Wells (El legado Stone) Epílogo #3
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Epílogo #3

Por norma no contesto números ocultos, pero algo en este momento, el peso de ese móvil vibrando contra la madera en un bar donde se supone que debería estar relajándome con mis hermanos, me hace descolgar.

—Sí —mantengo la voz neutra, sin revelar nada.

Primero hay estática en la línea, la justa para aguzar mi atención antes de que una voz la atraviese. Es grave y deliberadamente distorsionada, el tipo de alteración que requiere esfuerzo.

—701 Poydras. Ven solo. Ahora.

La línea se corta antes de que pueda responder.

Apago la pantalla y dejo el móvil sobre la mesa mientras proceso la dirección.

Es un almacén nuestro en la zona del río del Warehouse District, arrendado a Gulf Meridian Imports para almacenamiento de excedentes.

Una propiedad en la que no he pensado en meses porque funciona sola y genera los ingresos justos para que merezca la pena conservarla.

Nadie llama por esa dirección. Nadie tiene motivo para hacerlo.

—¿Todo bien? —pregunta Wells desde el otro lado de la mesa, con la misma calidez despreocupada de siempre en la voz, aunque sus ojos ya se han afilado como cuando intuye que algo va mal.

Me guardo el móvil en el bolsillo de la chaqueta, apuro lo que queda del bourbon de un solo trago y dejo el vaso antes de apartarme de la mesa sin prisa.

—Sí —digo, y la mentira sale tan fluida que casi me la creo yo mismo—. Solo tengo que comprobar una cosa. Vuelvo enseguida.

Wells levanta una ceja una fracción de centímetro, lo que viniendo de él es prácticamente un escándalo.

Pero no insiste, y yo no doy más explicaciones, porque lo que sea que haya en ese almacén es asunto mío hasta que sepa lo contrario.

Meter a mis hermanos en algo antes de haberlo evaluado no va conmigo.

Cruzo el bar sin prisa, saludo con un gesto al dueño cerca del pasillo trasero y empujo la puerta hacia la espesa noche de Nueva Orleans. Ya tengo el mando del coche en la mano cuando la puerta se cierra a mi espalda.

El reloj marca las once y cuarenta y siete. Sea lo que sea esto, sabré a qué me enfrento antes de medianoche.

La calle está en calma de un modo que resulta inquietante antes de que pueda identificar por qué. Es el tipo de silencio que se posa sobre una manzana cuando lo que estaba ocurriendo allí acaba de terminar, sin dejar más que su huella.

Unos cuantos coches están aparcados junto al bordillo, con las ventanillas empañadas por el frío inusual que sube del río.

En algún lugar a mi espalda, las últimas notas de una banda de metales se disuelven en el hueco entre edificios; el saxofón se sostiene un compás más que el resto antes de desvanecerse también.

Detengo el Aston junto al bordillo dos manzanas antes de la dirección y apago los faros. Me quedo un momento en la oscuridad con el motor al ralentí. Examino la calle como mi padre me enseñó a leer una habitación antes de entrar.

La niebla ha entrado baja y espesa desde el Misisipi, pegada al asfalto roto, y las farolas apenas logran nada contra ella salvo formar charcos de luz mortecina a sus pies.

Nada se mueve. Ni peatones, ni vehículos al ralentí, ni siquiera el ruido de fondo de una ciudad que nunca duerme del todo. El silencio es deliberado, como solo lo es cuando alguien lo ha provocado hace poco.

Apago el motor.

El almacén del 701 de Poydras es una de las cerca de doce propiedades que Stone Intermodal tiene en el distrito. Un almacén de excedentes que arrendamos, el tipo de activo que genera ingresos discretos y apenas exige nada a cambio.

No hay motivo para que alguien me cite aquí a medianoche a menos que algo haya salido muy mal. Que quien llamó no se identificara me dice que o sabían que no vendría si lo hacían, o no podían arriesgarse a ser localizados.

Ninguna opción me sienta bien.

Meto la mano bajo el asiento para sacar la Sig de su funda. El equipo de seguridad instaló el compartimento oculto el día que asumí el cargo de vicepresidente ejecutivo.

Fue la misma tarde en que me dijo que las rutas marítimas entre aquí y el Golfo valían más que los presupuestos de defensa de la mayoría de países, y que los hombres poderosos se crean enemigos poderosos sin siquiera pretenderlo.

No discutí con él entonces. No discuto con él ahora, ni siquiera en el recuerdo.

El arma está fría y pesa más de lo que debería para algo que rara vez he tenido motivo de usar. Me la encajo en la cintura con la incomodidad ensayada de quien la lleva porque se lo prometió a alguien, no porque le resulte natural.

Fuera, la manzana está tan silenciosa como parecía a través del cristal.

El almacén está a unos cuarenta y cinco metros, achaparrado y a oscuras contra la noche salvo por un hilo fino de luz amarilla que se filtra desde algún lugar del interior.

Apenas tiene fuerza para llegar al suelo, pero es una de las pocas fuentes de luz en la calle, aparte de las farolas que zumban.

El tiempo se ha llevado la mayor parte del edificio con la lentitud paciente con que se van las cosas abandonadas. Las ventanas están reventadas, el revestimiento metálico deformado y corroído por la sal, la pintura reducida a un recuerdo.

Nada en él encaja con las calles iluminadas a una manzana de distancia, y precisamente por eso resulta útil para quienes necesitan un lugar que pase desapercibido.

Avanzo pegado a la pared del edificio, por el lado que da al río, lo bastante cerca ya para ver la ventana rota y el fino hilo de luz amarilla que se filtra desde las profundidades del interior.

Sea lo que sea lo que está iluminado ahí dentro, queda muy alejado de la entrada, lo que significa que quien hizo esa llamada quería pasar inadvertido desde la calle, y casi lo consiguió.

Bordeo el edificio hasta la puerta de carga, que ha quedado entreabierta. La abertura es lo bastante amplia para que el olor me alcance antes de decidirme a entrar.

Sangre, no fresca, del tipo que ha tenido tiempo de asentarse en el hormigón y volverse parte de él. Por debajo, hay algo completamente distinto, algo que pertenece a una habitación de hospital y que no pinta nada en un almacén a medianoche en el lado malo del río.

Empujo la puerta de carga y me engancho la base de la palma en un trozo de metal dentado del marco. El dolor es agudo e inmediato.

Me acuno la mano contra el pecho para que la sangre no manche la chaqueta, un reflejo que habría hecho reír a mi padre: ver a su hijo de pie en un almacén a medianoche, sangrando y preocupado por la lana italiana.

En el extremo opuesto del edificio, una segunda puerta oscila sobre sus goznes justo cuando levanto la vista. Durante un instante, el tiempo justo para captarlo y nada más, un hombre cruza el hueco que se estrecha bajo la luz del techo.

El hombre vuelve la cabeza cuando la puerta se cierra tras él, como hace la gente cuando algo la sobresalta, y la bombilla ilumina el lado izquierdo de su cuello con claridad suficiente para que lo vea antes de que la oscuridad se lo trague.

Tiene un angioma que le baja desde la mandíbula hacia el cuello de la camisa, tan distintivo que sé que lo he visto antes.

Luego desaparece, y la puerta completa su vaivén. El edificio queda en silencio salvo por el lento crujido de la bombilla colgando de su cable.

Cruzo la nave. Y entonces lo veo.

Mi padre está atado a una silla que han atornillado al hormigón. Su quietud es absoluta, del tipo que lo dice todo antes de dar otro paso.

Me detengo de todos modos, porque mi cuerpo necesita un momento que mi mente ya ha dejado atrás, y me quedo ahí en la penumbra oscilante mientras el mundo exterior sigue su curso, ajeno a que algo irreversible acaba de ocurrir en este edificio, en una calle que nadie vigila esta noche.

Saco el teléfono de la chaqueta y llamo a Vin. Responde al segundo tono.

—El almacén en el 701 de Poydras —digo, y la voz me sale firme a un precio que todavía no sé nombrar—. Mi padre está muerto.

Le doy un momento para asimilarlo y continúo antes de que pueda responder.

—Había un hombre con un angioma en el lado izquierdo del cuello, debajo de la mandíbula. Quiero que lo encuentren antes del amanecer.

Cuelgo sin esperar respuesta y recorro la distancia que me separa de mi padre.

De cerca, su quietud es peor que desde el otro extremo de la nave. Es una quietud que pesa.

Me agacho junto a la silla y poso la mano ilesa sobre su hombro. Durante un momento, me quedo ahí, inmóvil, mientras el pavor se abre paso dentro de mí, asentándose en lugares que no tienen espacio para él.

Toda mi vida fue intocable.

Ahora entiendo que él ya sabía qué tipo de prueba tendría que afrontar tarde o temprano. No estoy seguro de que supiera que llegaría así. Pero aquí estamos.

Aparto la mano de su hombro, resbaladiza de sangre, y me la limpio en los pantalones sin pensar mientras me pongo de pie. No hay tiempo para esto. Él sería el primero en decirlo.

Para esto me preparó. No para las rutas de envío ni los contratos ni los plazos aduaneros. Para esto. Para el momento en que la ciudad descubra quiénes son los Stone sin Robert Stone al frente.

Me yergo, me ajusto la chaqueta y me dirijo hacia la puerta.

Termina Ridge aquí.