Wolf (La Hermandad 1) 1 Alaina
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Wolf (La Hermandad 1)

Wolf (La Hermandad 1)

Por Penelope Black

© inepub.com

1 Alaina

UNO

ALAINA

—Besar a un desconocido.

Un acceso de tos involuntario me sacude el cuerpo cuando el refrigerante de vino de fresa se me queda atrapado en la garganta.

—Lo siento —digo mientras me llevo una mano a la base de la garganta y dejo la bebida sobre mi escritorio—.

Se me ha ido por el otro lado cuando me ha parecido oírte decir que tengo que besar a un desconocido.

—Clavo una mirada fulminante en mi prima, Madison.

—Eso es porque lo he dicho. —Arquea una ceja y se echa su larga y lacia melena pelirroja por encima del hombro—. Aunque no sé por qué te sorprende, porque este reto no es mío.

—Bueno, pues mío no es, así que... —Me giro para mirar a la hermana gemela de Madison, Mary, con un nuevo sentimiento de admiración—. Estoy impresionada —murmuro.

—¿Qué? —Mary resopla y se cruza de brazos sobre el pecho—. Ya tenemos dieciocho años...

—Ejem. —Me señalo a mí misma con una sonrisa irónica.

—Bueno, nosotras tenemos dieciocho —Mary se señala a sí misma y a Maddie— y tu cumpleaños es en cosa de una semana. He pensado que podíamos subir un poco el nivel. —Las mejillas de Mary están rosadas para cuando termina de hablar—. ¡Además, nos acabamos de graduar!

Mary y Madison son gemelas dicigóticas y, aunque sus diferencias son mínimas, tienen estilos distintos. Mary lleva su pelo pelirrojo en un lob —un bob largo— que se alisa todos los días. Con sus ojos azul hielo a juego, ambas son espectaculares. Y son mis mejores amigas.

—Creo que es una idea estupenda, pero os vais a decepcionar porque yo definitivamente añadí «maratón de Crónicas Vampíricas» ahí dentro la semana pasada —les digo con una carcajada.

Mary está rígida sentada en el borde de mi cama individual en nuestra suite compartida de la Academia Femenina de Santa Rita.

Técnicamente, ya no somos estudiantes de secundaria aquí, pero como estamos matriculadas en la escuela hermana, el Colegio Santa Rita, hemos optado por mantener el mismo alojamiento.

Mary sigue con los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho y mira fijamente la alfombra de color crema como si esta guardara todos sus secretos.

Miro a Maddie y señalo a su hermana con la cabeza. Con un suspiro, ella deja el palito de helado de colores con el reto sobre mi cómoda y cruza la habitación hacia su hermana.

—Cariño. No pasa nada. Y ya sabes que me parece perfecto que beses a quien quieras, cuando quieras.

—Sí, si quieres te cambio el reto, Mary —me ofrezco.

—Nada de devoluciones, Lainey. Ya conoces las reglas —interviene Maddie.

Mary levanta la cabeza con una sonrisa irónica en el rostro. —No te preocupes, mis cinco retos de la semana pasada fueron «besar a un desconocido».

Se me escapa una risita antes de que pueda evitarlo y Maddie se une. Al cabo de unos segundos, Mary se relaja un poco y, al poco rato, se ríe con nosotras.

—¿Quién iba a decir que todavía estaríamos jugando al juego tonto que nos inventamos con un tarro de cristal de sobra y palitos de helado de colores cuando teníamos doce años? —reflexiono mientras bebo un sorbo de mi refrigerante de vino.

—Yo. Yo lo sabía —dice Maddie con insolencia, levantando la barbilla y recostándose.

—Eso es porque la idea fue tuya —dice Mary rodando los ojos.

—¡Y qué buena idea fue! Además, ¿qué otra cosa íbamos a hacer? No podíamos salir del dormitorio y necesitábamos algo divertido que nos motivara, ya que nos soltaron en la ciudad y se largaron sin mirar atrás. —La sonrisa de Maddie es tensa y forzada, y entrecierra los ojos.

—¡Ajá! ¡Sabía que te había dolido que mamá nos dejara aquí y se fuera a Europa aquel verano! —exclama Mary, olvidada ya su tensión anterior.

Maddie levanta la barbilla. —No seas ridícula, Mary. No me dolió. Solo estaba dando un argumento. Y mamá nos lleva con ella a Europa todos los veranos ahora.

Ver a mis primas intercambiar réplicas rápidas es como ver un partido de tenis. Bebo un sorbo de mi bebida y me acomodo en mi silla.

—¡Exactamente! Porque montaste un numerito aquel verano, así que ahora mamá tiene miedo de dejarnos aquí.

Sinceramente, ni siquiera sé por qué quieres seguir yendo allí.

Ser la compinche de tu madre de mediana edad mientras liga con tíos quince años más jóvenes perdió su atractivo hace años.

—Mary casi escupe la palabra compinche con desprecio, y yo me sorprendo.

La expresión es más propia de Maddie que de ella. Siento que me estoy perdiendo algo.

—¿Aquel único verano? ¿Te refieres a aquel en el que estábamos haciendo cursos de verano y te bajó la regla en mitad de cerámica, pero yo fingí que era a mí, y Becky Parsons se burló de mí—Maddie se señala el pecho con un dedo— durante meses?

¿Ese verano? —Aprieta los labios y un rubor de ira le recorre el cuello.

Esta es una discusión familiar que han tenido muchísimas veces a lo largo de los años.

La cuestión es que Mary siempre se disculpa —una vez más— y Maddie siempre acepta, se abrazan y, después, pasan a otra cosa.

No estoy segura de qué tiene ese caso concreto para que Maddie siga obsesionada, pero es hora de que intervenga, como de costumbre.

Me pongo de pie y me enfrento a ellas con las manos en las caderas. —Muy bien, chicas, ¿vamos a besar a algunos desconocidos esta noche o qué?

Ambas se detienen y se giran para mirarme, con las mejillas rosadas, los brazos cruzados y la mirada cautelosa. Lo juro, a veces se parecen tanto que es como si fueran la misma persona.

Esta vez es Mary quien se desinfla primero. Se gira hacia Maddie. —Lo siento, Maddie.

Maddie se gira hacia ella. —Yo también lo siento. No te preocupes. Supongo que es que estoy empezando a tener hambre. —Maddie se acerca a Mary y le pasa un brazo por los hombros—. Vale, elijamos nuestros retos para esta noche.

Maddie deja a su gemela en el borde de mi cama y camina hacia el tarro de cristal de mi cómoda.

En algún momento de estos años, decidimos empezar a guardar el tarro de los retos en mi habitación.

Los coloridos palitos de helado casi llenan el tarro.

Elegimos uno del tarro una vez a la semana, a veces más, pero siempre cuando estamos juntas.

Ahora que trabajo en la cafetería a unas manzanas de aquí, doy clases particulares a un par de niños de secundaria por las tardes y canto por diversión con las chicas casi todos los viernes, tenemos que ser un poco más estratégicas.

Maddie cierra los ojos y saca un palo del tarro. —Muy bien, esta noche, el reto de Mary es bailar con un desconocido. —Su voz sube de tono con cada palabra, y sus cejas la siguen.

Mis labios se curvan en una sonrisa. Yo añadí ese reto hace meses.

Desde que empecé a notar que el mismo chico aparecía en la noche de micro abierto en O’Malley’s Pub.

Alto, de pelo castaño y con un aura de peligro rodeándole.

Observa mi actuación cada vez que canto, pero nunca se queda después y siempre está solo.

Pensé en darme el empujón para acercarme a él y pedirle que bailara, pero parece que será Mary quien arrase en la pista esta noche. La miro para calibrar su reacción ante su reto.

—Divertido. Tengo el conjunto ideal para esta noche. —Los ojos de Mary brillan mientras junta las manos frente al pecho y da saltitos sobre las puntas de los pies.

—Vale, entonces. —Maddie mira a su hermana con una sonrisa de complicidad.

Vuelve a cerrar los ojos y saca otro palito de helado del tarro—.

Y esta noche mi reto es cantar en el karaoke...

con un tutú verde lima. —Las cejas de Maddie se elevan hasta el nacimiento del pelo y abre un poco la boca. Y yo no puedo contener la sonrisa.

—Ah, estaba viendo muchas repeticiones de Sexo en Nueva York cuando añadí ese reto —comento.

Maddie me mira con la boca abierta—. Ya sabes, ¿donde ella lleva la falda de tul rosa y se ve espectacular caminando por las manzanas de la ciudad?

Eso era lo que pretendía, pero pensé que el verde lima sería divertido.

—Lainey, somos tres pelirrojas de piel clara y pecas.

El verde lima no es nuestro color, cielo —dice Maddie mientras me mira, con la cabeza ladeada y las cejas juntas como si realmente necesitara una intervención de moda.

Solo porque me guste llevar camisetas viejas de bandas no significa que no tenga buen gusto. Simplemente sé lo que me gusta.

—Exactamente —digo con una sonrisa.

Mary se ríe mientras se levanta de mi cama. —Uy, qué buena eres, tía. Un sutil golpe bajo para todas; me gusta. Cenemos algo y luego preparémonos. Voy a ver qué hay hoy en el menú del comedor. —Mary se dirige a la cocina, donde tenemos el menú del comedor del mes pinchado en un tablero de corcho.

—Pero... ni siquiera tenemos un tutú verde lima, ¡así que ja! —grita Maddie, levantando un dedo en el aire.

—Excepto que... —Cruzo la habitación hacia mi armario, abro la puerta y aparto la ropa para poder alcanzar los tres artículos de colores brillantes del fondo. Cerrando los dedos alrededor de las perchas, saco los objetos—. ¡Cha-da! —Sacudo las perchas, haciendo que las faldas de tul se agiten.

Maddie me mira un momento antes de empezar a reírse. —Oh, Dios mío... ¡Mary, ven aquí y mira lo que ha hecho tu prima loca!

Oigo los pasos de Mary en el pasillo y habla antes de que pueda verla.

—¡Ya voy! Ah, y antes de que se me olvide, hoy hay espaguetis a la boloñesa —Mary se queda petrificada en el umbral, con la boca abierta—, ¡¿y qué demonios es eso?!

—¡Pues nuestros conjuntos para esta noche, por supuesto! —respondo alegremente.

—¡Pero solo Maddie tiene que llevar el verde lima! —se queja Mary.

Maddie se dobla de la risa sobre mi cama. —Has metido otros dos retos de tutú en el tarro, ¿a que sí?

Aliso el tul de la falda naranja neón mientras una sonrisa pícara asoma a las comisuras de mis labios. —Pues sí. Y como os queremos, todas vamos a llevar uno esta noche.

Desenredo la falda de tul verde lima y se la lanzo a Maddie. Me giro hacia Mary, que sigue parada en la puerta, y le ofrezco las otras dos faldas de tul. —¿Naranja neón o rosa fucsia?

—No me puedo creer que vaya a llevar una falda de tul naranja neón mientras bailo con un desconocido esta noche —refunfuña Mary fingidamente.

—Buena elección, Mary. ¿Puedo sugerirte que lleves un color liso arriba para que el naranja resalte de verdad? —pregunto con una carcajada. Desengancho la falda de tul naranja neón y se la lanzo.

—Vamos a estar ridículas en O’Malley’s esta noche. —Maddie suspira con desánimo.

—Qué va, estaremos increíbles. Nos adoran, y Jack nunca dejaría que nadie dijera nada malo de nosotras —le aseguro—. Además, nos acabamos de graduar, ¡vamos a celebrarlo!

Jack es el dueño de O’Malley’s Irish Pub.

Lo conocí de forma un tanto aleatoria hace un par de años.

Se suponía que iba a quedar con alguien allí para ver a una banda, pero el chico nunca apareció y acabé charlando con Jack un buen rato.

Dos semanas después, aparecí con Mary y Maddie a cuestas para su noche de micro abierto y ya nunca dejamos de ir.

Ahora, O’Malley’s se ha convertido en nuestro lugar de referencia para salir de noche.

Sé que ellos saben que nuestros carnés falsos son una porquería, pero nunca nos lo dicen. Casi siempre pedimos vodka con arándanos, Long Island iced teas y Baby Guinnesses, que en realidad no llevan Guinness.

Todavía recuerdo la cara de asco de Mary cuando inclinó el vaso y dio un gran sorbo a lo que pensaba que era simplemente una Guinness de tamaño pequeño.

Estaba segura de que aquel día iba a rociar toda la barra con Kahlúa y Bailey’s. Pero por algún milagro, no lo hizo. Tardó unos seis meses en poder volver a beber siquiera un café con leche; algo en el olor al café le activaba el reflejo de náusea.

—¿De qué te ríes ahí sola? —pregunta Mary con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada—. Porque con el calzado pongo el límite, Lainey.

—En realidad, estaba recordando la vez que descubrimos qué era un Baby Guinness. —Sonrío arqueando una ceja—. ¿Te acuerdas de aquel...?

Mary finge una arcada antes de que pueda terminar la pregunta. —Puaj. Sí. No me lo recuerdes o no podré volver a mirar un café con leche en meses —se queja.

Me río. —Buenos tiempos, buenos tiempos. Ahora, aire —muevo los dedos en su dirección—, ve a cambiarte para cenar. ¡Esta noche estamos de celebración!

—Sí, sí. Ya voy —murmura Mary mientras sale de mi habitación.

Sostengo la falda de tul rosa fucsia frente a mí, girándola y dándole vueltas, y observo mi reflejo en el espejo. Las comisuras de mis labios se curvan en una sonrisa traviesa.

Esta noche va a ser inolvidable.