Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

Hunter

El eco en mi nueva casa es casi inquietante. Demasiadas paredes, demasiado espacio vacío, aunque hombres de Max patrullan fuera y dentro para asegurar el perímetro. La protección es sólida, pero aun así… el silencio aquí se siente vulnerable.

Estoy en el salón, rodeada de tiras de papel de colores y cinta adhesiva, preparando un regalo para el bebé de Josephine y Theron.

Rowan Kane Sterling, mi sobrino. Grabo su nombre en una estrella diminuta y coloco el regalo con cuidado en la caja acolchada.

Quiero que, cuando Josephine lo vea, sienta algo más que alegría: que sienta esperanza en medio de todo este mundo peligroso.

Entonces, un golpe seco.

Toc, toc.

No el timbre. Solo un golpe sordo en la puerta. Lo cual es raro, los guardias no tocan así. Me pongo de pie, el corazón acelerado. Miro por la ventana: los hombres de Max están en sus puestos, aparentemente tranquilos. Nada debería haber cruzado el perímetro.

Camino hasta la entrada, cada paso retumbando en el suelo de madera. Abro apenas la puerta, y allí está: una caja pequeña, negra, sin ninguna nota.

El aire parece espesarse. Con cautela, me agacho y la tomo. Es pesada para su tamaño. Cuando levanto la tapa, mi estómago se revuelve.

Dentro, sobre un lecho de terciopelo rojo, reposa una cobra de bronce, pulida y brillante.

La reconocería en cualquier parte: es el símbolo de advertencia que Max suele usar cuando mandaba mensajes de muerte en el pasado, lo sé, porque he visto esas monedas muy escondidas en su despacho por mucho que intente esconderlas, lo sé, no debería merodear, pero a veces estoy aburrida.

Las monedas de Max son una firma, una amenaza, pero en esta figura hay algo diferente, la base lleva grabadas las palabras:

“¿Quién protege a la Reina cuando el Rey duerme?

-El Grim”.

Mis manos tiemblan. Esto no es solo una advertencia. Es una burla. Alguien sabe exactamente quién es Max… y quién soy yo.

—Max… —susurro con un hilo de voz.

Desde su despacho, escucho el ruido de su silla moverse y sus pasos apresurados.

Cuando aparece en el umbral, sus ojos oscuros pasan de mí a la caja en mis manos, y por un instante, su máscara de calma impenetrable se quiebra.

La cobra brilla bajo la luz, una sombra del pasado de Viper arrojada en nuestra puerta.

Y en ese momento, la casa, tan grande y supuestamente protegida, se siente peligrosa de nuevo.

La expresión de Max se endurece cuando sus ojos se fijan en la cobra de bronce y luego lee lo que tiene encima.

Ya no es solo el jefe frío y calculador: hay un brillo letal en su mirada, un fuego oscuro que conozco demasiado bien.

Toma la caja de mis manos con cuidado, como si fuera un artefacto explosivo, y la coloca sobre la mesa más cercana.

—Ven conmigo —ordena en voz baja, pero la tensión en sus palabras es suficiente para congelar el aire.

Yo obedezco sin discutir. Apenas siento mis pies moverse, Max ya está sacando su teléfono y marcando.

—Quiero a todos mis hombres en la entrada en menos de un minuto —su voz es un filo de acero—. Nadie entra ni sale. Ni siquiera el maldito viento.

En segundos, los pasos apresurados llenan el pasillo. Azrael aparece primero, su mano ya en el arma, pero se detiene al ver el objeto sobre la mesa. Su ceño se frunce, y sus ojos se vuelven dos brasas de furia contenida.

—¿Quién pudo cruzar el perímetro? —pregunta Azrael, su tono bajo pero peligroso.

Max no le responde al instante. Se inclina sobre la cobra, examinando el grabado en su base. Cuando levanta la vista, sus pupilas dilatadas son las de un depredador.

—Alguien que sabe demasiado —responde finalmente—. Alguien cercano.

Mis manos se cierran en puños. La idea de que uno de los suyos —o de los nuestros— haya traicionado nuestra confianza me revuelve el estómago.

—Max… —empiezo, pero él levanta una mano, interrumpiéndome.

—No, Hunter. No quiero que te preocupes —dice, su voz ahora más suave pero no menos firme—. Este mensaje no es para ti. Es para mí.

Sus palabras me golpean. Siento el peso de la amenaza hundirse en mi pecho.

—Voy a encontrar al que hizo esto —añade, su tono helado—. Y cuando lo haga… nadie lo reconocerá.

Gira hacia Azrael:

—Revisa las cámaras. Rastrea cada sombra. Si esto cruzó nuestro perímetro, alguien abrió una puerta.

Azrael asiente y desaparece por el pasillo, su rostro una máscara de concentración letal.

Max vuelve a mí, sus ojos suavizándose apenas al encontrar los míos. Se acerca y me toma por la cintura, apoyando su frente en la mía.

—No volverán a tocar tu mundo, Königin —susurra—. No mientras yo respire.

Pero incluso mientras me besa para calmarme, siento la furia contenida en él, la tormenta que se avecina. Y en lo más profundo, sé que esta no es solo una advertencia. Es el inicio de algo mucho más grande, algo que amenaza con desgarrar todo lo que hemos construido.