Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

Hunter

Tres días después, mi departamento parece un campo de batalla de cajas medio llenas y recuerdos dispersos. El aire huele a cartón y polvo, como si el lugar supiera que algo grande está cambiando. Josephine y Willow están conmigo.

Intento mantener la voz firme, pero incluso para mí suena hueca:

—No me llevaré mucho. Solo lo necesario.

Josephine sonríe, pero es esa clase de sonrisa que esconde preocupación.

Sé que ella entiende lo que significa abandonar cosas: en nuestro mundo, nada que dejes atrás permanece intacto.

La casa que compartiré con Max es ridículamente grande, está equipada con todo y hasta más, incluso tengo un closet lleno de vestidos y ropa.

Max es un hombre que prometió darme todo, incluso más de lo que yo tenía, sin embargo, esta nueva etapa como marido y mujer en nuestro propio hogar hace que las mariposas en mi estómago se vuelvan locas.

Nuestra casa queda cerca de la Theron y sé que eso lo hizo para que mi hermano estuviera más tranquilo.

Bajamos al estacionamiento con las cajas.

Azrael nos espera junto a la camioneta, el aire de soldado en alerta constante.

Willow le pasa una bolsa y por un segundo —apenas un latido— sus miradas se cruzan de una forma que levanta sospechas.

Lo noto, pero me muerdo la lengua. Hay demasiadas cosas ardiendo como para abrir otra ahora.

La camioneta ruge al arrancar, Londres deslizándose a nuestro alrededor. Azrael en el asiento del piloto revisa el espejo lateral con la calma calculada de alguien que espera problemas.

—Relájense un poco —murmura Winter, pero sus ojos siguen escaneando el horizonte.

Entonces lo noto: un auto oscuro, dos vehículos atrás, que parece imitar cada giro que mi cuñado toma. Un escalofrío me recorre la espalda. Azrael lo detecta al mismo tiempo; sus hombros se tensan, y su mano se posa cerca del arma oculta bajo su chaqueta.

—Mierda—dice en voz baja, su tono casi un gruñido—. Tenemos compañía.

El auto cambia de carril, acercándose. Las luces parpadean en el espejo retrovisor, y el rugido de mi corazón ahoga todo lo demás. Josephine, en el asiento trasero, pone una mano sobre su vientre. Willow le aprieta la mano, intentando transmitir calma.

—Dime que solo es paranoia —susurra Willow.

—No lo es —responde Azrael, sus ojos convertidos en hielo. —Estarán bien.

Un disparo, solamente uno en el aire y todo se va al carajo en este momento. Las tres gritamos y mi cuerpo cubre cómo puede el de Josephine cuando agachamos la cabeza. La camioneta es blindada, pero el peligro sigue ahí afuera de todas maneras.

Muchos gritos y mi respiración agitada, solo tengo que mantener la calma, tal y como Max me enseñó. Entonces un jadeo ahogado corta el aire. Josephine se encoge, el miedo transformando su rostro.

—No… —dice, su voz temblando—. Mi fuente… se rompió.

El pánico golpea al interior de la camioneta como un disparo. El olor a cartón y arena desaparece; solo queda el rugido del motor, las luces de la ciudad pasando a toda velocidad y la certeza brutal de que estamos atrapados entre el peligro en la carretera y un bebé que no puede esperar.

Azrael aprieta el volante, sus nudillos blancos bajo la luz tenue. El auto detrás de nosotros acelera, y siente el peso de cada decisión que debe tomar.

—Azrael —murmuro, mi voz apenas un susurro—. Si se acercan más…

—Los saco del camino —responde con frialdad, ya marcando un número en su teléfono para pedir refuerzos.

El aire se vuelve tan espeso que casi duele respirarlo. Josephine gime, Willow le acaricia el cabello, y yo mantengo la mirada en la carretera, consciente de que una sola curva podría decidirlo todo.

—Vamos a respirar juntas—le dice Willow, como la enfermera capacitada que es para situaciones como estas. —todo estará bien.

—El hospital del señor Sterling está a dos cuadras—nos avisa Azrael—no nos seguirán hasta ahí.

Esas son buenas noticias, ni siquiera veo si los autos nos siguen, solo me concentro en el rostro de Josephine y el de Willow, si algo les llega a pasar, no me lo perdonaré, mi hermano no me lo perdonará.

Pero entonces, el auto da un freno y me doy cuenta que hemos llegado al hospital. El sonido de las ambulancias me saca de mi trance por un segundo y la puerta de la camioneta se abre.

Las puertas del hospital se abren con un chillido metálico a lo lejos, y el aire frío del interior choca con el calor sofocante de la noche.

Todavía siento la adrenalina recorriéndome cuando veo a Max esperándonos en la entrada, su silueta imponente recortada bajo las luces blancas.

Hay varios de sus hombres repartidos alrededor, discretos, pero claramente armados: toda la entrada está asegurada.

Azrael tuvo que haberle avisado, ellos se comunican de una forma silenciosa casi telepática que es de admirar.

Antes de que pueda decir una palabra, Max abre la puerta trasera de la camioneta y, con un solo movimiento, toma a Josephine en brazos. Su cuerpo parece liviano en comparación con la fuerza de él, pero la angustia en su rostro deja claro lo delicado del momento.

—La tengo —dice, su voz grave y calmada, mientras la sostiene con un cuidado feroz—. Vamos a entrar, rápido.

Willow y yo nos apresuramos detrás de ellos mientras Azrael estaciona la camioneta y permanece alerta, vigilando la calle. El sonido de los radios encriptados y los murmullos de los hombres de Max llenan el aire: cada salida, cada esquina del hospital, está bajo control.

Dentro, las enfermeras reaccionan al instante al ver a Josephine en brazos de Max. Max no pierde tiempo en discutir; su mirada es una orden silenciosa que las hace apartarse y señalar el camino.

—Está a salvo, señora Sterling —susurra para tranquilizarla, aunque sus ojos oscuros siguen atentos a cualquier amenaza invisible.

Josephine, pálida pero consciente, aprieta una mano en el hombro de Max. Una lágrima de alivio le cruza el rostro y luego me ve y sonríe.

El sonido de pasos rápidos detrás de mí me hace girar.

Theron aparece por el pasillo, su expresión es una mezcla de terror, rabia y desesperación.

Sus ojos buscan a Josephine primero, luego se detienen en Max.

Por un momento, parece que va a explotar…

pero algo en su mirada cambia cuando ve cómo Max la sostiene, cómo ordenó proteger este lugar antes de que nadie más pudiera reaccionar.

Se acerca, sus hombros todavía tensos, y su voz suena áspera cuando rompe el silencio:

—Gracias… —dice, las palabras le cuestan como si fueran piedras en su garganta.

Theron traga saliva, sus emociones crudas reflejadas en sus ojos. No hay reconciliación completa, pero por un instante, los dos hombres se entienden sin palabras.

Las luces frías del hospital parpadean sobre nosotros, pero lo único que percibo es a Max acercándose.

Sus pasos son firmes, silenciosos, y cuando llega a mí, todo el ruido alrededor desaparece.

Sus manos rodean mi rostro con cuidado, sus dedos ásperos contra mi piel.

Inclina la frente hasta rozar la mía y, con una voz baja y grave que solo yo conozco, rompe el aire:

—Respira —me dice. —lo hiciste bien. ¿Estás herida?

Niego con la cabeza. Estoy bien, no lloro. No hay lágrimas, solo un nudo en la garganta que se afloja lentamente mientras asiento, obedeciendo. Su mirada me sostiene como un ancla.

—Sé lo que ella significa para ti —continúa, sus palabras calmadas pero cargadas de certeza—. Todo irá bien. He cerrado todo el hospital. Estuve a punto de salir corriendo a encontrarte en la carretera, pero Azrael lo manejó bien y tú también manteniendo la calma.

Antes de que pueda responder, Max me besa.

Un beso firme, sin prisa, que me roba el aire y el miedo al mismo tiempo.

Me besa otra vez, y otra, cada uno más profundo, como si quisiera borrar con sus labios cualquier rastro de la noche que casi nos destroza.

Mis manos lo rodean, aferrándome a su chaqueta como si fuera lo único sólido en un mundo que siempre se desmorona.

Mis ojos vagan por el pasillo iluminado en exceso.

Entonces los veo. Willow está agachada, recogiendo algo que se le cayó, y Azrael se acerca a ella con paso silencioso.

No dice nada al principio, solo se inclina ligeramente para llamar su atención.

Ella lo mira un instante, y sin palabras asiente antes de ponerse de pie.

Hay una tensión en el aire, como una corriente invisible entre ellos que nadie más parece notar.

No sé lo que ocurre ahí. Pero algo sucede.

Azrael rompe el silencio:

—Llevaré a la señorita… a Willow a casa, si eso está bien.

Max asiente, pero su mirada es firme.

—Sí, por favor. Llévala a su departamento. Asegúrate de que esté a salvo.

—Lo haré —responde Azrael, sin apartar la vista de Max.

Willow se acerca a mí antes de irse. Su abrazo es rápido pero cálido, y puedo sentir la preocupación en la rigidez de sus hombros.

—Regresaré para mi turno de la noche —me dice en un susurro.

—Sí, yo estaré aquí —le contesto, tratando de sonar tranquila—. No te preocupes, te mantendré al tanto.

Ella me da una última mirada antes de marcharse. Azrael le abre la puerta y, mientras salen juntos, algo en la forma en que sus miradas se cruzan me hace sospechar de nuevo… pero no digo nada.

Max se coloca detrás de mí, sus manos cálidas sobre mis hombros, y me susurra al oído:

—Todo irá bien.

Por un momento, permito que sus palabras sean la única verdad que necesito creer.