Volver a Amar al Padre de Mi Bebé Capítulo 21
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Capítulo 21

LEAH

Cuando entré en el restaurante de lujo donde Cody había propuesto que nos viéramos, me quedé impresionada.

Era precioso y nada convencional. Los suelos de hormigón solo realzaban la calidez de los reservados de madera y de la pared decorada con madera envejecida color miel.

El diseño estaba clavado, y me dieron ganas de sacar fotos para inspirarme.

Cody esperaba en una mesa de un rincón tranquilo.

Se puso de pie al verme. Llevaba la camisa blanca abierta en el cuello, y estaba tan guapo que me detuve un segundo de camino hacia él.

Sonriendo un poco nerviosa, me acerqué a la mesa.

Me retiró la silla y me tendió una sola rosa.

De un blanco puro, perfecto, nada del típico rojo.

Mi favorita. Me llevé la flor abierta e impecable a la cara y la olí, esperando que no viera mi rubor.

—Gracias —dije.

—Me alegro de que aceptaras cenar conmigo. Una flor me pareció lo mínimo. Sabía que si te traía un ramo entero, me pondrías los ojos en blanco por pasarme.

—No necesito un ramo entero. Este sitio es precioso.

—Pensé que iría justo con tu estilo.

—Así es: el ladrillo blanco, la madera, la luz cálida…

—¿No crees que le hacen falta unos estores romanos? ¿Quizá más grises?

—Eh, amigo, esa paleta de colores la elegiste tú, no yo —dije con una sonrisa.

—Te he pedido una copa. Soy médico, y la cosa se llama Medicina Latina, así que te la receto. Para los nervios —dijo con una sonrisa pícara.

Di un sorbo.

—Está deliciosa. ¿La habías tomado antes?

—No, pero pensé que te gustaría. Lima y jengibre, cariño —dijo.

—Y un buen chorro de tequila. Toma, pruébala. Está increíble.

Le pasé mi copa y lo vi beber de ella, posando la boca justo donde había estado la mía, observando cómo le trabajaba la garganta al tragar. Solo de verlo beber de mi copa me ruboricé de arriba abajo. Cuando me la devolvió, di otro trago y la dejé. Después repasé la carta.

—Yo, desde luego, voy a pedir los Camarones —dije, casi relamiéndome.

—Tienen buena pinta. Yo voy a probar los tacos de pescado con aguacate. Suenan increíbles. —Bebió un trago y sonrió.

—Si tuviera que adivinarlo, eso es lo que habría elegido para ti. Y el whisky japonés, creo.

—Es lo que tengo en la copa. ¿Quieres probarlo? —ofreció. Negué con la cabeza.

—No me gusta el whisky.

—Pensaba que igual te habían cambiado los gustos —dijo, socarrón.

—Para nada —dije, en serio.

—A mí tampoco —dijo, y clavó en mí sus ojos de chocolate negro. Sentí que me derretía.

Cody me cogió la mano por encima de la mesa y la sostuvo un segundo. Las chispas se me dispararon brazo arriba y me recorrieron la piel mientras su pulgar me acariciaba los nudillos. El impacto de su tacto, de su piel contra la mía, era casi demasiado intenso.

Me sentí como si me hubieran conectado a la corriente y me hubieran dado una descarga. El calor me recorrió el cuerpo y no podía apartar los ojos de los suyos.

—No he dejado de pensar en ti —dijo—. En besarte, en lo que se sintió.

—¿Y qué se sintió? —pregunté, con la voz demasiado suave, demasiado aguda.

—Como volver a casa. Como todo lo que recuerdo y más. La intensidad, la manera en que me hizo… —oí que decía «desearte» aunque no lo dijo en voz alta. Pude sentir las palabras y mis dedos apretaron los suyos.

Cody me levantó la mano y me besó los nudillos, apenas un roce de sus labios.

Sé que notó cómo temblaba. Tenía la garganta tensa de palabras que necesitaba decir, de lágrimas que me negaba a dejar caer.

El esfuerzo de contenerlo me dejó sin fuerzas para impedir que mi cuerpo temblara bajo su tacto.

Su boca cálida en mi mano, ese beso suave y en apariencia tan inocente, bastó para deshacerme.

Sentí cómo su pie se insinuaba entre mis tobillos bajo la mesa y, por instinto, le rodeé la pantorrilla, atrapándolo.

Sonrió al darse cuenta de lo que había hecho.

Entonces llegó el camarero. Cody me soltó la mano.

Solté su pierna con los pies e intenté incorporarme y comportarme con normalidad.

O al menos comportarme como alguien que no está a punto de preguntarle a su cita si quiere irse antes de pedir la comida.

Pidió por mí, cosa que agradecí, porque no me fiaba de que la voz me saliera firme y serena.

Cuando el camarero se fue, Cody me dedicó una sonrisa cómplice.

—¿Qué tal el trabajo? —pregunté, aclarándome la garganta y esforzándome por cambiar de tema. Dejaría a un lado la atracción y mantendría una conversación con este hombre, cenaría, pasaría una velada agradable tal como había planeado.

—Resulta que me quedé hasta las tres. Vinieron varios niños con otitis, más los casos de gripe que esperaba ver.

Parece que los niños siempre se ponen malos en vacaciones y les sube la fiebre —dijo con ligereza.

Me mordí el labio para no soltar que sí, que ya lo sabía, porque de cinco Navidades solo habíamos tenido una con Ella en la que no estuviera poniéndose mala o todavía con antibióticos por algo.

—Está bien que te asegures de poder atenderlos hoy, aunque la mayoría de las consultas estarían cerradas.

—No me gusta que mis pacientes tengan que ir a urgencias.

Tengo un número de atención urgente con mi servicio de mensajes.

Pueden llamarme si surge algo serio, sea el día que sea.

He ido muchísimos domingos, y he hecho videollamadas a las dos de la mañana para mirarle un sarpullido a un crío.

Prefiero atenderlos yo, conociendo su historial y teniendo esa relación con la familia, antes que mandarlos a urgencias, donde los ve un desconocido y tienen que esperar entre un montón de gente contagiosa.

—Eso es muy compasivo por tu parte —dije en serio—. Pero seguro que mucha gente de esa sala de espera agradece que no entre un niño contagioso a urgencias.

—En eso tienes razón.

—Sí, los críos van repartiendo faringitis, gastroenteritis y conjuntivitis como si fueran tarjetas de visita y les pagaran una prima por llegar al cupo —dije entre risas.

—Suena a que alguien pilló una faringitis del hijo de un amigo y no ha superado el miedo a los niños —dijo en tono guasón.

Se me secó la boca. «Si él supiera…».

Llegó la comida y comimos en un silencio feliz.

—Esto está bien —dije, sintiéndome idiota por decir que estaba bien cuando lo que quería decir era: «Esto es increíble, es maravilloso, es un milagro que podamos estar aquí sentados juntos, comer y compartir y entendernos así».

—Está mejor que bien —convino—. Pero esto se está poniendo ruidoso.

Miré alrededor y me di cuenta de que el local se había llenado mientras yo solo tenía ojos para Cody.

—Ni me había enterado —admití.

—Debe de gustarte el ruido más que antes. Recuerdo que me mandabas callar cuando estudiabas.

—Una se acostumbra a algo de ruido. Ya no puedo ponerme princesa exigiendo silencio absoluto cuando trabajo, eso está claro.

—¿Quieres decir que no obligas a todo tu equipo a hacer voto de silencio? ¿Que no contratas a tus secretarias en un convento o algo así? —bromeó.

—Fichar diseñadores en un convento salía demasiado caro —dije—. Hasta los monjes budistas que pasan años sin hablar se negaron a venir a trabajar para mí.

—Bueno, entonces has tenido que adaptarte. ¿Usas tapones para los oídos? ¿Auriculares con cancelación de ruido?

—No. Pero si sigues metiéndote conmigo igual saco los AirPods —bromeé.

—No te conviene hacer eso —dijo, mirando por encima del hombro cuando una banda empezó a tocar.

—¿Y eso por qué?

—Porque estoy a punto de pedirte que bailes —respondió.

Sabía que debía decirle que no. Que la cena ya era demasiado riesgo, sobre todo con mi cuerpo gritando su deseo por él. Bailar, estar tan cerca de él, movernos juntos… y encima salsa. Yo le enseñé a bailar salsa cuando empezamos a salir, y se le daba muy bien. Yo no la bailaba desde hacía años.

—Seguramente estoy muy oxidada —dije.

—Te volverá todo a la cabeza —contestó, cogiéndome la mano.

—Eso es lo que me da miedo —le dije.

—Sé valiente —dijo.

Me puse de pie y lo seguí a la pequeña pista de baile, donde otra pareja ya había empezado a bailar.

Eran mayores y no sabían bailar salsa, pero se lo estaban pasando bien.

Eso podía hacerlo yo. Podía pasármelo bien.

No quería vivir mi vida con miedo a soltar el control.

Así que le apoyé la mano en el hombro y me pegué a él.

La mano de Cody se curvó en torno a mi cadera y noté el calor de su piel a través del vestido.

—Baila conmigo como antes —dijo, con la boca pegada a mi oído—. Te reto.

Cerré los ojos y dejé fuera todo salvo el ritmo de aquella música ardiente y animada y el movimiento de su cuerpo contra el mío mientras me guiaba.

Tropecé un par de veces al intentar pillarle de nuevo el truco.

Para cuando acabó la canción, mi cuerpo se había fundido con el suyo.

Nos movíamos como uno solo: cada paso, cada giro, cada floritura.

Los movimientos de Cody eran sinuosos y firmes.

Sentir el tensarse de cada gesto bajo mis dedos, contra mi pecho y mis piernas, era embriagador y poderoso.

El avance de su pierna izquierda al deslizarse entre las mías embriagaba más que los dos cócteles fuertes que me había tomado.

Se me encendió la cara y me sentí mareada.

Toda la sala pareció girar en sentido contrario al que él me hacía girar, rápida, tres veces, antes de atraerme de golpe y sostenerme contra su pecho.