White Mountain (Black River 2) Epílogo
100%

Epílogo

Opi mira por la ventana de la habitación de Dusty.

Las hojas verdes del haya gigante distorsionan la vista de la parte inferior de la montaña, pero puede atisbar la línea reluciente del Black River que atraviesa el valle de abajo.

Una brisa cálida se cuela dentro, recogiendo los mechones de pelo de Opi que le caen alrededor de la cara, susurrándole que el verano ya está aquí.

Ha pasado todo un año desde que Dusty y ella fueron a recoger colmenillas. Un año desde que todo comenzó a cambiar.

Junto a ella en la cama, su hermana escribe a mano la última carta a su madre.

Han estado escribiéndose desde la primera vez que se pusieron en contacto con ella el último invierno.

Su padre también le ha estado mandando sus propias cartas.

Cree que pronto su madre estará lista para que ellos vayan a visitarla.

Una vez que se contentan con lo que le han dicho, Dusty se pone de pie y se mete la camisa de su nuevo uniforme por dentro del pantalón.

Opi sonríe.

—Dusty Silver, agente medioambiental.

—Creo que no lo he pensado bien, la verdad —responde Dusty—. No sé cómo seré capaz de llevar toda esta tela el resto del verano.

Opi suelta una carcajada.

—Te van a pagar para pasar los días en el exterior. Ve a nadar, refréscate, deja de quejarte.

Dusty le devuelve una sonrisa.

—Hablando de trabajo —contesta—. Ayer vi a Charlie. Me dijo que hoy por la mañana venía a recoger el cesto de Michelle.

Charlie es uno de los cuatro transformados que Michelle aca bó acogiendo. Uno de los que tenían hogares demasiado peligro sos como para regresar.

Todos han apoyado a Michelle y la han ayudado a pasar el duelo de todas las formas que han podido.

En el caso de Opi, ha sido ayudándola a sanar su cuerpo de los años que la sombra le arrebató.

Dado el hecho de que la mujer es la única persona en su casa que come, la muchacha se asegura de que esté bien abastecida de productos frescos, tés e infusiones.

Incluso le ha llevado algunas tinturas y adaptógenos especializados en los que ha estado trabajando, guiada por las plantas de la red micorrícica de la montaña, que le susurró que era buena para el sistema nervioso, pues ayudaba a que tanto el cuerpo como la mente de Michelle se recuperase.

No obstante, lo que más le ha servido a Michelle ha sido cuidar de los transformados. Ayudarlos a ajustarse a su nueva vida, darles una casa, permitirles mantenerse a salvo y amados. Visita la tumba de JD a diario y recoge las flores silvestres más bonitas que han crecido para marcar su tumba.

La agente Reed ayudó a facilitar la formalización legal del proceso de acogida.

Luego, tras completar el resto del papeleo relacionado con los asesinatos no resueltos de Kristen King y Andrew Everett, se había marchado del pueblo, asegurándole a todo el mundo que no existía ninguna relación entre los dos casos y los adolescentes de la White Mountain, y afirmando que no tenía interés en volver jamás.

El móvil de Dusty suena encima de su escritorio. Ella lo alcanza y se le dibuja una amplia sonrisa en la cara al tiempo que mira la pantalla.

—¿Qué sucede? —pregunta Opi.

Ella mantiene el teléfono en alto, revelando una foto de Mali y Kat de la mano mientras saltan desde la parte más alta de una cascada.

—Parece que Jamaica no les está gustando nada —bromea.

—No me puedo creer que se vayan a tirar viajando todo el verano.

—Lo sé —responde Dusty, aún sonriendo—. Pero vendrán a casa unas cuantas semanas antes de marcharse a Texas.

Aunque Opi sabe que Dusty echará de menos a su mejor amiga, es obvio que está contentísima por Mali.

Se oyen murmullos fuera.

—¡Estamos listos! —grita Eli.

Opi se pone de pie y una oleada de emoción la invade. No puede decir si es suya o de Eli.

Él ha estado en Tokio los últimos días en un evento de BMX. Le había pedido a Opi que lo acompañara, pero ella ya había ido a Suecia unas semanas antes y no quería dejar su huerto en este momento tan crucial. Al fin se siente ella misma otra vez.

En cuanto llegó anoche, el muchacho se había colado en la habitación de ella, la había besado y le había dicho cuánto la quería y la había echado de menos.

Sin embargo, entonces, había desa parecido fuera y le había obligado a prometer que no saldría y ve ría lo que estaba haciendo hasta que le dijera que estaba listo.

Opi se había estado volviendo loca intentando fingir que no podía oírlo en su huerto.

Y a Will también. Y cuando Dusty había entrado en su habitación para asegurarse de que no iba a ver qué estaban haciendo los chicos, Opi había decidido que la única forma de matar el tiempo era hacer que Dusty viera toda la adaptación de la BBC de Orgullo y prejuicio con ella.

—¡Venga! —vuelve a gritar Eli, cada vez más emocionado.

Al fin, las hermanas bajan corriendo, pasan por al lado de su padre, que se encuentra bebiendo en la cocina su café mañanero. Le hace un guiño cómplice a Opi y, después, señala con la cabeza la puerta trasera. Justo cuando la chica está a punto de salir fuera, Dusty la detiene.

—Espera —suelta, y luego le tapa los ojos con una mano y la guía despacio afuera, hacia el porche.

El aroma del huerto golpea a Opi con toda su fuerza.

Olores que el año pasado encontró irreconocibles ahora evocan una imagen de lo que hay ante ella tan clara que, a pesar de la mano de Dusty cubriéndole los ojos, es como si pudiera verlo: cantidades de plantas frondosas y verdes con zonas iluminadas por la luz del sol.

Caléndula, manzanilla y equinácea florecen en ráfagas de dorado y morado, y, detrás de ellas, unos tomates brillantes cuelgan de sus tallos.

A la sombra y entre el sotobosque, el jengibre silvestre crece abundante, cruzando el límite de la linde del bosque y esparciéndose hacia este.

Hoy, el olor a madera recién lijada y barnizada también está presente junto con los dos chicos, que se encuentran en algún lugar del huerto, aguardando.

—Vale —oye que dice Eli, sintiendo su impaciencia.

Dusty le da un empujoncito hacia delante, guiándola para que baje los escalones hasta el huerto.

Al instante, Opi se percata de la red que ha conectado bajo sus pies. La manera en la que fluye y crece, cuidando de su huerto incluso más que ella.

Su hermana deja caer la mano y ella parpadea para que los ojos se le acostumbren a la luz del sol.

A un lado de la gran variedad de plantas medicinales florecientes, ahora hay un invernadero impecable encajado en la ladera de la montaña.

Está construido con una madera cálida de color miel y cristal, y tiene un tejado a dos aguas que permite que la ligera luz del sol se cuele e ilumine las estanterías y las encimeras de madera preciosas, todas esperando que las llenen.

A un lado, se encuentran Eli y Will.

Eli está rebosante de alegría, con los ojos verdes brillando de anticipación a medida que se acerca a Opi y la levanta de la cintura para poder besarla.

Ella puede sentir la sonrisa detrás del beso y suspira, inhalando su dulce aroma a sol y a tierra.

Dusty se aclara la garganta.

—Bueno, chicos. Will y yo nos marcharemos pronto, ¿podríais…?

Eli suelta una carcajada y baja a Opi con cuidado. Ella vuelve a examinar el invernadero, sacudiendo la cabeza con asombro y asimilando lo que han hecho por ella.

—Gracias —dice, y de pronto se le humedecen los ojos y una emoción le sube por el pecho. Mira a Eli, luego a Will y, por último, a Dusty—. Gracias a todos, en serio. Es… perfecto.

Will se encoge de hombros.

—No hay de qué. Y, de todas formas, ha sido idea de Eli. Él se ha encargado de todo el transporte pesado.

—Aun así —contesta ella—. Se lo voy a contar a todos los jardineros y herbolarios que conozco.

Will sonríe y, a continuación, agarra a Dusty de la mano y se meten en la casa juntos.

Apenas pasa un segundo antes de que Eli tire de Opi para que lo mire otra vez y sus labios encuentren los de ella, sumergiéndose en un beso profundo que hace que a ella le invada cada centímetro de su ser.

La chica le envuelve la cintura con los brazos para atraerlo más cerca, con los dientes ya doliéndole mientras le hormiguea la lengua con la necesidad de más de él.

—Espera —repone, apartándolo para intentar apaciguar su sed.

Eli no tiene que preguntar por qué se ha detenido. Lo puede sentir.

A él se le dibuja una sonrisa irónica en el rostro. Alza la vista hacia la casa y comprueba si los están observando.

—Aquí no —espera Opi, riéndose. Desliza la mano en la de él y lo agarra—. Vámonos.

Corren montaña abajo; los sonidos y los olores del bosque le provocan un cosquilleo en la piel.

Cuando llegan al Black River, no aminoran el paso.

Saltan por un recodo estrecho que serpentea por la naturaleza.

Atraviesan los campos de flores silvestres, matorrales de hojas caducas y barrancos llenos de helechos, escalando peñascos con el tiempo justo para vislumbrar unas vistas perfectas y resplandecientes.

Ralentizan el ritmo cuando llegan a una arboleda de hayas jóvenes al fin.

El sonido del agua fluyendo resuena por todos lados, pero ahora todo eso se encuentra en el fondo de la mente de Opi. Eli ya se ha adueñado de toda su consciencia, su olor, la ligera calidez que él siente cuando la mira, cómo el corazón bombea sangre por todo su cuerpo.

Se detienen al borde del desfiladero de la mano mientras miran hacia abajo, hacia el río que discurre por sus profundidades.

Opi puede ver el saliente en el que se hallaban cuando por primera vez se alimentaron el uno del otro.

El jengibre silvestre cubre las paredes rocosas encima de ellos, rebosante de brotes nuevos y rocío de la mañana que gotea de las hojas al desfiladero.

—¿Lista? —le pregunta Eli.

Opi le da un apretón a su mano callosa y deja que cada fibra de su amor la recorra, y le devuelve a él a cambio todo el suyo. Sonríe.

—Lista.

Cuando saltan al vacío, lo siente más que nunca: la vida es pura magia.