Voces antiguas sonaron URGENCIA
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URGENCIA

El día de Chloé había sido largo y agotador.

Había encadenado consultas, intervenciones y, sobre todo, encuentros con las familias.

La esperaban con los ojos llenos de esperanza.

Una palabra. Una frase que las ayudara a mantenerse en pie.

Chloé sabía lo que querían oír. También sabía lo que debía decirles.

Y, casi siempre, llegaba la misma pregunta.

—Hoy está mejor, ¿verdad?

Habría sido tan fácil responder que sí. Limitarse a asentir. Pero ella nunca mentía.

—No se fíen. El edema puede desplazarse. La situación sigue siendo grave.

Más tarde, a veces, le agradecían su franqueza. Pero, en aquel momento, dolía.

Chloé Fersac era neurocirujana en el Hospital del Norte de Grenoble desde hacía menos de un año.

Había ejercido en París, en la Pitié-Salpêtrière.

Su diagnóstico era certero. Sus gestos, precisos.

A diferencia de algunos de sus colegas, no se creía infalible.

Sabía que un cerebro nunca se dejaba dominar por completo.

Insistía en que todo el mundo la llamara Chloé. Las enfermeras habían adoptado aquella costumbre desde la primera semana. A los residentes a veces les costaba un par de intentos renunciar al «doctora Fersac».

Un año antes, su padre había muerto de un ictus. Sabía que no habría podido hacer nada. Pero ella no estaba allí. Y aquella ausencia seguía pesándole. Había pedido el traslado por su madre. Para no cometer el mismo error. Para estar, simplemente, allí.

Tenía treinta y cinco años. Su madre lamentaba verla sola.

Ella le respondía sonriendo que no había prisa. En realidad, sin pensarlo demasiado, lo dejaba en manos del azar. Y del amor a primera vista. Pero entre las guardias, las consultas y las intervenciones, el azar y el amor a primera vista se tomaban su tiempo.

Chloé miró el reloj y de pronto recordó que tenía hambre. Se dirigió a la sala de enfermería. Un café y unas onzas de chocolate le vendrían bien.

—Ah, Chloé, te estábamos esperando. Fabienne quiere teñirse de pelirroja —soltó una enfermera.

Chloé fingió reflexionar seriamente.

—Que se lo comente a su novio. Si ve un brillo en sus ojos… que lo haga.

Estallaron las risas.

—Bueno, chicas, en serio, ¿dónde está la tableta de chocolate?

Chloé dio un sorbo al café caliente y mordió una onza. Cerró los ojos, dejando que el amargor le invadiera el paladar. Pero el placer duró poco. Un residente apareció en la puerta. Sonrió al ver a Chloé.

—¡Ah, estás aquí! Tengo un paciente crítico para ti. Sospecha de ictus. Nos lo mandan de Urgencias. Como siempre, están desbordados. Ya le han hecho un TAC de urgencia.

Dejó la taza.

—Voy.

Pero antes de seguirlo, cogió unas cuantas onzas más de chocolate.

En Urgencias reinaba el caos habitual. Una mujer atada a una cama gritaba e insultaba a todo el mundo. Un hombre había recibido una cuchillada en un brazo. Una anciana le preguntaba a su marido, por décima vez, dónde estaba.

El residente y Chloé recorrieron el pasillo sin aminorar el paso.

—Nuestro paciente está allí —dijo el residente.

Al fondo del pasillo, un hombre yacía en una camilla. Una mujer joven le sostenía la mano y le hablaba en voz baja.

Chloé la miró.

No lo demostraba, pero el miedo se leía en sus ojos.

—Buenas noches. Voy a examinarlo. Tendrá que dejarnos solos unos minutos.

La joven se limitó a asentir y abandonó el pasillo en silencio.

Chloé se acercó… y se detuvo en seco.

Ese rostro.

Lo conocía. Sin saber de dónde.

Cogió el expediente.

—Sébastien Gasquet…

—¿Lo conoces? —preguntó el residente.

—No personalmente. Pero leo sus libros.

Permaneció inmóvil un segundo. Entonces volvió un recuerdo.

Un recuerdo relacionado con su padre. Con la última vez que lo había visto.

El último fin de semana que había pasado en casa de sus padres, justo antes de que él también sufriera un ictus.

Su padre la había acompañado a la estación.

Mientras ella sacaba el billete de TGV, él le había comprado una novela en la librería del vestíbulo.

Una novela de Sébastien Gasquet.

Volvió a ver su sonrisa cuando se la tendió.

—Ya verás, está muy bien. Este autor llegará lejos.

A su padre le gustaba leer.

La voz del residente la devolvió a la realidad.

—¿Chloé? Ya tenemos el TAC.

Bajó la mirada hacia las imágenes.

—Perdona. Enséñamelas.

—Hemorragia subaracnoidea. Rama de la arteria cerebral media izquierda. También intraventricular.

Chloé se enderezó.

—Llévalo al quirófano 2. Drenaje ventricular externo. Ahora mismo.

El residente asintió.

—¿Y la joven?

—Me encargo yo. Voy a hablar con ella.

Nelly esperaba junto a la máquina de café. Sostenía un vaso que ni siquiera se había llevado a los labios.

—Soy Chloé Fersac, la neurocirujana que va a atender al señor Gasquet.

—Nelly. Una amiga.

Chloé observó su rostro. Cansado, pero firme.

Una mirada que se negaba a ceder.

Chloé se lo explicó. De forma sencilla y rápida. Sin falsas esperanzas.

—Entonces es grave —concluyó Nelly.

—Sí. Pero es joven. Podemos actuar.

La sujetó cuando se tambaleó.

—Vamos a llevarlo al quirófano. Después de la intervención, ingresará en reanimación neuroquirúrgica. Podrá quedarse a su lado todo el tiempo que quiera.

Nelly la miró fijamente.

—Gracias.

Chloé se limitó a asentir.

—Lo siento, tengo que ir al quirófano ahora mismo.

Nelly asintió.

—Gracias… —susurró.

Cuando Chloé se marchó, Nelly llamó a Jean.

…

—Dicen que es grave. Pero que pueden hacer cosas.

…

—Aguanto. No me queda otra. Ni me lo planteo.

…

—No lo sé. De momento, me quedo. Avísales de que mañana el café estará cerrado.

…

—Gracias, eres muy amable.

Colgó. El café llevaba frío mucho tiempo. Pero ella seguía sosteniéndolo entre las manos.

Se sentó. Y se puso a esperar.