10 Alaina
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DIEZ
ALAINA
En cuanto Claude cierra la puerta, juro que siento una ondulación en el aire, como si algo estuviera cambiando mi destino. Me sacudo el escalofrío; es por toda esa charla de Maddie de anoche sobre presagios y horóscopos.
Dejo mi mochila a los pies de la cama y exploro la habitación. Sigo sin asimilar lo grande que es —es incluso mayor de lo que esperaba—, y eso que ajusté mis expectativas en cuanto vi la fuente delante de la casa.
Todo, excepto las paredes, está decorado en grises suaves y blancos.
Las mesitas de noche gemelas y la cómoda larga son de madera blanca decapada, pero no del tipo de decapado que surge del cariño y el uso, sino del tipo por el que se paga una fortuna.
Una puntada me atraviesa el corazón al pensar en mi muy amado tocador, regalo de mi padre, en esta habitación inmaculada.
Estoy segura de que es una gran metáfora de mi presencia en esta casa.
A ambos lados de la televisión cuelgan obras de arte abstracto con marcos blancos, y en la esquina, junto a las puertas acristaladas, hay un espejo ovalado de cuerpo entero. Cruzo la habitación y descorro las vaporosas cortinas blancas de las puertas.
Se me escapa el aliento en un suspiro al contemplar las vistas.
Tenía razón: es el patio trasero. Si es que se puede llamar así a algo que parece un parque nacional.
Una piscina ocupa gran parte del jardín; incluso tiene una cascada y un tobogán.
A la derecha de la piscina hay un jacuzzi y, más allá, lo que parece ser una auténtica casa de la piscina.
Distingo una canasta de baloncesto y un gran huerto a la derecha.
Más allá de la valla, todo es verde hasta donde alcanza la vista.
Vaya.
Simplemente, vaya.
Desde luego, no parece que esté en Boston. Parece que estoy en una especie de cuento de hadas. Si los cuentos de hadas incluyeran a tíos buenos con tatuajes, mala actitud y que conducen demasiado rápido.
Vale, pues en realidad eso no suena tan mal. Pongo los ojos en blanco por mis propios pensamientos y suelto una risa autocrítica.
Doy media vuelta y vuelvo a observar la habitación, con la mente dándole vueltas a lo que esto significa para mí... y para mamá.
Todo esto es demasiado, y temo por mi madre. Ni siquiera estoy segura de querer saber qué hizo para llamar la atención del hombre que es dueño de todo... esto.
Pero si no la ayudo yo, ¿quién lo hará?
Cojo mi móvil y le envío otro mensaje de texto.
Yo: ¡Hola, mamá! ¡Ya estoy aquí! ¡Llámame cuando llegues!
Después de que pasen cinco minutos sin respuesta, tiro el móvil sobre una de las mesitas y decido desempacar. No he traído muchas cosas, pero mamá siempre decía que se me daba muy bien limpiar y organizar, así que supongo que tengo tiempo para poner en práctica esas habilidades.
Una vez deshecho el equipaje, me pongo una falda negra con vuelo y una camiseta blanca de cuello de pico. No quiero arreglarme demasiado, pero tampoco quiero ir poco arreglada. Es difícil saber qué ponerse cuando vas a ver a tu madre por primera vez en un año y a conocer a su prometido.
Como sigo sin noticias de mamá, llamo por vídeo a las chicas para enseñarles mi cuarto.
Se quedan asombradas con la habitación, especialmente con el baño privado, que tiene una bañera con patas y una ducha de efecto lluvia con cuatro cabezales.
No hablamos mucho, ya que tienen que terminar de hacer las maletas para su viaje a Europa.
A las seis y veinte, camino despacio por el pasillo, atenta a cualquier ruido que venga de las habitaciones. O están insonorizadas o están vacías. Me pregunto cuál será la de Wolf.
Me seco las palmas sudorosas en la falda y bajo las escaleras. No sé exactamente a dónde voy, pero estoy segura de que lo encontraré, o encontraré a alguien del servicio que pueda indicarme.
Me pregunto cómo será crecer con un personal encargado de... bueno, no estoy muy segura de qué hacen exactamente en una casa, pero algo deben de hacer. Por ejemplo, ¿se lavará Wolf su propia ropa?
Me pongo roja en cuanto el pensamiento me cruza la mente. Si antes no estaba pensando en Wolf en calzoncillos, ahora definitivamente lo estoy haciendo.
Respiro hondo e intento pensar en cualquier otra cosa para no tener que enfrentarme a él con la cara como un tomate.
Sigo el sonido de ollas y sartenes tintineando por el pasillo y veo a mi madre junto al fregadero, de espaldas a mí.
—¡Hola, mamá! —Al oír mi voz, se da la vuelta. Una sonrisa ilumina su rostro y camina hacia mí, secándose las manos en el delantal amarillo con volantes que lleva atado sobre su falda larga.
—Alaina, querida. Qué alegría verte. —Se inclina y me da un beso en cada mejilla, sin llegar a abrazarme del todo.
—Es muy bueno verte, mamá. Estás genial. —La miro de arriba abajo; se ve elegante y pulcra—. Te envié un mensaje cuando llegué. —Me esfuerzo por mantener la voz firme.
—Oh, bueno —dice mientras quita una pelusa invisible de su camisa, sin sostenerme la mirada más de un instante—, no estaba en casa entonces, cariño.
Y cuando llegué, tuve que guardar y organizar todas mis compras, y luego tuve que ponerme enseguida con la cocina.
—Agita la mano en el aire señalando la isla que tiene detrás.
—Ya. —Trago saliva y fuerzo una sonrisa—.
Bueno, esto tiene un aspecto increíble. —Observo la lasaña y los manicotti caseros, dos ensaladas diferentes y dos tipos de pan recién horneado dispuestos sobre la isla—.
No sabía que supieras cocinar así. —Una pesadez se asienta en mis hombros, abatiéndome.
—Sí, bueno... —Mamá se pasa los dedos por el pelo, alisando mechones inexistentes en su sofisticado moño.
Su pelo rojo es unos tonos más claro que el mío, pero tenemos la misma altura y una constitución similar.
Buenos genes en la rama de los McElroy de la familia—.
Mi madre me enseñó a cocinar cuando tenía tu edad.
—Se gira hacia la isla y empieza a mover un poco los platos.
—Bueno, me encantaría aprender a cocinar...
—Sarah se encarga de la mayor parte de la cocina aquí.
—Ah, vale —murmuro. Siento que me escuecen los ojos y respiro hondo para recomponerme.
Miro alrededor de la espaciosa cocina. Es tan grande que no me sorprendería que ocupara toda la longitud de la casa.
Todo es de acero inoxidable y negro mate: la amplia placa de cocina, los hornos dobles, los dos lavavajillas y el frigorífico más grande que he visto en mi vida, escondido tras un panel que imita un armario.
La isla es lo suficientemente larga como para que quepan seis taburetes cómodamente de un lado, y el otro tiene un pequeño fregadero y una placa de cocina pequeña.
Hay un rincón para desayunar integrado en el otro extremo de la cocina, aunque la palabra rincón resulta un poco engañosa.
Un lado está integrado en la pared con un banco corrido y el otro tiene ocho sillas negras.
Con tanto espacio para sentarse, deben de organizar muchas fiestas o eventos familiares. Me pregunto si estaré aquí el tiempo suficiente para ver alguno.
Me doy la vuelta y veo a mi madre todavía trasteando con la comida. —¿Puedo ayudar a llevar la comida al comedor?
—¿Mmm? Ah, claro. ¿No es todo esto maravilloso, Alaina? —Mamá coge la bandeja de lasaña y yo cojo una de las ensaladas y la sigo por otro pasillo.
—Mamá, ¿qué está pasando exactamente? ¿Por qué estamos aquí? —le pregunto mientras pasamos por lo que parecen ser un despacho y una sala de estar.
—¿A qué te refieres? Ahora vivimos aquí. —Su tono es tajante y acelero el paso para ponerme a su altura.
—Mamá, yo vivo en la ciudad, ¿te acuerdas? Voy a ir a la universidad en St. Rita’s con Maddie y Mary.
Me lanza una mirada furiosa por encima del hombro. —Por supuesto que me acuerdo, Alaina.
—Vale. Pero sigo sin entender por qué estás tú aquí.
¿Cómo has conocido a este hombre? —Llegamos al que debe de ser el comedor principal.
La mesa es para veinte personas, por lo menos.
Sigo a mamá hasta un extremo de la mesa y coloco con cuidado la ensalada.
Le toco el brazo, deteniendo sus movimientos.
Bajando la voz, pregunto—: Mamá, ¿estás en peligro?
—¿De verdad crees que traería a mi única hija a un lugar peligroso? —me espeta.
Me estremezco ante la ira de su voz y retiro la mano. Me quedo mirando la mesa negra, con la vista perdida. —Es la primera vez que me pides que viva contigo en diez años, mamá, así que no sé muy bien qué pensar.
—Sí, bueno... —Su voz se apaga mientras se afana en poner la mesa.
—¿Por qué no viniste a mi graduación?
Suspira. —Llevas más de un año asistiendo a clases universitarias, Alaina. No pensé que fuera tan importante.
—Ya, pero fui la valedictorian, y simplemente no... no entiendo por qué...
—Tenía planes —me interrumpe mamá, mirándome por fin—. No todo gira siempre en torno a ti.
Retrocedo, sus palabras son un golpe en mi propia alma, y la pequeña parte de mi corazón esperanzado que pensaba que esta era nuestra oportunidad para estrechar lazos se marchita.
—Entendido —murmuro y doy media vuelta para ir a por el resto de la comida a la cocina. Cuando vuelvo al comedor, no miro a mi madre a los ojos. No puedo, no cuando el dolor está todavía tan reciente.
A las seis y media en punto, Wolf entra con paso despreocupado en el comedor y se sienta hacia la mitad de la mesa.
—Wolf, querido, qué bien que nos acompañes —le saluda mi madre con una voz empalagosa desde su asiento a la izquierda de la cabecera de la mesa. Él no responde, solo aprieta la mandíbula y me mira de reojo bajo esas pestañas oscuras y espesas suyas.
¿Por qué son siempre los tíos los que tienen las pestañas más largas y oscuras?
Como Wolf no me quita la vista de encima, decido que no vendría mal intentar de nuevo entablar amistad, así que retiro la silla que está frente a él.
—Ese no es tu sitio. —Su voz me detiene. Estiro el cuello para ver el respaldo de la silla. Quizá me he saltado algún grabado o nombre o algo—. Ese es el sitio de mi hermano.
—Lo siento, no me había dado cuenta —murmuro. Empujo la silla hacia dentro y voy a retirar la de al lado.
—Nop. Ese es el sitio de mi otro hermano. —Las comisuras de los labios de Wolf se curvan hacia arriba, transformando su boca carnosa en una mueca cruel.
—Vale. —Acerco la silla a la mesa e intento con la siguiente.
—Esa también está ocupada, Red —dice Wolf con fingida alegría, entrelazando las manos detrás de la cabeza.
Miro a mi madre para ver si va a intervenir. Está absorta mirando el fondo de su copa de vino llena, así que supongo que esa es mi respuesta.
Aprieto los dientes y paso a la siguiente silla, apoyando la mano en el respaldo. —¿Y esta?
—Qué va, esa también está ocupada.
Justo cuando llego al extremo opuesto de la mesa, un hombre entra en la estancia.
Con su pelo negro cortado muy corto y sus hombros anchos, impone su presencia en la sala.
Alterno la mirada entre los dos hombres que hay en la habitación.
Aunque veo el parecido físico, es la nube de peligro que los rodea a ambos lo que realmente hace evidente el vínculo familiar.
Se dirige directamente hacia mi madre y le besa la coronilla. Ella levanta la barbilla y le murmura algo, pero la mirada de él está fijada firmemente en mí.
—¿Esta es tu chica, Lana?
Mi madre bebe un sorbo de vino y dice, agitando la mano: —Cormac, te presento a Alaina. Alaina, Cormac.
—¿Qué haces en ese extremo de la mesa? Ven aquí y siéntate junto a mi hijo para que pueda verte bien.
Su tono no admite réplica, así que rodeo lentamente la mesa y elijo el asiento junto a Wolf. Le lanzo una mirada, pero él se limita a mirar a Cormac con el ceño fruncido.
—Es un placer conocerle, señor —digo mientras retiro mi silla y me siento.
—Vaya, maldita sea... el parecido es asombroso —comenta Cormac—. Y por favor, llámame Cormac.
Asiento con la cabeza en señal de conformidad.
—¿Dónde están tus hermanos? —Cormac mira a Wolf con una ceja levantada.
—No sé, Da —Wolf se encoge de hombros—, han ido a la cafetería con la abuela hoy por la tarde, pero pensaba que ya estarían en casa.
Cormac mira su reloj y suspira, frunciendo el entrecejo con el gesto.
—Les daré cinco minutos más, luego empezamos sin ellos.
Lana ha preparado esta deliciosa cena para nosotros esta noche y yo, por mi parte, no voy a permitir que se desperdicie.
—La sonrisa que le dedica a mi madre es amplia y sincera.
Ella se sonroja. —Me hace feliz cocinar para ti todas las noches, Cormac, ya lo sabes. Y me alegra mucho que Wolf haya podido acompañarnos esta noche.
Los celos se me revuelven en el estómago mientras observo a mi madre desvivirse por Cormac, sirviéndole la cerveza de la botella en una jarra. —Así que, Alaina, ¿tu madre me dice que fuiste la valedictorian? ¿Y que ya estás en la universidad?
Veo por el rabillo del ojo cómo Wolf se pone rígido.
—Sí, acabo de graduarme, pero llevo más de un año cursando asignaturas con créditos universitarios, así que técnicamente paso a segundo curso en St. Rita’s. —Me aliso la falda mecánicamente por debajo de la mesa.
—Ambiciosa. Me gusta. A lo mejor se le pega a mi hijo algo de ese amor por los estudios —dice Cormac con una risita.
Giro la cabeza y veo que Wolf aprieta la mandíbula y entrecierra los ojos.
—Te lo he dicho, Da. No necesito la universidad. Ya estoy en el negocio familiar —dice Wolf con desdén.
Cormac lanza una mirada fulminante a su hijo pero no responde.
—¿A qué os dedicáis? —pregunto mientras bebo un sorbo de agua, con los ojos puestos en Wolf.
—Construcción.
—Reciclaje.
Responden al mismo tiempo.
Miro a uno y a otro, parpadeando desconcertada. —¿El reciclaje de materiales de construcción?
—Claro, Red. Reciclamos materiales de construcción. —Wolf me mira con expresión inexpresiva.
—Muy bien, son las seis y cuarenta, a comer —declara Cormac mientras se sirve una ración doble de lasaña.
—Me encantaría ayudar si lo necesitas —murmuro para que solo Wolf pueda oírme—. Con clases particulares o lo que sea, quiero decir.
Como no responde, me giro para mirarlo. Entrecierra los ojos mientras me dedica una mueca de desprecio. —No necesito tu ayuda. Pásame la comida, Red.