tú déjame a mí nuestras finanzas, cariño.
Las mejillas de Red se sonrojan, y me quedo hipnotizado por la forma en que el bonito color rosa le tiñe las mejillas. Me pregunto qué otras partes de ella se sonrojan así y cuánto tardaría en verlo.
—Por supuesto —responde Red, y se queda mirando su plato de comida a medio comer.
—Genial. —Lana da dos palmadas como una puta profesora de primaria—. Ahora que está decidido, nos vamos mañana temprano. Los chicos de Cormac estarán aquí para enseñarte todo.
Gruño. Esto es nuevo para mí. Me reclino y balanceo la silla sobre dos patas mientras miro a Da con las cejas arqueadas.
—Así que te veré en unos días —dice Lana, con un tono que suena a despedida.
Red echa la silla hacia atrás y recoge sus platos. Sin mirar a nadie a los ojos, dice: —Gracias por la cena. Ha sido un placer conoceros, Cormac, Wolf.
Sale pitando del comedor y se va por el pasillo, supongo que hacia la cocina. Le dedico un momento de mis pensamientos antes de volver a mirar a Da y a Lana; esta última sonríe como el gato que se comió al canario, y se me agota la paciencia.
Suelto el aire y me inclino hacia delante, golpeando el suelo con las patas delanteras de la silla. —¿Cuál es tu objetivo, Lana? —prácticamente le gruño a la mujer al final de la mesa.
Ella frunce el ceño al dejar su copa de vino. —¿A qué te refieres, cariño?
—Déjate de mierdas.
—¡Wolf! —ladra mi padre.
—¡Oh, vamos! —levanto las manos a los lados—. ¿Qué coño está pasando aquí? No hemos comido en este comedor en toda mi vida.
Él enarca una ceja. —¿Adónde quieres llegar, hijo?
—A donde quiero llegar, Da, es a que ni siquiera conocemos a esta zorra, y de repente…
Mi padre da un golpe en la mesa. —No la llames zorra.
—Si grazna como un pato… —dejo que la cruel sonrisa que he estado conteniendo se extienda por mi cara. No aparto la vista de mi da, pero por el rabillo del ojo veo a Lana estremecerse.
No sé qué coño está pasando aquí, pero sí sé que esto no cuadra.
No soy tan ingenuo como para pensar que mi padre no moja el churro, pero en los diecisiete años que llevo viviendo con él, ni siquiera ha tenido citas.
¿Y ahora, de repente, se va a casar con una zorra a la que no habíamos visto en la vida hasta hace dos semanas?
Ni de coña. Rush tiene razón: aquí hay algo más.
—Te estás pasando, chaval —gruñe mi padre.
Solo para joderle, me encojo de hombros como si me importara una mierda.
Es decir, ella no me importa una mierda, pero normalmente el papel de gilipollas irracional es más el estilo de mi hermano Rush.
Yo soy más del tipo gilipollas tranquilo.
Y Sully es el gilipollas angustiado. Pero como ninguno de mis hermanos está aquí, tengo que dar la talla.
—Ponme al día, Da.
Suspira y se cubre la boca con la mano, alisándose la barba: su tic cuando está estresado. —Danos un minuto, Lana.
—Por supuesto —murmura ella mientras coge su copa de vino y se levanta—. Voy a empezar a hacer las maletas.
Da espera a que salga de la habitación para prestarme atención. —Hace diez minutos, recibí un mensaje de Jimmy. Su mujer y algunas otras esposas estaban en un restaurante cuando hubo un tiroteo desde un coche. Apuntaron a su mesa.
—Mierda. —Eso es lo último que pensaba que iba a decir—. ¿Víctimas? ¿Y saben quién ha sido?
—Ninguna víctima, por suerte. No creo que Manhattan sobreviviera a su ira.
—Ya, no me jodas. ¿Me estás diciendo que tú no harías lo mismo si fuera tu mujer? —lo miro fijamente y él sonríe con suficiencia. Sabe que estoy intentando sacarle respuestas. Me encojo de hombros.
—No atraparon a los que lo hicieron. Todo lo que saben es que era un todoterreno negro.
Tamborileo con los dedos en la pierna. —¿Tienes alguna teoría?
—No. Pero es el tercer ataque a nuestros hermanos irlandeses en…
—¿El tercero? —suelto bruscamente.
—Sí. Se cargaron a varios soldados de la pequeña facción de las afueras de la ciudad. Sin detalles. —Se encoge de hombros.
Asiento. —Entonces, ¿qué piensas?
—No estoy seguro. Necesito más información, así que Sully se va al norte del estado para ser nuestros ojos y oídos allí.
—Joder. —Me inclino hacia delante, apoyo los antebrazos en la mesa y dejo caer la cabeza por un momento. Levantando la vista hacia él, pregunto: ¿Por cuánto tiempo? ¿Y por qué no me has dicho que esto estaba pasando?
Me dedica una mirada fulminante antes de exhalar. —No estoy seguro, un par de semanas, como mínimo. Necesito a alguien de confianza allí arriba para averiguar qué coño está pasando.
—Sí, ¿y quién va a cubrirle las espaldas a Sully? —me cruzo de brazos—. No puedes enviarlo solo. Si salgo a la carretera ahora, puedo estar allí en…
—Te necesito aquí, hijo. Aquí hay algo más en juego, y mi instinto me dice que esto es solo el principio.
—Frunce los labios mientras se alisa la barba—.
Hay algunas reglas que no cruzamos, nunca.
No vamos a por las familias: las esposas y los hijos nunca están sobre la mesa.
Y sé que los italianos y los Blue Knights están de acuerdo con nosotros.
Que los ataques escalen de unos pocos soldados a la esposa del presidente de los Westies… exige mi atención.
—Entonces, ¿qué piensas? ¿Rusos? ¿Chinos? ¿Cártel? —hago una pausa—. ¿O alguien que deserta?
Asiente. —Eso o algún capullo que ha visto demasiados episodios de Los Soprano y ha decidido que quiere jugar con los mayores. —Suelta el aire y me clava la mirada—. Por eso te necesito aquí.
Resoplo. —Pero ¿qué coño, Da? ¿Quieres que me quede aquí a jugar a las casitas mientras envías a Sully a una misión suicida? ¿Y dónde coño está Rush? —Mi pecho sube y baja con frustración.
Mi padre me mira con calma, con esa maldita máscara impenetrable. —¿Has terminado?
Echo la cabeza hacia atrás y miro al techo un momento, con los músculos tensos por la frustración. —Sí. He terminado. —Por muy cabreado que esté, él sigue siendo el jefe de la Hermandad.
—Rush debería llegar mañana. Está atando cabos sueltos en la ciudad de la cita para tomar café de Sully de esta mañana.
—Sonríe con suficiencia al decirlo. Siempre le han hecho gracia nuestras palabras en clave—.
Y te necesito aquí, vigilando la casa. —Me mira fijamente por un momento—.
Y protegiendo a todos los que están dentro.
Pongo los ojos en blanco. —Claude me enseñó a disparar cuando tenía ocho años, y Sarah me dio mi primer juego de cuchillos arrojadizos. Saben cuidarse solos. —Exhalo y descruzo los brazos—. Pero, sí, vale. Vigilaré la granja.
Mi mandíbula se tensa y se me revuelve el estómago al pensar que me quedo atrás.
Asiente varias veces, alisándose la barba con una mano.
—Sé que puedo contar contigo y con Rush.
Estamos en medio de una guerra, pero hay un nuevo oponente, y ahora mismo tienen ventaja.
No me gusta. Revisa la armería y asegúrate de que seguimos completamente abastecidos.
Ya he hablado con Claude; está cambiando nuestros códigos y pasando nuestros datos por otro cifrado.
Y ha enviado a casa a todo el personal no esencial.
La Hermandad está poniendo a sus familias en confinamiento, y lo mismo se aplica aquí: nadie entra y nadie sale durante la próxima semana hasta que tenga una idea más clara de cuál es la situación.
Más que nada, este pedazo de información me alarma.
—Y una cosa más. —Hace una pausa—. Aléjate de Alaina.
Mis cejas casi tocan el nacimiento del pelo. —Bueno, ¿y cómo coño se supone que la voy a mantener a salvo si tengo que alejarme de ella?
Su reacción no hace más que confirmar nuestra teoría de que el bueno de Da no nos está contando más cosas, y esa mierda no funciona así. No cuando soy el próximo vicepresidente de la Hermandad.
—Hace mucho tiempo que no soy un niño —digo entre dientes, apretando la mandíbula—. Sea lo que sea, será más fácil si entro en ello con todos los datos.
Me mira fijamente durante un instante, su mirada recorriendo mis facciones. —Lo sé, chaval. Pero algunas cosas son instintivas, como proteger a tus hijos.
—¿Protegernos? —resoplo—. Maté por primera vez a los trece años. Creo que lo de protegernos se fue por la ventana hace mucho tiempo. —Odio la nota de amargura en mi voz. La verdad es que no estoy amargado.
Suspira. —Sé que no siempre he hecho lo correcto con vosotros, pero yo…
—Está bien, Da. Hiciste lo que pudiste. No debió de ser fácil con todos nosotros. Joder, yo tenía tres años cuando me adoptaste, y Rush tenía uno. Y menos de un año después, una zorra con la que te tiraste te dejó a Sully de bebé y se largó.
Sí, hasta yo puedo oír la amargura en mi voz, pero no va dirigida a él.
Toda esa ira la dirijo únicamente a mis padres, los putos yonquis de mierda que no pudieron centrarse lo suficiente como para cuidar de su hijo…
de mí. Y definitivamente a la madre de Sully: ¿quién coño deja a un bebé en casa de un tío y se va sin mirar atrás?
Al parecer, Cormac se tiró a esa zorra un par de veces, y luego ella aparece más de un año después con un bebé. Las fechas no cuadraban, y tras una prueba de paternidad, se confirmó que Sully no es hijo biológico de Cormac. Pero eso nunca le impidió criarnos a los dos como si fuéramos suyos.
Cada día, agradezco que fuera a casa de Cormac a donde me llevaron mis padres.
Por supuesto, mi padre es el hermano de Cormac, así que tiene sentido que un día fuéramos a visitarlos.
Pero no tenía sentido que él se fuera y me dejara allí.
Me estremezco al pensar en lo diferente que sería mi vida si mis padres no me hubieran abandonado. Dudo que estuviera vivo siquiera.
—No os cambiaría por nada, chicos. Eres un buen hombre, Wolf, y serás un vicepresidente cojonudo cuando llegue el momento. Pero todavía no hemos llegado a eso, así que tienes que confiar en mí en esto. Te meteré en el asunto tan pronto como pueda, pero hasta entonces: protege a Alaina.
No es hasta más tarde esa noche, cuando intento conciliar el sueño y no puedo quitarme de la cabeza a cierta pelirroja, que me doy cuenta de que mi da nunca me respondió.
¿Quién coño es Lana y, quizás más importante, qué coño voy a hacer con Red?