WOLF (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 5) Capítulo 1
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WOLF (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 5)

WOLF (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 5)

Por Susana de la Rosa y de la Barca

© inepub.com

Capítulo 1

LO QUE TIENE PRECIO

Había cosas que Cilia Forest sabía hacer bien: cerrar tratos, leer contratos en diagonal y detectar mentiras antes de que terminaran de salir de la boca.

Lo que no sabía era cómo entrar a una habitación llena de dinero sin sentir que el aire pesaba diferente, más denso, como si la riqueza tuviera su propio clima.

El vestíbulo del Meridian Tower tenía mármol negro en el piso y luz cenital que caía sobre todo con una precisión quirúrgica.

No era un edificio de oficinas, era una declaración.

Cilia cruzó la entrada con el portafolio apretado contra el costado y los tacones marcando un ritmo que ella misma usaba para convencerse de que no tenía miedo.

No tenía miedo. Se lo repitió dos veces.

Llevaba seis meses trabajando en Reston & Mael, un despacho de consultoría financiera que olía a café recalentado y ambición moderada.

Era analista senior, lo que en términos reales significaba que hacía el trabajo de tres personas y recibía el crédito de media.

La reunión de esa mañana no era suya, era del director, pero Dixon había cancelado a las siete con un mensaje de tres palabras: ve tú, Cilia.

Sin contexto, sin briefing, sin nada que se pareciera a una preparación.

Así que ahí estaba, con los documentos que había armado ella misma durante los últimos cuatro meses y un traje azul marino que le quedaba bien cuando no sudaba.

–Cilia Forest, de Reston & Mael –le dijo a la recepcionista, una mujer joven con una sonrisa entrenada–. Tengo reunión con el equipo de Wolf Capital a las nueve.

–Por supuesto. –La recepcionista tecleó algo sin bajar la mirada–. El señor Wolf la recibirá directamente. Piso cuarenta y dos.

Cilia procesó eso en el trayecto del ascensor. El señor Wolf. No el equipo, no un director asociado, no algún asistente con suficiente rango para tomar notas. Kevin Wolf en persona, lo que era, en todos los sentidos posibles, un problema.

Kevin Wolf tenía treinta y ocho años, un patrimonio que los medios estimaban en nueve cifras y una reputación que dependía de quién la contara.

Para los mercados, era un genio frío con instinto depredador.

Para la prensa de negocios, era el hombre que había levantado tres empresas desde cero y vendido dos de ellas en el momento exacto en que nadie más habría vendido.

Para las revistas que lo ponían en portada cada dos años, era fotogénico de una manera que parecía casi injusta, con una mandíbula que podría cortar vidrio y ojos de un gris tan oscuro que a veces aparecían negros en las fotos.

Cilia no leía ese tipo de revistas. O eso se decía.

Las puertas del ascensor se abrieron a una recepción más pequeña que la de abajo, con menos mármol y más silencio.

Una asistente la condujo por un pasillo de paredes de vidrio hasta una sala de juntas donde ya había dos personas esperando: un hombre de traje gris que ella identificó como asesor legal y una mujer con tableta que no levantó la vista cuando Cilia entró.

–El señor Wolf llegará en un momento –dijo la asistente antes de retirarse.

Cilia se sentó, acomodó sus documentos sobre la mesa y no tocó el agua que había en el centro.

Miró por el ventanal los cuarenta y dos pisos de ciudad que había debajo, Manhattan extendiéndose en todas direcciones con esa indiferencia característica que tenía hacia los problemas individuales de las personas.

Escuchó la puerta antes de que se abriera.

No era un sonido distinto, era la forma en que el asesor legal se enderezó y la mujer de la tableta finalmente levantó la vista. Cilia entendió el movimiento colectivo una fracción de segundo antes de girar la cabeza, y aun así no estuvo lista.

Kevin Wolf entró sin prisa, con una camisa blanca sin corbata y el saco colgado del antebrazo, como si hubiera decidido a último momento si ponérselo o no.

Era más alto de lo que aparecía en las fotos, o quizás era la forma en que ocupaba el espacio, como si la habitación hubiera sido construida a su medida.

Tenía el pelo oscuro peinado hacia atrás con descuido calculado y esos ojos grises que en persona no eran oscuros, sino claros de una manera que resultaba más perturbadora.

No miró a sus asesores. Miró a Cilia.

–Usted no es Dixon –dijo.

Era una observación, no una queja, pero Cilia sintió el filo de todas formas.

–Dixon tuvo un imprevisto. Soy Cilia Forest, analista senior. Fui yo quien desarrolló el análisis de proyección que tienen en sus manos.

Wolf no respondió de inmediato. Se sentó frente a ella con una lentitud que no era indiferencia sino algo más calculado, la clase de pausa que usaba alguien que sabía exactamente cuánto tiempo podía dejar a otra persona en suspenso antes de que empezara a resultar grosero.

–¿Cuántos años tiene? –preguntó.

–Los suficientes para haber construido ese modelo desde cero –respondió Cilia, manteniendo el tono neutral–. Si prefiere hablar con Dixon, podemos reagendar. Si prefiere que revisemos los números ahora, yo los conozco mejor que él.

Algo cruzó por la cara de Wolf. No era una sonrisa, era el antecedente de una sonrisa, como el movimiento de nubes antes de que cambie el tiempo.

–Empiece –dijo.

Cilia empezó. Habló durante cuarenta minutos sin pausa, sin notas, sin una sola vez perder el hilo.

El modelo que había construido proyectaba el rendimiento de tres fondos de inversión en un escenario de volatilidad alta, con variables que la mayoría de los analistas del sector ni siquiera habían empezado a considerar.

Ella las había considerado todas, las había pesado, las había traducido en números que tenían sentido aunque dolieran.

Wolf escuchó con los brazos cruzados y una expresión que no revelaba nada. Sus asesores tomaban notas. La mujer de la tableta tecleaba sin parar.

Cuando Cilia terminó, hubo un silencio de tres segundos que en esa sala equivalía a mucho más.

–La variable de liquidez en el tercer trimestre –dijo Wolf–. ¿Por qué la ponderó al doce por ciento y no al quince?

Era una pregunta buena. Era, de hecho, la mejor pregunta que alguien le había hecho sobre ese modelo en seis meses de haberlo construido, y Cilia tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar que eso se notara en su cara.

–Porque al quince produce un resultado que los fondos quieren escuchar, no el resultado real –respondió–. Prefiero números que soporten una crisis, no números que vendan bien una presentación.

Wolf la miró durante un momento que duró demasiado para ser profesional.

–Bien –dijo, y era la forma en que lo dijo, no la palabra en sí, lo que hizo que algo en el pecho de Cilia se tensara de una manera que no tenía nada que ver con el trabajo.

La reunión terminó con Wolf pidiendo una revisión detallada del modelo, un segundo encuentro para la siguiente semana y un apretón de manos que duró exactamente un segundo más de lo necesario.

Sus dedos eran largos y la piel estaba fría, y Cilia pensó, mientras cruzaba el pasillo de vuelta al ascensor, que ese hombre era el tipo de problema que venía disfrazado de oportunidad.

En el ascensor, sola, se permitió exhalar.

Afuera, en la calle, el sol de octubre golpeaba con esa luz lateral que tenía Manhattan en otoño, dorada y un poco cruel. Cilia caminó tres cuadras antes de sacar el teléfono y llamar a Dixon.

–¿Cómo fue? –contestó él al segundo tono.

–Bien –dijo ella, usando exactamente la misma palabra con exactamente el mismo tono que Wolf había usado–. Quiere una segunda reunión.

–Excelente. Me encargo yo de esa.

Cilia guardó el teléfono sin responder. Miró el edificio desde la calle, cuarenta y dos pisos de vidrio reflejando el cielo, y supo con la misma certeza con que sabía leer un balance que algo había cambiado en la última hora, aunque no pudiera todavía ponerle nombre.

Esa noche, en su departamento de Brooklyn que tenía demasiados libros y poca decoración, intentó trabajar en otro proyecto y no pudo concentrarse.

La variable de liquidez al doce por ciento.

La pregunta había sido exacta, cirúrgica, la clase de pregunta que solo hace alguien que ya leyó todo con cuidado antes de entrar a la sala.

Kevin Wolf había revisado su modelo antes de conocerla.

Eso significaba que ya sabía quién era ella antes de que ella abriera la boca. Significaba que el silencio de tres segundos después de su presentación no había sido evaluación, había sido teatro.

Cerró la laptop. Se quedó mirando el techo con una sensación que no era exactamente peligro, pero que se le parecía bastante.

La segunda reunión no fue con Dixon. Dixon tuvo otro imprevisto, esta vez con más detalle: un cliente en Chicago, un vuelo esa mañana, una disculpa por correo que llegó a las ocho con cuarenta y siete minutos y que Cilia leyó mientras ya estaba en el metro con el portafolio y el mismo traje azul.

Wolf la esperaba esta vez en una sala diferente, más pequeña, sin asesores. Solo él y una cafetería sobre la mesa que olía a algo que no era el café de máquina que había en Reston & Mael.

–Dixon volvió a cancelar –dijo Wolf cuando ella entró.

–Dixon tiene una capacidad notable para los imprevistos –respondió Cilia, sentándose.

–O usted tiene una capacidad notable para manejarlos.

Cilia no respondió a eso. Sirvió café en las dos tazas que había sobre la mesa, lo que era un movimiento automático del que se arrepintió medio segundo después porque era demasiado familiar para una segunda reunión con un cliente. Wolf lo observó sin comentar.

Trabajaron durante dos horas. Wolf hacía preguntas que obligaban a pensar y Cilia respondía sin adornos. En algún punto dejó de sentirse como una reunión de negocios y empezó a sentirse como otra cosa, una conversación real, con tensión debajo como corriente eléctrica bajo el agua.

Cuando terminaron, Wolf cerró la carpeta y la miró con esa fijeza que Cilia ya empezaba a reconocer.

–Cena –dijo.

–¿Perdón?

–Cena. Esta noche. Tengo una propuesta que hacerle y prefiero no hacerla en una sala de juntas.

Cilia lo miró. El instinto le dijo tres cosas al mismo tiempo: que era una mala idea, que era exactamente el tipo de mala idea que debería rechazar en el acto y que no lo iba a rechazar.

–¿Qué clase de propuesta? –preguntó.

–Una que requiere que los dos estemos en un lugar donde ninguno de los dos esté interpretando un papel.

El silencio que siguió duró lo suficiente para que Cilia entendiera que ese hombre sabía exactamente lo que estaba haciendo, que había calculado cada palabra con la misma precisión con que calculaba un fondo de inversión y que eso, lejos de tranquilizarla,

era lo que hacía que el pulso se le acelerara de una manera que no tenía ninguna justificación profesional.

–Mándeme la dirección –dijo finalmente.

Wolf asintió con una sola vez, como si otra respuesta no hubiera sido posible, y eso fue lo que más la irritó de todo: que tuviera razón.