Viñedos, amor y tú: Latidos en Montalcino (Latidos en la Toscana 4) 41. Capítulo 41
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41. Capítulo 41

Rita apoyó la mano sobre el pesado barril de madera. Todo estaba listo para la cosecha. Recordó el día en que había hecho que Leo se metiera en el barril para fregarlo. Por aquel entonces, se inventaba nuevas tareas a diario solo para atormentarlo. Hoy ya no le encontraba la gracia.

Apoyó la cabeza en el barril. El olor familiar a vino, madera y un poco de polvo le llegó a la nariz.

En la bodega hacía una temperatura agradable y fresca en este día caluroso; incluso sintió un poco de escalofrío.

En el viñedo hacía al menos treinta y cinco grados.

Hacía demasiado calor para finales de verano, así que se había refugiado de nuevo en la bodega.

Y también para evitar a Leo y su mirada triste.

El vacío de siempre se había extendido de nuevo por su interior, cubriendo cualquier sentimiento.

Estaba agotada, necesitaba urgentemente un poco de descanso.

No solo por el duro trabajo en el viñedo, sino porque apenas había dormido esa noche.

Una y otra vez, las palabras de Leo habían flotado en sus pensamientos y le habían quitado el sueño.

Sus promesas le habían llegado directamente al corazón.

A Rita le habría encantado creer que Leo la amaba, quería confiar en él, pero no podía.

Nunca había tenido que tomar una decisión tan difícil como la de la noche anterior.

Dejar plantado a Leo le había exigido una fuerza casi inhumana.

Lo que más habría deseado ante su emotiva declaración de amor era lanzarse a sus brazos, secarle las lágrimas de las mejillas y acurrucarse con él.

Pero se había mantenido firme, y por mucho que le hubiera costado el rechazo, había hecho lo correcto.

Leo había tenido meses para decirle la verdad.

Eso también la habría decepcionado y herido, pero el hecho de oír de su propia boca que tenía la vista puesta en su bodega habría sido mejor que enterarse de ello en la acalorada discusión con su madre.

No podía fingir que no sabía que Leo la había estado tomando por tonta durante meses.

Era un actor consumado, ¿y cómo iba a saber ella si esa actuación de ayer no había sido otra representación teatral?

Aunque sabía todo eso, se agitaba en su interior la silenciosa y esperanzada pregunta de si acaso no podría encontrar la manera de darle una última oportunidad.

Rita apretó el portapapeles negro con sus notas contra el pecho y continuó su ronda por la bodega.

Algunos barriles estaban llenos, otros, en cambio, estaban vacíos y limpios, esperando para recibir su preciado contenido.

En dos semanas habrían terminado la cosecha, y después de eso mandaría a Leo a paseo.

Su padre tenía razón, su ayuda valía oro, pero la presencia de Leo distraía a Rita y ella misma trabajaba más despacio.

Enrico no le había dicho nada al respecto, y ella esperaba que pasara inadvertido a sus ojos de lince.

En general, se había distanciado de todos en las últimas semanas.

Se había escondido de su familia, del mundo y de sí misma.

Tenía miedo de quedarse dormida porque sus sueños estaban llenos de anhelo por Leo.

Algunas noches sentía el dolor con tanta intensidad como si estuviera escuchando la discusión con su madre una y otra vez.

Otros sueños le hacían creer que un final feliz para ella y Leo aún sería posible.

Rita soltó una carcajada amarga. Esto no era un melodrama romántico en el que los protagonistas acababan felizmente en brazos del otro.

Esto era la vida real, y ahí todo resultaba mucho más complicado.

Había leído tantas historias de amor y siempre había sufrido por si habría un final feliz.

Y nunca la habían decepcionado. Pero todo eso no era más que ficción, un mundo de fantasía en el que se invocaba la ilusión del amor verdadero.

En realidad, el destino tenía algo diferente planeado para ella.

No en vano se había tenido que separar de dos hombres a los que había amado de todo corazón.

Ya debería haber aprendido la lección de una vez.

Rita quería distraerse con su trabajo, tenía suficientes pendientes en su lista, pero los ojos tristes de Leo, que ya no le recordaban a un mar apacible, sino a olas agitadas en una tormenta, no la dejaban en paz.

No podía negar que seguía teniendo sentimientos por él, aunque la hubiera herido tanto.

Su corazón no quería entender que lo de Leo y ella se había terminado, que no había futuro para ellos.

Ni siquiera la esperanza de un final feliz.

—¿Te molesto?

Rita se dio la vuelta. Acercarse sigilosamente en la bodega era prácticamente imposible.

El suelo de piedra rugosa duplicaba cada sonido, que a su vez resonaba en las ásperas paredes de piedra de la bodega abovedada.

A pesar de ello, no se había percatado de la presencia de su hermana.

Sacudió la cabeza sin decir una palabra.

—¿Cómo estás?

Rita obligó a las comisuras de su boca a elevarse un poco, pero le costó mucho.

—Voy tirando. Estoy estresada, la cosecha es inminente y ya sabes cómo se pone esto. —Rita bajó la vista hacia sus dedos, que entrelazaba con fuerza.

Julia asintió. —Seguro que te queda claro que no estoy hablando de la cosecha. Me interesa mucho más saber cómo estás llevando que Leo haya vuelto. Lo siento, lo habría detenido si me hubiera dado cuenta. Pero apareció cuando yo todavía estaba durmiendo. No fue posible rechazarlo.

Rita se acercó a su hermana y le acarició la mejilla con una sonrisa dulce. —Es un detalle por tu parte, pero no es tu responsabilidad mantener a Leo alejado de mí.

—Lo sé, pero me habría gustado hacerlo. Debe ser horrible para ti tener que mirarlo a los ojos todos los días. Después de todo lo que te ha hecho.

—No es fácil, pero lo necesito en la bodega.

Julia tomó la mano de Rita, se dejó caer al suelo y tiró de su hermana también. Julia notó la frialdad del suelo de piedra a través del pantalón y se estremeció.

—¿De verdad solo lo necesitas para la cosecha?

Rita giró la cabeza hacia Julia y arqueó las cejas. —¿Qué quieres decir con eso?

—Dímelo tú. Tengo la impresión de que Leo —aunque sea un maldito capullo— no solo te ha ayudado en la bodega, sino que también fue el motivo por el que finalmente volviste a ser feliz y recuperaste tu risa.

Por primera vez desde el accidente de Alberto, pude volver a oírte cantar.

Eso me hizo muy feliz. Ahora has vuelto a quedarte en silencio.

Rita asintió. Con voz entrecortada le contó a Julia lo que había ocurrido la noche anterior. Se le quebraba la voz una y otra vez al recordar la declaración de amor de Leo.

Los ojos de Julia también se llenaron de lágrimas y se llevó la mano al pecho. —¿De verdad dijo que no puede vivir sin ti?

Rita asintió y sorbió por la nariz. El ruido fue tan fuerte que se sobresaltó.

—¿Y le crees?

Rita lo pensó un momento. Leo le había contado tantas cosas en los últimos meses que no podía distinguir qué parte de aquello era verdad. Sin embargo, por alguna razón, creía que la amaba sinceramente. En lo más profundo de su corazón sentía que así era. Asintió.

—Y lo has rechazado porque no quieres que vuelvan a hacerte daño. Pero ¿y si de verdad ha cambiado? ¿Y si esta vez de verdad está ahí para ti?

Rita se tapó la cara con las manos. —Simplemente no sé qué hacer.

—¿Lo amas?

Rita asintió. —De todo corazón. Por eso duele tanto.

Tengo miedo, Julia. Miedo a que no sea sincero conmigo, a que solo finja haber cambiado, a que vuelva a mentirme y a engañarme.

Siento como si mi corazón se hubiera roto en un millón de pedazos, y tengo miedo de que lo esté recomponiendo solo para volver a destruirlo.

Julia tomó la mano de Rita y se la apretó con fuerza.

—Es una decisión difícil, pero tienes que aprender a enfrentarte a tu miedo.

De verdad que no tengo una buena opinión de Leo, puedes creerme.

Pero si él te hace feliz, tienes que volver a pensar si no quieres darle una oportunidad al fin y al cabo.

Escucha a tu corazón, Rita. Él te ayudará a tomar la decisión correcta.

—Julia se levantó y tiró de su hermana para que se levantara con ella.

—Me vuelvo afuera, aquí dentro hace un frío glacial. ¿Vienes?

Julia tiró de la mano de Rita, pero ella sacudió la cabeza y se soltó.

—Ve yendo tú, yo necesito unos minutos más.

Julia abrazó a su hermana mayor y le dio un beso en la frente. —Estoy aquí para ti. Si puedo hacer algo, dímelo. Y si quieres que eche a Leo de la bodega, no tienes más que hacerme una señal. Creo que su nariz ya se ha curado. —Salió tarareando de la bodega.

Rita se apoyó en el gran barril. Se alegraba de haber podido perdonar a Julia. Había sido más fácil de lo que había imaginado en un principio. ¿Pero por qué le resultaba tan difícil con Leo?

Reflexionó sobre las palabras de su hermana. ¿Tenía razón Julia? ¿Debería correr el riesgo de darle a Leo otra oportunidad? ¿Y se la merecía, o volvería a romperle el corazón?