Wells
VEINTIDÓS
La sonrisa fija: Una máscara de carnaval está diseñada para mostrar siempre la misma expresión, sin importar qué se agite debajo: un rostro que tranquiliza a la multitud mientras oculta sus verdaderas intenciones.
El rostro afable al otro lado del mostrador irradiaba calma y buena voluntad, apartándolo con suavidad de la verdad.
Estoy de pie en el césped, preguntándome por qué acepté esto y si aún puedo escapar antes de que Cera me vea.
El sol ya me castiga la nuca. El parque es amplio, llano y completamente abierto: sin paredes, sin pantallas, sin sombras que sirvan de refugio.
Las familias extienden mantas sobre el césped.
Una mujer con mallas verde neón ajusta un altavoz portátil.
Un hombre de unos sesenta años desenrolla una esterilla cerca de un árbol.
Cera me convenció. Dijo que era para principiantes, suave, y que era imposible quedar en ridículo. Me prometió que la instructora no señalaría a nadie y que la mitad de los asistentes serían novatos buscando una excusa para hacer algo saludable al aire libre.
Normalmente evito lo saludable y el aire libre siempre que puedo.
No sé cuándo empezó a pasar. Cuándo acompañarla en lo que le apasiona se convirtió en algo que yo también quería.
No quiero ser el hombre que observa desde la distancia o paga por privacidad mientras otros viven sus vidas.
Quiero ser el hombre que planta los pies en el césped con una esterilla prestada bajo el brazo porque ella se lo pidió.
Eso no significa que mi cuerpo sepa qué hacer con tanto espacio abierto.
Cera me saluda desde el extremo más alejado del grupo, con dos esterillas ya desenrolladas frente a ella.
Camina hacia mí descalza, con mallas y una camiseta ajustada, el pelo recogido en un moño bajo.
La luz del sol arranca destellos dorados de su cabello castaño.
Parece completamente a gusto. Yo parezco un hombre que no pinta nada aquí.
—Parece que estás buscando una ruta de escape.
—Eso implicaría que solo hay una.
Sonríe y se detiene frente a mí. Su mirada recorre el atuendo de yoga que he elegido. Se pone de puntillas y me besa en los labios. Eso hace que todo valga la pena.
—¿Vas a quedarte ahí plantado, estando tan guapo que no hay derecho, o vienes conmigo a prepararte?
Cierro los puños y me los meto en los bolsillos.
—El sol es agresivo.
—Eso se llama luz del día, Stone. Es nuevo para ti, lo sé.
Quiero responder algo, pero la instructora llama a todos para que se acomoden, y Cera señala con la cabeza el espacio libre junto a su esterilla.
—Vamos. Sobrevivirás.
La sigo hasta el sitio que ha reservado y me arrodillo. La esterilla que me ha traído es rosa fucsia con dibujos de estilo henna. Va totalmente conmigo.
La instructora se presenta como Marla y nos pide que nos sentemos cómodamente en nuestras esterillas.
Me siento, cruzo las piernas y me doy cuenta de inmediato de que cómodo no es la palabra para esta posición.
Las caderas me protestan. Las rodillas me quedan flotando torpemente fuera de la esterilla.
Cambio el peso de sitio y noto cómo tira la parte de atrás de los muslos.
Cera se sienta a mi lado con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas, sin inquietarse, sin incomodidad, sin esfuerzo visible. Me pilla mirándola y levanta una ceja.
—Relájate. Será fácil.
—Nada de esto es fácil.
Marla pone la música, algo instrumental con flautas y un ritmo demasiado tranquilo para la tensión que tengo en la zona lumbar. Nos dice que cerremos los ojos y respiremos. Cierro los ojos. Respiro. Ya estoy contando los minutos para que esto acabe.
—Ahora lleven las manos al centro del corazón —dice Marla.
Abro los ojos y miro alrededor. La mayoría tiene las palmas juntas frente al pecho. Imito la posición. Creía que el yoga era lo contrario del estrés.
Los hombros se me suben hasta las orejas. Cera se inclina y me toca el hombro con suavidad sin romper su postura.
Bajo los hombros y, sorprendentemente, la tensión se alivia. Me relajo un poco.
Miro a Cera. Sus movimientos son fluidos, cada cambio preciso y controlado. Me pilla observándola.
—Respira hondo. Ve a tu ritmo.
Exhalo. La espalda se me afloja, no mucho, pero lo suficiente.
Pasamos al perro boca abajo. Marla explica la posición. Me impulso hacia arriba y los isquiotibiales me arden de inmediato. Los talones no me llegan ni de lejos al suelo; quedan a unos cinco centímetros del césped.
Cera adelanta las manos caminando y se incorpora, pasando a la siguiente posición antes de que Marla termine siquiera la indicación. Yo me quedo donde estoy, atascado en este ángulo invertido, con los brazos temblando.
—Wells.
Giro la cabeza. Se ha agachado a mi lado, con una mano en el omóplato.
—Dobla las rodillas. No es un examen.
Doblo las rodillas. La presión se alivia. Puedo volver a respirar.
—¿Mejor?
—Sobrevivible.
Sonríe y vuelve a su esterilla.
Paso el siguiente tramo medio paso por detrás de todos, copiando a quien pille desde mi posición, mientras Cera fluye por las posturas como si su cuerpo ya conociera cada forma.
La mano me va sola hacia el bolsillo. Me detengo a medio camino, los dedos rozando la tela donde estarían los cigarrillos si los hubiera traído. Dejo la mano ahí un segundo y luego la bajo.
Marla nos dice que nos tumbemos boca arriba.
Me dejo caer sobre la esterilla, el césped blando bajo la fina capa de espuma.
El sol me calienta la cara. Cierro los ojos.
La respiración se me ralentiza. Del altavoz portátil sale una melodía suave, bastante relajante.
Nadie me observa. Nadie necesita que tome una decisión.
Cera se mueve a mi lado. Su mano roza la mía sobre el césped, entre nuestras esterillas. No la aparta. Nos quedamos así varios minutos: la música, el césped, su mano.
Todos enrollan sus esterillas mientras yo me pongo de pie e intento averiguar cómo enrollar la mía sin que se arrugue por los bordes.
Las piernas me pesan menos, casi me resultan extrañas, y el sudor que se me enfría en la nuca es una sensación desconocida pero no desagradable.
El aire de la mañana huele más limpio después de haberme movido.
—Sobreviviste.
La miro. Se coloca la esterilla bajo el brazo y se aparta un mechón de pelo húmedo de la frente.
—Estoy pensando en pedir una segunda opinión.
—Lo hiciste mejor que la mayoría en su primer intento. En serio. La gente piensa que el yoga es fácil, pero no lo es.
—¿Mejor que la mayoría, eh? No sé si eso es del todo un cumplido, pero lo acepto.
Sonríe y echa a andar. La sigo con la esterilla todavía torcida bajo el brazo.
Nos dirigimos hacia Magazine Street, donde Cera mencionó una tienda de zumos a tres manzanas del centro recreativo.
El barrio va cambiando a medida que caminamos.
Las casitas pintadas cerca del parque dan paso a edificios comerciales más antiguos con toldos oxidados y letreros descoloridos.
Una barbería con las ventanas tapadas con cinta adhesiva está junto a una tienda de segunda mano que no parece abierta.
La acera está llena de grietas bajo nuestros pies.
Los cigarrillos están en el coche, donde los dejé antes de la clase, y en algún momento después de la segunda manzana me doy cuenta de que no me han apetecido. Lo añado a la lista de cosas de esta mañana que no encajan con el hombre que era hace un mes.
Cera se detiene frente a un antiguo edificio de estilo gótico. Parece que fue un almacén en su día, de cuando el río aún llegaba hasta aquí. Abandonado entre casas y negocios más pequeños, destaca sin duda.
Tiene dos plantas, de ladrillo, con altas ventanas en la fachada ocultas tras tablones de contrachapado. Los grafitis se extienden en espiral por la mitad inferior de la fachada. Las ventanas de arriba están intactas pero sucias. Un cartel de «se alquila» cuelga torcido en una esquina.
—¿No es genial este edificio?
Me detengo a su lado.
—¿En serio? A mí me parece bastante deteriorado.
—Tiene buena estructura. Mira esas ventanas. Quita el contrachapado y deja entrar la luz, y tendrías luz natural del este. Sería perfecto para un estudio en este barrio. Me encanta venir aquí a soñar despierta.
Inclina la cabeza, sin dejar de mirar.
—¿Quieres vivir aquí?
—No, tonto. Para los niños del centro recreativo. Creo que sería un centro de yoga increíble para ellos.
Su voz cambia, se vuelve más ligera, casi burlona, pero el peso que hay debajo no desaparece.
Me mira con media sonrisa y echa a andar de nuevo antes de que pueda decir nada.
Echo un vistazo al edificio y me detengo un momento.
—¿Vienes?
Cera ya está media manzana por delante. Corro para alcanzarla justo antes de girar en Leake Avenue. El local es la segunda puerta. Tiene un letrero pintado a mano que solo dice ZUMO en rojo.
—¿Cuál es tu veneno?
—Nicotina.
—Bien. Vamos a purificarte de eso. ¿Te importa si pido por ti?
—Mientras sepa bien. Nada verde ni que sepa a tierra.
—Déjalo en mis manos.
Pide la «Cura Cítrica», que lleva zumo de naranja, zanahoria y jengibre.
Cera quita las envolturas de dos pajitas y mete una en cada vaso. Ha pedido algo verde, tan espeso que tiene que removerlo para que fluya.
—¿Qué es eso?
—Espinaca, limón, piña y jalapeño. Es mi favorito. ¿Quieres probar?
—Paso. El mío está genial, eso sí. Gracias por pedirlo.
Salimos y volvemos por una ruta diferente hacia el este por Magazine.
El barrio sigue siendo duro y desgastado a nuestro alrededor.
Lavanderías, tiendas de licores con ventanas enrejadas y letreros que prometen dinero por oro se suceden en esta parte del barrio, a solo una manzana de la que tomamos antes.
El sol ya está en lo alto. El sudor se me acumula en la nuca.
Veo a unos niños sentados en el tejado de una casa, tirando bayas hacia abajo.
—Mira a esos niños allá arriba —digo, señalando.
—Me encantaba subirme al tejado cuando era niña. Allá arriba me sentía invencible.
Habla en voz baja. No le digo que ya sé que pasaba mucho tiempo en el tejado.