Capítulo 3
ZACHARY
El tráfico de Los Ángeles era un desastre, y eso en un día bueno.
A diferencia de muchos colegas, yo no había cedido contratando un chófer.
Me gusta conducir mi coche, la potencia, el control.
Vivía en la capital de las energías alternativas, donde las enfermeras se quejaban sin parar de estar en lista de espera para un Tesla nuevo.
Pero yo era de la Ciudad del Motor y me encantaban los coches americanos, los muscle cars incluso, una debilidad de mi juventud malgastada.
Dicho esto, el atasco era para volverse loco. O para alquilar un helicóptero de pura frustración. Si hubiera más sitios donde aterrizar, me compraría uno y contrataría a un piloto, lo juro por Dios. Cuando sonó el teléfono, contesté por el manos libres.
—Me has estado ocultando información —dijo Ford Branson. Ford era médico de cabecera a domicilio para ricos y famosos. Ni que decir tiene que él sí tenía chófer para su Mercedes.
—¿Qué te estoy ocultando? ¿Al final has decidido que quieres unas tetas más grandes? —le piqué.
—No, mis pectorales están en plena forma. No quiero que tus globos de agua a precio de oro me estropeen el cuerpo de playa —contraatacó.
—Justo.
—Entonces, ¿cómo es que tú vas a salir con la última chica del momento y yo no?
—¿De qué hablas?
—¿Mia Becker? ¿Nominada al Globo de Oro, nueva imagen de SIXX cosmetics? ¿La chica de la portada de Vanity Fair con el título IT GIRL impreso encima de su foto? ¿Desde cuándo sales con ella? —dijo.
—Ford, deja de babear. Es la hermana pequeña de mi amigo Morgan, con énfasis en «pequeña» porque tiene trece años menos que yo.
Hemos quedado para tomar algo. Y mientras tanto, ¿a quién tienes comprado en mi consulta, que te enteras de mis planes de la noche cuando apenas he salido del aparcamiento?
—Te das mucha importancia. Tus planes no son lo bastante interesantes como para que nadie contrate un espía. Llamé a tu consulta y tu asistente me dijo con quién quedas esta noche.
—O sea que Trisha se va de la lengua, bueno es saberlo —dije con media sonrisa—. Voy a tener que hablar con ella sobre lo de soltar datos personales.
—¿Por qué? ¿Está destapando tu affaire ultrasecreto?
—Sí, sin duda. Por eso voy conduciendo hacia un club ruidoso en vez de estar relajándome en un bar de martinis elegante como Dios manda.
Ella quiso quedar en el Starlite, que suena o a planetario o a uno de esos restaurantes temáticos horribles donde los camareros van disfrazados de Elvis y de James Dean.
Lo he buscado y dice ser un bar de verdad, pero eso está por ver.
—¿Te da miedo que los jóvenes de hoy hagan mucho ruido? —se rio Ford—. He estado allí. No está mal. Mujeres espectaculares, para empezar, aunque la música sea una mierda. Déjate llevar, disfruta. Puedes probar ese culito dulce de chica del momento.
—La hermana pequeña de mi mejor amigo —dije en tono de advertencia—, así que no menciones el culo de nadie.
—Ah, ¿está vetada?
—¿Tú qué crees? ¿Tú vas por ahí saliendo con la hermana pequeña de tu mejor amigo? Esa es una línea que no se cruza.
—La fruta prohibida es la más jugosa, hazme caso, tío —dijo Ford.
—No te escucho. Eres una mala influencia —me reí—. Solo voy a ver cómo está porque Morgan es un sobreprotector. Le tiene frito estar en Michigan sin poder controlarla. Es una copa en un antro ruidoso.
—Viste su última película, ¿no? Esa parte en la que persigue a su hermana por la playa en bikini… joder, hermano. Me da igual de quién sea hermana. Ese culo…
—Deja de hablar de su culo. No le estoy mirando el culo ni nada. Dios, eres imposible.
—No, la palabra es insaciable. Soy un hombre adulto, y me daría igual quién estuviera en Michigan o en Mississippi o de donde sea ella; esa es una mujer hecha y derecha y nada me detendría.
—Entonces menos mal que no tengo hermana. Tendría que ponerle escolta para impedirte intentar meterte en sus bragas —dije con sorna.
—Ya, pásalo bien en tu copa platónica de amigo de la familia con la actriz más buena de Hollywood. Totalmente inocente, intachable, sin miraditas a la fruta prohibida… —se rio. A esas alturas no sabía si se reía conmigo o de mí.
Aparcar cerca del club fue una pesadilla aunque era pronto.
Me abrí paso entre la masa de veinteañeros.
Eran jóvenes, delgados y apenas iban vestidos, con unas zapatillas raras de plataforma que me hacían sentir fuera de lugar y viejo.
Eché un vistazo alrededor, escaneé la barra en busca de alguna señal de la reconocible estrellita morena.
No había nadie que se le pareciera ni remotamente.
Un tío con una camiseta de cuero se bajó de un taburete cerca de donde yo estaba.
Me apoderé de él rápidamente y miré alrededor.
Una rubia al otro lado de la barra me saludó con la mano.
Y no un saludo discreto con los dedos, sino un aspaviento enorme con el brazo, de los de eh-mírame.
Como una turista vergonzosa o una abuela intentando guardarle sitio en la cola a alguien.
Negué con la cabeza. Lo que me faltaba: universitarias raras intentando llamar mi atención.
Aparté la mirada rápidamente y escudriñé el otro lado de la sala abarrotada desde mi nuevo punto de observación, deseando otra vez un martini y algo de jazz de fondo en lugar de este circo.
El móvil me vibró en el bolsillo. Cuando lo saqué y miré el mensaje ponía: Soy yo, imbécil. ¡Voy de incógnito! Seguido de un emoji rubio. Negué con la cabeza y volví a mirar a la chica que me había saludado. Sonreía, como si lo estuviera pasando en grande.
¿En qué demonios me había metido? Iba disfrazada como si fuera Halloween y no un martes por la noche en un bar dejado de la mano de Dios.
Me levanté, cediendo el taburete a regañadientes, y rodeé la barra. Cuando llegué a su lado, vi que debajo de la peluca rubia y las pestañas postizas estaba Mia. Suspiré a mi pesar. Esta mujer no iba a traerme más que problemas.