EXTRAÑEZA
Sébastien se despertó en mitad de la noche.
Necesitaba ir al baño. El gesto fue automático.
Se levantó sin llegar a despertarse del todo, cruzó el pequeño cuarto de baño y volvió a la cama.
Todo parecía tranquilo. Extrañamente tranquilo.
El silencio parecía más profundo de lo habitual.
Cerró los ojos. Su cuerpo empezaba ya a hundirse en el sueño cuando una extraña sensación lo rozó.
Tenía la impresión de que alguien lo observaba.
Es absurdo… La habitación está vacía.
Sin embargo, la sensación persistía. Como si una mirada invisible estuviera posada sobre él.
De pronto, sintió que su conciencia afloraba a la superficie de su piel.
Como si pudiera percibir hasta el más mínimo soplo de aire.
El estómago se le contrajo, como si sufriera una desaceleración brutal.
Después, desapareció toda sensación física. Abrió los ojos.
Flotaba a pocos centímetros del techo.
Durante un segundo, su mente se negó a aceptarlo.
Estoy… muerto.
Y, curiosamente, aquello no lo asustó.
No pudo evitar extender las manos hacia el techo. Sus dedos atravesaron la materia. Una sensación de hormigueo lo invadió. Suave. Casi agradable. Como si la materia vibrara alrededor de sus dedos.
¿Entonces la muerte no es el final?
Sintió la necesidad de moverse, de bajar, pero sus movimientos no surtieron ningún efecto. Se quedó inmóvil.
Se obligó a pensar.
Tengo que bajar.
Y ver mi cuerpo.
Apenas tuvo la idea, comenzó a descender lentamente.
Su cuerpo estaba allí. Tendido sobre la cama. Inmóvil.
Pero respiraba.
Entonces… no estoy muerto.
Se sintió solo. Terriblemente solo.
Un miedo casi físico se apoderó de él.
Tengo que calmarme.
Y entender qué me está pasando.
Se obligó a pensar con método.
Observar.
Probar.
Analizar.
Deducir.
Poco a poco, el miedo fue desapareciendo.
Pero ninguna hipótesis se sostenía.
No puedo quedarme así.
Necesito ayuda.
Sin saber muy bien por qué, pensó en Judith.
Inmediatamente, algo se desgarró. Un torrente de luz lo engulló. Y después lo arrastró a una velocidad vertiginosa.
Cuando emergió, reconoció inmediatamente la habitación.
El dormitorio de Judith, en Lyon.
Ella dormía.
Todo tenía una precisión inquietante. Las paredes. La cama. Las sábanas. Su respiración.
Se acercó.
Fue entonces cuando vio a un hombre acostado a su lado.
A pesar de la angustia que lo oprimía, no pudo evitar sonreír.
Seguro que es escritor.
—No es muy amable por tu parte —susurró una voz en su cabeza.
Se quedó paralizado. Desconcertado.
Era la voz de Judith.
—¿Puedes oír lo que pienso?
—Claro. Mira que puedes llegar a ser pesado.
—¿Estás dormida?
—Sí.
—Y aun así me contestas.
—Normal. Me estás hablando.
—No lo entiendo.
—No intentes entenderlo.
Miró al hombre acostado a su lado.
—¿Quién es?
—Vincent.
—¿Puede oírnos?
—No. Está dormido.
Se hizo un breve silencio.
—Judith…
—Vuelve a casa.
—No entiendo nada.
—Lo sé.
—¿Puedes explicármelo?
—Sí… Ven mañana. Te hablaré de Émie.
Antes de que pudiera reaccionar, se oyó otra voz. Una voz de hombre. Tranquila. Neutra. Autoritaria.
—Es demasiado pronto para ti.
Era evidente.
La luz volvió a engullirlo. La caída fue brutal.
Después llegó el frío.
El peso de su cuerpo.
Estaba tendido en la cama.
Con el corazón latiendo con fuerza.
Y ya nada era evidente…