Votos despiadados CAPÍTULO 25 - KNOX
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CAPÍTULO 25 - KNOX

De cabeza al fuego

Ya había estado antes en situaciones así.

Dos años persiguiendo a Marcus Webb me habían enseñado paciencia, precisión y el valor de reunir información antes de actuar. Había aprendido a pensar como un depredador, a moverme como una sombra, a atacar sin aviso ni piedad.

Pero nunca me había visto en una situación en la que lo que estaba en juego fuera tan personal.

En la que la mujer que amaba estuviera sentada, atada a una silla, en el centro del matadero de Vincent Torrino.

En la que un solo movimiento en falso pudiera costarme todo lo que me importaba.

Di dos vueltas al perímetro del almacén, conté a los guardias, tomé nota del material y tracé mentalmente las rutas de salida.

Torrino había elegido bien el lugar: varios puntos de acceso, aunque todos fáciles de defender; líneas de visión despejadas en todas direcciones; espacio suficiente para maniobrar, pero no tanto como para esconderse.

El lugar perfecto para el tipo de enfrentamiento que tenía en mente.

Tres guardias, por lo que alcanzaba a ver. Probablemente hubiera más dentro. Todos armados, todos apostados para crear un fuego cruzado si hacía falta.

Un despliegue profesional.

Precisión militar.

El tipo de operación que sugería que Torrino tenía más recursos de los que yo había previsto.

El teléfono me vibró con un mensaje de un número desconocido:

«Entra, Knox. Es hora de terminar lo que Marcus empezó».

Me quedé mirando el mensaje mientras sopesaba mis opciones. Lo sensato era esperar a los refuerzos, coordinarme con mi equipo de seguridad y abordar aquello con una fuerza abrumadora y una planificación cuidadosa.

Pero lo sensato también le daría tiempo a Torrino para hacerle daño a Scarlett.

Tiempo para cumplir las amenazas que hubiera hecho.

Tiempo para usar su dolor como arma contra mí.

Me guardé el teléfono y me dirigí a la entrada principal.

Había situaciones que no podían resolverse con paciencia y planificación.

Otras exigían meterse de lleno en el fuego y confiar en ser lo bastante fuerte para sobrevivir a las llamas.

La puerta del almacén estaba sin echar la llave: una invitación, no un descuido. Entré con las manos visibles, pero preparado para moverme, con todos los sentidos alerta ante la trampa que sabía que me esperaba.

—Knox Sterling. —La voz de Vincent Torrino resonó desde el otro extremo de la nave—. Justo a tiempo.

Avancé hacia el sonido sin bajar la guardia: guardias, armas, cualquier ventaja que pudiera aprovechar. El almacén era más grande de lo que parecía desde fuera y estaba lleno de contenedores de transporte y maquinaria industrial que ofrecían una cobertura excelente para una emboscada.

Pero también una cobertura excelente para quien supiera usarla.

—¿Dónde está? —grité.

—A salvo. De momento. Acércate, Knox. Tengamos una conversación civilizada.

Seguí su voz hacia el interior del almacén, a través de un laberinto de contenedores y maquinaria, hasta llegar a un espacio abierto donde habían montado una iluminación teatral que alumbraba una escena salida de mis peores pesadillas.

Scarlett estaba sentada en una silla metálica en el centro del espacio, con las manos sujetas a la espalda, pero por lo demás ilesa. Al verme, alzó la vista y el alivio inundó sus ojos verdes.

—Knox. —Su voz era firme y controlada, pero pude percibir el miedo subyacente—. No deberías haber venido.

—¿Dónde iba a estar si no?

Vincent Torrino salió de las sombras a mi izquierda, flanqueado por dos guardias armados. Parecía mayor de lo que recordaba, más distinguido, como un empresario respetado y no como el criminal que llevaba ocho años orquestando mi destrucción.

—Hola, Knox —dijo con afabilidad—. Tienes buen aspecto. El éxito te sienta bien.

—Vincent. —Mantuve la voz serena y profesional—. Debo decir que esto es bastante más elaborado que el método habitual de Marcus.

—Marcus siempre fue impaciente. Era su mayor debilidad. —Torrino se acercó, pero se quedó justo fuera de mi alcance—. Yo prefiero tomarme tiempo con mis proyectos. Planificarlos bien. Ejecutarlos con precisión.

—¿Y esto qué es? ¿Un proyecto?

—Esto es justicia. Ocho años tarde, pero justicia al fin y al cabo.

Ahora alcanzaba a ver tres guardias: los dos que flanqueaban a Torrino y un tercero situado detrás de Scarlett, con línea de tiro despejada sobre los dos. Posiciones profesionales. Disciplina militar. No eran matones a sueldo; eran operativos entrenados.

Lo que significaba que aquello no se iba a resolver con mi habitual combinación de dinero e intimidación.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—Lo que siempre he querido: verte perder todo lo que te importa. —Torrino hizo un gesto hacia Scarlett—. Empezando por ella.

—Nuestro matrimonio es un acuerdo de negocios. Has hecho los deberes; conoces la cláusula de la herencia, el contrato y las motivaciones económicas. Hacerle daño a ella no me hace daño a mí.

Torrino se echó a reír.

—Oh, Knox. ¿De verdad crees que no te he estado observando estos últimos meses? ¿Crees que no sé exactamente cómo la miras? ¿Cómo has cambiado desde que ella entró en tu vida?

Tenía razón, y los dos lo sabíamos. Pero admitirlo le daría exactamente la baza que buscaba.

—Te equivocas.

—¿Ah, sí? Entonces no te importará que te demuestre lo que cuesta mentirme.

Torrino hizo un gesto con la cabeza a uno de sus guardias, que se dirigió hacia Scarlett con una calma amenazadora.

—No la toques.

Las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía, cargadas de una emoción que no pude ocultar.

Torrino sonrió.

—Ahí está. El verdadero Knox Sterling. No el empresario calculador ni el director ejecutivo de sangre fría, sino el hombre que está muerto de miedo ante la idea de perder a la mujer que ama.

—¿Qué quieres? —pregunté de nuevo.

—Quiero que entiendas lo que sintió Marcus cuando destruiste su vida. La impotencia. La rabia. La absoluta certeza de que alguien que no lo merecía le estaba arrebatando todo aquello por lo que había trabajado.

—Marcus intentó robarme. Intentó matarme.

—Marcus intentó reclamar lo que debería haber sido suyo desde el principio. Era más inteligente que tú, más innovador, y merecía el mando mucho más que tú. Pero tú tenías un apellido y una herencia, así que te lo llevaste todo mientras él se quedaba sin nada.

El descaro con el que reescribía la historia era asombroso.

—Eso no fue lo que ocurrió.

—¿Ah, no? ¿Cuántas empresas has destruido, Knox? ¿Cuántas vidas has arruinado en nombre de los negocios? Marcus Webb no fue más que otra baja en tu escalada al poder.

—Marcus Webb era mi mejor amigo. Confiaba plenamente en él. Y así me pagó esa confianza: intentando asesinarme.

—Tú lo obligaste a hacerlo. No le quedaba otra opción.

Estaba claro que Torrino se creía de verdad su propio relato. En su mente, Marcus era la víctima, yo era el villano y todo lo que había ocurrido no era más que una venganza justificada.

Y eso lo hacía infinitamente más peligroso que alguien que supiera que estaba equivocado.

—Entonces, ¿cuál es tu plan? —pregunté—. ¿Matarme y dejar marchar a Scarlett?

—¿Matarte? —Torrino pareció sinceramente sorprendido—. Oh, Knox, la muerte sería demasiado piadosa. Quiero que vivas con las consecuencias de tus decisiones. Quiero que entiendas lo que se siente al perderlo todo.

Volvió a hacerle un gesto con la cabeza a su guardia, que agarró la silla de Scarlett y la inclinó hacia atrás hasta dejarla mirando al techo del almacén, vulnerable y expuesta.

—Basta —dije, y di un paso adelante.

Al instante, tres armas apuntaron a mi pecho.

—¿Ves lo fácil que es? —observó Torrino—. ¿Lo rápido que abandonas la estrategia cuando amenazan a alguien a quien quieres? Marcus nunca tuvo esa debilidad. Eso era lo que lo hacía fuerte.

—Eso era lo que lo dejaba solo.

—Y, aun así, aquí estás, completamente a mi merced porque no podías soportar que se enfrentara sola al peligro.

Torrino tenía razón. Había entrado voluntariamente en su trampa, de forma predecible, exactamente como él lo había planeado.

Pero había cometido un error crucial.

Daba por hecho que amar a Scarlett me hacía débil.

Cuando, en realidad, me hacía absolutamente despiadado.

—¿Quieres saber cuál es la diferencia entre tú y yo, Vincent? —dije, bajando la voz hasta ese tono que ponía nerviosos a los ejecutivos más curtidos—. Tú crees que el amor es una debilidad que se puede explotar. Yo sé que es una fuerza que puede convertirse en arma.

—¿Y eso debería asustarme?

—Debería. Porque no estoy aquí solo.

Las luces se apagaron.

En la oscuridad repentina estalló el caos. Gritos, disparos, el estruendo del material al estrellarse contra el suelo. Mi equipo de seguridad se había apostado fuera del almacén, esperando mi señal: la frase sobre convertir el amor en un arma.

Ahora estaban igualando las fuerzas.

Me lancé hacia donde estaba Scarlett y aproveché la confusión para acortar la distancia antes de que los guardias de Torrino pudieran reaccionar. En la oscuridad oía movimientos, órdenes a gritos y el ruido de los refuerzos al llegar.

Encontré a tientas la silla de Scarlett y corté rápidamente las bridas que le sujetaban las muñecas.

—Mantente agachada —susurré—. Cuando te dé la señal, dirígete a la pared norte.

—Knox...

—Confía en mí.

Las luces de emergencia se encendieron a parpadeos y lo tiñeron todo de sombras rojas y duras. Los guardias de Torrino intentaban recuperar sus posiciones, pero mi equipo había aprovechado la oscuridad para entrar por varios puntos.

Lo que había sido una trampa minuciosamente controlada era ahora un tiroteo en tres dimensiones.

Y en un tiroteo, la preparación importaba menos que la capacidad de adaptación.

—Ahora —le dije a Scarlett.

Nos movimos juntos hacia el perímetro, agachados, parapetándonos en los contenedores de carga. A nuestras espaldas oía a Torrino dar órdenes a gritos mientras intentaba recuperar el control de una situación que se le iba de las manos.

—¡Esto no ha terminado, Knox! —Su voz resonó por el almacén—. ¡Volveré a encontrarla! ¡Os encontraré a los dos!

Quizá lo hiciera.

Pero aquella noche saldríamos de allí con vida.

Y al día siguiente me aseguraría de que Vincent Torrino no volviera a amenazar jamás a nadie a quien yo amara.