WOLF (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

FONDO

La semana que Kevin fue a Londres fue la primera semana que Cilia tuvo espacio suficiente para respirar y darse cuenta de que lo había estado necesitando.

No era que su presencia fuera asfixiante, era más sutil que eso: que ocupaba su campo atencional de maneras que ella no siempre detectaba en tiempo real, una distracción de baja frecuencia que solo se hacía evidente cuando desaparecía.

Sin Kevin en el edificio, el trabajo era más simple.

Más limpio. Cilia se pasó tres días construyendo un modelo de riesgo para un nuevo portafolio que le había pedido el consejo directamente, sin pasar por Kevin, lo que era un avance significativo en términos de su posición dentro de la empresa.

El consejo la había buscado a ella. Eso significaba que su trabajo empezaba a tener peso propio, independiente de la relación.

El cuarto día, Marcus la invitó a comer.

No era una invitación que Cilia hubiera esperado y la aceptó porque rechazarla sin razón habría sido un error estratégico. Fueron a un italiano cerca del edificio, un lugar sin pretensiones donde claramente Marcus comía seguido porque el mesero lo conocía por nombre.

–Empezamos mal –dijo Marcus, sin preámbulo, cuando llegaron los menús.

–Sí –confirmó Cilia.

–Fue culpa mía.

–En parte.

Eso lo hizo detenerse. Probablemente esperaba que ella fuera más conciliatoria.

–¿En qué parte fue tuya? –preguntó.

–No establecí los límites de mi área con suficiente claridad desde el principio. Dejé que se volviera ambiguo.

Marcus la miró durante un momento con una expresión que Cilia no sabía leer completamente.

–Wolf habló de ti antes de que llegaras –dijo–. Dijo que eras la persona más honesta con los números que había conocido.

–¿Y eso te pareció amenazante?

–Sí –dijo Marcus, con una directitud que Cilia respetó–. Mi trabajo es conseguir tratos. El tuyo es decir cuándo un trato es malo. Ese conflicto es estructural.

–No tiene que serlo –dijo Cilia–. Si el número que yo construyo te ayuda a negociar mejor, no a perder el trato, entonces somos aliados, no antagonistas.

Marcus consideró eso.

–¿Qué pasó con Boston fue perderte el trato o negociarlo mejor?

–Tres cientos doce –dijo Cilia–. Tú pedías trescientos setenta. La empresa valía trescientos, trescientos diez en el mejor caso. Pagaste lo correcto, no de más, y tienes una empresa que puede crecer sin cargar deuda que no soporta. Eso es un buen trato.

–La empresa habría aceptado trescientos setenta.

–Probablemente. Y en dieciocho meses habrías tenido un problema de integración que habría costado más de la diferencia.

Marcus guardó silencio. Pidieron y comieron con una conversación que fue más honesta de lo que Cilia había esperado, con Marcus revelando más de lo que probablemente tenía intención de revelar:

que llevaba diez años en Wolf Capital y que la llegada de Kevin había sido hace seis años y que la empresa que existía antes era diferente, más horizontal, más colectiva, y que el modelo nuevo era más rentable pero también más solitario para las personas dentro de él.

–¿Te importa lo que pienso? –preguntó Cilia en algún punto.

–Me importa si tiene sentido –dijo Marcus.

–Creo que tienes miedo de que yo sea la primera de varios cambios que vienen. Y tal vez tengas razón en tener ese miedo, no sé cuáles son los planes de Kevin a largo plazo. Lo que sí sé es que yo no vine a reemplazarte ni a hacerte quedar mal. Vine a hacer mi trabajo.

Marcus la miró.

–Eso es más honesto de lo que esperaba –dijo.

–Es el único modo que sé.

Volvieron al edificio con algo que no era exactamente amistad pero que era suficientemente sólido para trabajar sobre ello. Cilia lo consideró una victoria pequeña y significativa.

Kevin llamó esa noche desde Londres, a las once hora de Manhattan, lo que era las cuatro de la mañana donde él estaba.

–¿Por qué estás despierto? –preguntó Cilia.

–Reunión que terminó hace una hora. –Una pausa–. ¿Cómo fue la semana?

–Bien. Comí con Marcus.

Silencio breve.

–¿Cómo fue?

–Productivo. Creo que podemos trabajar juntos.

–¿Qué hiciste? –preguntó Kevin, con el tono de alguien que quiere entender el mecanismo.

–Fui honesta. –Pausa–. Igual que siempre.

–Yo llevo dos años intentando que Marcus y el equipo de análisis anterior trabajaran en la misma dirección.

–Tal vez lo intentaste de la manera equivocada.

Silencio más largo.

–Probablemente –dijo finalmente.

Eso lo decía seguido, admitía cuando había fallado en algo con una facilidad que contrastaba con la imagen pública de invulnerabilidad que proyectaba.

Cilia lo había encontrado sorprendente al principio y luego lo había entendido: que la disposición a admitir errores era parte de cómo gestionaba el control, que era más fácil ceder en lo pequeño para mantener lo grande.

–¿Cuándo vuelves? –preguntó.

–Mañana en la noche. –Una pausa–. ¿Me esperas?

–Tengo trabajo mañana.

–No te pedí que cancelaras el trabajo. Te pedí si me esperas.

Cilia lo procesó. Era tarde y estaba en su cama en Brooklyn y la voz de él en el teléfono sonaba diferente a esta hora, más cansada, más real, sin la capa de eficiencia que tenía durante el día.

–Te espero –dijo.

La pausa que siguió era el tipo de silencio que tenía textura.

–Bien –dijo él, igual que siempre, esa misma palabra que en su boca significaba más de lo que decía.

Cuando colgó, Cilia se quedó mirando el techo en la oscuridad.

Había un patrón que estaba empezando a reconocer en sí misma, una forma de organizarse alrededor de la presencia de él, de ajustar pequeñas cosas para que encajaran con los horarios de él o los planes de él o las necesidades de él, y el problema no era que lo hiciera,

el problema era que lo hacía sin haberlo decidido conscientemente.

Se preguntó cuándo había empezado eso y no encontró un momento preciso, solo una progresión que en retrospectiva parecía inevitable pero que en tiempo real había sido silenciosa.

Eso la inquietó lo suficiente como para que tardara en dormirse.

El problema con Fried Nest llegó el jueves siguiente, diez días después de que Kevin regresó de Londres, en la forma de una llamada a su celular de un número que no reconoció.

–Señorita Forest –dijo la voz del otro lado. Era suave, casi académica, el tipo de voz que sonaba razonable incluso cuando no lo era–. Mi nombre es Fried Nest. Me imagino que ha escuchado ese nombre.

Cilia estaba en su oficina. Cerró la puerta con el pie.

–Sí –dijo.

–Necesito diez minutos de su tiempo. Fuera del edificio, fuera del contexto de Wolf Capital. Solo diez minutos.

–¿Para qué?

–Para contarle algo que merece saber antes de decidir si quiere seguir donde está.

–¿Eso es una amenaza?

–Es una cortesía. Las amenazas no son mi estilo, señorita Forest. La información, sí.

Cilia lo procesó. Las opciones eran: colgar, decirle a Kevin, o escuchar. Colgar era la decisión más segura, decirle a Kevin era la más inteligente y escuchar era la más peligrosa, lo que significaba que era la que producía más información.

–Mañana, una de la tarde –dijo–. El café en la Quinta con la cuarenta y ocho. Quince minutos, no diez.

Una pausa breve.

–Por supuesto –dijo Nest.

Colgó. Se quedó mirando el teléfono durante treinta segundos y luego tomó una decisión: no le diría a Kevin todavía. Primero escuchaba, luego decidía qué hacer con lo que escuchara. Si había algo que Kevin necesitara saber, lo sabría. Si Nest estaba bluffeando, lo sabría igual.

Abrió el modelo en el que había estado trabajando antes de la llamada y trató de concentrarse, lo que funcionó solo a medias porque en el fondo de su atención quedó esa voz suave diciendo algo que merece saber, con el peso específico de las cosas que se dicen cuando se tiene intención de usarlas.