Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas) CAPÍTULO 1
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Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas)

Vino de los Viernes - Episodio 3 (Vino de los Viernes - Casa de las Golondrinas)

Por Ellie K. Hills

© inepub.com

CAPÍTULO 1

VEGA

Llevo diez minutos repartiendo cuencos con olivas y cortando queso. Maya está sentada en la trona y Adri trata de evitar que las servilletas salgan volando cada vez que el viento del pasaje remueve las hojas de la buganvilla.

El patio de La Casa de las Golondrinas huele a pan tostado, a madera y a ese fresquito tan rico de Barcelona cuando empieza a caer la noche. En fin, el ambiente está súper tranquilo.

La primera en llegar después de nosotras es Gabi. Entra por el portón sola.

—Hola, guapa —me dice, robándome una oliva del cuenco antes de sentarse.

—Hola, Gabi. ¿Qué tal? ¿Y Núria?

—Aún no ha salido del despacho, vendrá directamente.

Gabi se acerca a Maya, le remueve el pelo con la mano y Maya se ríe.

Adri justo vuelve de la cocina con el biberón caliente.

Se echa unas gotas en la muñeca para probar la temperatura y se acerca a la trona para dárselo a Maya, que suelta la galleta y agarra la tetina con las dos manitas como si fuera un tesoro sagrado.

En seguida empiezan a llegar más chicas y la cosa se va animando, sobre todo cuando aparecen Lola y Vera.

Bueno, Vera aparece. Lola entra con una mano en el pecho. Esto promete…

—¡Y entonces el conductor cerró las puertas… delante de mi cara! —declama desde el portón, mirando al techo como si acabaran de traicionarla en el tercer acto de una tragedia griega—. Yo corrí. Extendí la mano. Grité. Pero fue demasiado tarde.

Se hace un silencio.

Gabi parpadea.

—¿Has perdido el metro?

Lola baja lentamente la mirada hacia ella.

—He perdido mucho más que eso, Gabi.

Vera entra detrás cargando con el bolso de las dos y ni siquiera se inmuta.

—Ha perdido un metro. El siguiente pasaba en cuatro minutos.

Mónica se echa a reír.

—Madre mía. Si ya eras teatrera antes, ahora que te has apuntado a teatro no hay quien te aguante.

Lola se gira hacia ella con dignidad herida.

—No soy teatrera. Estoy aprendiendo a utilizar el cuerpo, la voz y el espacio.

—Para contar que has perdido el metro —dice Vera.

—Todo conflicto merece verdad escénica.

Gabi me mira.

—Elena está creando un monstruo.

—Elena dice que tengo presencia —responde Lola inmediatamente.

Vera deja el bolso sobre una silla.

—Elena dice que dejes de anticipar el texto.

Lola la mira.

—También dice otras cosas.

—Sí. «Lola, vuelve al guion» unas siete veces por ensayo.

—Eso forma parte del proceso.

La fiesta ya ha empezado, está claro. Me encantan los viernes.

El portón grande vuelve a sonar y entran Alba y Claudia.

¡Ay, qué ricas que son! Claudia entra tiesa como un palo, intentando mantener la dignidad a toda costa.

Lleva la barbilla alta y esa cara de "aquí no pasa nada, soy una persona súper seria", porque sabe perfectamente que en cuanto pise el patio la vamos a avasallar a preguntas.

Es que me la conozco. A ella lo de ser el centro de atención sentimental le da la misma alegría que pagar impuestos.

Y justo detrás entra Alba. Ay, Alba es todo lo contrario. Viene con las manos metidas en los bolsillos, tan relajada y con una carita de truhana que no puede con ella, disfrutando muchísimo de ver a Claudia sufriendo por el comité de bienvenida.

—¡Por fin! —salta Lola—. ¡Creía que tendríamos que pedir cita previa para veros el pelo! ¡Lleváis dos días en Barcelona y nos hemos enterado de que estabais vivas por la ubicación del chat!

—Es que teníamos muchas cosas que desempaquetar, Lola —responde Alba con ese humor tan suyo, lanzándole una miradita a Claudia que la ha dejado roja en un segundo.

—Cosas logísticas —se apresura a aclarar Claudia, colocándose el reloj con una gravedad absurda—. El jet lag, el correo acumulado y la puesta al día del trabajo.

Alba se cruza de brazos y la mira de reojo con una sonrisa pícara.

—Sí, la puesta al día del trabajo ha sido agotadora —suelta Alba, solo para picarla.

—Alba —la fulmina Claudia, aunque vamos, la amenaza le dura medio segundo.

—¿Y qué tal San Francisco? —pregunta Mónica desde la barra, abriéndose una cerveza—. Porque supongo que habréis salido de la habitación en algún momento, ¿no? ¿Hay fotos o hay que llamar a un investigador?

—¡Eso, las fotos! —brinca Lola, dando un taconazo en el suelo—. ¡Qué ganas de verlas!

—Si ya visteis muchas en el grupo GOLONDRINAS.

—Bueno, pero cuatro o cinco solamente.

Y justo cuando pensábamos que la cosa se quedaba en cotillear cuatro fotos tristes en la pantalla del móvil, va Mónica y se levanta de la mesa con una determinación que me da hasta miedo.

—Esperad ahí un segundo —dice, señalándonos con el dedo—. Esto no se puede apreciar en cinco pulgadas.

Se mete hacia el salón de La Casa y, os lo juro, a los dos minutos reaparece por el portón cargando con el proyector viejo del ateneo en los brazos, con los cables colgándole como si fuera un pulpo. O sea, Mónica cuando se le mete algo en la cabeza es un peligro público, de verdad os lo digo.

—Anda, Mónica, no te líes, las vemos en el móvil y ya está —salta Claudia de golpe, poniéndose recta como una vela en la silla y mirándola con pánico absoluto.

—Es por el bien del grupo, Claudia —responde Mónica tan tranquila, soltando el proyector sobre una banqueta y estirando una sábana blanca sobre la pared del limonero con la ayuda de Lola, que se ha sumado al boicot con una agilidad sospechosa.

Claudia se pone de pie, saca su maletín con su portátil y lo despliega sobre la mesa junto al proyector.

En menos de dos minutos, la luz del cañón ilumina la sábana colgada en la pared y...

¡pam! La primera foto provoca un ahogo colectivo.

Es una panorámica espectacular del Pacífico desde un acantilado, bajo un sol californiano cegador, y en primer plano un Ferrari rojo chillón que brilla como si fuera un anuncio de revista.

Claudia está apoyada delante con una gabardina que le queda increíblemente elegante.

—Esta no la había visto, ¡qué bonita! —grita Lola tirándose de los pelos.

La segunda foto muestra una gaviota congelada en pleno vuelo a medio metro de la cara de Claudia, mientras esta sostiene una servilleta vacía con expresión de shock absoluto y una gorra roja horrorosa que pone Cable Car en letras doradas.

—¡Es que una gaviota se le tiró en picado y le robó una patata frita de los dedos! —dice Alba, partida de la risa.

Después de varias tomas más, Mónica pasa a la siguiente foto. Es el interior de la suite de Nob Hill. Ventanal enorme, la bahía al fondo y, justo a un lado, la esquina de un piano de cola de madera oscura.

—¡Espérate un momento! —chilla Lola, poniéndose de pie de un brinco—. ¡¿UN PIANO?! ¡¿PERO DÓNDE OS QUEDASTEIS?! ¡Eso es una suite de lujo, Claudia! ¡¿Teníais un piano en la habitación?!

—¡¿Y por qué no nos habéis enseñado esto antes?! —se suma Adri entusiasmada.

En la pared proyectan la última: las dos tiradas en el suelo, despeinadas, riéndose a carcajadas con el coche detrás. Me da un vuelco el corazón de lo bonitas que están.

Claudia le busca la mano a Alba por debajo de la mesa y le entrelaza los dedos. No creo que piense que nos hayamos dado cuenta, pero yo estas cosas las veo. Ya han encontrado su forma de estar juntas y es que me muero de amor.

Lola se pone de pie de repente y tira las servilletas sobre la mesa con un gesto tan solemne que todas nos callamos.

Después da dos pasos hacia atrás. Inspira, cierra los ojos y levanta ligeramente la barbilla. No dice nada. Pasan tres segundos, cuatro, cinco… Gabi mira a Vera.

—¿Se ha quedado en blanco?

—No —responde Vera con absoluta resignación—. Desde que se ha apuntado a teatro hace esto.

Lola abre los ojos muy despacio.

—Estoy sosteniendo el silencio.

—Estás haciendo que pensemos que te ha dado un ictus —dice Mónica.

—El silencio también comunica.

—Pues el tuyo comunica que llevamos seis segundos esperando —dice Alba.

Lola extiende una mano hacia nosotras.

—Hay que dejar que la expectación habite el espacio.

Gabi abre muchísimo los ojos.

—Ay madre...

Vera bebe.

—Elena le ha dicho que no tenga miedo a las pausas.

—¡Porque las llenaba demasiado rápido! —se defiende Lola.

—Lola —dice Vera—, te pidió que respiraras antes de entrar en una escena. No que conviertas pedir otra botella de vino en Hamlet.

Mónica empieza a reírse.

—Chicas, en serio —dice Lola, entusiasmada—. Para hoy os propongo un juego.

—¿Es obligatorio? —pregunta Claudia, sonriendo con las mejillas encendidas.

Lola sigue, como si no se diera por aludida.

—A ver. Primera pregunta de la noche: «¿En qué momento empiezas a compartir vida con alguien sin darte cuenta?»

—Cuando descubre el código del wifi —dice Vera.

—No, cariño —responde Lola—. Eso es intimidad digital. Pero gracias por participar, ¡eres la mejor!

Vera le guiña un ojo.

—Cuando tiene un cajón en tu casa —propone Adri.

—Cuando deja de preguntar si puede coger cosas de la nevera —añado yo, mirándola.

Lola me señala con el rotulador.

—Tú tienes prohibido responder.

—¿Por qué?

—Porque acabaste viviendo con Adri por accidente. Eres material de estudio.

Adri sonríe.

—No fue completamente accidental.

—Gracias por el apoyo, cariño.

Me da un beso en la mejilla.

—De nada.

Mónica se acerca a Aina y le pone delante una cerveza fría.

—¿Y tú? —pregunta Lola, señalando a Mónica—. ¿Qué dices?

—Que compartir vida es que alguien te cambie de sitio las cosas y llegue un momento en que ya ni protestes.

Aina levanta una ceja.

—Tú sigues protestando.

—Sí, pero con menos convicción.

—Ayer estuviste siete minutos buscando las llaves.

—Porque las pusiste en un sitio absurdo.

—Las puse en el cuenco de las llaves —responde Aina con una serenidad aplastante.

Mónica se queda congelada a medio camino.

—Ese cuenco no estaba ahí antes.

—Lleva ahí seis meses, Mónica.

El grupo estalla en risas, pero yo me quedo clavada en la cifra. Seis meses.

Seguimos hablando de otras cosas. Lola empieza a escribir cosas en las servilletas, nos servimos varias copas de vino, Adri trae unos canapés que hemos dejado en la nevera y la tarde se va animando.

Mónica empieza a tararear una canción mientras coge un trozo de fuet y Lola se le queda mirando.

—Abanico, abanico… mugriento y emocional…

—¿Qué acabas de cantar? —pregunta Lola en un susurro peligroso.

—¿Qué? Nada. Un estribillo absurdo.

Núria empieza a reírse, después Gabi también, y Mónica y Aina. Las demás no entendemos qué está pasando.

Me parece que esta noche promete.