Wells (El legado Stone)
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Wells
DOS
El Dominó: El dominó es una capa con capucha y máscara que borra por completo a quien la lleva: la forma y la voz desaparecen hasta que nada identifica al portador. Él lo dirige todo desde dentro, una figura en la oscuridad que no responde a ningún nombre.
La pantalla brilla frente a mí, la única luz en la habitación. Mi lado de la conexión es un rectángulo negro y plano. El suyo ocupa toda la pantalla, en color, con cada detalle nítido de ella: su máscara negra y sus labios rojos.
Se mueve para ajustar el ángulo de la cámara, y la máscara atrapa la luz.
El encaje negro con diminutas piedras de estrás alrededor de las aberturas para los ojos está jodidamente bueno.
Flores de seda se agrupan sobre su mejilla derecha, suavidad que intenta ocultar el peligro.
La nariz moldeada baja hasta cubrir casi todo su rostro, dejando solo la boca y la barbilla al descubierto.
Esa boca. Jodeeer, esa boca.
Su cabello rubio platino cae liso justo por encima de los hombros, demasiado perfecto para no ser deliberado. Sus ojos azules permanecen fijos en la pantalla a través de los huecos de la máscara, obedientes, exactamente donde le dije que los mantuviera.
Buena chica.
—Estás callado esta noche, Midnight —dice.
Su voz llega clara y cálida, sin vacilación. Se reclina contra el cabecero con las rodillas levantadas y una mano apoyada en el muslo.
Cojo el cigarrillo que arde en el cenicero, doy una calada y exhalo hacia el techo. El modulador zumba grave bajo mi voz cuando respondo.
—Solo te estoy mirando.
El tono baja, se aplana y suaviza los bordes, convirtiéndola en mi voz pero sin sonar en absoluto como yo. Lo construí yo mismo para garantizar el anonimato total. No suelo hablar en público, así que dudo que ella me haya oído en la CNN ni nada parecido. Pero más vale prevenir.
Inclina la cabeza con una leve sonrisa asomando en sus labios.
—Puedes mirarme todo lo que quieras, cariño.
—Me quedo con eso. Aunque me gusta cuando me llamas Midnight —le digo. No tengo nada de dulce.
—De acuerdo, Midnight.
—Así es.
—¿Quieres verme hacer algo para ti, entonces, Midnight?
El aire acondicionado se enciende y un zumbido mecánico constante llena el silencio entre nosotros.
Mi ático está a oscuras salvo por los monitores y la luz difusa del río que se desliza más allá del cristal.
Treinta pisos más abajo, el Misisipi se mueve como un músculo negro a través de la ciudad.
Una bocina suena a lo lejos, sobre el agua.
Más allá, el Barrio Francés deja escapar graves y risas hacia la noche, amortiguados por la altura, las ventanas selladas y el dinero. Todo se queda ahí fuera.
Aquí dentro solo estamos nosotros dos.
Se pasa una mano por el cabello rubio y libera un mechón que se le había pegado al pintalabios rojo.
Cuando se mueve en la cama, capto el destello de plata en el ombligo.
Lo noté la primera vez que hicimos esto, hace casi dos meses, y es una de las cosas que más espero de nuestras charlas. Eso y sus labios rojos.
Empezó como una transacción. Yo pagaba, ella actuaba, y yo me desconectaba en cuanto terminaba, como hago con todo.
En algún momento dejó de ser eso. Ahora reservo mis noches para sentarme detrás de una pantalla negra por una mujer cuyo nombre no me permitiré conocer, y lo espero con ansias.
He decidido no analizar demasiado cuándo cambió eso.
Dejo el cigarrillo en el cenicero y me acomodo en la silla. Mi cuerpo ya está activado, un calor bajo y constante, ese tipo de concentración que reduce todo lo demás a ruido de fondo.
—Tócate. Ve despacio. Quiero verte disfrutar para mí. Quiero oírte disfrutar.
Se le entrecorta la respiración, apenas, y su mano se mueve. Los guantes sin dedos de encaje negro se deslizan por la clavícula, sobre la curva del pecho, y siguen bajando.
Conoce mi ritmo, sabe cuándo quiero que pare, cuándo quiero que siga. Sabe cuándo estoy cerca sin que tenga que decirlo. El ritmo entre nosotros es algo ensayado, preciso, construido a lo largo de semanas de noches que se alargan hasta el amanecer.
Su respiración cambia y se vuelve más profunda.
—¿Así, Midnight? ¿Quieres que te diga lo mojada que estoy por ti?
—Exactamente así.
El modulador aplana la orden.
Su mano baja más, la palma plana contra el vientre, los dedos extendidos. Los músculos se le tensan cuando inhala, y sigo el ascenso y descenso, el cambio en la tensión mientras espera la siguiente instrucción.
Mi mano baja al regazo. Me acaricio a través de la tela del pantalón de vestir mientras la presión aumenta. Mi respiración permanece controlada y medida, nada que el micrófono pueda captar.
—Para —ordeno.
Se queda inmóvil. El pecho le sube y baja más fuerte ahora, más rápido. La máscara permanece perfectamente quieta, pero sus labios se entreabren, y observo el rubor extenderse por la garganta.
—Ahora sube un poco, tócate las tetas. Nada de suavidad. Quiero que te las pellizques fuerte para mí.
Levanta la mano, le cubre el pecho, y el pulgar le roza el pezón. Jadea, un sonido pequeño y roto, y se me pone dura en respuesta. Me bajo la cremallera y la libero, deslizando la palma por toda su longitud. La fricción me tensa los huevos y me enciende el cuerpo entero.
Me froto la punta con el pulgar y esparzo el líquido preseminal.
Es buena en esto. Mejor que buena. Sabe cuándo vacilar, cuándo entregarse, cuándo dejar que los ojos se le cierren detrás de la máscara. Actúa como si me leyera la mente, y quizá lo hace. Siete semanas de esto le han enseñado cómo respiro, cómo me muevo en la silla, qué significa cada silencio.
—Más fuerte.
Obedece. Los dedos se le aprietan y pellizcan justo cuando se le corta la respiración de nuevo. Echa la cabeza hacia atrás contra el cabecero, dejando al descubierto la línea de la garganta, el pulso martilleándole justo bajo la piel.
Mi mano se mueve, lenta al principio, al ritmo que le marco. El calor aumenta y mantengo el rostro inexpresivo, la postura quieta. En la pantalla, ya parece destrozada. Sonrojada, respirando con dificultad, obedeciendo cada palabra que le doy. Y disfrutándolo.
Se lame los labios y casi me deshace.
—Baja la mano. Métete dos dedos.
Las puntas de los dedos desnudos se deslizan más abajo y desaparecen bajo la cintura de las bragas; el movimiento hace que el piercing atrape la luz de nuevo. Se muerde el labio, las caderas moviéndose, y aprieto el agarre mientras me acaricio más fuerte.
El control pende de un hilo esta noche. Me cuesta un esfuerzo real mantener la voz plana. El pulso se me acelera y la respiración quiere desbocarse. La contengo, la freno.
Ella gime, y el sonido resuena en todo mi cuerpo, como si estuviera aquí conmigo.
—Eso es, nena. Sí.
Las palabras salen más ásperas de lo que pretendo, pero el modulador oculta la tensión. Para ella, sigo sonando calmado, distante, con el control.
No lo estoy. Ella es la única persona con la que me permito soltarme.
Mi mano se mueve más rápido ahora, y la fricción arrastra calor por todo mi cuerpo. Ella se mueve en la cámara, respira entrecortadamente, con la mano libre aferrada a la sábana.
Le tiemblan los muslos y alza la pelvis al encuentro de su mano.
Me masturbo más fuerte, obligándome a volver la concentración a la imagen completa, no a la parte. Su mano se mueve bajo la tela, sus caderas ondulan, y mi cuerpo responde con un calor que se extiende rápido y agudo. Me muerdo el labio para ahogar el sonido antes de que llegue al micrófono.
—Más rápido.
Su ritmo se acelera y tararea algo en voz baja. Solo unas notas, apenas audibles, una melodía que no reconozco. El sonido se cuela por los altavoces y me golpea en el pecho, se asienta ahí de una manera que no tiene sentido.
Aprieto más fuerte, acercándome al borde. El pulso me martillea en los oídos.
Ella jadea, arquea la espalda separándola del cabecero, y el piercing vuelve a brillar. Ese pequeño aro de plata.
Me pongo de pie y me inclino hacia adelante, una mano apoyada en el escritorio, la otra masturbándome todo lo rápido que puedo.
—No pares.
Su cuerpo se tensa en la pantalla, la boca abierta, la respiración entrecortada.
El orgasmo me golpea con fuerza, me desgarra en una ola que difumina los bordes de la habitación. Mi mano sigue moviéndose, apurando cada último segundo, y presiono la otra palma contra el escritorio para no emitir ningún sonido.
Me dejo caer de nuevo en la silla, el calor inundándome el cuerpo. Clavo los dedos en la superficie de madera para estabilizarme mientras se me aclara la visión.
Me limpio con un trapo que ya tenía preparado para nuestro encuentro y lo tiro a la papelera junto al escritorio.
Ella llega un segundo después, con todo el cuerpo estremeciéndose. Luego cierra los muslos sobre su mano y la deja ahí, quieta. El sonido que hace, entrecortado y vulnerable, me golpea en algún lugar para el que no estaba preparado.
Me recuesto en la silla, el pecho agitado, la polla todavía palpitándome. La pantalla brilla frente a mí, su cuerpo quieto. Respira por la nariz y frunce los labios al exhalar.
—Pruébate —digo, rompiendo el silencio.
Retira la mano de entre las piernas y se mete los dedos en la boca. Hay un chasquido cuando los saca, y deja un rastro de pintalabios en las yemas. Me duelen los huevos.
Joder, podría repetir. Pero me contengo, guardo algo para el jueves. Es tarde.
Este debería ser el final. La actuación ha terminado. Pero últimamente nos quedamos mucho después de corrernos. La quiero entera, no solo el orgasmo.
Su respiración se ralentiza. Se acomoda en la cama, se aparta el pelo de la cara y mira a la cámara.
Me subo la cremallera y cojo el paquete de cigarrillos. Enciendo uno, inhalo profundamente y exhalo sin apartar los ojos de ella.
Ella rompe el silencio primero.
—Para ser un hombre que apenas habla, das instrucciones muy específicas.