Wells (El legado Stone) VEINTICINCO
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Cera

Miércoles de Ceniza: La mañana después de la juerga, a los fieles les marcan la frente con ceniza y les recuerdan que son polvo; la ciudad pasa de la indulgencia al ajuste de cuentas de la noche a la mañana.

Ella elimina los últimos restos del disfraz por el desagüe y vuelve a contar lo que le costó la mentira.

Una parte fría de mí que ha logrado mantenerse entera todo el día siente satisfacción al ver cómo por fin le cae el veinte. Se le tensan los hombros. Sus ojos buscan en mi rostro algo que no encontrará.

Retrocedo del marco de la puerta, y el movimiento lo hace dar un paso hacia delante, apenas medio, como si pensara que voy a cerrarle la puerta en la cara.

Quiero hacerlo.

Desde que salí de su apartamento a la una de la madrugada, lo único que he querido es borrar su número, olvidar el nombre de Wells Stone y no volver a hablarle jamás.

—Cera.

Le sale la voz ronca al decir mi nombre, como si estuviera pidiendo permiso para seguir hablando.

Niego con la cabeza.

—No. No hay nada de qué hablar, Wells.

—Escúchame, por favor.

—No quiero oír nada de lo que tengas que decir ahora mismo.

—Cera...

—Sal de mi edificio, Wells.

No se mueve. Levanta la mano y la apoya contra el marco de la puerta; la vena del cuello le palpita. Se le acelera la respiración, lo suficiente como para que pueda oírla por encima del zumbido de la luz fluorescente del pasillo.

—Déjame explicarte.

—¿Cómo se explica una mentira?

—No mentí.

Se me escapa una risa rota. Sé que probablemente parezco una loca y sueno como tal, porque lo estoy. Esto me ha llevado al límite.

—¿Que no mentiste? ¿Lo dices en serio?

—Nunca te dije que no era él.

—Porque no sabía que tenía que preguntarlo, Wells. Ocultar información es mentir. No me insultes encima de todo lo demás.

Se le tensa la boca y deja caer la mano del marco de la puerta. Su mirada pasa por encima de mí hacia el apartamento, recorriendo la habitación como si buscara algo que arreglar o de lo que protegerse.

—Déjame entrar para que podamos hablar.

—No.

—Entonces escúchame.

Se me sube la voz y la presión aumenta en la base del cráneo, esa que aparece justo antes de perder el control por completo.

—Te dije que te fueras.

Él también alza la voz, y de repente soy consciente de que los dos estamos hablando demasiado alto para este pasillo, para este edificio, para la gente al otro lado de estas puertas que probablemente puede oír cada palabra.

—No puedes tirar esto a la basura sin entender todo lo que nos trajo hasta aquí.

—No te debo nada.

—No me debes nada, tienes razón. Pero te lo estoy pidiendo.

Una puerta cruje al abrirse al fondo del pasillo. No miro, pero sé que estamos llamando la atención. El rostro de una mujer aparece en mi visión periférica, con ojos curiosos. Estamos dando el espectáculo.

Me arde la cara. Este es mi espacio, mi edificio, el único lugar que recuperé para mí después de que todo se derrumbara, y ahora él está aquí montando un numerito.

Pero no es por eso por lo que retrocedo. Hay una parte enferma de mí, la que me susurra en el fondo de la cabeza que nunca conseguiré el amor verdadero que siempre he querido, un amor distinto al que conocí toda mi vida. Quiero oír por qué mintió para poder justificarlo.

—Bien. Entra.

Cierro la puerta detrás de él, y el chasquido del pestillo resulta demasiado insignificante para lo que acaba de entrar.

Wells avanza hasta el centro de la habitación, pero no va más allá.

Se detiene cerca de la mesa de centro, con las manos colgando a los lados y los hombros erguidos.

Parece más grande aquí que en su piso, con techos el doble de altos y sin paredes, solo cristal.

Llena el espacio hasta que no puedo respirar.

Me alejo de él, rodeando el sofá, poniendo muebles entre nosotros.

Me cruzo de brazos y me clavo los dedos con tanta fuerza que me corto la circulación. Es lo único que me mantiene entera.

—Venga, suéltalo, y luego lárgate de aquí y de mi vida.

Abre la boca y luego la cierra. Traga saliva sin apartar los ojos de los míos.

—Al principio no lo sabía.

No le creo. Y aunque fuera verdad, no hay plazo que lo justifique.

—¿Cuándo?

Duda, y veo que está sopesando cada palabra. No tengo tiempo ni paciencia para andarnos con rodeos. Quiero la verdad desnuda, sin adornos.

—Wells. ¿Cuándo te diste cuenta?

—Hace unas semanas.

Se me escapa todo el aire de los pulmones. Unas semanas. Cuento hacia atrás mentalmente. Pienso en todo lo que pasó después de que lo supiera.

—Lo has sabido durante semanas. Me besabas, me hacías el amor, hacías que me importaras, que confiara en ti como nunca he confiado en nadie... y no dijiste ni una palabra.

—No quería perderte.

—Pues acabas de conseguirlo a toda velocidad.

Da un paso hacia delante y levanto una mano. Se detiene.

Se me quiebra la voz y trago con fuerza, obligándome a sacar las palabras antes de que se me escapen.

—Descubriste quién era yo y actuaste como si no lo supieras. Cogiste la versión de mí que le mostré a una pantalla negra y la usaste para acercarte a mí. Hay cosas que sabes de mí que nunca te conté, y eso es una puta mierda.

Se estremece.

—Solo uno de nosotros estuvo a oscuras todo el tiempo, y fui yo. Dios, no te haces idea de lo cabreada que estoy ahora mismo.

—No fue así.

Cierra la boca y vuelve a abrirla para decir algo más, pero no le sale nada. Levanta la mano y la deja caer.

Niego con la cabeza. La presión detrás de mis ojos aumenta tanto que tengo que parpadear para despejarlos.

—Te lloré.

Las palabras salen en carne viva, y veo cómo le golpean más fuerte que todo lo que he dicho hasta ahora. Se le corta la respiración. El rostro se le queda laxo, palidece de golpe, y clava los ojos en los míos.

—Cuando Midnight desapareció, me quedé sentada en mi escritorio en tu edificio y lo lloré.

Me dolió de verdad, Wells. La forma en que desapareciste, lo borraste todo y te marchaste sin decir una palabra fue cruel.

¿Lo hiciste así para que recurriera a Wells, para tenerme para ti solo, aprovecharte de mi vulnerabilidad para controlar lo que estábamos construyendo?

Se lleva la mano a la cara y se la pasa hacia abajo, con la boca abierta, sin emitir sonido.

El silencio se alarga. Espero a que diga algo, lo que sea.

—No demuestras tu inocencia diciéndome que la mentira fue reciente. Estás confesando que cada día desde que lo descubriste elegiste no decírmelo. Y los días que más me importaron fueron aquellos en los que seguiste optando por el silencio.

Exhala con fuerza, se le caen los hombros, y cuando habla su voz suena ronca y quebrada.

—Tienes razón.

Que me dé la razón me golpea más fuerte que si hubiera discutido. Quería que se resistiera, que me diera algo contra lo que pelear, que me demostrara que estoy equivocada, que me mostrara en qué esto es diferente.

No hay defensa, ni excusa, ni intento de suavizar lo que hizo.

Abre los ojos y me mira directamente.

—Le diré a quien quieras lo que hice, cómo te traicioné. A Ridge. A RRHH. A tu amiga. Nunca volveré a mentirte, nunca te ocultaré nada.

Está intentando que esta mentira sea diferente de aquella sobre la que mis padres construyeron nuestra vida. Pero lo que no entiende es que la mentira original, la traición, es lo que importa. Y eso no se puede deshacer, diga lo que diga o haga lo que haga ahora.

—Da igual.

Se queda inmóvil.

—Da igual cuánto lo sientas, Wells. Puedes estar destrozado y tatuártelo en la frente, pero eso no cambia lo que ahora sé.

Su expresión cambia, y veo la pregunta antes de que la formule.

—¿El qué?

—Que no puedo ser amada sin que haya una mentira de por medio. Que siempre soy la última en enterarme de la verdad sobre mi propia vida.

Veo cómo mis palabras le golpean. Deja caer la mano del pecho. Su respiración se vuelve entrecortada.

Gira la cabeza hacia un lado y aprieta los labios antes de volverse hacia mí y clavarme la mirada.

—No pienso seguir con esto, Wells —digo con calma—. No hay nada que puedas decir o hacer que deshaga lo que has hecho. Nunca volveré a confiar del todo en ti, y no puedo vivir así.

Respiro hondo, y duele al entrar.

El silencio se alarga. Lo veo aceptarlo. No puede rebatirlo. No puede suavizarlo. Asiente una vez y me sostiene la mirada.

Me doy cuenta de que no va a intentar hacerme cambiar de opinión.

Eso debería ser un alivio.

—Necesito que te vayas.

Se endereza y se vuelve hacia la puerta. Se mueve despacio. Agarra el pomo y se detiene.

Me obligo a hablar antes de que se me escapen las palabras.

—Voy a dejar Stone Intermodal.

Gira la cabeza pero no llega a mirarme.

—No puedo entrar en ese edificio y sentarme frente a ti. No puedo trabajar y fingir que esto no ha pasado. Es demasiado doloroso.

Ahora me mira, con una expresión indescifrable.

—No dejes que te lo arruine todo. Puedo trasladarte, hacer que dependas de otra persona.

—Ya lo he decidido.

—¿Qué harás? —su pregunta suena a control. Me transforma la tristeza en ira otra vez.

—Lo que haga no es asunto tuyo, Wells.

—Cera —empieza, pero no termina la frase. Prefiero no saber lo que iba a decir. Es mejor para todos hacer un corte limpio.

—Me aseguraré de que recibas una indemnización.

No sé qué decir. Me vendrá bien, así que no lo rechazo.

Asiento.

—Vale.

Me observa un instante más, luego abre la puerta y sale al pasillo. El pestillo chasquea al cerrarse tras él, y el sonido es demasiado leve para lo que acaba de terminar.

Me quedo mirando la puerta, esperando a que llegue el alivio. No llega. No discutió ni insistió. Hizo lo que le pedí y se fue. Quiero odiarlo por irse, pero no puedo, y eso de algún modo es peor.

Espero el sonido del ascensor.

Y llega. El suave timbre, el zumbido mecánico, y después las puertas cerrándose con él dentro.

Después, silencio.

Se me aflojan las rodillas y me doblo hacia delante, con una mano apoyada en la puerta para no caerme. La otra me la llevo a la boca, apretando con fuerza suficiente para que duela. Mi aliento choca contra la palma, acelerado, y no consigo frenarlo.

Me dejo caer al suelo.

La madera dura se me clava en las rodillas, y las subo hasta el pecho, rodeándome las espinillas con ambos brazos. Dejo caer la frente y cierro los ojos con fuerza, pero las lágrimas brotan igual.

Me mantengo entera hasta que me duelen las costillas del esfuerzo, hasta que los dientes me duelen de apretarlos y la garganta me arde de contenerlo todo.

Entonces dejo de intentarlo.

El primer sollozo sale áspero y me abre en canal. El resto se derrama después, ese llanto que te deja temblando, jadeando, sin poder coger aire. Me encojo más y me balanceo hacia delante hasta que la frente se me apoya en las rodillas y el mundo entero se reduce al sonido de mi propio derrumbe.

Lloro hasta que no queda nada, hasta quedar exprimida, con la cara hinchada y en carne viva.

Levanto la cabeza y me limpio los ojos con el dorso de la mano. El teléfono sigue en la mesita donde lo dejé cuando Wells aporreó la puerta mientras hablaba con Locke. Lo cojo para devolverle la llamada, como le prometí.

Contesta al segundo tono.

—¿Cómo fue?

—Horrible. Nunca habría pensado que lo vería así, tan destrozado. Pero le dije que no puedo, que no lo haré.

—Bien.

Esa única palabra me estabiliza.

—También le dije que renuncio.

Locke exhala lentamente.

—No sé qué estoy haciendo —digo, sin más lágrimas que derramar.

—Sí lo sabes. Te estás eligiendo a ti misma.

Deja que el silencio se pose entre nosotros un momento, y luego su voz regresa más firme.

—No parece que me esté eligiendo a mí. Duele muchísimo.

Me llevo la mano al pecho, y el ritmo irregular de mi corazón late bajo la palma.

—Te mandé la información del ashram, el de Kerala. Quiero que te plantees seriamente ir. Te ayudará a sanar.

Niego con la cabeza aunque no puede verme.

—Locke, no puedo dejar el apartamento. No puedo simplemente irme…

—Sí puedes.

—El contrato de alquiler. Las facturas. No tengo tanto dinero ahorrado.

—Tienes suficiente. ¿No dijiste que tu contrato es de mes a mes desde antes de que Mierducho se fuera? Da el aviso y ya te preocuparás de lo que venga cuando llegue el momento. Suelta el apartamento, suelta el trabajo, suéltalo todo.

Cierro los ojos y asiento.

—Vale.

—¿Lo mirarás?

—Sí, lo haré.

Termino la llamada y me quedo ahí sentada con el teléfono en el regazo durante no sé cuánto tiempo. Hoy el tiempo no tiene sentido. Todo es borroso, como si chapoteara en el barro, intentando llegar a tierra firme.

Me levanto y voy al sofá, me pongo el portátil en las rodillas y abro el contrato de alquiler para confirmar que es de mes a mes. Lo es, tal como recordaba, tal como Cas me echó en cara cuando me pidió que nos mudáramos a algo más pequeño después de perder el trabajo.

No lo hice entonces. No estaba lista. Pero Locke tiene razón. Necesito despejarlo todo, quitarme de encima las presiones y el estrés, y empezar de cero.

Le escribo al casero un correo breve dando aviso de treinta días y lo envío antes de pararme a pensar que esto es completamente irresponsable.

Luego abro un correo en blanco para Sandra Benney.

Escribo tres líneas.

Renuncio a mi puesto con efecto inmediato. Necesito tomarme un tiempo para cuidar de mi salud mental. Gracias por la oportunidad.

Lo leo dos veces. Es sencillo y sincero. No lo suavizo para que nadie se sienta más cómodo.

Pulso enviar.

La pantalla del portátil parpadea y el correo desaparece en la carpeta de enviados. Lo cierro y dejo el portátil en la mesita, luego me recuesto en el sofá. Esas dos tareas me dan un poco de alivio, como si por fin estuviera haciendo algo.

También me asustan hasta la médula.