40. Capítulo 40
El sol abrasaba a Leo. Se quitó la parte de arriba y se echó el agua estancada de su botella por la cabeza.
Luego la arrojó despreocupadamente a la hierba y se secó la cara con la camiseta.
El día era implacablemente caluroso, a pesar de que era finales de verano.
Un último coletazo del estío antes de que el otoño hiciera su entrada en Montalcino.
Aquí en el viñedo, no tenía posibilidad alguna de buscarse un rinconcito a la sombra.
Leo suspiró. Llevaba dos semanas de vuelta en la bodega ayudando a Rita. Se deslomaba de sol a sol, pero ella lo ignoraba. Cuando intentaba hablar con ella, se daba la vuelta. No lo escuchaba y le daba a entender claramente que ya no lo quería a su lado. Ni en la bodega ni en su vida.
Leo estaba al límite de sus fuerzas. Había ignorado las innumerables llamadas de sus padres, que entretanto se habían vuelto menos frecuentes.
No quería hablar con ellos, quería ahorrarse sus reproches.
Los había dejado conmocionados con su anuncio y esperaba que su padre no hubiera sufrido otro ataque al corazón.
Pero no iba a permitir que lo empujaran de nuevo a esa vida que no encajaba con él.
Quería estar exactamente aquí. En Montalcino, en la Bodega Gallo, con Rita.
Lo único que faltaba era la expresión de cariño en los ojos de ella.
Esa felicidad amorosa que le parecía que se había esfumado hacía tanto tiempo que empezaba a preguntarse si todo no habría sido producto de su imaginación.
Rita estaba a unas cuantas hileras de distancia; el sudor le goteaba por la frente y los mechones de pelo se le pegaban a la cara.
Le habría encantado apartárselos, estrecharla entre sus brazos y no soltarla.
Quería inhalar su aroma, sentir su piel suave sobre la suya, sumergirse en un beso apasionado. Pero ella se lo negaba.
Había constatado con asombro que Enrico le había dado, sin vacilar, la oportunidad de volver a trabajar allí.
Esperaba que lo echaran de la finca a patadas, pero el padre de Rita lo había sorprendido.
Por muy aliviado que se sintiera de poder volver a faenar aquí, le pesaba estar cerca de ella sin poder tocarla o siquiera dirigirle la palabra.
Sonrió al recordar que ya había sido así una vez. En aquel entonces solo le estaba permitido tocarla en secreto; en público seguía presentándose como su ayudante mal pagado. Pero la perspectiva de una noche de éxtasis junto al río lo había ayudado a sobrellevar el día.
Leo suspiró. Hoy solo lo esperaba la pequeña habitación de la pensión con el papel pintado de flores.
Le resultaba muy difícil aceptar que Rita lo rechazara a pesar de que la amaba tanto.
Sí, había cometido un error, la había herido, pero tenía que haber alguna forma de demostrarle que sus sentimientos por ella eran sinceros.
Lo había perdido todo: a Rita, la confianza en el futuro y la esperanza de una reconciliación.
Pero mientras hubiera alguna posibilidad de volver a atraerla hacia él, no se daría por vencido.
—Rita, por favor, habla conmigo.
Leo no había podido esperar más. Esa tarde había estado merodeando por la pequeña habitación, pero la calma no llegaba. Estaba agotado por la larga jornada, pero tan inquieto que, por más que lo intentaba, no lograba desconectar.
—¡Dios mío, Leo! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me aceches en la oscuridad y me asustes? Algún día me va a dar un infarto por tu culpa.
Rita intentó pasar por su lado a empujones, pero él se interpuso entre ella y la puerta de su casa para cerrarle el paso.
—Lo siento, pero es que no hablas conmigo. No me das ninguna oportunidad de explicarte nada ni de decirte cuánto lo siento.
—Creo que has tenido suficientes oportunidades. Déjame pasar ahora mismo.
—Por favor, escúchame solo unos minutos.
Rita apartó la vista. Sus brazos colgaban sin fuerzas, se quedó allí rígida como un palo. ¡Cómo le gustaría estrecharla contra sí y consolarla! Pero ¿cómo iba a aliviar su dolor si él mismo era el motivo de su tristeza?
—Sé que he cometido errores, que no he jugado con las cartas bocarriba y que he ocultado durante demasiado tiempo el motivo por el que vine a la bodega entonces. Lo siento muchísimo, por favor, créeme.
Leo se aclaró la garganta y se humedeció los labios secos con la lengua. Sentía las piernas como si fueran de gelatina y el corazón le latía al menos al doble de velocidad de lo normal. Pero tenía que mantener esta conversación, a pesar de que temía la reacción de Rita.
Una sombra oscura pasó volando y rozó por poco su cabeza. Los murciélagos revoloteaban en gran número por el cielo en esa tarde apacible.
—En cuanto puse el primer pie en esta bodega, sentí que pertenecía exactamente a este lugar. En aquel momento pensaba que era por el idilio del sitio en sí; hoy sé que tú eres el único motivo por el que el destino me trajo precisamente aquí. Porque los dos estamos hechos el uno para el otro.
Rita no reaccionó, pero tampoco lo interrumpió, y eso le dio esperanzas de que seguiría escuchando lo que tenía que decirle. Durante toda la tarde había estado pensando qué palabras elegir, cómo explicarle mejor lo importante que era ella para él. Pero ahora no era capaz de recordar ni una sola.
—Me enamoré de ti, Rita. No lo había planeado así, simplemente ocurrió.
Y de mi enamoramiento surgió el amor. Un amor auténtico, verdadero, grande.
—Leo extendió la mano hacia Rita, pero la retiró antes de tocarle el hombro.
Estar tan cerca de ella y no poder tocarla le causaba un sufrimiento atroz.
—En ese momento comprendí que el plan que tenía al comienzo de mi empleo ya no me importaba. Ya no se trataba de eso. La bodega me da exactamente igual, solo te quiero a ti. Siempre te he amado, Rita. Sé que he hecho muchas cosas mal, pero estoy dispuesto a cambiarlo todo por ti, por nosotros.
Leo inspiró profundamente. Su voz temblaba tanto como sus manos. Rita no reaccionó, pero permaneció allí quieta y escuchó en silencio lo que él tenía que decir.
—He dejado atrás todo lo que una vez me definió.
Renuncié a mi familia, a mi vida tal como la conocía hasta ahora.
Por favor, créeme cuando te digo que lamento lo que pasó.
Las últimas semanas me han abierto los ojos.
—Las palabras brotaban de él atropelladamente—.
Ya no soy el Leo Vitale que era. Soy el Leo al que le encanta hurgar en la tierra con las manos, podar las vides y arrodillarse junto a ti en el viñedo.
El Leo que por la noche quiere mirarte a esos ojos maravillosos que brillan como las estrellas, el que quiere despertarte a besos por la mañana y llevarte en volandas durante todo el día. El Leo que no puede vivir sin ti.
Leo se secó las lágrimas de los ojos con impaciencia. Le había puesto su corazón a los pies de Rita, se había mostrado vulnerable y le había confiado su alma, pero ella no reaccionaba.
—Haría cualquier cosa para recuperar tu confianza, Rita. Lo que sea. Por favor, dime qué puedo hacer.
Entonces, por fin, ella se giró hacia él. Su rostro estaba bañado en lágrimas; abrió la boca, pero antes de que la primera palabra saliera de sus labios, volvió a cerrarla. Él la miró a esos ojos negros y reconoció, incluso en la oscuridad, el dolor que le había causado a Rita.
—No puedo perdonarte, Leo. Lo que hiciste... simplemente no puedo. No puedes volver a irrumpir en mi vida, y no estoy dispuesta a luchar por este amor. Tenía tantas esperanzas de que lo nuestro fuera real. Ahora es demasiado tarde.
Sin decir palabra, Leo dio un paso a un lado para dejarle paso a Rita. Sin un solo roce y sin decir más, ella pasó por su lado y cerró la puerta de su casa desde dentro.
Leo se dejó caer junto a la puerta y apoyó la cabeza en las rodillas. Era demasiado tarde, la había perdido. Todo le dolía. Su cuerpo, su corazón. ¿Es que no quedaba ninguna posibilidad de ganársela de nuevo?
Leo sacudió la cabeza. No podía rendirse con Rita. Tenía que seguir luchando, a su manera, sin presionarla. Le dolía el corazón, pero en su interior crecía la voluntad inquebrantable de demostrarle que él era exactamente el hombre que ella necesitaba.